Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía y queda prohibida su reproducción parcial o total sin mi consentimiento.
N/A: Muy bien, mis niñas, ya está. Tengo ya listos todos los capítulos, estamos a nada de terminar con esta historia. Iré actualizando DIARIO, porque este fin de semana tengo un examen de la universidad muy importante. Así que ya estamos en el dieciocho, dos más y terminamos. No puedo agradecerles suficiente por apoyarme siempre, son las mejores, sin duda.
Besos, An.
Cap.18 Decisiones.
Bella observaba cada uno de los cuadros que se encontraban en su estudio. Estaban todas sus pinturas ahí. Los cuadros que había hecho en Forks, los que había realizado en sus clases y otros más. Entre todos ellos y oculto en lo más profundo de la habitación, se encontraba uno, uno que no había visto en mucho tiempo y que no creía seguir guardando.
Lo había pintado cuando recién había conocido a Edward, era en sí una representación de ellos. Eran sólo formas y garabatos, pero le parecía que eran ellos, de alguna forma había logrado colindar en un punto, pero eso había sido hace mucho. Nunca había pintado algo parecido para Carter. Tenía retratos de él, como los tenía de todos sus seres queridos, pero nada como aquello.
— ¿Qué voy a hacer, muxu? —el enorme perro descansaba sobre los pies descalzos de su dueña, ajeno a la lucha que ella estaba librando en esos momentos.
Amaba a Carter, era parte de su familia, todo era tan sencillo con él, se había quedado con ella en sus momentos más difíciles y la había amado sin excepciones. No podía lastimarlo, no quería lastimarlo, prefería mil veces sufrir cualquier tipo de dolor antes que siquiera pensar en hacerle algún tipo de daño a él.
Odiaba a Edward Cullen, ¿cómo se atrevía a hacerle esto? Ella tenía una vida tranquila, lo había superado, pero le mentiría a él y a ella misma si dijera que no había pensado en él. Sobre todo en algunas noches de lluvia, cuando Carter dormía, ella se levantaba y pensaba en la última noche de lluvia en la que se había sentido segura, y veía a Edward frente a ella. O cuando Carter le había propuesto matrimonio, había sido un detalle hermoso, con una bellísima cena en una galería de un amigo suyo, le había hablado de cómo algún día ella tendría su propia exposición, él había tocado la guitarra para ella y después había sacado una hermosa cajita con un anillo dentro; por un ínfimo momento, había pensado en Edward y cómo simplemente se lo había pedido, sin rodeos, sólo pidiéndole que pasara el resto de su vida con él.
Sacudió su cabeza tratando de que todos aquellos pensamientos desaparecieran. Simplemente no podía dejar de lado los últimos tres años, ella ya no era aquella niña que se había dejado impresionar por Edward Cullen, incluso cuando aún no sabía quién era él. Ahora lo hacía, conocía su manera de engañar y no iba a dejarse llevar de nuevo, no importaba qué tan sincero le pareciera a ella, en un principio también había creído todo lo que le había dicho y todo había resultado una farsa. No más.
— ¿Bella? —La dulce voz de Carter la trajo de nuevo a la realidad.
Él siempre la había respetado, en todo momento le había dado su espacio. La conocía, sabía cuando quería estar sola, cuando estaba triste por sus padres, cuando necesitaba desesperadamente meter sus manos en pintura y perderse por horas.
—Salgo en un momento. —Escuchó a su prometido alejarse de la puerta y tomó su decisión.
Aquella misma tarde iría con Rosalie y Emily para reservar la iglesia en donde se casarían, no tenían más amigos que ellos mismos así que sólo haría una pequeña recepción en la casa de Emmett y Rose. Un sentimiento cálido se instaló en su pecho al acariciar el anillo en su dedo, en menos de un mes estaría uniendo su vida a quien siempre debió haber sido parte de ella.
Salió del estudió para encontrarse con la figura tranquila y segura de Carter, él era así, su roca, su amigo incondicional.
— ¿Lista? —Sonrió hacia él, e intentó ignorar la ráfaga de color verde que atravesó por su mente al verlo sonreír.
—Lista.
