Emma sabe lo que se hace, love. Sabe que atacar muy pronto es un error. En fin, capítulo nuevo, que ya tocaba.
Cora Mills
No era capaz de quitarme la imagen de aquella mujer de la cabeza. Sabía que era importante. Pero no era capaz de recordar nada más. Entré en la fábrica y me encontré con Regina, tirada sobre una camilla, desatada. Tomé una manta y se la puse encima. Le di un beso en la frente, con cariño, y luego miré al suelo. Me agaché, sobre lo que parecía un montón de ropa y metí la mano entre los pliegues. Por entre mis dedos se escurrió lo que parecía ser arena.
_ Osea que no eras Jack el Destripador, después de todo._ Dije, en un susurro.
_ Amo…_ Fay había hecho acto de presencia una vez más, su forma etérea aún me daba algo de miedo, a decir verdad._ Confirmo la presencia de dos formas de vida en las mazmorras. La posibilidad de que una de ellas sea Tsaritza es del noventa y nueve por ciento. Sugiero proceder a su rescate.
Suspiré, tomando a Regina en brazos, y me dirigí hacia abajo, donde Fay me indicaba que estaban las marmorras. El hedor se volvía insoportable a medida que descendíamos. Parecía que nadie había limpiado allí en años. Dejé a Regina con cuidado sobre la silla de un vigilante que no parecía presente, tomé las llaves y abrí la cerradora.
_ ¡Has venido!_ Exclamó el pequeño torbellino cuando me vio hacer acto de presencia.
_ ¿Acaso crees que iba a olvidarme de ti, pequeño demonio?_ Le pregunté, revolviéndole el pelo.
Escuché un quejido y vi a la otra mujer que había allí. Atada de pies y manos, como un animal. ¿Qué clase de monstruo hacía algo así? Me acerqué y nuestras miradas se cruzaron. Podía ver pavor en su mirada, como si estuviese ante la más horrible de todas sus pesadillas.
_ Calma… he venido a sacarte de aquí._ Le dije, con una sonrisa en los labios._ No temas.
Otra de las llaves dio buena cuenta de los grilletes que la sostenían. Pero ella seguía mirándome de la misma manera. No lo entendía.
_ Necesito mi caperuza._ Dijo, en un susurro.
_ ¿Esta cosa?_ Preguntó Tsaritza, tirándomela.
Yo se la puse encima, con cuidado, y la ayudé a ponerse en pie. Podía notar que temblaba un poco. Pero se le pasaría cuando nos fuésemos. Jack no podría volver a llegar a ella una vez cruzáramos el desgarro que nos llevase a la siguiente llama. Tenía cierta esperanza de que las cosas fuesen más sencillas a partir de entonces.
Regina Mills
Pensé que nunca volvería a abrir los ojos. Y por ello, cuando sentí que recuperaba la consciencia, no me atrevía a hacerlo. Pensé en todas las cosas horribles que podría y el miedo hizo presa de mí. Pero cuando por fin tuve valor para hacerlo, confieso que me quedé con la boca abierta.
Una inmensa pradera se extendía ante mis ojos. La brisa movía unos árboles en un bosque que no parecía tener final al fondo. Y el olor de la hierba fresca llenaba mis fosas nasales. El cielo, despejado, se encontraba en el atardecer, y la luz naranja añadía un toque mágico a lo que mis ojos eran capaces de contemplar. Nunca había visto paisaje tan hermoso.
_ Bienvenida a Casa, Regina…
Cuando me giré me encontré con mi madre, que me sonreía. Pasó su mano sobre mis hombros y ambas volvimos a observar aquel paisaje idílico. Fue entonces cuando me di cuenta de que llevaba puesto un vestido azul celeste. ¿De dónde habría salido?
_ ¿A casa?_ Pregunté.
_ Esta es nuestra tierra, Regina. Es el lugar donde nací. El bosque encantado.
_ ¿Este es el mundo donde sucede todo lo que aparece en el libro de Henry?_ Pregunté.
Mirando un paisaje tan calmado uno no imaginaba que en un lugar como aquel podría llegar a pasar cosas tan terribles como aquel libro describía. Parecía un lugar de ensueño, a decir verdad.
_ Venga… vamos a cenar. Debes estar hambrienta después de pasar el día dormida.
Lo cierto es que sí que empezaba a notar mi estómago quejándose. Me reí y la seguí. La verdad, era fácil volver a acostumbrarse a volver a tener a mi madre conmigo. Hacía las cosas mucho más sencillas. No era eso lo que esperaba al hacer mis maletas a Storybrooke. Había sido una grata sorpresa.
