sN.A.: Creo que soy patética para escribir hermosas escenas de amor, y me desquito con los personajes haciéndolos hacer cosas como ésta (?) Ya, ni modo. El capi es un poco más largo porque me emocioné escribiéndolo (la loca de las peleas). Acá verán batallas y a machos haciendo machuras, sangre, sudor y lágrimas. Y al fin hará aparición (definitiva) el otro protagonista de ésta historia… —lanza flores— y sorry por la tardanza, ya empezaron las clases de la universidad y eso significa menos horas de sueño y vida social(?) y muchos trabajos en camino.
RESUMEN: Daiki es un poderoso monje que se vuelve cazador de Yokais. Siendo asediado por viejos recuerdos del pasado, se coloca en la encrucijada de eliminar a cualquier ser del mundo espiritual con quien se encuentre, sin contemplaciones. O eso pensó hasta toparse con un personaje que se encuentra en medio de la barrera de los dos mundos, haciéndolo tambalear en una encrucijada…
Los sentimientos no son algo que creyó que se vieran en vueltos luego de una extraña cacería.
Pero aquel hanyou podrá hacerle saber que no todo en el mundo puede ser tan malo.
PAREJAS: Futuramente Aokaga. Otras: regalo sorpresa.
ADVERTENCIA: AU del Japón fantástico. Escenas violentas. Muerte de personajes. Posible OCC. Palabras raras al final (si es que las hay).
Disfruten.
Ninguno de los personajes me pertenecen, yo solo les empleo para mis mezquinos usos.
Capítulo 3: La atadura.
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Como había dicho Otsubo, los escuadrones estuvieron completamente listos para la llegada del ocaso.
Aomine se había visto envuelto por un aura de inquietud e incertidumbre por el plan. Pensando en lo idiota e ingenuo que había sido Midorima en proponer un hechizo de atadura; en el cual el ritual prescindía que, quienes los conjuraban, estuviesen en completa quietud mientras se recitaba el hechizo. Tampoco era normal que una sola persona fuera la encargada de llevar a cabo el conjuro, ya que el mismo solía necesitar una gran cantidad de energía.
Resopló disgustado. Ese era el tipo de cosas imprevisibles que siempre terminaban dándole indigestión.
—Si sigues con esa cara posiblemente espantes a los monstruos. — dijo Takao con voz nasal y divertida. — ¡Aunque pensándolo bien, sigue así!
Aomine sintió un tic nervioso empezarle en la ceja izquierda.
—Recuérdame… ¿Qué haces aquí y por qué no estás con Midorima?— Daiki estaba a punto de lanzarlo de su caballo.
—Pues estoy en el escuadrón bajo Miyaji en contra de mi voluntad… y los superiores pensaron que sería buena idea que tengas a alguien de tu confianza cerca… ya sabes, por si quisieras ir al baño y te diera vergüenza preguntar por… ¡auch!— Aomine volvió hacer otro amago de pegarle con la funda de su espada, pero Takao alejó su caballo del moreno. — ¡Vale, vale, ya no diré más!
Aomine bajó su espada mientras sujetaba con una sola mano las riendas de su caballo. Volviendo a su dilema interno en donde quería golpear a Midorima por proponer algo tan estúpido, una parte misma del moreno quería creer que quizás tenían una mínima oportunidad de que aquello funcionara.
Resopló disgustado, estaba sonando igual de desesperado que Midorima.
— ¡Bajen de sus caballos un pequeño equipo!— gritó un alto y delgado rubio desde el frente. — ¡Despliéguense cinco personas alrededor del portal Sur, los demás síganme!
Duraron un par de minutos a galope hasta que estuvieron a unos 40 mts del portal Sur de Shutoku. Mientras que Miyaji ordenaba a gritos a sus subalternos que estuvieran listos y en posición, Aomine dejó su caballo atado a un árbol y tomó posición en un área despejada de arbustos, pero no a mitad del camino. El mismo tuvo que verificar que sus flancos estuvieran correctamente cubiertos, y no dispusiera de un punto ciego.
—De acuerdo… — dijo tomando una bocanada de aire, para luego soltarla por su nariz. — aquí vamos.s
Se sentó en esa área mientras tomaba una posición de loto. Creyendo que nunca tendría que usar su collar de cuentas sagradas, Aomine se lo quitó y lo enredó entre sus dedos índices, mientras formaba un rombo con los mismos y sus pulgares, y los demás sólo se entrelazaban entre sí. Empezando a musitar un cántico que poco a poco hizo que a varios se les pusiera la piel de gallina.
