Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía y queda prohibida su reproducción parcial o total sin mi consentimiento.

N/A: Mis queridas niñas, hemos llegado al final de la historia, y como romántica empedernida que soy, no podía hacerlo de otra forma. Para las maravillosas chicas que me dejan sus comentarios, las adoro, simplemente son lo mejor de mi día. Sé que a muchas les frustró el capítulo anterior, pero era todo parte de la trama, un poco de teatralidad.

Finalmente, sólo me queda decir adiós y agradecerles por su infinito apoyo. Ustedes son lo mejor que he tenido a lo largo de los últimos seis años, sin ustedes probablemente no hubiera encontrado mi vocación, mi camino hacia lo que realmente soy. Es difícil para mí escribir estas palabras, porque no es sólo una despedida de esta historia, es de todo este mundo encantado y hermoso que ha abierto mi corazón a los más grandes amores, las mayores aventuras y las fantasías más sublimes.

Les agradezco de infinito corazón y quiero que sepan que nunca me olvidaré de ustedes, ni de los años que he pasado aquí ni de las historias que han nacido de lo más profundo de mi ser, los llevaré en el alma por siempre, pase lo que pase en el futuro, este lugar y estas historias siempre serán mis bebés, el lugar donde encontré mi hogar.

Esta será la última historia que publique. Ya sé que en mi última historia comenté que sería el final y aún así subí esta historia, pero ya es tiempo, todo en este vida debe terminar y mi momento aquí ha pasado. Disfruté enormemente poder compartir con ustedes todo este mundo que llevo en mi cabeza y saber que ustedes también lo encuentran interesante, cada vez que sienta cansancio al escribir una página más, leeré sus comentarios y sabré que hay unas pequeñas personitas que siempre me apoyarán. En estos momentos quiero concentrarme en mí, en la universidad, en mi cachorro, y en hacer ejercicio (de verdad lo necesito). Continuaré escribiendo, es lo que yo hago, pero quizás no volveré a subir ninguna historia a esta página. Para quienes hayan estado al pendiente de mi historia "A model", una traducción de "Una modelo" que yo misma estoy haciendo, voy a terminarla y será lo último, ninguna nueva historia.

Podría escribir más de diez mil palabras hablando desde cómo inicie aquí hasta cómo llegué a este punto, pero creo que ya he dicho más que suficiente, las amo, de verdad, y nunca podré pagarles el haber leído mis historias.

Las amo, miles de besos siempre.

An.


Cap.20 Sol de otoño.

El aire de Nueva York, ya frío por la temporada, golpeó el rostro de Edward, tuvo que sujetar fuertemente el folder con papeles que guardaba bajo su brazo. Sin aquellas partituras no podría dar su clase aquella tarde.

Se incorporó a las calles atestadas de gente y se dirigió hacia el instituto de artes Neoyorkinas en el que trabajaba como maestro de piano. El piano y la música, los niños deseosos de aprender a dominarlo y sus incansables horas de práctica era lo único que lo mantenía respirando y caminando.

Un tono en su teléfono que indicaba la llegada de un mensaje lo distrajo por un momento, era de Alice, quien había mandado una sonriente foto de ella con el pequeño Jason, de ocho años ya, disfrazado como un miembro de la NASA y ella como todo el maquillaje de un payaso. Su hermana, tan alegre y vivaz. Estaba sonriendo a la foto cuando una llamada entró.

¿La recibiste? —dijo a manera de saludo su hermana. Edward rió ligeramente, Alice casi contuvo el aliento al escucharlo, ella vivía para su hijo, su esposo y hacer reír a su hermano, cuando lograba hacerlo.

—Estás lista para dejar la escuela y convertirte en toda una payasa profesional, Ally—rió nuevamente mientras avanzaba por las calles.

¡Te lo dije! —Exclamó su hermana hacia alguien más—Tengo listo tu disfraz, te verás espectacular para la fiesta.

