Disclaimer: Nada me pertenece, todo es de George R.R. Martin. ¡Nada es mio, no me demanden!

Cap.3

El festín de bienvenida fue austero, al menos para lo que esperaba Falyse, que prefería sin duda al príncipe menor sobre el que se suponía sería su marido, pero considerando que también era príncipe se casaría con él, aunque fuera tan serio y no dejara de ver a Alerie a través del salón de banquetes. La debió haber dejado vagar sola en el muelle, pero las capas doradas la escoltaron también y no pudo hacer nada. No se le ocurría cuánto tiempo más podría mantener la farsa. Tenía que casarse con el príncipe cuanto antes, pero mientras tanto aprovecharía para coquetear con todos los caballeros y nobles que encontrara, sólo en caso de que algo saliera mal. Una visita de las hijas menores de Lord Baelor, tal vez. En el centro de la mesa, Gendry no dejaba de preocuparse por su hijo que estaba completamente distraído, seguramente no le había gustado la novia y no había nada que se pudiera hacer. ¡Qué error!

— ¿Tú también te fijaste?— le preguntó Arya.

— ¿Qué hicimos una estupidez? Sí.

— No, me refiero a Yoren, ha estado viendo a la doncella de su prometida toda la noche.

— Si R'hllor es bueno se le pasará, o al menos eso espero. Y si no lo hace será tu culpa.

— ¿Mi culpa? Lo último que supe fue que TÚ eres el rey, yo sólo soy la consorte.

— ¡Ja, por favor! En todas las tabernas de la ciudad se canta sobre cómo la que manda en este lugar eres tú. Yo sólo te hacía caso.

—Mentira, todo esto fue tu idea.

— ¿Mi idea? ¿Cuándo ha sido mi idea una de las locuras que hemos hecho juntos? Huir de Harrenhal fue tu idea…

— Cállate, habrías terminado muerto si no fuera por mí.

— Huir de la hermandad y dejarme tirado fue tu idea.

— ¡Ibas a abandonarme por ellos! Me mintieron.

— Deshacernos de tu doncellez en el piso de una cabaña en ruinas fue tu idea…

— Como si te hubieras quejado. Además, si la dama le desagrada tanto podemos encontrar una forma de deshacernos de ella.

— Y ofender a los Hightower, hasta yo sé que es pésima idea.

Tendría que casarse, no había duda. El problema es que la doncella tímida que se sentaba entre los criados al fondo del salón, por petición expresa de Falyse que hasta había exigido que la enviaran a la cocina tenía que ser la mujer más bonita que Yoren hubiera visto jamás. No podía quitarle los ojos de encima y para ser honestos estaba fastidiado de su futura esposa. No paraba de hablar sobre un montón de estupideces que a él no le importaban. Él lo había intentado, al menos, le había preguntado sobre Antigua, quería saber todo de la Citadela, pero parecía que esa mujer no estaba interesada en otra cosa que no fueran baladas de bardos famosos que juraba que le habían dedicado un sinfín de himnos a su belleza. No era fea, pero no le gustaba para nada. Vaya, preferiría a una de las hijas de Ser Bronn del Aguasnegras antes que su prometida. Entonces, la doncella tímida miró en su dirección y Yoren se puso del color de un tomate. ¡Lo había visto! No supo dónde esconderse ni qué hacer con las manos, entonces apuró su copa de vino y rezó: "Padre, Madre, Herrero, Guerrero, R'hllor, el ahogado, los norteños, quién sea, ayúdenme. Mátenme ahora pero no permitan que me case con esa mujer".

La mañana siguiente trajo mucho trabajo en la cocina. Pastel Caliente se movía por todas partes sin parar, los humores salían de las estufas y sus hijos e hijas revoloteaban por todos lados sin que su pobre madre, Azafrán, pudiera mantenerlos quietos.

Por órdenes de Falyse, Alerie había sido asignada a la cocina y había pedido que no saliera de ella sino para atenderla. A los reyes no les cayó en gracias su soberbia, pero decidieron ser complacientes hasta la boda, ya después le explicarían cuáles eran las normas de cortesía que se seguían en la Fortaleza Roja. Pastel Caliente era un hombre rechoncho y agradable. Las fregonas le cobraron afecto casi de inmediato y la ayudaban cuando la veían batallar mucho para dejar un plato bien limpio. Aprendió a barrer, a fregar el piso y hasta cocinar un poco al primer intento. Las hijas de Pastel Caliente también se encariñaron con ella y en cuanto le dieron un descanso la llevaron con ellas a dar un paseo por la ciudad y a ver a los caballeros en la arena de práctica, pero fue Yoren, el que hubiera sido su esposo quien le dio el mejor regalo que se pudo imaginar. Un par de días después de haber llegado, Alerie estaba tallando el piso del salón del trono después de que la loba de la reina dejara un bonito recordatorio de su presencia, cuando vio entrar al príncipe, que al verla estuvo a punto de retroceder y puso una cara de dolor muy extraña, como si le doliera concentrarse en algo. Entonces, de improviso se acercó, colocó el libro que estaba leyendo en uno de los tronos, se dio la vuelta y dijo: "Hola"

