Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía y queda prohibida su reproducción parcial o total sin mi consentimiento.

***Mis amores, ¿qué les parece la historia? Sé que vamos lento (la escuela no ayuda) pero quiero que sepan que sus comentarios son la más grande gratificación del mundo, sólo por esos comentarios continuo actualizando cada historia.

No tendremos capítulo quizás hasta dentro de dos semanas (o quizá sí, todo puede pasar) pero espero que les agrade y me dejen mucho comentarios hermosos.

Las amo por siempre. An-***


Capítulo cuatro: Quiero conocerte.

Edward resoplaba frente al hombre de casi dos metros que mantenía su gesto imperturbable.

—Cantó aquí anoche, no puede decirme que no la conoce—el cobrizo estaba por reventar, necesitaba encontrar a la chica.

Había aguardado hasta las cinco de la mañana, cuando el bar cerró, a que ella saliera, pero no lo había hecho, se había esfumado y no tenía ni idea de dónde buscarla.

—Mire, amigo—Sam se consideraba un hombre paciente, su esposa y las siete hermanas de ésta lo habían entrenado para ello, sin embargo, aquel tipo lo estaba sacando de quicio, tan sólo había que verlo—Ya le dije que no puedo decirle nada, es contra la política del lugar.

En realidad no había tal política, pero aquellos chicos—no tan chicos pues Emmett era tan sólo unos años menor que él—eran como sus hermanos menores, sobre todo Isabella, quien apenas tenía veinte años, en unas semanas cumpliría veintiuno, pero seguía siendo sólo una chica y aquel tipo no podía traer nada bueno consigo. Cuando había propuesto a las empleadas de su esposa que cantaran en su bar, le había prometido a Emily que las protegería y por su honor que lo haría.

—Escuche, no soy un psicópata—prácticamente rugió Edward, quería degollar al tipo, sabía que él la conocía, sabía dónde podría encontrarla y se negaba a decírselo.

Sí, Sam podía notar que no era un psicópata, peor aún, el dinero y la pedantería se olía a kilómetros, él era la antítesis de todo lo que Bella y su mundo eran, incluyéndolos a él y a Emily.

—Disculpe, no puedo ayudarlo—Sin esperar ni una respuesta más, Sam entró a su local y cerró la puerta en las narices de Edward, dejándolo frustrado y a punto de explotar.

¿Cómo se atrevía? Edward no había encontrado ni una sola puerta cerrada en toda su vida, literalmente, cuando él o su familia estaban en algún lugar, ya fuera por su dinero, por sus influencias o por su belleza física, el mundo literalmente se abría ante ellos.

Ahora, en aquella minúscula ciudad y con una sencillez tajante, un hombre que portaba naturalmente las camisas de cuadros y botas de montaña—no como él—le negaba lo que quería. No podía decir que la situación le agradara, no había podido siquiera dormir por estar pensando en la muchachita, pero era sin duda una novedad.

Sin muchos ánimos de seguir peleando y sin saber dónde más poder buscarla, se dirigió al pequeño comedor que estaba justo cruzando la calle, el lugar parecía traído desde los mismísimos años treinta y despedía un olor a miel y mantequilla que le recordó a su infancia.

El lugar era pequeño—cosa que ya no le sorprendía—pero estaba limpio, relajado y realmente olía delicioso.

Se retiró a una de las mesas más apartadas, tomó uno de los menús que estaban ahí y esperó a que una camarera llegara para tomarle su orden.

—No puedo creerlo, ya es tan tarde, Emily nos va a arrancar las pestañas una por una—bufó Rosalie, mientras se colocaba su zapato y salía a trompicones de la camioneta de Isabella. Ella a su vez anudaba su tenis rojo y acomodaba su falda.

Bella quiso replicar que Emily no mataría ni a una mosca, pero era la tercera vez que llegaban tarde esa semana y su dulce jefa no era de las que les gustara esperar, estaba por comenzar la hora pico y seguramente los clientes se quejarían.

— ¡Mueve tu flojo trasero ya, Isabella Marie! —le gritó Rosalie desde la puerta trasera por donde entraba el personal, tan abstraída se había quedado en sus pensamientos, que no había bajado aún de la camioneta.

Como lo había esperado, ya había clientes, no muchos pero poco faltaría para que el lugar comenzara a llenarse.

Emily estaba detrás de la caja registradora, le dirigió una mirada a Isabella cargada de amenazas, quizás no de muerte, pero sí pediría explicaciones cuando el turno terminara.