_[o]_
El sol ya se había ocultado hace una hora, y la noche se encontraba más fría que el día. Takao comenzó a sacar su espada, tomando un vistazo del perímetro para asegurarse de que todos estuvieran en posición. Era obvio el olor a miedo en el ambiente, metiéndose entre la piel y arraigándose a los huesos; pero aquello sólo se incrementó cuando Aomine comenzó con el hechizo, haciendo que el aura alrededor de su cuerpo cambiara considerablemente, volviéndose visible al ojo humano.
—No me pagan lo suficiente…— gruñó en voz baja el pelinegro, evitando moverse de su posición; a unos pocos metros de moreno. Aquel tipo de cosas podían erizarle los vellos a cualquiera.
Pasaron cortos pocos segundos para que, unos metros más adelante, una niña vestida de blanco apareciera en medio de la carretera de tierra. Quienes la vieron se congelaron en su sitio, no creyendo lo que veían. Luego de unos segundos, aparecieron más personas vestidas de blanco y de pálida piel.
— Me lleva él…— musitó alguien.
Takao no puedo estar más de acuerdo con él.
La chiquilla y el grupo de almas fallecidas empezaron a caminar en dirección a ellos, haciendo que varios tensaran sus músculos y apretaran sus armas. Takao no tenía un amplio sobre el mundo espiritual, pero según palabras de Midorima, sabía que los espíritus de la zona podían ser influenciados fácilmente por la energía maligna de otros seres.
—Mantengan posición. — se escuchó ordenar la voz de Miyaji desde el frente.
Takao soltó un suspiro tembloroso. La situación se volvió tan tensa que varios músculos de su cuerpo empezaban a agarrotarse. De repente, desde el lateral del camino, que era rodeado de varios árboles; una criatura gigante con forma de ciempiés arrebató con violencia a varias almas del camino.
— ¡Qué demo…!
El estruendo que hizo la boca del viscoso monstruo al impactar contra la tierra hizo que varios se congelaran en su sitio, viendo con horror como el espíritu de la chiquilla gritaba antes de ser devorado. Luego de eso, una horda de demonios con formas de insectos voladores fue en dirección a ellos.
— ¡Arqueros, preparen flechas y apunten!— ladró Miyaji, viendo que aquel enjambre se acercaba. Los arqueros encendieron las flechas con fuego sagrados antes de ser lanzadas. — ¡DISPAREN!
Los arqueros soltaron la cuerda tensada, enviando a volar las flechas hacia el cielo, para luego caer en picada y clavarse sobre la piel de los demonios voladores y sobre el ciempiés gigante que se acercaba, y el cual, ahora se retorcía de dolor en el piso.
— ¡Preparen otra carga, no se descuiden!— ordenó Miyaji.
Takao miró con ojos abiertos como algunos monstruos se desintegraban y otros yacían moribundos en el piso. Él sabía que aquello solo era un pequeño suspiro para lo que pasaría a continuación. Por otro lado, los espíritus de los fallecidos que habían logrado salir con buen pie se desvanecieron.
Una risa ronca y de voz cavernosa resonó en el bosque. El escuadrón de Miyaji miró con gesto contrariado a todos lados, buscando entre los árboles, una figura que pudiera representar peligro para ellos. De la nada, y en medio del camino, una masa de energía maligna empezó a condensarse, hasta tomar la forma (o no—forma) de un gigante de 5 metros hecho de humo.
— ¡Dónde estás!— rugió la bestia de manera casi inentendible; girando su cabeza humeante a todos lados, buscando algo que ellos ignoraban.
A cada paso que daba aquella figura, más demonios ciempiés salían de las huellas negras de energía maligna que dejaba en la tierra. Takao escuchó que Miyaji daba una orden de disparar; y aunque las flechas caían sobre los demonios rastreros, todas atravesaban deliberadamente al gigante de humo.
— ¡Carguen otra vez, no dejemos que se acerquen!— dijo el capitán de escuadrón.
— ¡Muéstrate, chiquillo!— continuó rugiendo el gigante en un coro de voces cavernosas, sin inmutarse por los ataques.
—Esto no está funcionando… —musitó Takao con voz queda, viendo que aquellas cosas seguían saliendo de las huellas del gigante y las flechas con fuego sagrado no le hacían nada.
—Es él a quien buscan.
Takao se giró a donde Aomine había hablado. Pensó, con un poco de emoción, que quizás el moreno ya había terminado con el conjuro, pero se llevó una sorpresa de ver el rostro cansado del cazador mirar con odio a la masa traslúcida de energía.
— ¿Aomine, qué…?
—Está en proceso. — contestó. —Una vez que empiezas con el cántico sólo hay que seguirlo mentalmente. — Aomine tomó una pausa para cerrar los ojos y fruncir el ceño. —Él es el único a quien percibo con tal poder para atraer monstruos. —musitó. Takao dejó su posición para correr y ponerse al lado del moreno.