— ¿Tengo otra opción?

¡Por supuesto que no! —Edward ya se lo imaginaba— ¿Te veré mañana en la cena?

—Claro, no me lo perdería por nada—aunque después de sus clases fuera directo a su apartamento a comer solo, mañana por la tarde podría cenar con toda su familia.

Muy bien, te amo, Edward—dijo a modo de despedida.

—Te amo, enana.

Terminó la llamada con su hermana al mismo tiempo que llegaba al instituto.

El lugar era maravilloso, un edificio amplio, de sólo dos pisos pero que albergaba a una considerable cantidad de jóvenes que anhelaban adentrarse en las artes, justo como él.

Llegó a su salón rápidamente al ver que Lizzie, una adorable niña de diez años y que demostraba grandes aptitudes además de un ímpetu extraordinario, ya se encontraba ahí.

—Hola, Lizzie—saludó amablemente, entrando con ella al salón—Espero que hayas practicado.

—Todo el día, señor Cullen—Edward sonrió, definitivamente había tomado la decisión correcta.

No olvidaba la promesa que había hecho unos años atrás, y lo agradecía. Enseñar música era quizás unas de las experiencias más satisfactorias de su vida, ver los progresos de un joven frente al piano lo llenaba de una manera que nunca creyó poder tener, pero ahí estaba.

Su familia lo había apoyado al cien por ciento, incluso Esme y Jason habían contratado sus servicios como maestro particular, ahora podía ver a su madre y a su sobrino practicar dúos juntos en el piano de su casa.

Su padre, junto con Jasper, había decidido vender parte de la compañía y así expandirse hacia nuevos horizontes, de manera que ahora estaban trabajando en un proyecto para la comercialización de música, algo que sin duda Edward apreciaba.

Su vida parecía haberse solucionado, tenía todo lo que posiblemente pudo haber deseado en algún momento, pero no era así, ya no. Por siempre habría un hueco que nada podría llenar, sabía que el único remedio que podría tener estaba felizmente casada con su mejor amigo. Ahora que podía verlo con perspectiva, él había interferido entre ellos, si no hubiera sido por él probablemente Carter y Bella hubieran sido muy felices desde tiempo atrás, pero eso no podía saberlo, lo único que deseaba es que ella fuera muy feliz.

Terminó sus clases como en estado automático, algo que le pasaba cada vez que pensaba en Bella. No quería, pero siempre se cuestionaba cómo estaría, si estaría pintando, si seguiría en Seattle o habría vuelto a Forks, si tendría hijos ya o estaría embarazada en esos momentos, aquello era lo que más lo atormentaba.

—Hey, Edward—lo saludó Zafrina, una maestra de danza contemporánea bastante prolífica, era casi una leyenda por ahí—. ¿Planes para hoy?

—Lo mismo de siempre—dijo con desgana, generalmente Zafrina era muy amable y la consideraba una maravilla para la danza, pero no creía poder verla más allá de eso.

—Iremos esta tarde a darle una bienvenida a la nueva, ¿te animas? —sonrió con sus perfectos dientes blancos y supo que aquello podría ser una cita. Él negó con una media sonrisa.

—Ya la veré por ahí luego—Zafrina sabía cuando dejar de insistir, así que asintió y se despidió con un gesto de mano.

Al llegar a su casa sólo tuvo ganas para tocar, no probó ni un solo trago—había dejado el alcohol para siempre—, sólo esperó a que las horas pasaran antes de regresar al trabajo y después poder ir a casa de sus padres para cenar.

Sus dedos se deslizaban como hacía años no lo hacían sobre las teclas, la misma melodía sonaba, la única que le recordaba a ella. La había compuesto unas semanas después de haber entrado a clases y casi un mes después de la última vez que había visto a Bella. Su profesor, el señor Eleazar, se había maravillado con la composición, y al final de su tiempo como estudiantes, fue la razón por la que decidió recomendarlo como maestro en el colegio.

