Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía y queda prohibida su reproducción parcial o total sin mi consentimiento.
***Hola, amores de mi vida, ¿cómo están? La demora de este capítulo es exclusivamente responsabilidad mía, mi facultad consume todo mi tiempo y aunque quiero muchísimo continuar y no prolongarlo mucho a veces me es imposible siquiera estar frente a la computadora sin quedarme dormida o sin tener algo que leer para mis clases.
Espero que les guste el capítulo, la historia y mis escritos; mi única paga en este lugar son sus comentarios, favoritos y alertas. Ustedes me alientan a continuar siempre.
Las amo, como siempre. An-***
Capítulo cinco: Hola.
Isabella suspiró, limpiando la ligera capa de sudor de su frente con el dorso de su mano y manchándola levemente de color. Una bella y amplia sonrisa adornaba su rostro mientras observaba el cuadro terminado frente a ella.
El prado se veía bellísimo, justo como lo había soñado, un pequeño edén que sería sólo para ella.
—Apuesto que este te hubiera gustado, pa'— susurró para ella misma, sabiendo que a su amoroso padre cualquiera de sus cuadros le fascinarían.
Como era su costumbre, se levantó, se retiró la enorme camisa que utilizaba para pintar y se colocó uno de sus suéteres favoritos, de un color gris claro que le llegaba a mitad del muslo. Aquella tarde había sido un poco más fría de lo habitual, por lo cual antes de salir de su apartamento, después de terminar su turno en la cafetería, se colocó sus botas favoritas, un abrigo extra y su bufanda de colores azules.
Salió disparada hacia el bar, no iría a cantar aquella noche—nunca lo hacía después de terminar un cuadro—pero iría a ayudar y a convivir con sus amigos, no les hablaría de su pintura, pero ellos sabrían que la había terminado por fin y se alegrarían por ella.
Llegó al lugar justo cuando comenzaban a abrir, no había casi gente y todo se encontraba en calma, sus amigos la saludaron alegremente y al instante notaron que ella no estaría disponible aquella noche, por lo cual modificaron rápidamente su repertorio de canciones.
—Bella, pasas la mitad de tu día encerrada en aquel cuarto diminuto—comenzó Rosalie, mientas se acomodaba en el banco en medio del escenario y se preparaba para la prueba de sonido—. ¿Cuándo demonios veremos todas las pinturas que has hecho? Este mes han sido por lo menos unas tres, y el mes pasado unas cinco.
—Rose tiene un punto—atajó Carter, llegando y abrazándola por los hombros—Deberías hacer tu propia exposición, mostrarle al mundo lo que haces, bella Bell.
Isabella sonrió ligeramente y bajó su rostro mientras se aferraba al brazo delgado pero fornido de Carter. Ella conocía a sus amigos y los había escuchado decir cosas como aquellas todo el tiempo, sin embargo, ella sabía cuáles eran sus límites. No era una profesional, sólo amaba pintar. Había vendido uno o dos cuadros a algunos conocidos de Renee en Forks, pero sabía que había sido más porque la conocían de toda la vida que porque fueran verdaderas obras de arte o ellos supieran de eso.
—Muy bien, es hora de empezar—con un fugaz beso en la frente, Emmett despidió a Bella. Respetaba aquellos momentos en los que no deseaba cantar, sin embargo, no le gustaba que pululara por el lugar cuando no lo hacía.
Habiendo entendido la señal, Bella se retiró a la parte más alejada del bar, podía cantar ahí de vez en vez, pero realmente aún no tenía veintiuno y no tenía permitido estar cerca de la barra.
Después de unos minutos el local se fue llenando, no había ni la mitad de la gente que había habido la noche anterior, pero el ambiente seguía siendo animado y divertido, saludó a varias personas que la reconocieron, pero su aire de abstracción los disuadía de acercarse más de lo necesario.
Cuando Edward entró, los chicos estaban en mitad de la canción "Every body wants to rule the world" y combinaban las tres voces armoniosamente. El joven Cullen esperaba ver al grupo completo, pero sólo vio a los dos jóvenes y a la rubia, ni rastro de la bonita morena que lo había apantallado la noche anterior.
Sin muchos ánimos de seguir en el lugar y esperando poder enterrarse en la cabaña perdida por los siguientes veinte años, salió del bar cuando la incipiente llovizna comenzaba a transformarse en una inclemente lluvia.
Se subió al volvo para resguardarse del torrencial y arrancó el auto, acelerando a todo lo que daba. Mientras disfrutaba de la velocidad e intentaba no perderse en el camino con la lluvia cubriendo casi por completo el parabrisas, se escuchó el sonido indudable de que algo no iba bien. Logró detenerse a un lado de la carretera justo a tiempo para ver cómo el auto sacaba humo por todos lados y daba los últimos alientos de vida.
Edward no podía sentirse más furioso en ese momento y descubrió, no sin cierto sabor amargo en su boca, que aquel cacharro viejo era la perfecta representación de sí mismo. Una apariencia brillante, atractiva e ideal, pero por dentro era todo lo contrario. Salió del auto sin importarle que se empapara de pies a cabeza y estuviera en medio de la carretera sin nada más que árboles a su alrededor, ni siquiera tenía un teléfono ya. En ese momento el joven Cullen se sintió más solo que nunca.
Isabella se divertía mientras los chicos hacían su coreografía, en ocasiones era extraño verlos cantar y no estar a su lado, pero necesitaba esos momentos de relajación después de cada cuadro realizado, simplemente necesitaba irse a casa ahora, generalmente esperaba a que los chicos terminaran su rutina, pero decidió que un breve mensaje con Sam sería suficiente, ellos entendían. La joven se sentía bendecida por aquel primer momento en que entró al restaurante de Port Angeles y se encontró con Rosalie, quien trajo a su vida al resto de su familia, convirtiéndola en propia.