Alerie intentó murmura algo como: "Su alteza" pero antes de que pudiera terminar, él la interrumpió y le preguntó su nombre. Alerie tuvo que inventar algo y lo único que se le ocurrió fue "Alicent". En seguida, el príncipe dio media vuelta y se fue. Alerie no tenía idea de qué había pasado, pero notó que en su apuro dejó olvidado el libro que había llevado consigo. No lo pudo resistir y tomó el volumen. Era un libro reciente, estaba firmado por Lord Samwell Tarly, seguramente se lo había enviado al rey tan pronto terminó de escribirlo. Trataba sobre el largo invierno y era tan nuevo que dudaba de que hubieran llegado volúmenes a Antigua. Se sentó en los escalones que llevaban al trono y comenzó a leer. Eso era lo único que extrañaba de su antigua vida, los libros, estaba leyendo una vívida descripción de los caminantes blancos cuando el príncipe regresó y la vio. Pensó que iba a gritarle, pero en lugar de eso se ruborizó y algo sorprendido le preguntó: "¿Sabes leer?"

Yoren estaba horrorizado. No podía casarse con ella, por más que quisiera, tal vez si la hubiera conocido antes de ese maldito compromiso, pero nada le impedía seguirla con discreción a todas partes. Habían pasado unos pocos días y toda la corte sabía que estaba prendado de la criada de su prometida. Corrían chistes crueles y apuestas sobre cuándo la dejaría con un bastardo, Elenei era la única que le contaba todo lo que se decía, él estaba tan absorto en su infatuación descabellada que podrían haberle cortado la cabeza sin que lo notara.

— Lady Alerie no es simpática, pero va a ser tu esposa y debes ser considerado con ella. También piensa en nuestros padres. No querrás que te empiecen a comparar con el abuelo Robert, ¿verdad? A papá le molestaría mucho.

Su hermanita tenía razón, por eso no pudo confesarle que había llevado a la criada "Alicent" a su biblioteca privada y le había dado una llave para que entrara a leer cuando quisiera. Elenei tenía razón, todos se habían dado cuenta, incluyendo a Falyse que comenzó a preocuparse y decidió que tenía que deshacerse de ella, por lo que le pidió al rey que le diera una ocupación a su doncella que fuera más agradable para ella. En los parques que rodeaban el castillo tal vez, donde Pastel Caliente criaba a sus gansos. A Gendry le pareció bien, él mismo extrañaba salir de las murallas de la Fortaleza y huía a su antigua forja cada vez que podía. Por otro lado, el hijo menor de Pastel Caliente era el encargado de cuidar a los gansos y podía guardarle compañía, sin mencionar que sería bueno alejarla de Yoren. Mientras él viviera, ninguno de sus hijos engendraría bastardos, y si lo hacían, los obligaría a casarse, así se tratara de una mendiga con psoriagris. Y si los Hightower querían guerra, guerra tendrían, pero lo mejor sería evitarlo a toda costa. Ya había visto demasiadas carnicerías en su vida.

Y así, Alerie salió de los muros de la fortaleza con el hijo mayor de Pan Caliente, Conrado, rumbo al parquecillo donde cuidaban a los gansos.

Al llegar al prado, Alerie y Conrado se sentaron sobre la hierba. Era un buen muchacho, rechoncho como su padre, pero sólo hablaba de comida, de cómo preparar pasteles y lo difícil que era condimentar la comida cuando el príncipe heredero estaba con su esposa en la Capital.

—Esos dornienses comen serpientes, imagínate eso… ¡Serpientes! No sabes cómo me da miedo matarlas, pero lo peor es quitarles la piel y la espina, es muy complicado, y las especias… ¡son una pesadilla!

Después de un rato Alerie estaba aburrida y se entretuvo haciendo una guirnalda de flores que fue trenzando en su cabello. Tenía un cabello bellísimo, brillante y del color del trigo, al verlo, Conrado insistió en que le diera unos mechones. Alerie no quiso y como el pequeño Conrado insistía, la dama empezó a cantar:

Vuela, vuela, viento alado, llévate el sombrero de Conrado. Para que él vaya
detrás, corre, y corre, y correrás. Mientras peino mis cabellos, que brillan más bellos.

Entonces sopló el viento, llevándose el sombrero de Conrado por los campos y obligando al Pastorcillo a correr detrás de él. Cuando volvió el pastor Alerie ya se había trenzado el cabello y Conrado no pudo robarle ni uno. Se enojó con ella y pasaron el resto del día en silencio. Lo mismo sucedió al día siguiente y al día que siguió a ese. Como ya faltaba poco para la boda, un día Conrado entró al despacho del Rey y le dijo:

— Majestad, tengo un problema, y usted me dijo una vez que podía pedirle ayuda si tenía uno.— Tanto Gendry como Arya quería mucho a los hijos de Pastel Caliente y hasta al nieto que acababa de nacer, pero nunca había agradecido tanto una visita de ellos como en ese momento. Practicar la escritura lo fastidiaba y tener que firmar con su nombre una y otra vez lo mataba de aburrimiento.

