Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía y queda prohibida su reproducción parcial o total sin mi consentimiento.

***Niñas dulces y hermosas, lamento el retraso en esta actualización, la verdad...No tuve tiempo, no quiero dar excusas, las detesto, pero la facultad me tiene ahogada hasta el cuello y si subo este capítulo es porque ya lo tenía listo.

Sin embargo, y vienen las malas noticias...No tengo el séptimo capítulo, está a la mitad, y no creo poder terminarlo pronto aunque lo espero. Quiero llegar por lo menos al capítulo diez antes de continuar actualizando, así que...espero que tengan paciencia y continúen conmigo, aunque aceptaría si deciden retirarse de seguir mi pequeña historia.

Buenas noticias, están adaptando dos de mis historias actualmente. "Manual del hombre perfecto" con los personajes de Harry Potter, y "Una modelo" en un fandom de una banda japonesa (no sé bien en nombre) Cualquiera que esté interesada en saber sobre estas adaptaciones les contaré todo lo que sepa.

Espero que les guste el capítulo, las amo, amo sus comentarios siempre.

An-***


Capítulo seis: Comienzo ¿nuevo?

Isabella condujo todo el camino en silencio, se moría de ganas por cantar, tenía el nuevo disco de One direction, cortesía de Rose—"para puros fines de trabajo" —le había dicho su rubia amiga, aunque ambas sabían que Rosalie era una fan hecha y derecha de la banda británica, cuidaban de ocultar este hecho a su primo y novio, ambas sabían lo que pasaría si ellos se enteraran. Catástrofe. Más porque ambos chicos no soportaban a los ingleses y no toleraban el pop más allá de lo que su trabajo les demandaba.

Edward fue guiando a la chica por el camino hasta que se vieron frente a la cabaña, además de las indicaciones no dijeron nada. El joven se sentía nervioso y sudoroso, aunque tampoco podía estar seguro de esto, pues estaba empapado.

— ¿Quieres entrar? —susurró el joven Cullen, mientras la camioneta se detenía frente a la cabaña.

—Gracias, pero creo que sería mejor irme—replicó Isabella, ella no estaba mucho mejor que el chico, no había conocido a ningún otro hombre además de Emmett y Carter en cinco años, y Edward expedía una energía extraña hacia ella que la hacía temblar de pies a cabeza.

—Por favor, entra a secarte, es lo menos que puedo hacer después de que me trajeras hasta aquí—pidió Edward, recobrando su voz y su confianza, vio que la chica dudó y no temiendo parecer desesperado porque se quedara un momento más (aunque lo estaba) continuó—Podrías resfriarte.

Aquel fue el argumento final, con un resfrío no podría cantar, Emmett la querría matar, tendría que pedirle dinero prestado a su madre y lidiaría con Rosalie cuidando de ella hasta que se repusiera, un panorama nada atractivo.

—De acuerdo—accedió finalmente.

Ambos bajaron de la camioneta y corrieron hacia el interior de la cabaña. Edward se había ido sin dejar la puerta con seguro, ¿quién en sus cinco sentidos se adentraría a aquel bosque sólo para robar una triste cabaña? Se alegró aún así de que al entrar todo siguiera en su sitio.

Bella llevaba toda su vida en aquel pueblo y nunca se había enterado que existiera aquel lugar. Una pequeña choza que estaba segura se parecería a la casa de los siete enanos. Edward corrió a encender todas las luces del lugar y ahí, con una vista clara del hombre al que había rescatado, Isabella reconoció al chico del bar, no podía ser otro, aquellos ojos verdes la miraban igual.

Un momento un tanto incómodo precedió al reconocimiento de ambos. Edward estaba completamente seguro de que era la misma chica por la que había estado peleando con el gigantón del bar, mientras que Bella apenas podía salir de su estupor al ver a aquel hombre hermoso frente a ella.

—Te traeré ropa seca para que puedas cambiarte—atajó Edward, terminando con el extraño momento. Salió prácticamente despavorido hacia la habitación, tenía todo dentro de sus maletas aún, así que tomó lo primero que encontró, que fue precisamente de su ropa más desgastada y pequeña. —Es lo único que tengo. —Comentó apenado, cuando regresó ya cambiado a la sala.

Isabella se encontraba inspeccionando los pequeños cuadros que se encontraban en la chimenea, la cual necesitaba fuego urgentemente. Eran pequeños cuadros, mas bastante pretenciosos, de los dueños de la cabaña.

— ¿Eres familiar de los Mallory? —Cuestionó Isabella, encarándolo. Edward trató de buscar en su memoria algún registro con el nombre "Mallory", pareciera que unos cuantos minutos junto aquella chica y su mente se había quedado completamente en blanco.

—No, sólo me rentan este lugar—aseguró finalmente, recordando el nombre del dueño de la casa.

—Qué bien—resopló Bella, mientras tomaba la ropa seca y sonreía hacia el bello cobrizo—Son las personas más despreciables del mundo, creen que por tener dinero pueden menospreciar a todos aquí, que se deben cumplir todos sus mandatos y si no es así pueden arruinar su vida sin más ni más, que las puertas del mundo se deben abrir cuando ellos aparecen en un lugar, que no importa nada aparte de ellos…—Isabella, como solía ocurrirle en muchas ocasiones, se perdió entre sus pensamientos, y el filtro que se encontraba entre su cerebro y su boca, se desconectó.