La chica Swan se aproximó a la mesa donde Amber y su pequeña de cinco años, Jenny, comían ya su desayuno, les sirvió más jugo y le ofreció un café capuchino a Amber como retribución por no haber sido atendida como se debía.

La mañana pasó rápida una vez el verdadero movimiento comenzó, cuando menos lo esperaban la tarde caía y los comensales se hacían cada vez menos. Port Angeles era un poco más grande que Forks, pero tampoco demasiado, por lo que era fácil llegar a conocer a la gente de los al rededores, sobre todo a aquellos que viajaban de Forks hacia la ciudad por sus trabajos, como sucedía con frecuencia.

Después de cerrar el lugar, limpiar y quedarse un tiempo extra para compensar el tiempo perdido por llegar tarde, Bella se disponía a irse cuando la santa Emily inquisición se colocó justo frente a ella para sacarle toda la información o sacarle las tripas.

— ¿Y bien? —Rosalie se encontraba a un lado de Emily y por su actitud Bella sabía que algo le había adelantado, casi podía escuchar cómo la chica gritaba en su interior, la muy perra.

—Lo siento mucho, Em, Rosa—hizo énfasis en aquel sobrenombre que su amiga detestaba—, se quedó a dormir y se nos hizo tarde, no se repetirá…este mes.

Emily escrutó el rostro de su joven empleada, achicó sus ojos oscuros y sonrió de manera macabra, sabiendo que la chiquilla no resistiría mucho.

— ¡Conoció a un chico! — Gritó Rosalie, Emily chilló como la adolescente que no era y abrazó a Bella mientras seguía chillando en su oído.

— ¡Eso es fantástico, Bella! —la joven señora Uley casi podía ver la boda de su hermanita pequeña.

—Emi, no le creas nada a Rosa, ni siquiera pude hablar con él, sólo nos observamos por un momento. — ¿Para qué volver a explicar la sensación de esa mirada verde sobre la de ella? ¿Para qué volver a hacer un espectáculo de ello? Con Rosalie y su madre ya había tenido suficiente.

—Renee ha declarado que el chico ha revolucionado su mantra— su mofó Rosalie, Emily miró con piedad a su amiga y empleada. Sólo había visto y hablado con Renee en dos ocasiones, y en las dos tuvo la completa certeza de que tener a una madre como ella era toda una proeza.

Bella se guardó su comentario soez hacia su amiga, si no fuera la única que le quedara seguramente… no, Rosalie podía ser una malvada bruja, pero nada en el mundo la haría cambiarla.

—Entonces debe ser importante si ha hecho que tu madre apele a tus chacras y hayas llegado tarde a trabajar—sentenció Emily, dándole un beso en la frente y dejándola marcharse. —Que no se repita.

Isabella asintió y salió prácticamente corriendo del lugar mientras su mejor amiga se reía a sus anchas.

—No tenías que decirle a Emily sobre el chico. —Rosalie se encogió de hombros restándole importancia.

—Si es un fuereño y le interesaste tanto como él a ti, seguramente irá a ver a Sam—Isabella asintió, sabiendo que sería lo más lógico—, ambas sabemos que Sam lo mandará a la mierda y a él no le quedará más remedio que ir a consolarse con un plato enorme de los panqueques de Eme.

Isabella rió negando por la lógica de su amiga, encendió su camioneta y comenzó su camino de regreso a Forks. Tenía que darle crédito a Rose, más de una vez Emily les había contado como alguna chica o algún chico había ido a ahogar sus penas con comida grasienta después de que Sam les hubiera dicho, tajantemente, que no podía dar ningún tipo de información de los chicos que cantaban ahí.

—Dudo mucho que haya sido el caso, además—concluyó Bella—, si es un fuereño debe estar huyendo de la muerte lenta que es quedarse en un pueblo así, sólo los nacidos en Forks soportan un ritmo como el nuestro.

Rosalie rodó los ojos ante el comentario de puro orgullo de la chica, Isabella amaba Forks tanto como Charlie lo había hecho en vida, Rosalie había nacido en Seattle, sin embargo había aprendido a amar aquel pueblucho abandonado del mundo, en parte porque ahí había encontrado la paz, en parte porque ahí había conocido a Emmett.

Era algo que ninguna de las dos chicas podía definir, algo en los bosques, en las nubes cuando la lluvia se aproximaba, en el tímido y escaso sol, con el aire frío y místico o la combinación de todos estos, era algo único en Forks, casi mágico, mitológico que te hacia amar el lugar, y una vez que amabas aquel lugar, éste en retribución te lo daba todo, seguridad, comodidad, paz…amor, Renee y Rosalie eran testigos de ello, Forks les había dado al gran amor de sus vidas.