— ¿Cómo podemos hacerle frente?— le preguntó, viendo con impotencia como a la distancia, Miyaji volvía a ordenar otra horda de flechas en fuego sagrado.
Aomine soltó un quejido antes de hablar, sus ojos aún se mantenían cerrados.
A los lejos se escuchaban los rugidos del gigante.
—Bueno…primero… hay que hacerlo sólido… —dijo con obviedad, un poco irritado. — Segundo, rezar para que llueva. Al ser una masa condensada de energía negativa… el agua, bueno… humo… eso… —Aomine torció los labios. — No me desconcentres.
— ¡No lo hago!— chilló el pelinegro frustrado.
Takao se alzó de su lugar, ya que tuvo que ponerse de cuclillas para hablar con Aomine. Miró hacia el cielo y lo vio tan nublado como estaba desde que amaneció, pero si indicios de querer llover. Maldijo a Midorima en su mente al haberlo convencido de ir en el grupo de Miyaji. Y sobre todo por haberlos convencido de ese plan. Sabía que el mal humor —más que el habitual— que se traía Aomine desde que salió de la sala de reuniones se debía al plan de su amigo, pero neciamente Takao confiaba en Shintaro para esas cosas. Tenía esa extraña y particular manera de ver el mundo, y sus raras cosas sobre Oha—Asa que a veces le enloquecía, hasta hartarlo, pero para salir de esa situación debían ser lo suficientemente suertudos de obtener un milagro que los salve…
Cosa que el clima parecía no comprender
… O eso pensó, hasta que una gota le cayó en la cara.
— ¿Ah…?— emitió sin comprender.
Escuchó la ronca risa ahogada e irónica de Aomine a su costado. Takao lo giró a ver como si hubiera enloquecido.
—Maldito y suertudo, Midorima.
_[o]_
Todos fueron testigos de la lluvia al caer sobre ellos. Lo que no pudieron prever; aparte de Takao y Aomine, quienes lo sabían de antemano, es que el cuerpo del gigante se empezara a convulsionar hasta caer al piso, lugar donde su piel se volvió dura y del color carbón, antes de que unas criaturas humanoides con cuerpos toscos y dientes afilados salieran del "cadáver".
— ¿Esa enorme cosa eran…?
—Bakemonos… o al menos 4 de ellos. — dijo Aomine. —Pocas veces llegan a fusionarse… ¿Cómo lo lograron? —musitó un poco desconcertado.
Los ciempiés que seguían con vida rodearon al grupo de monstruos cambiantes, quienes empezaron a reagruparse, como si estuvieran esperando algo. Aomine maldijo en voz baja e hizo un amago de moverse, a lo que Takao lo detuvo, apuntándole con la espada.
—Te mueves y te corto el cuello. —Dijo enojado. — Termina ese maldito hechizo, nosotros nos encargaremos de esto.
Aomine iba a protestar, pero se cayó al ver que Takao había dejado su puesto para ir al lado de Miyaji, a informarle de la situación. El moreno vio con rencor sus manos, incapaz de no hacer nada. Pero poco basto para que volviera poner empeño en el hechizo.
El aura del moreno, quien ya se había tornado visible desde el inicio del conjuro, comenzó a brillar con más intensidad, filtrándose y condensándose en sus manos como si fuera agua, llenando lentamente cada cuenta sagrada con energía espiritual. El color que fue adquiriendo el primer par fue de un azul brillante y luminoso. Pero a cada tercio de las cuentas que se llenaban, era un poco de la energía de Aomine que se filtraba.
Pero él sólo esperaba acabar a tiempo.
_[o]_
Para cuando Takao llegó al lado de Miyaji, tuvo que preparase para esquivar una poderosa embestida de un ciempiés gigante que los atacó de frente. Tanto Takao como el rubio rodaron en el suelo sobre sí mismos, para luego ponerse en pie y embestir con sus espadas el costado del monstruo, el cual solo se tambaleó por el golpe. Éste demostró tener una coraza resistente, pero las armas que usaban fueron bendecidas días atrás por los monjes Shuto, ocasionando que, en vez de raspaduras, la coraza quedara con quemaduras profundas, como si hubiesen pasado un hierro al rojo vivo.
— ¡Cuidado!
Miyaji empujó a Takao con su cuerpo cuando el monstruo se dio la vuelta y los atacó con su cola llena de picos; esta pasó por encima de ellos.
Tanto Takao como Miyaji intentaron ponerse en pie de inmediato, pero a unos metros se acercaba otro ciempiés haciendo sonar sus mandíbulas. Ambos se vieron acorralados en medio, y en una posición que los dejaba vulnerables. En un último vistazo, antes de que uno de los monstruos los aplastara, Takao notó como los demás no se encontraban en mejores condiciones. Observó con dolor como algunos de sus compañeros yacían heridos en combate, con sus cuerpos agotados y algunos faltos de extremidades.