Se quedó dormido sobre su piano, algo que pasaba con frecuencia, y esa noche, soñó con Bella el día de su boda. Pasara lo que pasara, ese primer momento en el que la observó caminar hacia él, con su precioso vestido rosado, su olor a frutas y flores, sus ojos llenos de amor, y el cálido beso que habían compartido ya como marido y mujer, sería el más feliz de su vida.

Se despertó con una sensación en su pecho, sintiendo como si algo estuviera a punto de explotar a su alrededor. Temprano le llamó su madre para confirmar que iría a cenar con ellos, su padre le informó sobre los avances en sus negociaciones y terminó de revisar las partituras para sus alumnos.

Hizo su rutina como siempre y todo parecía como si nada raro estuviera sucediendo, mas él lo sentía, había algo, el mundo estaba girando demasiado deprisa, el viento lo empujaba demasiado fuerte, el sol brillaba sobre él casi como un reflector.

Al entrar a su sala de música sintió que el aire era más dulce a su alrededor, como si lo hubieran perfumado.

— ¿Estuvo alguien aquí este mañana, Carmen? —preguntó curioso a la directora del lugar.

Ella sonrió, no veía a Edward tan animado desde hacía tiempo, parecía como si la sombra de tristeza que se instalaba sin remedio sobre sus hombros se hubiera desvanecido por completo.

—Tuvimos una reunión para presentar a la nueva profesora con sus alumnos. ¿Por qué?

Edward negó y salió de la sala, sonreía sin saber el por qué y cada vez que pasaba por algún pasillo que olía exactamente como la sala de música lo hacía con más fuerza.

Al terminar el día, se alegró de que tuviera una cena con su familia, al fin podría convivir con ellos sin sentir que lo veían con lástima, ya no se sentía así.

Caminó con confianza hasta la salida y se detuvo a contemplar cómo el día por fin terminaba, el sol estaba poniéndose en el horizonte. Quizás una de las cosas que más amaba de aquel instituto era que su locación, apartada de los rascacielos de Nueva York, le permitían disfrutar de las puestas de sol, sobre todo de las de otoño.

— ¿Edward? —Aquella voz, suave y que reconocería en cualquier lugar hizo que su corazón se acelerara.

Al darse la vuelta, la encontró ahí, frente a él. Llevaba su cabello por arriba de los hombros y con un abrigo que cubría su figura, pero era ella. Bella.

—Bella—susurró no creyendo que estaba diciendo aquel nombre en voz alta de nuevo.

Ella le sonrió con emoción, sorprendida igualmente de encontrarlo ahí.

— ¿Qué haces aquí? —rompió el silencio.

—Trabajo aquí, empecé ayer—respondió aún sonriendo. La nueva maestra, una maestra de arte, Bella era la nueva maestra de arte. ¿Cómo pudo haber sido tan idiota?

Casi por inercia sus ojos se desviaron a sus manos, para descubrirlas sin ningún anillo en ellas. Bella lo notó de inmediato.

—No me casé, Edward.

Miles de preguntas se aglutinaron en su mente, pero como siempre le pasaba junto a Bella, no pudo decir ninguna.

— ¿Te gustaría caminar conmigo? —Bella asintió, conteniendo sus lágrimas y sus ganas locas de lanzarse a sus brazos.

Desde el primer momento que había llegado a Nueva York había temido encontrarlo de nuevo. No sabía realmente qué iba a hacer de su vida, sabía que le gustaba la música y él le había dicho que iría tras sus sueños, pero jamás creyó que se lo volvería encontrar ahí.

Cuando encontró una vacante en el instituto se sintió la más afortunada de todas, el lugar era increíble, pero en cuanto encontró la placa con su nombre que lo acreditaba como profesor del lugar, se sintió volar. El miedo se borró de su mente y sólo deseo poder encontrarlo de nuevo; esperó que asistiera a la pequeña bienvenida que habían organizado para ella, pero no había asistido.

