5.
–… y entonces, ¿qué reacción tienes ante lo que acaba de ocurrir? – balbució el pelinegro, alzando una ceja –.
Alois, desparramado sobre la alfombra, no hacía más que palparse el estómago.
– Si no me indicas dónde queda el baño, voy a reventarme aquí mismo… – gruñó –.
– ¿Cómo es posible que te tomes nuestra situación actual con tanta ligereza? – le increpaba Ciel, exasperado –.
El hermano más joven, valiéndose de su infatil optimismo, se encogió de hombros, sin más.
– ¿A qué viene tu malhumor, eh? – dijo el rubio, manteniendo la calma –… en este preciso instante, eres el hombre más afortunado de Inglaterra y, mírate, ahí estás, montando uno de tus típicos berrinches. Yo, en cambio, debo apuntarme para una cita con el inodoro… estoy a punto de derretirme; siento que las tripas se me ponen negras… –.
Ciel le ayudó a levantarse, con algo de esfuerzo. De súbito, fue como si el chico pesara unas doscientas libras.
–… wow, eres una maldita percha de plomo… – le regañó el ojiazul, sosteniéndole por la cintura –… volviendo a ese otro asunto, ¿no te parece un poquito sospechosa la buena caridad de Spears? ¿Qué hay del gentil mayordomo, hablándome con tantos acertijos? ¿De veras, un rascacielos titánico, fabricado en cristal, donde sólo viven unas veinte personas? –.
Reteniendo la bilis en lo hondo de su garganta, Alois farfulló:
–… no quiero sonar tan rudo, pero justo ahora me importa un bledo si William es el puto Anticristo… –.
Ignorándole por completo, Ciel prosiguió con sus nefastas divagaciones:
–… para colmo; ¿qué diantres significa "no trates de averiguarlo"? ¿El qué cosa, tío? ¿A qué se refiere, y en qué lugar conoció a nuestro padre? Oh, por el amor de los cielos, ¿y quién carajo es el "joven amo"? ¡Suena al apodo que le pones a tu mascota! Tanaka no paraba de repetírmelo, compulsivamente… me trae algunos recuerdos… –.
Los chicos deambulaban por el tenebroso salón, sin una idea precisa de cuán lejos quedaba el retrete. Había puertas en cada sentido, y los corredores se bifurcaban en ángulos inimaginables. Salvo el tenue resplandor de la Luna a través de las cortinas, la estancia estaba inundada en sombras.
"¡Vaya fúnebre recibimiento, Wil!", bromeó Ciel, perdido en aquel fosco laberinto. Alois rechinaba los dientes; para no maldecir en voz alta. En medio de tantas quejas, le dio por mencionar al torpe chófer de Spears:
–… esa chatarra que inhalé en el auto; me quemó los pulmones por dentro… es increíble, la vuelvo a sentir acá… –.
Para soportar el viaje a Saint Martre, que tardó 45 minutos, Bardroy se había fumado un poco de hierba gris. El aroma se impregnó por todas partes: los abrigos, las maletas, el cabello. Alois, versado en materia de "química ilegal", preguntó por la marca del cigarro. Bard no quiso transmitirles mucha información, pero dijo, refiriéndose al origen de aquella droga exquisita, que "al jefe le gusta mezclar azufre con clavo; porque así recuerda cómo es que huele el infierno".
Dando tumbos en la penumbra, Ciel llegó a una habitación inmensa, poblada de muebles. Tanteando en la pared, encontró una pieza del tamaño de una semilla, y apenas la accionó se encendieron las bombillas del techo. Viendo una abertura al fondo, Alois se le desprendió de encima y echó a correr, pegándole un empujón a la puerta que había delante. Para su tranquilidad, se topó con un lujoso cuarto de baño. Acto seguido, inclinó la cabeza sobre el lavabo.
Ciel se dedicó a husmear en los fantásticos aposentos. Por primera vez, desde que pisara el edificio, se halló rotundamente solo. Afuera llovía a cántaros; y los truenos reverberaban en cada rincón, acentuando el efecto de gravedad. "¿Quién habrá decorado este sitio?", musitó el joven, examinando los extraños detalles a su alrededor. Una recámara muda, desprovista de alma; repleta del suelo al piso con reliquias hermosas.