Miyaji se preparó al igual que él, cerrando los ojos, solo para terminar escuchando el alarido que ambos monstruos emitieron al caer muertos.
— ¿Qué-e…? —Ambos vieron como una persona; salida de la nada, comenzaba cortar a diestra y siniestra con una fuerza brutal a los ciempiés.
Takao reconoció de inmediato la figura del viajero que había visto el día de ayer, ahora toda sucia, obviamente agotada; con rastros de icor sobre sus ropajes, y parte del sombrero de paja casi destrozado. Tanto él como Miyaji se alzaron de golpes, ambos tan empapados por la lluvia como por barro.
— ¡¿Quién es él?!— preguntó Miyaji solo por preguntar.
— ¿Un… aliado?— dijo Takao, sin saber realmente que decir. Miyaji pareció cabreado por eso.
— ¡Me vale mierdas, ponte en posición y ayuda a tus compañeros!— exclamó, corriendo a ayudar a los arqueros con un ciempiés gigante.
Takao observó a la figura del espadachín de haori blanco blandir con salvajismo su sable, cortando en puntos clave a los demonios rastreros. Pero justo cuando estaba por irse, vio al sitio donde se dirigía aquella persona.
Abrió los ojos como plato.
— ¡Maldito suicida!— gritó Takao bajo la lluvia, corriendo en dirección hacia el susodicho, antes de ser interceptado por un ciempiés el cual le faltaban unas patas.
Gruño mentalmente, maldiciendo a bicho por meterse en medio.
_[o]_
Un golpe en el costado fue lo que recibió al llegar a solo unos metros de su adversario. Estaba tan concentrado en atacar de frente que olvidó los detalles menores, como los hombres con armaduras batallando con esas criaturas rastreras a su alrededor. La risa de uno de los demonios, los cuales estaban a solo unos pocos metros de él, resonó gutural y escalofriante.
— ¡Con que ahí estabas! — Dijo satisfecho— ¡Eres escurridizo!
Su espada impactó en la carne blanda bajo el ciempiés, quien se empecinaba en querer arrancarle la cabeza con sus mandíbulas, mientras lo retenía con su grotesco y pesado cuerpo. La criatura cayó muerta a un costado, manchándolo de aquella viscosa sustancia que olía a podredumbre.
Kagami Taiga —nombre de aquella persona—, se levantó del piso con piernas temblorosas y la respiración agitada. Su cuerpo estaba mallugado por la lucha constante, y sus pulmones apenas podían registrar el oxígeno que inhalaba para enviarlo a su torrente sanguíneo.
—Ustedes… bastardos… —Uso su espada de apoyo para poder levantarse mientras sus dientes se apretaban con furia contenida.
El frío de la lluvia le calaba los huesos.
—Detengan esto… ¡Háganlo ya!
El que iba al frente del grupo —justo el mismo que le había hablado—, había adoptado la figura de un ogro escamoso de color verde con una coraza más oscura parecida a una armadura. De su "traje" se desprendió una gran espada larga, de casi de la mitad de su tamaño, pero Kagami no se intimidó, de hecho, seguía mirando con rencor al grupo de Bakemonos; incluido a los otros tres, quienes iban adoptando la misma forma que su líder, pero con diferencias en su coraza, ya que los otros tres tenían el pecho descubierto y sus armas variaban. Ninguno tenía rasgos faciales definidos, por los que carecían de ojos y boca, Kagami pensó que el grandote del frente debía usarlos como parte de sus armas y defensa.
—Sabes lo que tienes que hacer, pequeño han'yo. — dijo. —sólo tienes que rendirte ante mí.
Kagami pronunció aún más su ceño fruncido.
— ¡No me jodas!— rugió enseñando sus dientes. — ¡Si me quieres, deja a estas personas en paz!
—Me temo que no se podrá.
En un rápido movimiento uno de los Bakemonos que estaba tras el líder, lo atacó con un mazo de púas. Poco basto para que aquella cosa le diera, pero Kagami pudo desviar el pesado objeto a duras penas con su espada, la cual resintió el golpe, creando leve fisuras.
—Veamos quien cae primero. —dijo el líder.
Kagami dio un salto hacia atrás justo cuando uno de esos monstruos partió el suelo con sus puños, buscando darle a él. Pero poco pudo hacer cuando el silbido de una hoja cortando el viento le lastimó el brazo izquierdo, imposibilitando su movilidad y entorpeciéndolo. Kagami reprimió un alarido, y se dispuso a desviar otro golpe de la lanza manchada de su sangre del tercer atacante.