Sin embargo, al verlo de pie en la salida, disfrutando de la puesta de sol, viéndose más joven y feliz que nunca, sus dudas volvieron, ¿y si ya la había olvidado? Era claro que no, pero quizás… su amor habría menguado, después de todo, ya habían pasado dos años desde la última vez que lo había visto.

— ¿Qué haces en Nueva York? —Preguntó como si hablara con cualquier otra compañera de trabajo, haciendo que el corazón de Bella se hundiera un poco.

—Me ofrecieron un puesto como maestra aquí, al principio no sabía si aceptar o no pero Rose me convenció de hacerlo—Y estaba muy agradecida por ello. Edward sólo asintió.

— ¿Cómo están ellos? —Bella sentía que se desesperaba cada vez más, pero continuó respondiendo a sus preguntas.

—Muy bien, esperan a su quinto bebé—rió Bella, dándole escalofríos a Edward, era tan hermosa.

—Parece que les va bien—Bella sólo asintió, continuaron caminando con el silencio rodeándolos y cortando el aire.

Al final Edward no lo pudo resistir más, se paró en seco y jaló a Bella del brazo fuertemente, haciendo que chocara contra su cuerpo, sin que pudiera contenerse más, besó sus labios.

El sol los llenó con su luz fuertemente, dando los últimos rayos de sol.

—Dime qué pasó.

Bella se apresuró a contarle cómo aquel día, cuando estaba a punto de casarse, Carter pudo verlo. No sólo en su maquillaje corrido, sino en sus ojos tristes y perdidos, ella lo amaba, pero no como él quería. Había visto a Edward salir torpemente por una ventana, como si nadie fuera a verlo. Después de aquello supo que no podría casarse con Bella, y así lo había expresado negándose a aceptarla.

—Si no se hubiera dado cuenta, yo podría haber continuado con todo eso, y nos hubiera vuelto infelices a los dos—a los tres, quiso decir Edward, pero se conformó con aferrar más a Bella hacia él—. Él y Emily viven en Londres ahora, adoptaron a niña preciosa llamada Madison y mandan cartas y regalos todo el tiempo.

Edward se alegró, siempre le agradó Emily, y a final de cuentas Carter había hecho lo correcto, él pudo haber continuado con aquella boda y en cambio le dio a Bella su libertad.

— ¿Y qué hubiera pasado con nosotros? —Tomó sus manos, entrelazando sus dedos, al sentir su mano izquierda Bella se quedó helada.

—Oh, Edward—al saber en qué estaba pensando, se apresuró a negar.

—Prometí que nunca olvidaría que nuestro amor es más fuerte que nada ni nadie y que duraría más que el tiempo, ¿recuerdas? —al ver la alianza, Bella pudo notar que era la suya, la misma que ella había colocado en su dedo hacía cinco años.

—Yo rompí mi promesa—susurró con pena, dejando el llanto salir. Edward volvió a negar, sintiéndose más feliz que nunca.

—Me alentaste a cumplir mis sueños y ayudarme a ser mejor persona. Lo has hecho, Bella, sin ti jamás habría abierto los ojos.

Dejando las lágrimas de lado, Bella se aferró a su cuello y unió sus labios con los de Edward. Jamás se había sentido como se sentía en aquel momento, y se deba cuenta del por qué, era él, sólo Edward podía despertar también su corazón.

Al separarse de nuevo, Edward pudo ver la fina cadena de oro en la que iba colgada una alianza idéntica a la suya, haciéndole sonreír como no lo hacía en mucho tiempo.

El calor que los embargó y que provenía de ellos mismo, se asemejó como aquel sol que los iluminaba. A pesar del tiempo, sin importar las adversidades ni los obstáculos, su amor prevalecería, cuidando de ellos, protegiéndolos.

Justo como lo hacía en una tarde fría, un sol de otoño.

FIN.