Bueno, yara... Love... no voy a mentir, me han dicho un par de veces que les encantaría que la quinta temporada la escribiese yo... Ah... si yo tuviese ese poder. Gorgino, empezamos a encajar en la historia... pero sobretodo voy a plantar las bases con respecto a Emma. Love... perdona... pero la mejor villana es aquí nuestra reina malvada, como bien sabemos todos. Te perdono ese desliz... pero que no se repita.
Zelena Miller
Solía visitar el hospital una vez a la semana, al menos. La excusa solía ser que era para realizar trámites administrativos. Pero lo cierto es que había una razón mucho más personal para hacer ese viaje, una más siniestra. Y admito, que tuve que resistirme a hacer un puchero cuando vi, una vez más, a Emma Swan colándose en mi camino. ¿Es que no iba a dejar de verla en todas partes?
_ ¿Qué ocurre Zelena? ¿Te has quedado de piedra al verme?_ Me había quedado en silencio un segundo de más.
_ Sólo me preguntaba los motivos que la traerían aquí._ Dije, intentando mantener la compostura.
_ Oh… sólo venía a ver a Edward… Como supongo que tú haces. Aunque por motivos distintos._ Emma sonrió y metió las manos en sus bolsillos._ ¿Has oído la noticia que circula por ahí?
_ ¿Noticia?_ Pregunté, sin entender.
_ Dicen que el reloj de la torre vuelve a funcionar._ Dijo, como si no tuviese importancia.
Yo sabía bien que lo único que había cambiado era la mujer que había traído el día anterior. ¿Había sido capaz de obligarme a llevar a mi propia perdición a la ciudad? Emma era bastante capaz de hacer algo así. Se fue, despidiéndose con la mano, y yo me quedé con dos palmos de narices. Recuperé la compostura y me dirigí hacia la habitación que visitaba tan a menudo.
Y allí estaba, tumbado e inconsciente, como lo había estado todos aquellos años. En realidad, Edward Gold debería dar las gracias… porque las normas del conjuro especificaban que tendrían que haber muerto. Debía sacrificar a aquel que más amaba para lanzar el hechizo oscuro. Y así lo había hecho. Había sacrificado al ser oscuro. Pero el hombre… había podido sobrevivir, aunque fuese en un estado patético. Y confieso que me encantaba verle reducido a una simple piltrafa después de todo lo que me había hecho.
Regina Mills
No había demasiado en la casa. Tendría que hacer la compra si es que quería algo aparte de leche y cereales. Confieso que estaba nerviosa. Hoy iba a conocer a Henry. Y apenas había visto fotos del chaval. Su historia no decía nada concreto sobre su personalidad. Lo cierto es que después de desayunar me había quedado en la silla del despacho, esperándole. Cuando escuché el sonido de la puerta me puse en pie.
Lo cierto es que nunca había tratado a niños. Y eso estaba en mi historial. No entendía por qué Emma parecía tan empeñada en que fuese yo la que tratase a su hijo. Me dirigí hacia la puerta y Henry estaba al otro lado. Era una ricura, a decir verdad, o al menos esa era la impresión que me había dado. Además, por si fuera poco, el chico, nada más verme, se me abrazó a las piernas.
_ ¡Estás aquí!_ Exclamó.
_ Vaya… parece que tienes muchas ganas de empezar con la terapia._ Dije, sin pensarlo demasiado.
_ Algo así._ Dijo, mientras se escurría hacia el diván. Abrió la mochila que llevaba consigo y sacó un libro enorme. Lo abrió y empezó a buscar en él. Aquello no lo creía previsto.
_ Henry… ¿Qué te ocurre?_ Le pregunté._ ¿Qué estás haciendo?
_ Mira… tienes que ver esto._ Me dijo, tendiéndome el libro._ Esta página trata sobre ti.
Si algo sabía era que no era buena idea destruir el mundo de fantasía que un niño tan joven se había creado. Por ello tomé el libro en silencio, me senté en el sillón que me había asignado y comencé a leer la historieta en cuestión.
Emma Swan (Flashback)
Una sonrisa apareció en mi rostro, observando a aquella mujer, derrotada, que había caído al suelo. O al menos, lo habría hecho de no ser porque yo misma había ralentizado su caída. La mujer se esforzó por levantarse y yo, con un gesto de la mano, la ayudé.
_ No deberías intentar luchar estando encinta, querida._ Dije, con una grata sonrisa en los labios. Aquel era uno de los últimos pasos en mi largo trayecto hacia mi final feliz._ Es más… no hay razón para ello. No voy a matarte.
La mujer se puso en pie, alzando su espada, pero tuvo que dejarla caer, pues no tenía energías. Me miró, aún con desafío en los ojos, y yo sonreí. Eso era justo lo que buscaba. Esa inquebrantable voluntad que se sobreponía a todo. En mis manos había una judía mágica, que paseaba entre los dedos.