Su mano derecha sujetaba con fuerza el mango de la espada mientras que su izquierda se tambaleaba lánguida con los feroces movimientos de su cuerpo, quien buscaba esquivar y contraatacar a los tres monstruos, quienes, divertidos por el espectáculo, sólo buscaban infringirle el mayor daño.
— ¡Solo lucha como puedas, pequeño! —rio el líder en el mismo lugar donde había estado hace minutos.
Un golpe por sus piernas lo derribó, haciendo que cayera de costado al piso, ahogando un quejido por haber lastimado aún más su brazo herido. Rodo rápido por la tierra mojada, ensuciándose aún más, pero logrando huir de los certeros ataques de aquellos monigotes sin rostro. Buscando una rápida vía de escape, Kagami corrió hacia el tupido bosque, tratando de hacer tiempo; hasta que perdió de vista a sus persecutores, pero algo le tacleó por la espalda, haciendo que impactara de frente y violentamente contra un árbol.
Su cuerpo se giró con violencia, buscando clavarle la espada en el pecho al monstruo que había logrado darle alcance, pero éste ya le apretaba el cuello con sus grandes manos, impidiendo que le oxígeno pasase a sus pulmones y su vista empezase a ponerse borrosa. Haciendo uso de las fuerzas que aún le quedaban en el cuerpo, Kagami se movía de manera errática, golpeando con sus piernas el pecho del monstruo, e incluso, llegándole a clavar la espada en el costado, pero por la mueca de sonrisa que vio en el Bakemono, aquello no pareció afectarle.
— ¡Mald-dito… H-mn!
El aire empezaba a hacerle falta, y su cabeza ya estaba dándole vueltas, casi a nada de quedar en la inconciencia.
Una espada salida de la nada impactó tras la nuca del monstruo, haciendo que la punta sobresaliese en la frente de su adversario, el cual cayó como costal pesado al suelo; poco después le siguió él, lográndose apoyar en sus rodillas y antebrazos, tosiendo e inhalando grandes bocanadas de aire. Escuchó a alguien cerca de él hablarle, pero aún seguía aturdido. Kagami alzó de apoco su cabeza cuando una mano se posó en su hombro y una voz preocupada dijo:
— ¡Oye! ¿Estás bien?
Takao ya había sacado la espada del cráneo del monstruo, el cual ahora sólo se iba convirtiendo en carbón. Vio al viajero tirado en el suelo buscando aire, y haciendo vanos intentos de enfocar su vista en él. Suspiró aliviado cuando este empezó a asentir lentamente.
—Necesitamos salir de acá y buscar ayuda de Aomine, él está haciendo un conjuro de…
— ¡Apártate!
Kagami empujó a Takao justo cuando una lanza venía hacia ellos. El pelinegro cayó sentado, soltando un quejido, para luego abrir los ojos y observar con un nudo en la garganta como el arma se había clavado justo en el lugar donde él había estado hacía pocos segundos, de no ser por el viajero.
— ¡Corre!
El pelirrojo había tomado a Takao de un brazo y ahora ambos corrían lejos del alcance del enemigo, quien ya se había apoderado de nuevo de su arma, e iba pisándole los talones. Una rama salida de la nada casi se iba llevando a los dos por delante, pero lograron evitarla a duras penas, pero esto hizo que Takao perdiera su casco y Kagami lo que quedaba de su sombrero. Takao no pudo lamentarse mucho, ya que disfruto con un poco de malicia como el monstruo no tenía la misma suerte y chocaba contra ella.
— ¡Ja! ¡¿Viste eso…
Takao abrió los ojos como platos cuando enfocó su vista al frente y vio algo que le hizo atragantarse sus palabras. La idea de que aquel extraño tratara de ocultar su faz ya no le parecía tan rara, aunque quedó frío de la sorpresa de descubrir que él era un…
— ¡Abajo!— gritó Kagami justo a tiempo, ya que una lanza pasaba encima de ellos dispuesta a empalar cabezas de incautos. Esta quedó ensartada en uno grueso árbol más adelante.
— ¡Debemos ir de nuevo al puesto de batalla! — jadeó Takao por el cansancio, Kagami ya había soltado su brazo, así que ambos iban a la par. — ¡Debemos ver si Aomine terminó el conjuro!
— ¡De acuerdo!— asintió, sin saber a qué se refería el pelinegro. Pero si eso hacía que aquello acabara, no duraría en ayudar.