—Supongo que nunca lo sabremos—suspiró Rosalie, mientras soltaba su rubia cabellera y se acomodaba en la camioneta de Bella.

La chica, entre divertida y molesta con su amiga, le enseñó el dedo medio, no como ofensa, simplemente como signo de que le importaba un bledo su sarcasmo y lo que pensaba.

Edward observó la pequeña cabaña que había alquilado para su estancia en el lugar, Forks era muchísimo más pequeño que Port Angeles, si era posible, pero el cobrizo no había querido pasar un minuto más en el lugar. Aún sentía la bilis en su boca por la semejante mañana que había pasado, la mirada de puro desprecio del hombre del bar aún lo taladraba y para colmo, ni siquiera había podido desayunar pues la cafetería de pacotilla no tenía camareras que lo atendieran. Había salido airoso del lugar y se había subido a su auto alquilado, un cómodo pero moderno Volvo, no era como el Vanquish de nueva generación que conducía en Nueva York, pero era bastante bueno.

La cabaña era grande, aunque no tanto como los árboles que lo rodeaban, parecía recién remodelada y bastante decente. El interior era cómodo, acogedor y estaba bastante limpio, a pesar de que, por lo que le decían las personas del lugar, casi nadie alquilaba la cabaña, quienes vivían ahí no lo necesitaban por obvias razones y los pocos turistas que se veían en la necesidad de pasar por Forks, se conformaban con el hotel del pueblo.

Edward se resignó a comer un simple emparedado y una taza de café caliente, ¿qué clase de cafetería no tenía camareras a las diez de la mañana? El cobrizo comenzaba a cuestionarse si aquellas "vacaciones" habían sido lo correcto.

El joven, después de una reparadora ducha, se disponía a salir y recorrer el lugar, a pesar de la incesante lluvia que reinaba en el lugar, mas sus planes se vieron abajo pues su teléfono no paraba de sonar.

—Hola, Jasper—contestó con cansancio, después de diez minutos de escuchar el estruendoso sonido del aparato.

Lo siento de verdad, Edward—fue lo único que dijo su mejor amigo antes de que Alice comenzara con su cháchara incesante sobre que debía regresar, que sus padres, al igual que Tanya, ella, Jasper y Jason así lo requerían.

Se lo debes a la familia, Edward—repetía y repetía su hermana, con cual terminó por quebrantar la paciencia monumental que el joven tenía con su hermana menor.

—Suficiente, Alice—el tono hosco del joven Cullen detuvo la siguiente frase de su hermana, que, pasmada al otro lado de la línea, lo escuchaba como jamás lo había hecho—No le debo nada a la familia, ¿por qué no vas a jugar a la casita en tu cuento de hadas y dejas de fastidiarme?

Con la ira reconcentrada, los músculos agarrotados y sintiendo bullir su interior, Edward lanzó el teléfono hasta el otro lado de la sala y lo observó caer destrozado en varios pedazos.

Quería gritar, necesitaba desahogarse, la tarde tranquila que planeaba pasar en aquel aburrido pueblo olvidado del mundo se había convertido en una porquería. Salió prácticamente corriendo del lugar, se subió al auto de alquiler y condujo como un loco.

Se sentía terrible, ¿desde cuándo era así con su familia? ¿Desde cuándo no soportaba ni a su madre ni a su hermana? ¿Desde cuándo su empresa era un fastidio? ¿Desde cuándo las expectativas de Jasper y de su padre se habían vuelto una carga? ¿Desde cuándo no podía soportar siquiera escuchar el nombre de Tanya?

Su vida se estaba convirtiendo en una mala novela de desencanto, se encontraba ahí, en un pueblo más solitario que él mismo y se sentía justamente como en casa.

Sin saber cómo, llegó de nuevo al bar donde había visto a aquella niña cantar. Esa muchachita que le había recordado cómo era ser joven, despreocupado y alegre, sólo cantando y bailoteando por el lugar. Lo peor de todo es que Edward no tenía siquiera treinta años, pero se sentía como una viejo de ochenta listo para recluirse en un asilo.

El lugar estaba tranquilo, la música sonaba de manera amena pero no tan estruendosa como la noche anterior, el ambiente se respiraba cómodo y cálido—hacía un frío del demonio y él apenas se había dado cuenta—así que, sin pensarlo mucho, se decidió entrar.


Espero hayan leído la nota arriba, si no lo hicieron, háganlo por favor, besos.