Salieron del apartamento para encontrarse con Rose y Emily, Bella sintió un extraño peso en su pecho, pero lo ignoró, era nervios comunes en todas las novias. Estaba completamente segura que después de decir "sí quiero" todo se arreglaría.
Tomó la mano de Carter y entrelazó sus dedos. Todo estaría mejor después de la boda, ya lidiaría después con lo demás.
Edward contemplaba la ciudad dese su lugar en la presidencia Cullen, su cuerpo se encontraba ahí pero su mente seguía miles de kilómetros lejos, en Seattle, en donde quiera que Bella estuviera.
Comenzó a mover su silla giratoria de un lado a otro como solía hacerlo cuando era un adolescente. Recordaba que su padre se volvía loco cuando hacía aquello, y Edward se deleitaba con ese momento de rebeldía que podía tener, era lo único que podía hacer. Detestaba estar en esa oficina, deseaba mil veces poder transformarse en polvo y salir volando por la ventana sólo para llegar de nuevo a su habitación, encerrarse ahí hasta que fuera un nuevo día y tocar su piano hasta que no pudiera sentir los dedos. Ese había sido su sueño, desde siempre.
Sin embargo, se había contenido, su boca había permanecido callada y había aprendido que el hermoso piano que tenía en su habitación era un privilegio. Había sido un niño con privilegios, al igual que su familia, y todo privilegio conllevaba un precio. Su precio había sido aquel, tener que atarse a los cimientos de la empresa de su familia y conformarse con que pudiera tocar el piano durante los fines de semana. Al pasar de los años, esos fines de semana se habían convertido en nunca.
Volvió a hacer girar su silla, rememorando, pensando, tratando de averiguar en qué punto se había perdido a sí mismo. Recordaba haber querido que su padre estuviera orgulloso de él, las tediosas clases en la universidad, el haber tomado las riendas de la compañía, todo, cómo le había parecido correcto y necesario y ahora simplemente no tenían sentido para él.
Suspiró, pensando en las duras palabras que le había dicho Bella, una semana atrás. Nadie le había hecho abrir los ojos de aquella manera, y por supuesto, tenía que haber sido ella quien lo hiciera. Ella lo había despertado, lo había levantado, sólo ella.
Escuchó afuera de su oficina a Angela saludando a sus padres y a Jane saludando a su hermana y su cuñado. Tomó aire y lo dejó salir lentamente, observó la hoja frente a él y la alineó nuevamente en un tic nervioso. Arregló su corbata, sonriendo ligeramente al pensar que jamás tendría que volver a usar una en su vida, a menos que lo quisiera.
Se levantó en el preciso instante en que sus padres junto a Alice y Jasper entraban a la oficina.
—Cariño—saludó su madre, abriéndole sus brazos y sonriendo de oreja a oreja.
Tanto Esme como Alice, al igual que Carlisle y Jasper habían cambiado radicalmente en el transcurso de los últimos años. Parecían las mismas personas, pero Edward los veía completamente distintos, y quizás también se debía a que él había cambiado.
Ya no veía a Carlisle como el hombre de negocios que lo había orillado a tomar una carrera en finanzas que él no deseaba, sólo a un hombre que buscaba tener algo en común con su único hijo; veía a Esme no como una mujer que sólo pensaba en el qué dirá, sino como una buena madre que quería ver a sus hijos felices; Alice no era la niña caprichosa y mimada que le daba la lata todo el tiempo, era una joven que tampoco conocía lo que realmente quería en el mundo y se conformaba con lo que le hacían creer que ella deseaba; Jasper era un joven que se había enamorado muy tempranamente de una chica igual de perdida que él, era un hombre trabajador y de buen corazón, pero demasiado influenciable.
Ahí estaba, su imperfecta familia por fin sin el velo de perfección que Edward había puesto sobre ellos, no diferían mucho de otras personas, quizás solamente él no lo había querido ver. Se había pasado la mitad de su vida creyendo que él no pertenecía ahí, cuando la verdad era, que eran perfectos para él, tan perdido como ellos.
—Muy bien, hijo—Carlisle sonreía más a menudo, lo que Edward agradecía—. Dinos para qué nos llamaste.