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Aomine empuñaba su espada con una mano y lanzaba feroces ataques hacia los ciempiés que aún quedaban rondando por allí. Su espada los atravesó como mantequilla debido al material del que estaba hecha, haciendo que los cuerpos se desangraran hasta quedar secos como pasas, para luego desintegrarse bajo las gotas de la feroz lluvia. Su mano libre empuñaba el collar de cuentas sagrado ya listo para apresar cualquier criatura. Estaba cansado, pero aún conservaba la energía suficiente impulsada por el rencor como para abastecerse y matar a cuanto bicho rastrero le plantara cara. Aunque no tuvo suerte en percibir la energía maligna del grupo de Bakemonos que habían salido del cuerpo del gigante de humo. Tampoco veía a Takao por ningún lado.
Sintió un leve retorcijón de estómago al imaginarse que quizás él hubiese muerto. Pero se recompuso al notar a la cabellera rubia de Miyaji ir de aquí y allá dando órdenes y atacando a los ciempiés con los pocos hombres que quedaban en pie. Si él estaba vivo, posiblemente Takao estuviese por allí cerca.
— ¡Aomine! —escuchó gritar.
El mencionado giró después de clavar el filo de su espada en la cabeza de un ciempiés. Logró captar a duras penas entre la lluvia la silueta de Takao corriendo hacia él, con el rostro desencajado de la preocupación, saliendo desde entre los árboles. Estaba mojado y lleno de barro, al igual que poseía icor en sus ropajes y armadura, a la cual, por cierto, le faltaba el casco. Aomine frunció el ceño, y lo primero que hizo al tener al más bajo cerca, fue golpearle en la cabeza con el lado sin filo de su arma. Takao protestó por ello, pero antes de que Aomine reclamase donde estaba aquella vital parte, el pelinegro se apresuró a hablar.
— ¡¿Ya está listo el conjuró?! —dijo desesperado, Aomine asintió al momento que enseñaba la mano donde se enroscaba, iba a añadir algo, pero Takao ya estaba corriendo en la misma dirección de donde había salido. — ¡Corre, sé dónde están! ¡Apresúrate!
— ¡¿De quién demonios hablas?! — pero Takao ya iba varios metros delante, hasta desaparecer entre los árboles.
Aomine maldijo al aire y salió corriendo tras él, adentrándose en el espeso bosque.
_[o]_
Kagami maldijo en voz baja cuando aquel monstruo les había dado alcance. Por eso instó al soldado de cabello negro que se fuera y buscara ayuda, mientras él se encargaba de distraer al Bakemono de la lanza. Pero, ahora se encontraba combatiendo con dos bastardos más altos que él y con una fuerza monstruosa, ya que, de la nada, había salido el portador de mazo con púas; y ahora ambos hacían una maravillosa sincronización para destrozar a Kagami casi en su totalidad.
La espada que tenía emitía ciertos chillidos quejumbrosos cuando el mazo impactaba contra ella, y eso hacía que el pelirrojo se fundiera en un mar de preocupaciones, ya que aquello era lo único que tenía para defenderse de los ataques constantes de aquellas dos moles. Tomó un rápido impulso de sus ya cansadas piernas y dio un salto increíblemente alto a una rama gruesa de un árbol, el cual terminó con el tronco destrozado puesto que, aquello lo hizo sólo con la intención de esquivar otro golpe del feroz mazo del monstruo. El árbol terminó derribándose encima del yokai quien aún intentaba pegar el mazo de los restos del grueso árbol, el cual termino cayendo sobre él, matándolo en el acto, de una manera… algo patética.
— ¡¿Nunca se cansan?!— chilló cuando daba otro salto y aterrizaba de pie en el suelo, en pose defensiva.
Una lanza pasó silbando a un costado de su cabeza, y de paso, llevándose uno que otro mechón de su larga y rojiza cabellera con ella.
Aquello debió haber sido un claro "No".
El Bakemono de la lanza cargó hacia él, tratando de impactarlo, pero una veloz flecha atravesó su cabeza en un golpe certero, haciendo que cayese a mitad de camino. Kagami respiraba agitado viendo con ojos abiertos y cejas arqueadas al sitio de donde había salido aquello, y se encontró con el mismo soldado pelinegro de hace rato, corriendo hacia él con una expresión de alivio, siendo acompañado por otro sujeto más alto y con un aura amenazante… el cual ahora le apuntaba a él con gesto decidido.
Takao, quien había notado el gesto del pelirrojo se giró rápidamente hacia Aomine, viendo que el moreno estaba dispuesto a dispararle con su ballesta al pelirrojo, quien ahora fruncía el ceño y enseñaba sus colmillos al contrario de manera amenazadora. Takao sabía lo que Aomine había visto; sobre todo por la apariencia exterior del pelirrojo, y no lo consideraba precisamente un aliado.
Paró en seco.
— ¡Aomine, NO!
