Extensión: 478 palabras.

Notas: No lo he re-leído, estoy segura de haberlo hecho antes, tras escribirlo, pero igual se merecía una re-lectura más; el problema es que estoy cansada y no me da para ello. So, se me ha de haber escapado algún error.

Advertencias: Me parece sigue teniendo un horror sutil, MUY SUTIL.

Drabble 3. Género: Crime.

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En cuatro latidos.

Había una mujer.


Es irónico que el sentido mismo de su existencia decante en eso, como si de esa manera limpiara las impurezas que arrastra desde que sus manos solo sabían coser anhelos inútiles. Casi es ridícula la manera en la que presiente la solución a su interrogante máxima, reuniendo todos los tonos rojos de su existir en un solo punto.

Juvia se muerde el labio, ladea la cabeza, todo eso sumado a un cúmulo de pensamientos sin sentido que le susurran al oído que algo ahí quizás no está del todo bien. Pero Juvia es buena en lo que hace, lo ha hecho desde siempre —así como pequeña niña con muñecos tirados por doquier y nada más que gris y desolación en su vida, oyendo cuentos llenos de esperanzas inútiles. Porque si algo aprendió en los días grises en que la lluvia era el mayor horror de la tierra, agazapada contra alguna pared oyendo lo único que puedes oír en días lluviosos a parte de ese murmullo aberrante, era cuentos.

Y el primer amor solo llega, no se busca, no se crea, solo llega. Por tanto ha de saber siempre cual es el indicado desde el momento que lo ve y sus sentimientos han de desbordarse siempre.

—Por ello, porque le ama.

Ama, presente, pasado, amó—.

Pero entonces no es solo cosa de ver, es oír, es sentir, es vivir. Que aquellos cuentos son solo la mentira negra inicial para las niñas a las que el mundo aún no despedaza, y si ella ya ha sido despedaza —desde siempre— no ve cómo puede estar mal que cree y no espere. E incluso así algo falta cuando es una vida a su lado —cerca de nueve años menos siete es un tanto poco y un poco mucho para una vida— y sigue siendo un «no».

Por eso no se cree en los cuentos de hadas —ni en vivir, ni en las hadas—, pero puede creer en sí misma y, por tanto, en lo que construye.

—Puede construir gris de nuevo, eliminar el rojo—.

Juvia puede pensarlo unos momentos al servir el té, oyendo lamentos ajenos y con los ojos aguados —aparentar, aparentar—; con un aguacero afuera de su habitación, a través de la ventana, como cuando era una niña insegura en la escuela.

Incluso podría hacer más que ver, oír, sentir, vivir —podría ir más allá—. Que la inmortalidad es alcanzable y es capaz de presentir el murmullo de su propia historia (había una mujer) mientras oye hablar sobre lo nefasta de la muerte (que se enamoró de un hombre) cuando no parece tener sentido alguno (y por eso, por amor) contemplando lágrimas ajenas que ella imita —aparentar, aparentar—.

E incluso suponer en qué acaba al notar como alguien arruga la nariz, incómodo.

—Juvia —pero hay amor, no hay dolor—, tus muñecos huelen raro.

No hay remordimientos (lo guardó para siempre).


Espero que les haya gustado. Nos leemos.