3.


–… ¡¿Michaelis?! – se queja el diseñador, escupiendo un sorbo de whiskey – ¿le asignaste a Sebastian Michaelis? ¡Por el amor de todos los cielos! ¿Acaso te volviste loco? Detén el auto ahora mismo… ¡renuncio! –.

William rodó los ojos, sin darle mucha importancia.

– Ronald, no es para tanto… guarda silencio, ¿quieres? Maylene, dime si confirmaste mi reunión mañana a… –.

– ¡No me pidas que me calme; déjame salir o llamo a la policía! – le espetó su compañero, apuntándole con los puños –.

El rubio forcejeó con la puerta, y la secretaria tuvo que sonarle un pescozón en el cachete.

– ¡Pórtate bien, viejo! Tenemos trabajo que terminar… –.

– ¡Olvídalo; voy a quemar mis dibujos en cuánto llege a casa! – le contesta Knox, agarrándola por los brazos – ¡No permitiré que un monstruo se vista con mi ropa! ¿Por qué nadie me advirtió sobre esto? –.

– Mira, sé que corren algunos rumores por la calle… –.

– ¡¿Rumores?! – se extrañó el modista – Escucha, Will, puedo lidiar con los ataques de histeria que monta Lizzy, soporté la esclavitud bajo el mando de Ran Mao y fingí que las excéntricas costumbres de Druitt no me afectaban pero… ¿él? –.

– Vamos, déjate de tonterías. Sebastian es un hombre de carne y hueso… –.

– Tú sabes mejor que nadie lo que sucedió con Grell… lo bajaron, literalmente, de un árbol… –.

Bard aprovechó para interrumpir la agitada charla.

– Jefe, mire, perdone que me meta en el asunto; hasta yo he escuchado un par de anécdotas sobre el tipo. Si lo que dicen por ahí es verdad… – el chofer contuvo las ganas de echarse a reír –... me compadezco del pobre Phantomhive –.

– Will, si te soy honesta, yo también estoy algo preocupada… – admitió Maylene, desviando la vista –… ¿tú miraste bien al chico? No sólo es joven e inexperto, sino tremendamente hermoso. Si de casualidad… –.

– ¿Cómo es que no se han acostumbrado todavía? – inquirió el líder, viendo la reacción de sus asistentes –… somos la mejor agencia fotográfica de Londres; lo que hacemos es un arte distinto, innovador; hasta revolucionario, dirían los críticos. Ninguno de mis modelos es "convencional", y lo saben. ¡Nuestro estilo es totalmente transgresor! –.

– Y hasta ahora, no hemos cruzado ninguna de las nueve reglas, Will… – le recordó Ronald, frotándose las manos –.

– Lo que hemos conseguido es descomunal… – insistió Spears, orgulloso de sí mismo –… nunca, en la historia de la imagen artística, se atrevieron los creadores a usar lo que mi empresa transformó en canon –.

– Damien Hirst ya trabajaba con animales conservados en formol desde los '90… – aclaró Maylene –.

– Mencióname el nombre de un solo modista que haya colocado sus prendas en el cuerpo de un cadáver… nos hicimos millonarios cuando Sieglinde Sullivan se colocó un traje de pontífice y posó junto a nueve cuerpos sin vida… –.

– Con el mayor respeto, a esa nena le falta un tornillo… – susurró Bardroy –.

– La colección oscura causó un impacto en los medios de difusión… – prosigió Spears –… nos costó largos debates con la Iglesia, el gobierno y las instituciones forenses; pero el concepto de "moda" no ha vuelto a ser el mismo desde entonces. Cientos de fotógrafos, de todo el mundo, se matan entre sí para venir a mis galerías, mis desfiles… –.

– Will, no me vengas con sermones… –.

