Disclaimer: Naruto no me pertenece, es de Masashi Kishimoto.


Sarada no se mueve. Lo ve entrar y caminar hacia ella con la vista nublada. Lleva una pistola y la camisa manchada de sangre, su cabello azabache le tapa parte de la cara pero sabe que es él. Traga duro al mirarlo acercarse. Sus pisadas retumban en el aula. Llega hasta ella y le acaricia la frente; sus dedos fríos hacen que Sarada tirite enferma de pavor. Sin una palabra, le apunta al cráneo y ella cierra los párpados; una lágrima recorre su mejilla.

Jamás se ha sentido tan sola.

El cielo estaba despejado y hacía calor. Sasuke se protegía de los inclementes rayos del sol bajo un cerezo. Leía un pesado libro titulado Derecho Romano y escribía notas en un block tamaño bolsillo. Las risas de los demás estudiantes pasaban desapercibidas para él, sin embargo, sí se dio cuenta cuando un par de personas se acercaron a su improvisada área de estudio. Les miró por encima del libro, e intentó ignorarlos cuando notó que querían hablarle. O al menos, ella quería conversar, el rubio parecía reacio a hacerlo.

—Sakura-chan, no me gusta su aura.

—¡Anda, no pongas excusas!

A Sasuke le molestó la interrupción y los gritos que pegaban al pelear. Mordió el bolígrafo pensando en irse en cuanto recogiera sus cosas.

—¡Oye! Bienvenido al campus, es tu primer día, ¿cierto? Yo soy Sakura Haruno, estudio medicina. Y este es mi amigo Naruto.

Sakura tenía un peculiar cabello rosado y hablaba demasiado, le perturbó en cierta manera que supiera que era su primer día, después de todo, era una escuela grande y no es como si la joven conociera a todos. Lo dudaba. Sin embargo, también tenía en cuenta que su apellido era famoso. Era posible que le hablaran por morbo.

Naruto le miraba con desconfianza y con las cejas juntas, Sasuke reconoció el libro que el joven cargaba en la mano derecha.

—Así que, ¿tomamos una clase juntos?

Naruto entrecerró los ojos. Al parecer le había ofendido la pregunta.

—Tomamos mil clases juntos, bastardo. ¡Me has puesto en ridículo todo el día! ¡Eres un engreído, 'ttebayo, no mereces ser mi amigo! ¡Sakura-chan, vámonos!

Sasuke alzó una ceja y luego se encogió de hombros, no solía prestar atención a su alrededor, tampoco le interesaba hacer amigos. No era la primera vez que le ofendían sin conocerlo y realmente no le importaba. Sakura, por otro lado, se veía disgustada. Le sonrió y se inclinó pidiendo disculpas.

—Naruto es un poco difícil —excusó tomándolo del brazo para que no se marchara. El rubio era mucho más alto y fuerte, pero aun así se mantuvo en su lugar.

—¡No pienso pedir disculpas!

—¡Cállate, pareces un niño! —le dijo dándole un coscorrón— Tú mismo dijiste que querías ser su amigo.

—Eso fue antes de saber que era un pedante. Y un bastardo.

—¡Naruto! —advirtió la mujer apretándole el brazo.

Sasuke se cruzó de brazos, preguntándose cómo es que el tal Naruto quería ser su amigo sin conocerlo. Parecía ser un tipo extraño e hiperactivo. No le apetecía formar amistad con ellos; tener compañeros era un desperdicio de tiempo.

—Ya te recuerdo. Eres un idiota. Dudo que puedas graduarte, no serás un buen abogado.

Naruto estuvo a punto de darle un puñetazo. Sakura tenía buenos reflejos.

Con el paso del tiempo, se convirtieron en los mejores amigos y rivales. Sasuke descubrió que el padrino de Naruto —quien formaba parte del área administrativa de la escuela— le había hablado sobre él y sobre su familia, por lo que Naruto quiso conocerlo. El rubio siempre sufrió por ser un marginado y sentía empatía cuando se trataba de esas cosas, personas como él. Tenía un buen corazón. Sakura, por otra parte, se enamoró de Sasuke casi sin querer, pues él nunca había dado pie a tales sentimientos. Se sentía incómodo siendo objeto de atención de la joven; tanto por su manera de ser, como porque Naruto siempre decía lo mucho que le gustaba. Cansado por la insistencia de Sakura, decidió ser claro con ella.

—No lo entiendes, Sakura —le dijo un día, sus ojos negros le miraban con dureza—. Deberías estar con alguien más. No deberías fijarte en mí. Hay mejores personas en el mundo.

—¿Cómo quién? ¿ Naruto? —preguntó sarcástica.

—¡Sí, carajo! ¡Como Naruto! —le gritó, perdiendo la cordura— ¿No puedes ver que Naruto es…? Naruto es… Naruto. Es bueno, es la humanidad que perdí. Y te quiere.

—Pero yo te quiero a ti.

Nadie podía quitarle aquél yugo a su corazón. La carga pesada que significaba querer a un hombre así, tan Sasuke, tan lleno de tristeza y melancolía. Sakura sabía que estaba siendo tonta, que no podía dejar que sus sentimientos le nublaran la cabeza, sabía que no era prudente y que lo mejor sería hacerle caso e intentarlo con el rubio, o con alguien que no fuera él. Pero el simple hecho de pensar en olvidarlo le hería. Quería curarlo, quería darle una razón para vivir. Quería salir adelante con Sasuke y reparar su corazón.

