Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía y queda prohibida su reproducción parcial o total sin mi consentimiento.
N/A: Volví y esta vez para terminar esta historia, finalmente decidí que no tenía caso alargarla más y fui directo a donde quería, ya se enterarán de qué estoy hablando. He pedido demasiadas disculpas por mis retrasos y ahora solo quiero terminar la historia. No será tan larga como el resto pero será buena, ya lo verán.
Mil gracias a las que continúan aquí y siguen apoyándome, son las mejores.
Cap.13 Un rayo.
—Me siento enorme. —Bufó Rosalie, desplomándose sobre la mecedora en la habitación principal de la cabaña.
Siete meses habían pasado desde la boda de Bella y Edward y tan solo cinco desde la de Rosalie y Emmett, y todo parecía tan perfecto para ambas que Bella se sentía mareada en ocasiones.
—Carter mandó un e-mail ayer—comentó la rubia joven, acariciando su enorme vientre de ocho meses, en cualquier momento llegaría su hermoso bebé y su vida estaría llena una vez más. —Dice lo mismo que siempre así que no sé por qué se preocupa en mandarlos.
—Quiere que sepas que está contigo aunque no sea en presencia—aseguró Isabella. Conocía a su mejor amigo, a pesar de que se había ido y nunca la mencionaba siquiera en sus correos electrónicos, ella adoraba a Carter aún y siempre sería su mejor amigo.
—Es un cabeza dura y un inmaduro, eso es lo que es—Bella sonrió muy a su pesar, amaba a Rosalie, pero estar con Emmett tanto tiempo le afectaba.
—Ya están por llegar, Sam y Emily ya están aquí y Leah viene con ellos, Emma está dormida—anunció Renee, entrando a la habitación.
A pesar de lo que Bella pensaba, su matrimonio con Edward no había afectado a su madre, por el contrario, Renee se veía cada día más lúcida, más tranquila, casi como una madre normal.
—Muy bien, entonces empecemos—Anunció Rosalie, intentando levantarse sin ayuda y fallando terriblemente, Bella y Renee la ayudaron riendo. —Estoy a punto de explotar.
—Vamos, patito, vamos—canturreó Renee, haciendo casi llorar a Rosalie. La mujer se había comportado tan bien con ella que casi no extrañaba a su madre, casi.
Bella suspiró, se sentía tan feliz, y esperaba estar a punto de explosión por un bebé en algún momento, un bebé de Edward.
Salió a saludar a sus amigos, quienes llevaban comida y obsequios para Emmett, quien cumplía veintinueve ese día, su hombretón cumplía un año más, pero parecía ya no molestarle, pronto sería un padre y era un esposo maravilloso para Rosalie.
— ¿Y el festejado? —cuestionó Emily, sonriente como siempre, acompañada de un Sam no muy animado. Desde el matrimonio de Edward y Bella, Sam parecía molesto, inconforme, como si le hubieran arrebatado algo.
—Con los demás niños jugando por la ciudad, le pedí explícitamente a Edward que no asomaran sus narices hasta las cuatro en punto. —acotó Rosalie, maniobrando con el pastel y el bebé en su vientre.
—Edward es muy amable en ofrecer su casa para la fiesta—aceptó Leah, quien definitivamente aprobaba aquella amistad entre su esposo y el joven esposo de Isabella.
—Con las remodelaciones en la casa era imposible hacerla ahí—determinó Rosalie, sentándose por fin.
La cabaña había sido remodelada ligeramente, quitando todo artificio demasiado ostentoso que hubiera sido dejado atrás por los Mallory, haciendo el hogar perfecto para Isabella y él mismo. Era su hogar, aunque aún conservaban el apartamento de Bella, su hogar estaba ahí, entre los árboles y la apacibilidad.
—Los niños llegaron—anunció Renee, llevando una bandeja de bocadillos junto con Emily.
Las risas y las fuertes voces de los tres hombres se escucharon de inmediato, los presentes se colocaron rápidamente unos gorros de fiesta, tomaron confeti y serpentinas y gritaron feliz cumpleaños una vez Emmett atravesó la puerta que separaba el interior de la casa con un jardín remodelado por Renee.
— ¡Veintinueve bebé! —gritó Emmett, vitoreándose a sí mismo y dejando que Leah le colocara una corona de plástico en la cabeza. Podía tener casi treinta, pero seguía siendo un niño.
—Gracias—susurró Bella en el oído de Edward al llegar a sus brazos. Edward entendió que lo decía por haber distraído a Emmett durante toda la tarde, y realmente no había sido ningún esfuerzo.
Su relación con Emmett era casi de hermanos, ni siquiera con Jasper había llegado a ser así de cercano a pesar de sus años de amistad y lazos de familia. Con Emmett y Jacob todo era más normal, más natural, habían ido a la tienda de pesca a comprar nuevos señuelos, a la tienda deportiva por unos zapatos especiales que había encargado Emmett para su bebé y después habían ido a tomar unas cervezas y ver partidos de futbol grabados, habían reído y hablado de todo, como hermanos.
Y habían hablado de su familia, Edward quería una familia con Bella, la amaba con toda su alma y no había nada que deseara más en el mundo. Pero no se sentía listo, menos sin haberle dicho la verdad aún, y tenía un constante recordatorio de ello en la mirada acusatoria de Sam, que no lo dejaba ni por un segundo.