Aomine disparó de todas maneras, pero Kagami logró esquivar la flecha. Aunque Aomine no fue modesto, y le hizo saber que, de donde vino esa, venían otras más. Su ballesta tenía un dispositivo que permitía disparar de manera consecutiva hasta que se acabara la carga, cosa práctica para lo que hacía. Aunque tuvo que romper algunos huesos para poder obtenerla en el mercado negro y conseguir los recursos necesarios para modificarla a su gusto. Ese tipo de tecnología era nueva en esos lares.
— ¡Aomine, no, espera!—Takao corrió de vuelta hacia donde estaba el moreno, quien seguía disparando flechas a donde fuera que se dirigiera Kagami para esquivarlas. Aomine frunció el ceño y apartó a Takao del camino.
— ¡No te metas!— gruñó enojado el moreno.
Aomine salió corriendo tras Kagami, quien seguía evitando de tanto en tanto las flechas que les lanzaba, alejándose de él. Pero el moreno lució muy confundido cuando, en vez de correr en dirección contraria, el pelirrojo se dirigía a él con una mueca de terror y enojo mezclados en sus ojos.
— ¡Muévete, idiota!— el grito lo descolocó, al igual el que profirió Takao al fondo, al decir su nombre.
Como en cámara lenta; Aomine, quien había dejado de disparar flechas, observó como el pelirrojo lo empujaba con una fuerza brutal contra su pecho, haciendo que impactara contra un árbol cercano, soltando un quejido ahogado por el dolor. Pero lo que no esperó, fue que, de la nada, una gran espada impactara contra el estómago de aquella criatura, ensartándolo en la tierra en un quejido, dejándolo inerte sobre el suelo lodoso del bosque.
Aomine vio aquello con ojos abiertos como platos, al igual que Takao, quien se había puesto pálido, pensando que el pelirrojo había muerto con aquel ataque. El cuerpo no se movía, y Kagami yacía con los ojos cerrados, sin un signo vital a la vista, como su respiración.
—Oh… Dioses… no… —Takao soltó su espada, dejándola caer al suelo. Quiso acercarse, pero una voz le hizo parar el seco.
—Hasta que al final caes, maldito mocoso…— gruñó una cavernosa voz. — Me has dado muchos problemas.
Tanto Aomine como Takao vieron al Bakemono de la armadura completa salir entre los árboles, casi como si se hubiese materializado de la nada. Aomine estaba confundido y enojado, le dolía el cuerpo, pero no creía que tuviera algo roto. Aquel Yokai de cabello rojo le había empujado con mucha fuerza; pero no pudo quejarse al respecto, era ser lanzando como muñeco de trapo contra un árbol, o morir empalado por la espada de aquel monstruo, justo como estaba el pelirrojo de cabello largo en el piso.
Aquel… monstruo… le había salvado.
— ¡Alto!— gritó Takao horrorizado, viendo que el Bakemono se acercaba al cuerpo inerte de Kagami.
Pero este no hizo caso, en cambio, dio una sonrisa maliciosa al pelinegro, y una vez cerca del pelirrojo, retiró su espada de las entrañas del chico; haciendo que éste soltara un desgarrador grito de dolor y tosiera sangre. Takao vio estático como Kagami abría ligeramente los ojos, conteniendo una mueca de dolor en el rostro por una enfurecida. La lluvia caía sobre ellos, diluyendo la sangre del caído y empapando los cuerpos de los presentes.
Con dificultad, Kagami alzo su espada tambaleante hacia el Yokai, viendo que este sólo chasqueaba la lengua y le pateaba la mano, haciendo que esta cayera contra el suelo para pisotearla, obligando que un grito desgarrara la garganta de Kagami.
—Eres un hueso duro de roer… —comentó, un poco impresionado. –Estoy seguro que me harás mucho más poderoso de lo que soy una vez que te devore.
El cuerpo de Kagami fue tomado por el cuello, haciendo que forcejeara inútilmente por ello. Dio una mirada desesperada a todos lados, y de repente, su vista de enfocó en Aomine, o precisamente, en el brazo dónde las cuentas sagradas yacían brillantes y ansiosas por la presencia de energía maligna en la zona.
Kagami abrió los ojos, cuando Aomine hizo una pose que reconoció en sus viejas memorias, dándole a entender lo próximo que haría.
—S-solo… inténtalo… a-asqueroso monstruo. — masculló prepotente a su adversario, el cual sonrió con desagrado, molesto por la mirada retadora de su presa.
—Cómo desees.
El cuerpo del Bakemono se transformó en algo más amorfo y repulsivo, tornándose más grande y con una figura menos humana. Liberando su estado más natural, para devorar, y poder fusionarse con Kagami.
— ¡Que aproveche!— gruñó de forma grotesca, antes de abrir sus fauces, haciendo que Kagami cerrase los ojos por acto reflejo.