Retratos en óleo de un príncipe muerto, cuya expresión se mantuvo así, congelada, por un lapso de cuatro siglos. Una fila de relojes, copas vacías, un frasco de perfume, velas gastadas, una caja de música, par de monedas de cobre, un talismán. Por un momento, Ciel titubeó, y se privó de tocar semejantes objetos. "¿Qué tal si un fantasma retorna del inframundo, y reclama la posesión de estos tesoros? ¿Qué rayos he de explicarle, cuando pregunte quién soy?". No obstante, la tentación acabó por vencerle, y el muchacho se detuvo, lleno de curiosidad, frente a una estantería colmada de libros viejos. Repasando los títulos, uno tras uno, Ciel quedó hechizado. Estaban allí, sin excepción, todas sus obras favoritas. Desde los poemas de Shelley, hasta los lúgubres cuentos de Poe; ordenados alfabéticamente. Ciel se acercó a la repisa, con pasos dubitativos, y recorrió en silencio la hilera más alta. Rozando con los dedos un volumen de Rimbaud, experimentó ese dulce sobresalto que invade a los criminales, cuando están al borde de la demencia. Sí, el instante ominoso en que los mortales se tornan infinitos. El corazón le dio un vuelco en el pecho cuando encontró, finalmente, la versión casi rota de "Les Fleurs du Mal", una antología de poemas malditos que Charles Baudelaire publicó, en 1857.
Fue como sufrir una bella alucinación. Vincent solía leerle fragmentos del "Himno a la belleza", o estrofas dispersas de "Abel y Caín"; podría decirse, con absoluta fidelidad, que ambos compartían una pasión insana por este autor. Tras la súbita muerte del artista, veinte años atrás, Ciel nunca volvió a escuchar aquellos cantos. Sin embargo, aparecieron allí, por acto de magia, y a su plena disposición.
Cuando el chico extrajo aquel grueso bloque de papel, se levantó por los aires una nube de ceniza y hollín. Previendo un ataque de tos, y sabiéndose vulnerable por cuenta del asma; Ciel se cubrió el rostro para no absorber directamente la ola de mugre que emanó de la vitrina. En un gesto brusco, dejó caer "Las Flores del Mal"; y el álbum se desplomó contra las losas frías del suelo. Cuando Ciel bajó la mirada, algo llamó su atención, en medio de tantas páginas amarillentas.
Allí, oculta, de manera inexplicable, descansaba una rosa con los pétalos marchitos.
Ciel tomó el hallazgo en sus manos, con delicadeza, y lo observó fijamente. Su expresión desfallecía…
El deterioro avanzado del material, así como el estado de la propia habitación, confirmaban la siguiente teoría: nadie regresaba a esta obra, o al apartamento en sí, desde hacía un largo tiempo. Existía una siniestra conexión entre el pasado de los Phantomhive, y la soledad de esos libros. Pero, ¿cuál? ¿Quién se molestó en dibujar tan terrible escenario? "Una trágica coincidencia", susurró Ciel, y le temblaban los nervios.
–…¡Ciel, ayúdame a limpiar este desastre, o los restos de la cena van a llegar a la misma tumba de tus ancestros! –.
Volviendo en sí, el hermano mayor pestañeó. Colocó la rosa en el interior del libro, y salió caminando.
–… he intentado tirar de la cadena, pero el mecanismo se atascó y ahora no puedo… –.
–… sangre... – murmuró el ojiazul, señalando hacia la charca de vómito, bajo sus pies –.
–… ah, sí, ya me he percatado… – admitió Alois, restándole importancia al hecho –… hay algunas manchas en el agua también, así que me explotó el hígado o alguna barbaridad de esas –.
Ciel permaneció quieto, sin habla.
– Hey, ¿por qué lloras? – le preguntó el ojiverde, frunciendo el ceño –.
– ¿De qué hablas? –.
– Puedo ver las lágrimas, brillan bajo la luz… digo, ¿te sucede algo? –.
– Shhhhh… – le amonestó Ciel, restregándose la mejilla con la manga de su suéter –… es tu imaginación –.
Los movimientos del joven eran erráticos…
Alois se apartó, por un minuto. Otra vez le asaltó una ronda de naúseas.
Era como si Bardroy hubiera triturado raíces, sobre las ropas de Ciel.
–… horrible. Me voy a dar una ducha, estoy exhausto… –.
Afuera, las nubes se deshacían en truenos...