— Cuenta con eso, si puedo ayudarte lo haré, a ver, siéntate y dime qué te pasa — dijo Gendry.

— Ya no quiero que la pastora me ayude a cuidar los gansos, si quiere se puede quedar ella y yo me iré con mi padre y mis hermanos a las cocinas.

— ¿Por qué no quieres cuidar gansos con ella?

— Porque todos los días se burla de mí.

Y entonces Conrado le contó todo lo que sucedía en el prado, y cómo él, cada día, se veía obligado a correr detrás de su sombrero.

Gendry no sabía si estar divertido o creerle siquiera. ¿Qué cuento era ese? Le dio permiso para que se quedara en las cocinas y ayudara con los preparativos para la boda. Por la noche, mientras se quitaba las botas y la camisa [favor de imaginar a Gendry sin camisa y sonreír, gracias] le contó a Arya todo el cuento que se le hacía divertidísimo, pero ella se lo tomó más en serio.

¡Lo sabía! Arya no estaba sorprendida, sabía que esa doncella nunca había servido en su vida y que la novia de su hijo era una farsante. Ella misma había sido tantas caras diferentes que sabía reconocer una mentira en cuanto salía de la boca del pobre infeliz que quisiera engañarla. Pero sabía que Gendry no le creería sin pruebas, así que decidió averiguar por su cuenta. La había estado siguiendo por días, sin decirle a Gendry, por supuesto, que siempre estaba muy ocupado y pasaba la mayor parte del día en compañía de Ser Davos. Silenciosa y rápida. Vio a la falsa novia recorrer la fortaleza de arriba abajo y murmurar, también la vio hablar algunas veces con la que se suponía que era su doncella, pero que era dolorosamente obvio que jamás había trabajado en su vida. De las conversaciones con Pastel Caliente sabía que habían tenido que enseñarle todo desde el comienzo, aunque había mejorado mucho y ya casi no requería que le dieran instrucciones. Recordaba perfectamente bien la noche del festín, cuando la prometida de su hijo le exigió a la doncella que permaneciera de pie junto a ella para ser su copera, al menos hasta que notó que Yoren no le quitaba los ojos de encima y la mandó de regreso con los sirvientes. Tenía manos delicadas y a pesar de las quemaduras provocadas por el sol, no tenía callos en los dedos, ni la dureza en los músculos de los antebrazos que las mujeres acostumbradas a servir y lavar suelen tener. Era una farsante. Las dos eran rubias, pero mientras la doncella tenía el cabello color trigo, la falsa prometida tenía el cabello más claro y muchas pecas en la nariz.

Igual que el honorable Ned Stark, Arya recurrió al libro de antiguos linajes para revisar la casa Hightower. Habían llegado cuervos preguntando por qué no se habían recibido cartas de lady Alerie, a quien su padre mencionaba como la más hermosa de sus hijas. Si bien era cierto que los padres suelen tener esa opinión sin importar que sus hijas sean horrendas, le llamaba la atención que la novia de su hijo no pudiera escribir su nombre con elegancia, sin mencionar que no sabía absolutamente nada sobre la historia de su propia Casa. No sabía casi nada sobre la fe, claro, ella tampoco, pero ella había perdido a su septa y al maestre Lewin siendo muy joven, se suponía que la dama de Antigua había estado resguardada toda su vida en el castillo de una familia noble.

Cerró el libro y se fue a buscar a la novia de su hija, le preguntó por su abuelos, por el linaje de los Hightower y como esperaba, la falsa novia respondió mal a todas las trampas que le puso. Sólo faltaba averiguar el misterio de quién era la otra dama. ¿Sería la verdadera lady Alerie o alguna otra dama noble que sobrevivió al naufragio? Tal vez la novia verdadera se ahogó y las otras mujeres decidieron tomar su lugar. No sería raro, Jayne Poole se había hecho pasar por ella y ninguno de los norteños que asistieron a su supuesta boda dijo algo al respecto.

Ya había tenido suficiente, atravesó los corredores que llevaban al despacho del rey y entró sin llamar. Gendry se estaba dando tumbos contra la madera del escritorio. ¡Lo que faltaba, tres muertos y dos heridos en una taberna la noche anterior! ¿Qué las capas doradas no servían para nada? Tendría que poner más vigilancia en algunas calles, o al menos estaba planeando ocuparse de eso cuando entró Arya y le dijo:

— Tenemos un problema.

— ¿Los niños?

— La prometida de Yoren. Nos han estado engañando.