– A Sullivan le falta una pierna, está repleta de tatuajes y aún así la subí a un escenario en Milán, semisdesnuda. ¿Crees que resultó sencillo? ¡No! A la gente le chocaba. "¿Cuándo se ha visto semejante depravación?", escribió un periodista. Ese fue el año en que trajimos a Elizabeth de Liverpool… ¿te acuerdas? Edward, su propio hermano, fue el que se atrevió a retratarla. Al inaugurar la exhibición, en octubre, la multitud se apilaba detrás del vidrio; con el único propósito de admirar las instantáneas que estaban colgadas en la pared. Scotland Yard se apareció la mañana siguiente, acusándome de "distribuir pornografía infantil con el absurdo pretexto de que era arte". ¡Dios, tuvieron que venir los exégetas a defender mi trasero en el juicio; a explicarle a esta sociedad mediocre y consumista la diferencia entre "erotismo sutil" y burda publicidad. Casi me arrojan en prisión, Ronald, ¡pero jamás me doblegué! Y ahora las ninfas de Vogue, los costureros, los mortales que nacen con una cara bella, vienen como moscas, suplicándome que les deje entrar en mi catálogo… –.

–… whooooa… – silbó Bard, asombrado –… vaya discurso. Hasta un bruto como yo se conmovería –.

– Cierra el pico… – añadió Will –.

– ¿Qué me estás insinuando, eh? – refunfuñó Ronald –.

– Apelo a tu racionalidad, por un segundo. Sebastian Michaelis es… un ser singular, por decirlo de algún modo. Y ahora que tenemos a Ciel en el equipo, me gustaría finalmente llevar a cabo el proyecto más ambicioso de mi carrera –.

Maylene se quedó sin habla. Ronald se quitó los anteojos.

– Tienes que estar bromeando… – murmuró este último –.

– Para tu desgracia, Knox, estoy hablando muy en serio – le responde el presidente, muy tranquilo –.

– ¿No estarás implicado en la súbita desaparición de Grell, verdad? – se horrorizó Maylene –.

– Si por "desaparición" le llamas a su improvisado escape, no, Maylene… el señor Sutcliff atravesó por una crisis emocional que lo dejó vacío por dentro. Y no puedo involucrarlo en una obra tan compleja… –.

– Rayos, Will, ¡tú supiste siempre que Sebastian y él no tenían una relación profesional común! –.

– No he conocido a nadie, nunca, que mantenga un vínculo "estrictamente sano" con Michaelis – dijo el artista, provocando inseguridad en los otros –.

De repente, el automóvil se paró. Eran las 11:34 pm.

– Por eso necesito, ahora, que me aclares si estás o no dipuesto a colaborar con mi nueva iniciativa. Eres libre de quedarte en ese rincón, y no bajar del carro. Bard te conducirá directo al hotel. Tu vida ha de seguir su rumbo…. –.

Ronald lo meditó, sin proferir ni una palabra.

–… si decides venir conmigo, te aseguro que tu firma quedará para la historia. Lo mismo va para ti… – concluyó Spears, dirigiéndose a la muchacha de los cabellos rojizos –.

Ambos, tanto Ronald como la secretaria, se miraron, nerviosos; luego asintieron.

– Ve a recoger a los Phantomhive… – le indicó el empresario a su chofer –… llévalos al departamento del piso K, y asegúrate de que se instalen allá sin ningún problema. Pásanos a buscar en cuanto termines –.

– Cuente con ello, Spears – sonrió el capitán del barco, con su típico acento de California –.

William salió del Ferrari, y los dos subordinados no hicieron más que seguirle, llenos de curiosidad.

– ¿Eh? – se asustó Knox, alejándose del vehículo –… ¿por qué nos has traído al aeropuerto? –.

– Digamos que esta aventura no está completa sin un auténtico psicópata; así que invité a un viejo conocido… –.

– ¿Vienen de la misma academia? – quiso saber Maylene –.

Will lo pensó por un momento, y después se volteó.

– No… del mismo manicomio –.

– Ahhh, ya… ¿y cuál es el nombre de esta personita rara, a la que tendré el gusto de toparme? –.

– ¿Nombre? Debe tener alguno, supongo… basta con que le llames "Undertaker" –.