Aomine tomó ese momento para actuar.
Con rapidez, desplegó el collar de cuentas y lo arrojó a donde yacían ambos Yokais, murmurando las palabras de activación; haciendo que el mismo objeto de desprendieran y las cuentas quedaran suspendidas en el aire, para luego reagruparse, y formar un círculo alrededor de ambos yokais.
Takao no salía de su estupor.
El círculo se iluminó, encerrando a ambas criaturas, quienes, sorprendidas, abrieron sus ojos como platos al ver como el espacio delimitado por el campo del hechizo, parecía llenarse de un extraño líquido. Kagami, quien había caído al suelo al ser soltado momentos a atrás por el Bakemono, cerró los ojos y contuvo la respiración, mientras el agua le llegaba al cuello, reprimiendo un grito de dolor; sentía la piel quemarle mientras más tiempo quedaba allí. Por otro lado, su adversario se removió y rugió de dolor al contacto con él líquido, ya que este repelía la energía maligna del monstruo, haciéndolo gritar de dolor, pero sin poder liberarse de su confinamiento.
Los golpes que el Bakemono empezó a dar contra la barrera, comenzó a crear fisuras que Aomine observó con escepticismo y ansiedad. Era increíble la fuerza que poseía aquel demonio como para siquiera querer pretender romper la barrera. Pero todo cambió cuando vio a una pequeña figura, en comparación con el violento Yokai, cernirse sobre la ancha espalda del cambiante y sujetarle los brazos con mucho esfuerzo. Kagami gritó algo que no podía ser escuchado tras la barrera, pero Aomine entendió.
— ¡Takao! –gritó.
Takao espabiló justo en el momento en que Aomine sacaba la espada de su funda y se echaba a correr en dirección a ambos yokais. Tomó la suya que yacía tirada en el suelo, y siguió al moreno, imitando sus movimientos. Ambos rodearon rápidamente la barrera, observando con nerviosismo y ansiedad los violentos espasmos del Bakemono siendo escasamente retenido por el pelirrojo, golpeando la barrera en una pobre excusa para liberarse. La lluvia se tornó aún más violenta, haciendo que truenos resonaran en el cielo.
— ¡AHORA!
De manera casi ensayada, y en perfecta sincronización, ambos atravesaron cada costado de la enorme criatura, haciendo que esta soltara un estruendoso alarido que incluso se escuchó a través de la barrera.
Casi desmayado y sin fuerzas, Kagami fue arrojado contra el extremo contrario a donde se encontraba el Yokai, ya que este daba violentos y erráticos movimientos tratando de sacar aquellas armas de su interior. Su cuerpo poco a poco se iba hundiendo en aquella cristalina y brillante agua que quemaba su piel como el demonio.
No supo cuánto tiempo pasó ni en como todo resultó. Sólo percibía siluetas y un brillo cegador.
Sentía el cuerpo ligero por alguna razón, y luego algo frío cayendo sobre él. Sus ojos estaban cerrados y poco a poco todo empezaba a perder el sentido, ya no sentía su piel quemarse, pero su interior bullía por las heridas internas, se sentía flotar en el aire. Movió sus labios emitiendo una palabra que ni él llegó a entender, dando paso a que las gotas de lluvia acariciaran su garganta. Alguien alzó un poco su torso, acomodándolo contra una superficie vertical, pero poco pudo hacer cuando ya no pudo soportar el delirio y cayó en la inconciencia.
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En realidad no sé qué me picó escribiendo este capi… Quería mantener el largo que tenía planteado con todos… pero dudo hacerlo mucho.
A la primera, no sabía cómo continuarlo, y luego, fue como si estuviera mordisqueando mis dedos para que dejaran de hacerlo. Se me hace un poco suelto escribir este fic porque siempre me ha gustado leer sobre batallas o cosas como éstas. Pero veamos cuando me toque hacer escenas románticas, ya me veré llorando sobre el teclado por que no sabe cómo expresarse (¿?)
Bueh, los dibujos, disculpen la calidad, esta fea (?)
Aomine:
twitter Genbo_74/st atus/6369 26563020 353536/p hoto/1
Kagami:
tw itter Genb o_74/status/ 636927346 365329408/ph oto/1
Bueno, basta de hablar bobadas, nos vemos en el próximo capi. See ya~
Palabras raras:
Bakemono: Es una especie de Yokai, la palabra en sí misma significa "cosas cambiantes", y muchos bakemono son por lo tanto resultado de extrañas transofmaciones. Desde cosas que son comunes y normales hasta cosas que son misteriosas y anormales. No es necesariamente deben ser sobrenaturales, pueden ser solo extrañas, pero bah pudo hacer lo que me da la gana -huye antes de que la lapiden-