Ella sólo podía pensar en las muchas veces que los señores Mallory le causaron problemas a su padre porque él había arruinado la "diversión" de su muy hueca y mediocre hija. La chica sólo podía sentir la indignación bullir en su interior, Renee le había enseñado a defender las causas nobles y justas, al igual que Charlie, y gente como los Mallory no conocían nada de aquello.

Mientras que Bella hacía su apasionado discurso sobre cómo la gente adinerada y poderosa sólo arruinaban la vida de las personas por debajo de ellos, Edward se sorprendía y se sentía cada vez peor consigo mismo.

Todo aquello de lo que ella hablaba con tanto desprecio era él, su familia, su vida. Él había hecho cosas como aquellas con tal de ver su compañía crecer, aunque era justo con sus empleados y su empresa era una de las primeras sustentables en el país, no se había medido a la hora de acabar con su competencia, pero eran negocios, igualmente Edward se sentía tan por debajo de aquella jovencita con evidente espíritu guerrero que repentinamente se sintió enfermo.

—Lo siento—se disculpó Bella, una vez su mente y boca volvieron a estar juntas. —Hay veces en las que sólo hablo sin medirme—el tono rojizo no tardó en llegar a sus mejillas, con lo cual la aflicción de Edward se disipó momentáneamente.

¿Qué decirle a esa niña que lo tenía al borde de la exultación? ¿Podía decirle que él entendía a la perfección cómo eran los Mallory porque él era exactamente así? No, no podría.

—Sé a la perfección de lo que hablas—las palabras salieron de su boca antes de que pudiera pensar más. —Detesto a toda esa gente.

Bella lo observó curiosa, pero decidió que era dulce de su parte el que lo intentara. Edward parecía a sus ojos un chico amable, sencillo y un poco despistado, justamente el tipo de hombre del que podría enamorarse, pero la sola idea de enamorarse de un completo desconocido y fuereño casi la hace saltar, Renee estaría como loca a su lado.

— ¿El baño? —Edward le indicó el lugar al cual Bella corrió para refugiarse un momento.

Edward encendió la chimenea para distraerse un momento, no podía saber lo que Bella estaría pesando de él en ese momento. ¿Creería de verdad que él era un viajero cualquiera viviendo en una cabaña y acostumbrado al mundo sencillo del cual obviamente no era parte?

— ¿Edward? —el cobrizo saltó al escuchar a la chica llamándolo, estaba en la cocina tratando de poner un poco de orden y preparar un emparedado rápido. Bella entró a la pequeña estancia con la ropa seca colgándole de todos lados, su cabello sujeto en una coleta, las mejillas encendidas y una sonrisa tímida.

Edward Cullen no creía en el amor a primera vista, ni siquiera creía haber estado enamorado alguna vez en su vida, pero al ver a Isabella Swan frente a él, creyó en la posibilidad. Una chica a quien sólo tenía unas horas de conocer y con quien se sentía anormalmente cómodo y nervioso a la vez, quien lo había salvado de morir en el bosque y quien lo miraba como nunca había sido visto antes. Edward definitivamente creyó en algo parecido a estar enamorado.

Isabella tenía una vida tranquila, todo su mundo era dirigido por la calma, incluso después de la muerte de su padre la calma en su vida prevaleció, pero fue viendo a aquel hombre desconocido y hermoso que sintió el descontrol, la incertidumbre, e Isabella se descubrió maravillada con la sensación que esos ojos verdes sobre ella le provocaban.

El extraño momento fue roto por el celular de Bella sonando, era un tono chillón y aniñado que anunciaba una llamada de Carter.

—Cart, ¿qué ocurre? —el chico, alterado al otro lado de la línea, le relató el incidente en el bar que se había sucedido unos minutos atrás. Isabella escuchó con la rabia bullendo en su interior y las malas palabras atascadas en su garganta, si no estuviera tan acostumbrada a no decirlas seguramente ya había soltado un rosario con ellas. —Malditos niños ricos, voy para allá.

Edward sólo observaba cómo la chica se colocaba sus zapatos, su abrigo y comenzaba a salir, dejando al chico con los emparedados en las manos.

—Lo siento de verdad, pero tengo que irme. —Isabella casi se derrite cuando vio la improvisada cena en la mesa de la cocina, ¿quién era ese chico y porque la hacía querer gritar como una adolescente hormonal viendo a su banda favorita en un concierto? —Te devolveré tu ropa mañana, estaré en el bar "New moon" en Port Angeles desde las ocho.

Con un beso en la mejilla que él no se esperaba, Isabella se despidió, salió corriendo de la cabaña, la lluvia había menguado un poco pero igual podía verla empaparse de nuevo. La sensación del espontaneo y cálido beso en su mejilla lo dejo casi mareado y deseando que el día pasara rápido para poder ir de nuevo a aquel bar y ver a la chica de ojos hermosos.

Un pequeño pensamiento se coló por su mente en cuanto el aturdimiento se disipo un poco, ella había dicho "maldito niños ricos", lo cual trajo consigo de nuevo aquel malestar e incomodidad consigo mismo.

Él era y siempre había sido un maldito niño rico, un chico que le causaba problemas a personas claramente sencillas como Isabella, pero…podía cambiar aquello, ¿no era así? Edward se convenció de que sí, podría cambiar aquello.


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