La lluvia era fuerte ya en ese momento, pero ella estaba tan acostumbrada a aquel clima que simplemente le dio una pequeña reverencia a las gotas que la empapaban y se subió a su camioneta para reemprender su camino a Forks. Colocó uno de sus discos favoritos y dejó que la música corriera. Ella era una chica de gustos eclécticos, no se encasillaba en un gusto específico de música y aunque generalmente prefería la música clásica, nunca se avergonzaba por su gusto al pop. Carter y Emmett se burlaban todo el tiempo de ella, pues aunque ellos mismos cantaban muchas veces todas aquellas canciones, no lo disfrutaban totalmente. La chica comenzó a cantar una de sus canciones favorita de Beyoncé.
Forks era un lugar realmente tranquilo, lo más escandaloso que había habido jamás fue la muerte de su padre, y ni siquiera había ocurrido ahí, así que el ver un auto a un lado de la carretera y a un hombre sobre el capo de éste completamente empapado la desconcertó sobremanera.
Con el buen espíritu de su padre y solidario de su madre, la chica detuvo su camioneta azul justo detrás del auto para ayudar al hombre.
Edward se sorprendió de ver unas luces y escuchar cómo se detenía un ruidoso vehículo detrás del Volvo descompuesto, el camino estaba oscuro y la carretera desierta, esto fácilmente pudo ponerlo alerta, pero al mismo tiempo escuchó cómo alguien se bajaba de la camioneta y una tonada de Beyoncé salía de dentro de ella, así que llegó a la conclusión de que no podía ser nadie peligroso.
No pudo estar más equivocado, la chica que se dirigía hacia él, caminando como si fuera un hermoso día de verano, con un suéter y mojada hasta el tuétano le sonreía con confianza, como si ella estuviera dispuesta y más que segura de que todo estaría bien.
—Hola—una sonrisa de diez mil voltios, unos ojos chocolate que se adivinaban en la oscuridad, la lluvia corriendo por un rostro de porcelana y Edward pudo reconocer en aquella inesperada salvadora a la cantante del bar. — ¿Puedo ayudarte en algo?
Su voz era ligera pero decidida, su tono educado y sincero y aquellos ojos que parecían tratar de encontrar todos tus secretos, eran oscuros y brillantes aún ahí.
—Hola—susurró, con la voz casi perdida, sonando como un adolescente a quien la capitana de las animadoras saludaba por primera vez y no como el hombre de veintiocho años y dueño de su propia compañía que era. — Me quedé varado, no sé qué sucedió.
Isabella observó a aquel hombre, con la lluvia se le hacía difícil observarlo claramente, pero parecía totalmente perdido, no sólo por la situación con su auto y porque claramente era un fuereño, sino en su actitud en general, su gesto de cansancio y soledad la abatió terriblemente, a pesar de ni siquiera saber cómo se llamaba.
—Soy Bella—le ofreció su mano la cual no él no dudó en tomar. —Puedo llevarte si quieres—Isabella apenas se creía que hubiera dicho aquello, su padre, Emmett, Carter y Rosalie estarían riñéndola en ese momento por ofrecer a un completo extraño el llevarlo en su auto, pero ya lo había hecho, había recurrido a esa parte de su cerebro que no pensaba completamente lo que decía y lo escupía sin más. Sin embargo, podía ver a Renee llamando a las fuerzas más grandes del plano espiritual y pidiéndoles la protección de su hija, pues era una completa boca floja sin filtro.
Edward se encontraba en una pelea interna casi igual a la de Bella, no conocía a la chica, y aunque dudaba que una chiquilla obviamente más joven que él, casi medio metro más baja y muy bonita, pudiera hacerle algo. Sentía que algo grande estaba pasando en aquel momento, podía prácticamente verlo corriendo por entre su mano que seguía sujeta a la de ella.
Le dio un rápido vistazo al volvo plateado que parecía casi estarse riendo de él, a la mano delicada y nívea de ella que él sujetaba fuertemente y a sus ojos castaños y cautos que parecían casi pedirle que respondiera antes de que saliera corriendo de ahí.
—Seguro, gracias—soltó su mano y sintió un escalofrío recorriéndole de los pies a la cabeza, podría haberlo atribuido a la lluvia que lo tenía empapado, mas dudaba realmente que hubiera sido eso. —Soy Edward, por cierto.
Isabella sonrió como su madre le había enseñado, con confianza y esperando lo mejor de la situación, lo que en Edward provocó otro escalofrío, ¿cómo podía sonreír de aquella manera? Literalmente estaba lloviendo a cantaros, estaban ambos empapados, no tenían ni veinte minutos de conocidos, era noche cerrada, él fácilmente podría ser un asesino en serie y ella simplemente le sonreía con toda su alma.
—Entonces vamos—apremió Isabella, subiendo a su destartalada camioneta.
Edward se quedó un minuto más ahí, viendo en aquella camioneta y en esa chiquilla una señal, dejaba aquel auto en ese momento, en aquella carretera, como una metáfora de lo que quería hacer en su vida. Dejaba a su antiguo yo, vacio y roto por dentro, y se encaminaba hacia lo desconocido con una niña de sonrisa brillante como guía.
—Espero que te guste el pop, Edward, porque no tengo nada más por el momento—le advirtió, sin dejar el aire de confianza. —Muy bien, ¿hacia dónde?
Edward sonrió de verdad por primera vez quizás en años mientras veía a Bella colocando un cursi disco de música absurda y encendía su vieja camioneta.
Tengo listo el capítulo seis pero será sólo su decisión si actualizo o no. Se los dejo de tarea. :)
