Que sí, que te absuelvo, Love. Que soy buena gente. Bueno, tus deducciones no andan desencaminadas. Otro capitulito más, ala.
Regina Mills
No había llegado a ver la comisaría antes de aquello. Graham me había prometido que me la enseñaría, pero después del desastre, lo cierto es que era lo que menos me apetecía. Sin embargo, la idea de Emma de que guardar sus cosas me harían bien tenía sentido. Sonaba a enterrar el pasado, a dejarlo todo atrás y que las cosas fuesen a mejor.
No pude evitar dar un respingo cuando entré y me vi a una mujer canturreando amargamente en uno de los calabozos, golpeando con una taza metálica los barrotes, y provocando un sonido ensordecedor. Me llevé las manos a los oídos, pero aún así lo seguía escuchando.
_ ¡Mary, para de una vez!_ La voz de Emma se sobrepuso a todo el estruendo, y la morena paró.
_ ¿Has venido a sacarme, Swanie?_ Mary se rió._ No es que me incomode estar entre rejas pero… Tengo hambre… y aunque mi maridito no se pregunte donde estoy… En el trabajo tienen que echarme de menos.
Emma bufó, cogió las llaves del primer cajón y se dirigió hacia la celda, para dejar salir a la morena, que le dio las gracias y se marchó. Me saludó por el camino, y yo le devolví el gesto, aunque aquello lo hice de forma nerviosa. Quizá hubiese comentado algo sobre eso, de no ser porque mis ojos convergieron en un objeto que había en el cajón que Emma acababa de abrir.
Un sobre marrón, común y corriente, que habría pasado por alto de no ser porque mi nombre estaba escrito en él. Sin pensármelo demasiado, lo abrí y observé lo que había en su interior. Y estaba… todo.
Había fotos mías de Nueva York, un informe sobre la vida que estaba llevando, e incluso uno de mis extractos bancarios más recientes. Solté todo aquello, como si me quemase. Y sentí asco al entenderlo todo.
Entendí que Graham había estado tratando de llegar a mí desde hacía tiempo, acosándome sin que yo pudiese llegar a saberlo. Entendí que él había sido el que había entrado en mi casa aquella noche para tocarme… y que probablemente su plan hubiese alcanzado su cénit cuando le llamé para pedirle ayuda.
_ Parece que estábamos equivocados con respecto a la clase de persona que Graham era._ Las palabras de Emma me devolvieron a la realidad._ Casi ha sido una suerte lo que ha pasado, ¿No crees? Imagina lo que habría llegado a hacerte.
Miré a Emma a los ojos, y los encontré fríos. Me dio algo de miedo verla así, me estremecí. Ella pareció darse cuenta y bajó la mirada, como si se sintiese culpable. Yo me acerqué y le puse la mano sobre los hombros. Necesitaba a una amiga en aquella situación y Emma era la única que se prestaba.
_ No te preocupes._ Le dije, mirándola._ ¿Puedes llevarme a casa? Ya no quiero seguir recogiendo todo esto.
Maléfica
Había estado pensando en Emma, en aquello que me arrebató. Nada era suficiente como para aliviar lo que sentía en lo más profundo de mi ser. Intentaba día tras día pasar página, aunque dudaba que encerrada en una cueva, fuese posible. Tenía en mis manos la clave para destruir Storybrooke, y sin embargo, no podía utilizarla. Había hecho girar aquel diamante sobre mis manos múltiples veces. Para mí, el huevo de oro que Zelena me había pedido que guardase, carecía de valor.
Pero aquella gema no podía activarse si no se usaba un pico de enano, por lo que suspiré y la guardé una vez más en su caja. Entonces fue cuando sentí. Una brisa fría a mi espalda. Había algo tras de mí. Sin embargo, cuando me giré, sólo pude distinguir un par de ojos que, como faros sin pupila, emitían una luz azul que me cegaba.
_ ¿Quién eres tú?_ Pregunté. A fin de cuentas, se suponía que mi trabajo era guardar aquella zona.
_ Sólo soy una guardiana… como tú._ Aquella voz que escuché, sintética, más parecida a la de una máquina que a la de un ser vivo, me inquietó.
_ ¿Qué se supone que guardas?
_ Mi labor es guardar los designios del destino… mientras aguardo al héroe que debo guiar… en su batalla contra el cisne negro._ Sus palabras reverberaban sobre las paredes de roca._ Pero mi héroe no estará listo cuando la maldición se rompa… no sin vuestra ayuda.
_ ¿La maldición, va a romperse?_ Mi voz se crispó de una emoción que dudaba que el ser que tenía ante mí pudiese sentir. ¿Era esperanza lo que había en mí interior?
