6.


Ciel anda, descalzo, a través del jardín. Parece que el mundo se ha detenido, y hasta los árboles callan.

"Eres como el rumor del viento, colándose entre las hojas".

La nieve cae a borbotones. Un pájaro le observa, desde la altura.

"¿Por qué me sigues llamando? Déjame dormir en paz. Te lo suplico".

Dientes, y ojos –todo su cuerpo tiembla, a causa del frío–. Se le inflaman los pulmones. Va sonámbulo.

El cielo, oscuro de pronto, marchito, se deshace. Rachel está lejos, recostada en un sillón.

Nadie le ve.

"… excepto tú".

Algo se estremece, más allá de la verja. Un ser fantástico, con plumas, y garras. Flota; parece un torbellino negro.

"Te he visto, en alguna parte; lo sé. Dime, ¿le temes a la luz del Sol?".

He aquí, al pie de la valla, un letrero que dice: "No cruces al otro lado". Los garrotes son de plomo, –han crecido–.

Nadie, absolutamente nadie, puede romper esta regla. El bosque guarda secretos; en su interior vive una sombra…

"Quiero estar cerca de ti", –murmura el niño–, y trata de hallar un modo para cumplir sus deseos.

Pero bien, donde los hierros son infranqueables, no hay salida alguna. Ni la habrá, jamás, mientras Vincent respire.

¿Qué ocurre? Ciel está solo; se siente perdido. Y una lágrima se le escapa.

Todas las criaturas, –de tierra o aire–, desaparecen. Salen huyendo, despavoridas.

Ah, Vincent no previó lo fatal…

El monstruo se queda quieto. Su traje está hecho de humo. Tiene pupilas rojas, son cuchillos que arden.

"Tan hermoso eres; y tan fácil te resulta arrebatar un corazón".

Se miran. El tiempo no pasa. No hay pecado, ni música, ni muerte.

Las llamas se alzan hasta el infinito.

Y él camina, bautizando a todas las almas del universo.

Rachel sofoca un grito. Vincent suelta el pincel. Alois se esconde bajo la manta.

El invierno se torna crudo, en un instante.

Lleno de nostalgia, el Diablo se arrastra hasta Ciel, y proyecta, con cada soplo, una oscuridad salvaje.

Vincent echa a correr, desesperado. El asma le aprieta las venas. No encuentra el camino.

¿Dónde rayos se metió el pequeño?

a pocos metros del Mal.

El demonio se le acerca, paso a paso. Ciel no teme.

Hasta el más insensato de los hombres, se postraría ante el "Dios de las Cosas Subterráneas".

Pero él no lo hace.

Ni lo hará, jamás, mientras respire. En nombre de Baudelaire, sucede lo inaudito.

Ciel toma una rosa entre los dedos, y la arranca.

Extiende sus manitos. Se la ofrece a Lucifer.

Justo cuando vida e infierno van a tocarse… Vincent agarra al chiquillo por la cintura.

"¡Aléjate de nosotros!", ordena.

Y la bestia, sin vacilar, obedece.

El padre ha perdido la cordura. Estuvo cerca, tan cerca…

Ciel se le retuerce en los brazos, pero Vincent lo oprime contra su pecho, lleno de horror.

"Nunca será tuyo", vaticina el caballero, con la idea de ahuyentar al Ángel Caído…

Pero ya es demasiado tarde.

Vincent huye de la escena, con prisa, llevándose a Ciel tan lejos del villano como sea posible.

"Las ramas, los susurros, las espinas; todo se mezcla en mi mente".

No fue un espejismo. Esa figura pagana, con cuernos; –es real–, como lo son las olas, y también las piedras.

Ah, de golpe, viene la nefasta revelación:

"¡Es él, papá!", recuerda Ciel, al fin, "es el monstruo al que tanto pintas. ¡Vive en tus cuadros!"

Se alejan para siempre, y el Diablo ya no puede alcanzarles.

Desvía la vista. Le invade una aflicción misteriosa. La flor sigue intacta, en el suelo.

El demonio la recoge, y piensa… largo rato, como una estatua en medio del polvo.

Su rosa.

"No puedo destrozarla. Ni lo haré, jamás, mientras respire".

Bajo el más recóndito silencio, el Diablo se esfuma, dejando tras sí un rastro de ceniza.