Juro que, después de la porquería que fue el season finale, estuve por olvidarme para siempre de que esta serie existía, dejar de escribir y quedarme a llorar en un rincón. Dadle las gracias a Silviasi22, porque sin ella no habría capítulo 10, habría echado cierre y, yo que sé, me habría puesto a escribir fics de Doctor Who... porque no me daba el alma para seguir. Pero en fin... gracias a ella, recuperé la moral y aquí os traigo un capítulo nuevo.
Todas esas explicaciones llegarán, Love. Y... por favor... Emma lleva unos 3000 años intentando recuperar a Regina. ¿Acaso crees que va a dejarla por una copia barata creada con magia? En cuanto a la escena de sexo, ya vendrá, no te preocupes. Al menos para el finale tiene que caer una.
Emma Swan
Fue un sonido sordo, casi imposible de escuchar. Un sonido sin importancia, mientras me encontraba en el jardín. Me acerqué al árbol y tomé la manzana que había caído bajo él. Mis ojos se quedaron parados frente a aquel objeto, aquella manzana que me recordaba tanto a ella, a mi Regina. El tiempo se estaba acabando, y tenía que dejar de comportarme como una egoísta. O volvería a perderla, de una vez por todas.
Como si una campanita, en mi interior, tintinease. Sentí que debía prepararme para la llegada de Regina. Y no hablaba de lo que había preparado, hablaba de algo mucho más importante. Algo que debía haber terminado bastante tiempo antes. O que, directamente, no debería haber comenzado.
Me dirigí hacia el interior de la mansión, y mis ojos se cruzaron con Zelena, que se encontraba en la cocina, parecía estar pensando en lo que iba a cocinar aquel día. Ver la imagen de Regina allí, me trajo demasiados recuerdos. La lasaña de la alcaldesa era la mejor de la ciudad. Zelena no sabía prepararla. Y eso era una metáfora perfecta.
Podría darle la imagen de mi amada… podía acostarme con ella las veces que quisiera… pero nunca sería lo mismo. Alcé la mano, y chasqueé los dedos. La niebla oscura envolvió a aquella mujer y, cuando desapareció, el disfraz había desaparecido, mostrando a Zelena tal como era. Junto a ella, había aparecido el cofre con su corazón. Me miró, y nuestros ojos se mantuvieron unidos durante unos segundos.
_ Márchate._ Dije, sin apartar la mirada.
Zelena no dijo nada. Eso no le pegaba nada. Pero sus ojos hablaban por ella. Tanta furia, tanto odio. La había doblegado… había conseguido que hiciera todo lo que yo quisiera… y sin embargo ahora la había dejado a un lado… porque no era lo que yo quería. Y ese rechazo era algo que no podría soportar.
Regina Mills
Cuando atravesamos el portal, nos encontramos ante el cementerio. Era una parte de Storybrooke que, confieso, no tenía intención de visitar. Pero mi madre parecía muy decidida al lugar al que debía dirigirse. Iba directamente hacia una enorme cripta que se encontraba al fondo del cementerio. La puerta se abrió, a pesar de que se suponía bien cerrada.
_ ¡Espera!_ Exclamé, observando a Tsaritza, caminaba en dirección contraria._ ¿Dónde vas?
_ Voy a buscar a mi madre._ Dijo la adolescente._ Ha estado huyendo de mí durante demasiado tiempo.
_ Déjala, Regina._ Mi madre me puso la mano en el hombro._ Tú deberías entenderla mejor que nadie.
_ Sí… supongo que sí.
Entramos en aquella cripta y me fijé en que, al principio, sólo había un ataúd. "Henry Mills". Me quedé un poco en blanco. No conocía a nadie más de nuestra familia. No había más Mills. Y sin embargo, aquel hombre estaba enterrado allí. Cora se colocó al lado del ataúd, y le dio un empujón. Se escuchó un sonido de engranaje y una escalera apareció ante mis ojos.
_ ¿Quién es Henry Mills?_ Pregunté, no obstante.