_ La maldición se romperá en una cantidad de tiempo que se antoja insignificante._ Exclamó la criatura._ Preciso, no obstante, de vuestra ayuda para que el héroe pueda vencer al cisne negro y alcanzar una paz duradera.
_ ¿Qué tengo que hacer?_ Dije, ya más decidida. Cualquiera que estuviese en contra del cisne negro, era i aliado.
_ Bastará con tres gotas de vuestra sangre.
Regina Mills (Flashback)
Habría quién diría que la vida del circo no era para una niña, pero yo me sentía feliz. Aquel día, mis clases particulares habían sido extremadamente largas y lo cierto es que estaba agotada. Sin embargo, cuando se tienen once años, la energía no tarda demasiado tiempo en volver. De modo que hice aquello que mejor se me daba.
Colarme en las carpas del circo me encantaba. Ver cómo todo se preparaba para la siguiente función. Mi madre era ilusionista… y nunca conseguía averiguar sus trucos… siempre me encontraba antes. Yo le decía que tenía que aprender, ya que a fin de cuentas era el oficio familiar. Yo quería trabajar en el circo, pero ella siempre decía, que eso sería desperdiciar mi talento, y que no me enseñaría a hacer sus trucos hasta que no le dijese, siendo adulta, que deseaba hacer de aquel mi oficio.
Para mí era absurdo, no concebía otra vida que no fuese aquella. Viajando de un lado a otro, divirtiendo a las masas. Una vida entre risas. ¿Quién querría abandonar algo así? En aquel momento me deslizaba por la carpa de mi madre, tras haber pasado por las de los demás, y haber cotilleado el nuevo número de los payasos. Una ración de algodón de azúcar había desaparecido "misteriosamente", y por alguna razón yo acababa de colar el bastoncillo que se utilizaba para sostenerlas en la papelera.
Pensé que aquella vez sí que iba a pillar a mi madre infraganti. Pero no parecía estar afinando sus trucos. De hecho, estaba guardando algunas cosas en un maletín, que cerró de un tirón. Salió fuera de la carpa, colocándose su sombrero de copa, y yo decidí seguirla.
Cerca de dónde nos habíamos establecido aquella semana había un pequeño bosque. Mi madre lo recorría sin darse demasiada prisa. Se detuvo en un claro y apoyó su espalda sobre un árbol. Parecía que esperaba alguien. Yo me escondí entre los arbustos, esperando a ver qué sucedía.
Dos mujeres aparecieron un minuto más tarde. Una de ellas de piel oscura, vestida con una gabardina y expresión de pocos amigos. Su acompañante, una mujer vestida con ropas elegantes, sin embargo, tenía el pelo hecho un desastre. En principio parecía negro, pero lo cierto es que tenía canas repartida en mechones en distintas partes de su cabello. Lleva a un perro que parecía muy agresivo sujetado por una correa, y su cara era todavía menos amistosa que la de su amiga.
_ ¿Lo has traído?_ Preguntaba la morena, dirigiéndose directamente a mi madre.
_ ¿Estaría aquí sin traerlo? No perdería mi tiempo de ese modo._ Mi madre lanzó el maletín por los aires, y la morena lo abrió. Algo brillante emanó de aquel maletín, y la mujer lo observó, fascinada.
_ Creía que no podría encontrase aquí._ Intervino la mujer del perro, animal que se había encogido ante el brillo de lo que fuese que estuviese en el maletín.
_ Hay formas de traer cosas de nuestro antiguo hogar._ Mi madre adoptaba un tono misterioso, mientras recogía unos billetes de manos de la mujer morena._ Tan sólo a veces.
Mi madre se dio la vuelta, dándoles la espalda y con intención de irse, cuando la morena le hizo una última pregunta.
_ Puedes traer cosas de allí… ¿Pero no puedes volver, Cora?
_ Aunque pudiese, no lo haría._ Contestó mi madre._ No sola. Hay cosas importantes para mí aquí.
Cuando las mujeres se fueron, yo continué siguiendo a mi madre. No terminaba de entender lo que acababa de escuchar, pero me preocupaba. No prestaba atención a lo que estaba haciendo, y pisé una rama. Mi madre se giró de inmediato y sus ojos encontraron los míos. Por un segundo, sentí miedo. Pero cuando ella se acercó, no parecía enfadada. Estaba marcada por la preocupación.
_ Regina… ¿Qué haces aquí? ¿Me estabas siguiendo?_ Suspiró, acercándose_ Podrías haberte hecho daño.
_ Mamá…_ La interrumpí._ Las mujeres con las que te he visto… ¿Quiénes eran?