Edward respiró profundo nuevamente mientras observaba a su familia, ya había cometido grandes errores en su vida, y ahora iba a corregirlos.
—Quiero entregar mi renuncia irrevocable, padre.
El silencio reinó durante unos minutos que parecieron décadas para Edward, pero se dijo que no tenía por qué estar nervioso, era su familia a final de cuentas y lo amaban.
— ¿Puedo preguntar por qué? —Habló Carlisle, después de unos minutos de mutismo absoluto, levantándose cuan alto era y enfrentando a su hijo.
—Cada minuto que he pasado en esta empresa he dado lo mejor de mí, por el bien de ustedes y de la misma, pero jamás fue mi sueño, padre. Sólo quería que estuvieran orgullosos de mí, hacer que mi familia fuera feliz olvidando en el proceso que yo también debía ser feliz.
Esme recordaba al pequeño niño de cinco años que se había quedado hipnotizado la primera vez que escuchó el sonido de un piano siendo magistralmente tocado; se sentía fatal por dentro, como madre debió haberlo sabido, pero había esperado hasta ese momento a que su pequeño se lo dijera.
— ¿Estás seguro de esto? —Quiso saber Jasper, sujetando fuertemente la mano de Alice, ella le regresó el gesto.
Después de perder a un bebé y casi perder a su esposa, Jasper se había jurado a sí mismo nunca volver a eso, la empresa podía írsele encima, pero jamás se olvidaría de que Alice estaba a su lado, siempre lo estaría.
—Completamente, y estaré aquí las dos semanas de regla, pero no más, tengo que comenzar con mi camino desde cero. No será fácil y espero contar con el apoyo de todos.
Silencio nuevamente, que fue roto solamente por el sonido de los tacones de Alice al caminar por la alfombra del lugar y acercarse a su hermano.
—Por años has estado ahí para mí. Nunca fui la hermana que te merecías, como tampoco fui la madre que mis niños necesitaban. —Con lágrimas en los ojos enfrentó a su hermano, ambos pares de ojos verdes—.Tienes todo mi apoyo, Edward, sea lo que sea, yo estaré ahí para ti.
Un alivio recorrió el cuerpo de Edward de pies a cabeza, Jasper se situó junto a su esposa y asintió a su cuñado, secundando las palabras de Alice. Abrazó fuertemente a su hermana, sintiendo la mano firme de Jasper sobre su hombro, cuando se separaron sus padres estaban frente a él, ambos con lágrimas en sus ojos también.
—Yo siempre estaré orgulloso de ti, hijo. —Aseguró Carlisle, rodeándolo con su abrazo férreo.
Al separarse, fue Esme quien se colgó de su cuello. Su pequeño niño, que había crecido creyendo que no podía confiar en ellos, tratando de complacerlos, dejando su corazón y sus sueños de lado.
— ¿Algún día podrás perdonarme? —Susurraba Esme, con su rostro pegado al pecho de su hijo.
—No hay nada que perdonar, mamá.
Esme lloró un poco más, reconocía aquella mirada de anhelo en su hijo, después de veintiséis años volvía a verla.
—La música siempre fue tu camino, ¿no es así? —Edward sonrió y asintió, su madre, aunque no lo creyera en aquel momento, en verdad lo conocía.
—Ya es hora. —Asintió él, aún abrazando a su madre. Pero Esme pudo ver algo más, algo que no le estaba diciendo, entonces recordó a una menuda joven de cabello castaño y ojos hermosos. La chica… Bella.
Habían hablado tan poco de ella y no habían llegado a conocerla tampoco, pero su hijo había sido claro, la amaba, con todo su corazón, el cual había sido roto cuando había recibido unos papeles de anulación del matrimonio. Era eso, ella le hacía falta.
— ¿Aún la amas? —cuestionó Esme, Edward sintió un escalofrío, pero no tuvo que pensarlo dos veces.
—Con toda mi alma. —La mujer sonrió, sintiendo de nuevo lágrimas en sus ojos.
—Entonces ve por ella. —Alentó.
Edward sonrió, sonrió de verdad después de tres años de haber perdido toda esperanza. Iría por ella, iba a luchar.