—Tú no quieres a Sasuke, quieres a un cachorro herido. No lo entiendes, Sakura —le advirtió Naruto cuando la joven le dijo que dejaría la universidad y se casaría—, Sasuke…

—¿Crees que me va a lastimar?

Los orbes azules y desesperados de Naruto le encogieron el alma.

—Creo que ambos saldrán lastimados. Sasuke no está pensando con claridad. Lo conozco, no es normal que esté haciendo esto.

No volvieron a hablar en ocho años, aunque Sakura sabía que Sasuke frecuentaba a Naruto y le pedía favores. La complicidad con que se trataban le daba miedo y vergüenza. No quería aceptarlo, pero sabía que el rubio conocía mejor a su esposo que ella. Los momentos difíciles se volvieron pronto en tormentas, y las tormentas en huracanes. No podía salvarlo. No sabía entrar en su corazón.

Aún era tiempo de lluvias, pero eso no impidió que Sakura llegara al trabajo enfadada y con un bate de béisbol. Al verla entrar empapada, Kakuzu arrugó la nariz y estaba por decirle que se secara en otro lugar, cuando la mujer estampó el bate contra una vitrina de muñecas. Se cayeron desgajadas y Kakuzu sorprendido corrió hacia Sakura. Le arrebató el palo antes de que lo estrellara contra los relojes antiguos y la abrazó por la espalda, impidiéndole que siguiera destrozando su negocio.

—¡Suéltame, hijo de puta! ¡Lo prometiste! ¡Lo prometiste! ¡Sarada no puede trabajar aquí! —gritó intentando zafarse de su agarre. Sentía la respiración pesada de Kakuzu sobre su oreja, por alguna razón temió que la mordiera.

—Si no te calmas, llamaré a Hidan y le diré dónde está tu preciosa niña.

Sakura se revolvió incómoda, queriendo soltarse a llorar, alcanzó a patear a Kakuzu en la rodilla y se desplomó sobre los pedazos de porcelana. Kakuzu soltó maldiciones y golpeó enfadado el muro de concreto para después llamar a alguien. Sakura no lo escuchó, sintiéndose traicionada y tonta. ¿Cómo pudo pensar que un criminal mantendría su palabra?

—Vamos —gruñó Kakuzu cuando un hombre arribó al negocio. Sakura entendió que se trataba de alguien que limpiaría el desastre.

Se levantó; sintiendo las rodillas sangrar pero decidida a mantener su dignidad intacta. Le siguió de mala gana y precavida. No aceptaría nada que pusiera en peligro a su hija.

—Siéntate, idiota —dijo Kakuzu cerrando con llave su despacho. El olor a billetes y a tinta mareó a la mujer. Quizá era porque la adrenalina estaba bajando.

—Quiero una buena explicación, Kakuzu. Quiero que arregles esto, si no quieres que renuncie y vaya con la policía —amenazó sin pensar. Le fastidiaba no tener tantos contactos como ese hombre. Ni siquiera se dio cuenta de que le estaba hablando de tú.

—Destruiste un montón de cosas valiosas, Sakura. No creas que haciéndote la valiente vas a salir de esta.

Encendió un cigarrillo y comenzó a buscar en un archivero. Ella tomó un pañuelo del escritorio y lo pasó sobre sus rodillas. La mano le temblaba, más enfadada que nerviosa. Había descubierto que Sarada trabajaba para Kakuzu aquella mañana, cuando vio un paquete de tarjetas y un fajo de billetes —presuntamente para comprar café— en la mochila de su hija. Ni siquiera se había parado a hablar con ella, salió tan pronto como pudo hacia su trabajo.

—Nada es casualidad, Sakura. Creo que de alguna u otra forma terminaríamos conociéndonos. No es algo que me agrade en particular, pero por alguna razón tenía que ser así. Tal vez estás maldita.

La voz de Kakuzu hizo que Sakura sintiera un escalofrío sobre la espalda. Cuando se giró hacia ella pudo ver con más claridad el fantasma sobre sus ojos negros y las cicatrices en su rostro.

—Eres muy estúpida si crees que tuviste suerte al entrar en esta tienda. Eres muy ingenua si crees que te contraté al azar. Hay gente que dice que nunca olvida una cara —dijo Kakuzu al tiempo que dejaba caer una carpeta abierta frente a Sakura—, yo no soy así.

La carpeta contenía un montón de documentos, todos eran contratos. El papel que su jefe le estaba dejando ver, era un escrito de un par de párrafos con las firmas de Sasuke y Kakuzu estampadas al final. En el borde superior izquierdo, adjuntada con una grapa, estaba la foto de Sakura con una Sarada de cinco años de edad. La mujer se sorprendió, y leyó sin aliento lo que estaba frente a ella. Se llevó una mano a la boca, y miró a Kakuzu sin entender.

—Yo nunca olvido una deuda.


Hola estrellitas.

Estoy muy emocionada. El capítulo trae cosas muy novedosas. Primero; vemos cómo se conocen Sakura, Naruto y Sasuke. Vemos un poco sobre la relación que llevaban, y cómo Sakura jamás pudo conocer por completo a su esposo. Y ahora sobre lo último; ¿cuáles son sus teorías? Me encantará conocerlas. ¿Cuál es la deuda que Kakuzu no ha olvidado? :3

Hasta luego, esperaré sus reviews muy feliz. Errores, dedazos, etc, no duden en decirlo.

P.D: ¿Ustedes creen que Sakura entraría con un bate a destrozar el negocio por venganza? Yo sí. xD