Emma Swan
Vestirme de traje, de traje formal, nunca había sido lo míos. Pero el traje negro me sentaba bastante bien. Había cambiado el color de mi pelo por el pelirrojo y me estaba terminando de acicalar ante la atenta mirada de Zelena, que no había dejado de mirarme fijamente desde que había llegado. Aburrida, di un golpe de la mano y le devolví la voz.
_ ¿Se puede saber qué te pasa?_ Le pregunté.
_ He estado observando lo que has hecho, por el espejo._ Me dijo._ Esa mujer… la pelirroja.
_ ¿Qué pasa con ella?_ Le pregunté, ensanchando una sonrisa.
_ Regina la ha llamado madre._ Parecía que Zelena quería llegar a algún sitio._ Pero es mi propia madre.
_ Te voy a contar un secreto, Zelena._ Me incliné, para quedar a su altura._ La verdad… es que estaba previsto que Regina y tú… bueno, fueseis hermanas. Pero yo no iba a permitir eso… ¿No crees?
_ ¿Por qué?_ Notaba que Zelena se sentía algo contrariada.
_ Mi objetivo era que Regina fuese feliz. Que tuviese una vida alegre… que se convirtiese en una heroína._ La miré a los ojos._ ¿Cómo iba a hacerlo si tenía que depender de tu oscura y descorazonada madre? Tuve que ocuparme de eso. Encontrar una sustituta.
_ No se te ha ocurrido pensar._ El tono de voz de la bruja denotaba que mi último comentario la había herido._ Que todos esos esfuerzos para asegurarte de que fuese una heroína son los que ha hecho que te rechace cuando ha visto lo que eres en realidad.
Mi mano impactó contra su cara, sonoramente, y cayó al suelo, girando como una peonza. Que le hubiese dado la apariencia de Regina no le daba derecho a ponerse tan alterada.
_ No tiene ni idea sobre el amor._ Le dije._ Creíste estar enamorada una vez… y le vendiste. Vendiste a Daniel para conservar tu trono. Perdiste tu oportunidad. Yo he hecho lo que he hecho para hacer feliz a Regina y a mi hijo. Quizá lleve tiempo, pero lo conseguiré. Soy muy paciente, Zelena. A diferencia de ti.
_ Seguirás haciendo ensayo y error, Emma. ¿Cómo hiciste con Tsaritza?
Regina Mills
Sentadas alrededor del fuego, compartiendo historias. Tsaritza parecía tener historias muy curiosas de su infancia. Huérfana y solitaria había tenido que apañárselas. Sentía cierta pena por ella. No me imaginaba cómo tenía que haber sido ir pasando de familia en familia, siempre rechazada. Casi sin darme cuenta la fui atrayendo hacia mí durante la conversación, y un rato más tarde estaba acurrucada en mi regazo.
_ Suena como una vida muy difícil._ Le dije.
Mi madre en ese momento estaba montando guardia, ante la atenta mirada de Ruby, que no había dejado de observarla fijamente desde que habíamos llegado. Tsaritza bostezaba, pues se estaba durmiendo en aquel mismo momento.
_ Pero mereció la pena._ Decía, cerrando los ojos_ Fay me prometió que encontraría a alguien para que cuidase de mí.
Escuché ruido, y al azar la vista vi a Ruby, que había dejado de observar a mi madre, y se acercaba a mí. Miraba a ambos lados, como si estuviese paranoica. Aferraba su caperuza ansiosamente mientras se acercaba. Se agachó para quedar a mi altura y habló en un susurro.
_ Vámonos…_ Me dijo, mirando un segundo hacia mi madre._ Rápido… antes de que decida mirar hacia aquí.
_ ¿Qué dices?_ Le pregunté.
_ Esa mujer de ahí._ La señaló._ No es quien dice ser.
_ Sé reconocer a mi madre cuando la veo.
_ Escúchame._ Me tomó del hombro._ Esa mujer extinguió a mi especie. Hubo una guerra… y ella los mató a todos.
_ Mira… no sé qué te pasa por la cabeza. Pero te equivocas. Si quieres irte, hazlo. Pero yo no me voy a apartar de mi madre.
Emma Swan
Los ciudadanos se miraban unos a otros, confusos, incapaces de entender el motivo por el cual habían aparecido en aquel salón de conferencias repentinamente. Me coloqué en el estrado, y tosí. Todos se volvieron, y los cuchicheos cesaron. Todos me miraron, con los ojos fijos. Había genuino terror en ellos. Estaba acostumbrada a ello, pero seguía disgustándome.
_ Como… alcaldesa en funciones._ Hice una pausa._ Quiero pediros un favor. ¿Alguien se opone?