Debido a la partida de Carter y el embarazo de Rosalie, los chicos habían dejado de cantar en el bar, lo que recortaba sus ingresos, Edward se había aprestado rápidamente a arreglar aquello, pero eso había significado más mentiras. Gracias a la increíble capacidad de Angela y su mente brillante, había transferido cantidades considerables a cuentas ocultas bajo el nombre de su abuela y bajo el nombre de Bella, así que nadie en su familia podía notar los manejos en sus finanzas y podía permanecer oculto de ellos, y así sería hasta que le pudiera decir la verdad a Bella.
—Este lugar es asombroso, Edward—alabó Emily, quien no había podido visitar el hogar de sus amigos en mucho tiempo.
Muxu corría libremente por el jardín cercado, la cabaña era tan natural que parecía pertenecer al lugar y aún así se sentía cómodo.
—Quiero hacer un brindis—anunció Emmett, quien se encontraba un poco achispado en esos momentos. —No solo por mi maravillosa familia y mi increíble esposa, sino también por mi hermano, Edward.
Todos levantaron sus vasos y aunque Edward intentó sonreír, el sentimiento de culpa creció en su interior como una araña gigante que estuviera haciendo una telaraña enorme en su interior y no lo dejara ni respirar.
—Llegaste hace casi un año a nuestras vidas y tengo que decirte que aunque no estaba seguro de ti, me hiciste cambiar de opinión a tiempo. —continuó Emmett. —No solo has hecho a mi hermanita Bella la segunda chica más feliz del mundo—dijo guiñando un ojo a Rosalie—, también nos has ayudado a crecer con el negocio de la tienda de música, nos ayudaste a conseguir una nueva casa y has estado a nuestro lado en cada momento. Así que gracias, Edward.
Todos brindaron y las chicas derramaron una que otra lágrima, excepto Sam, que sentía la bilis correr por su interior.
—Demonios, hubiera deseado tener un discurso así de bueno el día de su boda—los presentes rieron porque en realidad su discurso sí había sido pésimo en aquella ocasión.
—Quizás con mi segundo marido lo hagas mejor, Emm. —Bromeó Bella, quien se encontraba cómodamente en el regazo de su esposo y haciéndolo fruncir el ceño, provocando más risas de los presentes.
Aquel era un momento de plena felicidad, de aquellos que no te das cuenta que estás viviendo, hasta que un rayo cae sobre ti.
Y eso rayo cayó precisamente sobre Edward, en cuanto escuchó toda una tropa de autos corriendo entre el camino enlodado por la noche de tormenta y que se detenía frente a su cabaña, al ser un lugar aislado, todo el mundo pudo escucharlo. Los hombres se levantaron inmediatamente, atentos al peligro y dispuestos a proteger a sus mujeres.
Edward se precipitó hacia la entrada, temiendo lo que podría pasar, aquella telaraña de mentiras parecía crecer y crecer en su interior, a punto de romperse. Emmett le seguía, al igual que Jacob y Sam. Renee y Bella permanecieron atrás ayudando a Rosalie, Emily siguió a los hombres y Leah corrió hacia el cuarto de invitados donde su pequeña Emma dormía la siesta.
Se escucharon puertas cerrándose y a continuación tres golpes fuertes, duros y concretos en la puerta, Edward sintió un escalofrío.
Al abrir la puerta se encontró con lo que más temía y menos esperaba.
Su familia entera, su padre quien había tocado la puerta, su madre quien tenía el rostro cubierto de lágrimas pero aún parecía inmaculada, su hermana quien lo veía de manera asesina y Jasper, quien sujetaba del brazo impasiblemente a Angela, quien parecía una muñeca de trapo a su lado.
—Edward Cullen, espero que tengas una explicación para esto. —Resopló Alice, quien parecía lista a tirarse sobre su cuello, y no para abrazarlo.
— ¿Qué ocurre? — el susurro fue leve y suave como solo Isabella podía hablar, pero llegó directamente al oído de Edward y cayó como una tonelada de concreto hasta su corazón, aplastándolo. Se encontraba detrás de todos, con su brazo alrededor de Rosalie y alzándose sobre las cabezas de los enormes hombres que la cubrían, pero Edward podía verla más claro que nada.
Emmett estaba frente a él con ceño fruncido y la mirada más seria de lo que jamás lo hubiera visto, Jacob se encontraba confuso y aún en alerta, Emily veía preocupada a todo el mundo, Leah no estaba ahí seguramente cuidando de su pequeña hija, Rosalie veía preocupada a Bella y a su esposo alternadamente, Renee observaba a toda la familia Cullen afuera de la cabaña y Bella solo lo veía a él, al igual que Edward solo podía verla a ella.
Su cabello castaño, sus labios rosas que se contraían en confusión, su cuerpo menudo temblando por la preocupación, y finalmente sus ojos, chocolates, brillantes, profundos, hermosos y conteniendo lágrimas.
—Es precisamente lo que nos va a explicar Edward Cullen en este momento. —Anunció Sam, quien se recargaba en una de las paredes de la casa, con los brazos cruzados y una sonrisa de satisfacción.
El rayo había caído, y no había sido sobre Edward, sino sobre Bella.