_ Puedo prometerte que tendrás una vida feliz. Mucho más que la de los pobres infelices que viven aquí._ Sonreí, sincera._ Yo no quiero que te pase nada malo, querida.
Le puse la mano sobre el rostro y ella se apartó como si la quemara. Me reí con ganas. Lo cierto es que a cualquier otro le habría castigado por semejante insolencia. Pero a ella no podía, por más que quisiera.
_ Y bien… ¿Has decidido ya cuál será el nombre de la criatura?_ Alcé una ceja.
_ Regina…_ Masculló, mirándome con odio.
_ Espléndido… Es un hermoso nombre._ Dije, arrojando la judía al suelo._ Y ahora... ¿Te tirarás tú por el portal? ¿O tendré que empujarte?
_ Puedo ir sola, gracias.
Regina Mills
_ ¿Crees que este libro habla de mí?_ Pregunté, mirándole._ Henry… mi madre trabajaba en un circo. Creo que si hubiese venido de otra dimensión lo habría sabido.
Aquello me había salido del alma. Lo cierto es que había tenido una infancia alegre mientras el circo avanzaba por todo el país. Pero mi madre no quería ese destino para mí. Ella siempre dijo que yo podía ser mucho más, que podría ser lo que yo quisiese. Y yo quise ser psicóloga. No sé las cosas que tuvo que hacer mi madre para pagar la carrera, pero imaginaba que no había sido sencillo para ella.
Había perdido a mi madre hacía pocos años, y desde entonces había estado sola. Por eso cualquier mención a ella me hacía saltar. Lo cierto es que era la única persona a la que realmente había querido a lo largo de mi vida. Que jamás me había herido.
_ Sabía que dirías algo así._ Henry suspiró._ El héroe nunca se lo cree al principio. Pero lo harás… con tiempo. Tú eres la salvadora.
_ ¿Salvadora?_ Miré por la ventana._ Eso suena un tanto pretencioso.
Emma Swan
Había bajado escaleras abajo, pero no cualquier escalera. En mi casa había una pared escondida, oculta, tras la cual se escondía el sótano, en el que guardaba multitud de mis objetos mágicos. Sin embargo en aquellos momentos me encontraba observando el gran cáliz que servía como ventana al mundo exterior. Y mis ojos estaban, como no, en Regina.
Ella era la nueva salvadora. Ese era el destino que quería para ella. Una heroína, desde el principio, sin un pasado doloroso, sin penas, sin una carga que tuviese que llevar a cuestas para siempre. Pero a la vez… mi reina. Había intentando, durante todos aquellos años, muchas maniobras para paliar el ansia de volver a verla. Pero nada de aquello se comparaba a, por fin, poder ver a la verdadera Regina… la forma en la que movía sus labios… el brillo de sus ojos. Nada de aquello había cambiado.
Emma Swan (Flashback)
_ De modo que tú eres el cisne negro…_ La mujer pasó su mano por mi brazo, seductoramente.
Es cierto que era una cortesana, desde luego. Pero yo tampoco había acudido a aquella taberna buscando sentimientos. Mis sentimientos eran para Regina. Pero mi cuerpo estaba frío, desde hacía mucho. Y pocos eran los que tenían el valor de acercarse a mí. De hecho, aquella chica sabía que se estaba jugando mucho por acercarse a mí.
_ Así es._ Respondí. Yo no fui discreta. Mi mano se aferró a su pecho y lo sopesó, a pesar de que la mitad de la taberna nos miraba.
_ Me gustan las mujeres con poder._ Dijo, mirándome._ Se me da bien darles lo que buscan.
_ ¿Ah sí?_ Pregunté. Me brillaron los ojos._ ¿Cualquier cosa que yo quiera?
_ Cualquier cosa._ Me susurró, con un tono sensual.
_ Sígueme._ Dije, saliendo de la taberna.
Ella parecía estar satisfecha por haber conseguido convencerme, aunque dudaba que tuviese idea de lo que había planeado. La cogí de la mano y aparecimos en mi castillo. Ella dio un respingo y se quedó observando a su alrededor, al parecer maravillada por todos mis objetos.
_ Yo en tu lugar no tocaría nada… ¿Cómo has dicho que te llamabas?_ Pregunté.
_ Drizella._ contestó. Lo cierto es que me importaba poco.
Subí escaleras arriba hasta mi dormitorio. Ella me siguió, intrigada, pero yo no tenía ninguna prisa. Cuando llegamos alcé la mano y la envolví en una humareda negra. Cuando la humareda se despejó, Drizella había adoptado el aspecto de mi amada reina, con su atuendo incluido. Aquel que había llevado cuando, en Storybrooke, la maldición del espejo roto cayó sobre ella. Era uno de mis favoritos.