Escuché a un enanito gimotear y alcé la mano, convirtiéndolo en un montón de polvo. No estaba de humor para aquellas tonterías, a decir verdad. Necesitaba algo, y ya que esa estúpida gente iba a poder ser útil por primera vez en su vida, no pensaba permitir que me lo estropeasen.
_ ¿Alguien más comparte la opinión de dormilón?_ Hubo un incómodo silencio en el lugar._ Eso pensaba.
Chasqueé los dedos y una imagen apareció en mitad de la pared trasera de la habitación. Era una imagen detallada de la imagen de una espada, que se distinguía a sí misma por encima del resto que uno pudiese contemplar.
_ Esta es Excalibur._ Dije, observándolos atentamente._ Está en algún lugar de Storybrooke… y la vais a encontrar para mí. De modo que, adelante, moveos.
Mientras el sonido de pasos, en general, se iba alejando, no pude evitar sentir dos pares de pies que se acercaban a mí. Me giré, y como no, para encontrarme con ese par. David sostenía la espada delante de sí mismo, temblando, mientras Blancanieves trataba, en vano, de intimidarme con su mirada.
_ Estoy bastante segura… de que Excalibur no está por aquí._ Dije, alzando una ceja.
_ ¿Quieres que busquemos tu espada?_ Fue ella quien habló. Estaba claro quién llevaba los pantalones en aquella relación._ Lo haremos. Pero antes dinos lo que hiciste con nuestra hija.
_ Oh… ¿Eso es lo que quieres saber?_ Pregunté.
_ La arrancaste de mis brazos mientras la maldición caía sobre nosotros._ Blanca estaba visiblemente alterada._ Incluso tú deberías saber que me lo merezco.
_ Que te lo mereces._ Hice una pausa para reír, emitiendo una larga carcajada.
_ ¡Basta!_ Gritó David._ ¡Dinos qué hiciste con ella!
_ Os hice un favor al ocultaros la verdad. Era más de lo que os merecíais… pero ya que insistís._ Hice una pausa._ Vuestra hija está justo frente a vosotros.
Cora Mills
El bosque encantado, mi hogar. Quizá era porque hacía muchos años que no lo pisaba, o quizá era producto de la nostalgia, pero lo encontraba más vivo que cualquier otro lugar que hubiese conocido jamás. Casi era una pena tener que estar siguiendo el haz de la espada para encontrar el camino. Lo cierto es que, aunque sabía que estaba en el bosque encantado, aquella parte me era completamente desconocida.
Me detuve un momento cuando lo que encontré bajo mis pies no fue tierra. Me encontré con una película de hielo bajo mis pies. Sentía la espada ardiente en mi mano, vibrando y emitiendo destellos a medida que avanzaba. Se trataba de un pequeño riachuelo, completamente helado. Sin embargo, en cuanto lo crucé, empecé a sentir el frío. Mi aliento se condensaba a medida que salía de mis labios. Afortunadamente para Regina y Tsaritza, ellas estaban más abrigadas que yo. En mi caso, cuando salimos del bosque y alcanzamos lo que parecía la ciudadela de un castillo.
Sin embargo, todo lo que había en ella se encontraba congelado. Aproveché al pasar junto a una tienda vacía y tomé un abrigo de piel para recuperar un poco la sensibilidad en el cuerpo. Regina hizo lo mismo.
_ ¿E-Estás segura de que es aquí?_ Preguntó, castañeteando los dientes.
_ Es lo que indica el rastreador._ Dije, asegurándome de no dejar nada fuera del abrigo.
Fuimos guiadas hasta la entrada del castillo. El patio se abrió ante nosotras en todo su esplendor. Y entonces fue cuando la espada, al encontrar su objetivo, dejó de brillar. Era cierto que había un enorme dragón delante de mí… pero dudaba que fuese capaz de llegar a su llama.
La bestia estaba encerrada en un gigantesco bloque de hielo. Lo rodeé, buscando un punto débil, pero fue imposible. Decididamente, a golpes no iba a romperlo. Regina se me acercó, temblando, y me miró. Parecía que se daba cuenta de que estaba frustrada.
_ C-creo que deberíamos ir dentro y buscar un lugar para calentarnos mientras piensas._ Dijo, en un susurro.
Yo alcé la vista un segundo, pensativa… y juraría que vi una persona moverse tras uno de los ventanales… pero incluso las personas que habíamos encontrado en nuestro camino estaban congeladas… debía ser parte de mi imaginación.
_ Debe haber alguna habitación acogedora en el castillo._ Comentó Tsaritza.
_ Vamos… aquí no vamos a hacer nada ahora, de todos modos.
