2.
Un decibel por encima, y las paredes revientan.
– ¡Aloisssssss! ¡Pedazo de imbécil, suelta lo que estés haciendo y baja ahora mismo las escaleras! –.
Envuelto en una colcha sucia, el rubio holgazán se arrastró por el pasillo.
– ¿¡Qué demonios te pasa, enano loco?! Estaba tumbado en mi camita, sin provocar el caos… –.
Con la adrenalina a tope, el mayor de los Phantomhive agarró su copia del contrato y le pegó un beso.
– ¡¿A qué no sabes quién consiguió trabajo en la mejor agencia fotográfica de Londres, eh?! –.
– ¡Joder, eres un cabronazo! – exclamó Alois, quitándose la flojera de encima – ¡No me lo creo! –.
– Saca toda la porquería que tengas dentro del closet, ponte un suéter y estate listo en veinte minutos; Spears va a mandar un auto a buscarnos y ya no soporto vivir en esta mugrosa pocilga… –.
Corriendo hacia el refrigerador, el ojiazul agarró una botella de cerveza y se aflojó la corbata. Alois se puso a registrarle el maletín, lleno de curiosidad, hasta que dio con los archivos que estaba buscando.
– ¡Por favor, te lo suplico! Dime que no es broma… – preguntó el muchacho, manoseando los documentos –.
– Anjá, nos tocó finalmente un tiro de gracia… – canturreó Ciel, sacando su celular del bolsillo –… ni te preocupes por las latas de pescado que tenemos en la alacena. Págale al viejo gordo de Diederich y pirémonos de este hoyo infernal… –.
– ¿Dónde vamos a quedarnos? ¡Suelta esa basura, y mírame! Detalles, proporcióname detalles… ¡ahhhhhh! –.
Como par de colegialas, los chicos se pusieron a dar saltos de júbilo.
– ¿Recuerdas al insoportable de Spears? ¿El que estudió con mamá? Ya sabes, alto, flacucho, nariz respingada… –.
– Blablabla, pedófilo innato. Le gustaba mirarme en la piscina; ¡claro que sé a quién te refieres, tonto! Will es una figura pública, lo veo en la televisión a cada rato. ¿Cómo nunca te enteraste de que el tipo se movía en tu esfera profesional? –.
– No me regañes, Alois, ¡¿qué me iba a imaginar yo una entrevista con ese mequetrefe?! Sólo acepta a los mejores… –.
– Hey, la modestia es pecado, así que cierra el pico… ¡eres un fotógrafo espectacular, Ciel! Aunque no conseguimos un local adecuado para tu primera exposición, a los transeúntes que pasaban por allí les fascinaron tus piezas… –.
– ¿"Transeúntes"? – se burló el trigueño – ¡Alois, monté cada una de las imágenes en el baño de un restaurante chino! Nadie estaba lo suficientemente cuerdo, o sobrio, como para distinguir entre mis pulcros retratos y las bolsas de marihuana de Lau… –.
– La diferencia es crucial… tus fotos no apestaban –.
– Deja eso, ya no tiene sentido lamentarse por la sangre derramada… – le pidó Ciel, recostándose en el sofá –… leche, quise decir, leche. Sube y prepara tus cosas. Envuelve nada más lo imprescindible: calzado, una que otra prenda de vestir; si quieres hasta te dejo llevarte la tonta colección de manga que hay en el escaparat… –.
Ignorándole por completo, Alois enumeró en voz alta todas y cada una de las pertenencias "que no podían faltar en su valija", contemplando la mitad del piso en dicha selección. A Ciel no le quedó otro remedio que echarse a reír. Tumbado entre los cojines, el pelinegro pensaba: "ha llegado tu oportunidad, Phantomhive. No la eches a perder".
El chico estaba nervioso; y bastante. Al margen todo compromiso moral con Rachel, tenía que haber cierta "motivación oculta" en las acciones de Spears. ¿Por qué tendrías tú, si eres un magnate al que le llueven las ofertas jugosas, que aceptar con los brazos abiertos a un niñato pobre, recién salido del cascarón? Y contratarlo, precisamente, para el puesto más duro de toda la compañía. Hay gato encerrado en el asunto. Un gato negro, seductor y de ojos escarlata.
Ciel registró en su portafolio, hasta dar con una pequeña laptop. En cuestión de minutos, se conectó a la red, y abrió el buscador de Google. Bastó con teclear "Sebastian Mi…" para que el sitio, automáticamente, lo redirigiera al catálogo digital de la agencia. Ciel repasó con la mirada, uno tras uno, los rostros que aparecían en la pantalla.
En su mayoría eran féminas, no mucho mayores que él. Reconoció a tres íconos importantes: Midford, mejor conocida como "la muñeca rota", Sullivan, con su eterno aire de "bruja verde", y, por encima de los humildes mortales, la emperatriz del gusto: Durless. Aunque ya retirada, esta última se había convertido en un paradigma de glamour. El tal "Sutcliff" estaba emparentado a ella; primos terceros alguna bobería similar. Alois gritó una locura desde su cuarto; el trigueño no quiso prestarle ni la más ligera atención.
Presionando un link en la esquina derecha, Ciel entró a la sección exclusiva de modelos masculinos. Muy en secreto, lo que allí encontró le resultó exquisito, tanto de el punto de vista estético, como sexual. Spears era un artista sumamente consagrado a su labor, y, sin duda, había escogido a los hombres más bellos sobre la faz de la Tierra.
Al travieso fotógrafo se le hincharon los cachetes cuando accedió a la antología de "invierno victoriano": aquellas criaturas le dejaron mudo. Por un momento, fue como si el mismísimo Praxíteles viniera a esculpir los pectorales del hombre inglés. Andróginos y elegantes, parecían figuras de piedra. "Duros bajo el smoking", jugueteó el muchacho. Desde los trece, el mayor de los Phantomhive estaba convencido de no sentir atracción alguna por el género opuesto; rasgo que Alois acogió para sí mismo, a penas tuvo las facultades para decidir semejante preferencia.
– Veamos al susodicho ahora… – masculló Ciel, sintiéndose extrañamente eufórico –. Es decir; ¿cómo luciría este tal "Michaelis"? El melindroso de William lo colocó en el tope de la pirámide; ¿y por qué un trato tan particular?
– ¡Ya estamos! – avisó Alois, asomándose por la ventana e interrumpiendo las reflexiones de Ciel –… hey, princesa, levanta tu polvoriento trasero, que allá afuera nos está pitando un automóvil de lujo… –.
– Mierda… – se lamentó el ojiazul –… sal un momento y dile que enseguida estoy –.
– ¿Qué te pasa? –.
– No es nada, debe ser un error de programación web, supongo… –.
– ¿Eh? ¿De qué estás hablando? –.
Ciel le hizo una seña, y volteó la computadora.
– Mira lo que dice; escribí "Sebastian Michaelis" en el gestor de búsqueda privado de la agencia, y esto fue lo que me mostró… –. El torpe de Alois se inclinó un poco y, estrujando los párpados, leyó:
"Acceso restringido".