_ ¿Qué me has hecho?_ Preguntó ella, llevándose la mano enguantada a la garganta, sorprendida de su propia voz.
_ ¿Acaso importa?_ Le espeté._ Me dijiste que harías lo que yo quisiera. ¿Acaso me mentiste?
_ No… no. Acaso… ¿Sería posible mirarme en un espejo, al menos?
_ No._ Le dije, clara._ Te he puesto así para mi disfrute personal, no por otro propósito.
_ De acuerdo._ Estaba claro que mis palabras la habían molestado._ ¿Por dónde quieres empezar?
No quería hablar. Porque lo cierto es que por mucho que le hubiese dado el aspecto de Regina… su voz, aquella mujer no dejaba de ser más que una extraña, una cazafortunas que creía que había ganado la lotería. Por eso no dije nada. Sencillamente la tomé por los hombros y la lancé sobre la cama. Rompí su vestido y su corsé de un tirón, y metí la cabeza entre sus pechos, mordiendo y lamiendo con deleite.
Drizella gemía, llenando con la voz de mi amada Regina la estancia. Se dejaba hacer, mientras yo tomaba sus pezones sin distinción y los mordía. Tardaría un rato en aburrirme de aquello y desnudarnos a ambas con un giro de la mano. Empecé a frotarme sobre ella, ansiosamente, buscando algo que siempre encontraba con Regina pero que, con ella, no lograba alcanzar.
Gemí frustrada, y mis manos se aferraron a su cuello. Ella me miró, con genuino pavor, pero estaba inmovilizada y no podía hacer nada mientras yo se lo apretaba con más fuerza, sin dejar de moverme. Sus manos se aferraron a las mías, intentando apartarlas. Pero fue inútil. Al final, el hechizo se rompió y Drizella, con su verdadera apariencia, quedó tirada sin vida sobre mi cama.
_ Lo siento, querida… pero nadie puede reemplazar a mi reina…
Emma Swan
Había caído la noche, y yo no había contener mis oscuros impulsos, mis deseos. Había pasado por la habitación de Henry, y le había mirado dormir. Suspiré, porque no había sido justa con él. Poco me importaban el resto de personas cuyas vidas había herido, o cómo había destrozado la historia de todos para acoplarla a lo que yo deseaba. Pero me dolía haberle hecho daño a él. Sin embargo… necesitaba una excusa para hacer que Regina llegase a la ciudad… y sabía que él era la única que realmente podría hacerla venir y quedarse.
Algo que había aprendido que podía pasar mucho… muchísimo tiempo, entre "Érase una vez…" y "…vivieron felices para siempre". Yo había tenido mi final feliz… y al mismo tiempo… había provocado con ello mi propia caída. Pero sin embargo, seguía sin ser capaz de luchar contra lo que era. El cisne negro, el ser oscuro, aunque hacía siglos que no había usado ese título para mí misma… puesto que eso habría complicado mucho las cosas.
Era un ser perverso… y sobretodo… lascivo. Quizá por eso no había podido evitar coger mi copia de la llave de la casa de Regina y conducir mi escarabajo amarillo en dirección a su casa. Abrí la puerta silenciosamente y subí las escaleras procurando no hacer ningún ruido. Regina dormía apaciblemente en su cama, ajena a mi particular visita. La luz de la luna caía sobre ella, dándome una visión cercana de su presencia.
Me acerqué lo máximo que pude para no despertarla y respiré el aroma que despedía. Sentía como me embriagaba. Los siglos de trabajo habían merecido la pena sólo por ese olor. Pero sentía la necesidad de llegar más allá. Mi mano acarició su trasero con mucha delicadeza. Regina gimoteó, pero seguía dormida. Me separé por fin, razonando, y me dirigí al quicio de la puerta.
_ ¿Hola? ¿Hay alguien ahí?_ Escuché, cuando me hube separado de la puerta. Escuchaba a Regina levantarse.
Entonces mi táctica cambió por completo. Empecé a correr escaleras abajo, tropecé y caí. Regina llegó poco después y se me quedó mirando.
_ ¿Está usted bien, señorita Swan?_ Preguntó.
_ Sí._ Dije, ahogando un grito de dolor._ Venía a ver si estaba usted cómoda aquí… y he escuchado ruidos. He abierto con mi llave y alguien me ha hecho una zancadilla.
Parecía que, por el momento, Regina se creía mi mentira. A fin de cuentas, la puerta estaba abierta, algo que había sido un claro error por mi parte, producto del ansia, pero que finalmente jugaba a mi favor. Regina me extendió la mano y me ayudó a levantarme.
_ Vamos… siéntate y tómate algo. Debería llamar a la policía.
Aquello era sensato… pero sin embargo me ponía los pelos de punta. No podía permitir, de ninguna de las maneras, que Regina descubriese que había sido yo la acosadora pervertida que se había colado en su casa para tocarle el culo.