_ Oh… eso._ Parecía crispada._ Sólo ganaba algo de dinero extra vendiendo unas cosas. Pronto tendré que comprarte un vestido.
_ Y… ¿De qué iba todo eso sobre un viejo hogar? ¿Y sobre marcharte?_ Confieso que aquello me había angustiado.
Mi madre me miró a los ojos, sonrió y me dio un beso en la frente. Eso me relajó mucho, porque lo cierto es que la idea de perder a mi madre era lo que más miedo me daba en el mundo.
_ Regina… yo no me voy a ninguna parte. No sin ti._ Me rodeó con sus brazos._ Te guste o no. Siempre vas a poder contar conmigo.
Emma Swan
Me sorprendía a mí misma lo fácil que habían sido las cosas, y lo bien que habían salido. Ahora Regina necesitaba un apoyo, y yo era la única persona en la que podía confiar. Paso a paso, sin ninguna prisa, iría ganando terreno en su corazón, hasta que volviese a quererme como lo había hecho la otra vez. Mi madre no había estado errada al decirme que apoyarla en los malos momentos era una gran idea. Quizá los hubiese provocado yo misma… Pero eso no cambiaba mi papel en ello.
_ Emma… ¿Te importaría si durmiese esta noche en tu casa? Tengo mal cuerpo y no quisiera dormir en la mansión._ Dijo, mirando por la ventana.
_ Claro… no hay problema. Yo dormiré en el sofá._ Le contesté._ Mañana te encontrarás mejor. Ya verás.
El escarabajo amarillo paró frente a la casa de dos pisos, dejé a Regina entrar en primer lugar. Yo no me creía mi suerte. Había escapado de una acusación por algo que sí que había hecho y, además, me había librado de todos los problemas que podría haberme dado Graham. Estaba segura de que Zelena me daría problemas al día siguiente, pero lo cierto es que tenía mucho ganado con aquel paso.
De hecho, no me faltaba razón. En cuanto entré por la puerta, mi móvil sonó, y vi que tenía un mensaje de la alcaldesa. En plena noche. Estaba claro que la había sacado de sus casillas. Ya era hora de sacar mi artillería pesada. Esa mujer iba a enterarse de quién era yo.
Zelena
Graham había muerto. Mi mascota, mi juguete, había fallecido de un infarto. Y mis sospechas se habían visto confirmadas cuando, al bajar a mi cripta, había encontrado el polvo que una vez fue su corazón guardado cuidadosamente dentro de su caja. Aquello había sido un asesinato e, irónicamente, la persona que tendría que investigarlo en tal caso, era la víctima. Yo ya tenía mi sospechosa y, por tanto, la había hecho llamar.
Emma se tomó su tiempo para aparecer. Llevaba una sonrisa confiada en los labios, como si no le preocupase en lo más mínimo que la hubiese hecho llamar. Odiaba que siempre tuviese esa expresión. Era la única persona en el pueblo que no parecía temerme en lo más mínimo.
_ ¿Querías algo, Zelena?
_ Graham ha muerto y, con franquezas… creo que tú tienes algo de información al respecto._ Le dije, directa.
_ ¿Algo de información? Le ha dado un infarto, Zelena._ Contestó, fría._ Sé que te da rabia que tu juguete sexual haya palmado, pero no es problema mío.
_ ¿Sabes qué pienso, Emma? Que desde que esa mujer que me hiciste traer está en este pueblo no hemos tenido más que problemas. Y creo que sería bueno para todos que se marchase de una vez por todas.
_ No, no creo que eso pase, alcaldesa._ Se cruzó de brazos.
_ Me temo que no me está entendiendo, señorita Swan._ La miré con frialdad._ No le estoy dando un consejo. Si no hace lo que le pido, tomaré cartas en el asunto.
_ Zelena… ¿Ves ese abrecartas que tienes sobre la mesa?_ Mis ojos se dirigieron irremisiblemente hacia dicho objeto._ Por favor… clávatelo en la pierna.
Mis ojos se tiñeron de terror mientras aferraba el objeto con la mano derecha y, con todas mis fuerzas, me lo clavaba en el muslo. Grité, ante aquella mujer, que permaneció impasible ante mi dolor. Emma se apoyó sobre la mesa y atrapó mi cuello con una de sus manos.
_ Escúchame bien, Zelena._ Dijo, clavándome la mirada como nunca lo había hecho._ Si se te ocurre interponerte en mis planes. Si se te ocurre volver a importunarme… te juro que no saldrás viva del siguiente favor que te pida. Puede que tú seas la alcaldesa de este pueblucho. Pero si lo eres, es gracias a mí. Yo te convertí en lo que eres. Y si se te ocurre volver a intentar morder la mano que te da de comer… atente a las consecuencias.