_ Tu padre._ Contestó ella mientras descendía escaleras abajo.
_ Nunca me habías hablado de él._ Comenté mientras la seguía.
Algo me decía que mi madre no estaría dispuesta a hablar más sobre ese tema. No obstante, cuando bajamos, no pude evitar observar que su nombre, el de mi madre, se encontraba sobre un arco y, tras él, había una mujer en un ataúd de cristal. Me acerqué y, al mirarla… la vi. Una mujer idéntica a mi madre, en todos los aspectos, yacía en él. Me llevé la mano a los labios y di un paso atrás.
_ Tú… Esto…_ No me salían las palabras._ Ella…
_ Regina._ Me dijo, en un susurro._ Piensa las cosas con calma, de acuerdo. Piensa en dónde estaba enterrada… y en cómo ha vuelto. ¿De acuerdo?
_ Sí… lo sé pero… ¿Quién es esta mujer, entonces?_ Pregunté.
_ La madre de Zelena._ Me contestó.
_ ¿Y por qué se llama como tú?
_ Yo me llamo como ella. Cora no es mi verdadero nombre._ Me dijo.
_ Has recordado eso junto con el resto de tus recuerdos olvidados._ Conjeturé._ ¿Por qué no me lo has dicho?
_ Complicaría las cosas._ Me miró a los ojos._ No quiero hacer esto más difícil para ti de lo que ya lo es. No antes de tiempo.
_ ¿Antes de tiempo?_ Le pregunté.
_ Lo entenderás pronto._ Me dijo, bajando la mirada.
_ Pero tú estás bien, ¿Verdad?_ Le pregunté.
_ Claro que sí.
Un grito interrumpió sus palabras. Un quejido que indicaba que alguien estaba allí. ¿Era esa la razón por la cual estábamos en esa sala? Mi madre tomó esa dirección. Y finalmente llegamos a un corredor. A nuestra espalda una pared de bruma negra hizo acto de presencia. Yo me asusté, sin embargo mi madre siguió andando, casi parecía que se lo esperaba.
Al final del corredor nos encontramos una jaula, y en ella, una mujer, que llevaba un grillete atado a su pierna. No estaba precisamente en el mejor estado. Daba la impresión de que llevaba un tiempo encerrada, aunque era la única que mostraba ese aspecto, el resto de la jaula parecía limpia.
_ Hola Mal._ La mujer elevó la mirada al escuchar a mi madre, y sus ojos se abrieron como platos.
_ ¡Estás viva!_ Exclamó, colando su cara entre dos de los barrotes.
_ Digamos que sí._ Sonrió y acto seguido desenvainó la espada._ Voy a sacarte de ahí. ¿Me prestas algo de fuego para esta espada?
_ Por ti, lo que sea._ Dijo.
La mujer elevó la mano entre los barrotes de la jaula, y una llamarada verde se elevó por los aires, antes de caer, como si de una lluvia se tratase, sobre la hoja de la espada, que emitió un brillo verdoso. Mi madre la alzó, y la espada emitió un relámpago. Cuando este se desvaneció, la empuñadura había perdido anchura, pero se había hecho más larga, al igual que la hoja. Lo que parecía una pequeña placa había aparecido cerca de la empuñadura, y el verde había sido sustituido por morado.
Cora se quedó un segundo en silencio, y acto seguido dio un tajo contra los barrotes. Estos, convertidos en bruma, se deshicieron. El grillete del pie de Mal les siguió. La prisionera rodeó a mi madre con los brazos y la abrazó. Estaba llorando. Sin embargo, ella mantuvo silencio hasta que se separaron, cuando le dio un suave beso en los labios. No entendía nada. Pero supuse que ya me lo contarían más tarde.
_ Bueno. Supongo que es el momento, Regina._ Me dijo, mirándome.
_ ¿El momento?_ Pregunté.
Mi madre hizo un quiebro con la espada y la hizo dar un giro en el aire, tomándola por el filo. La empuñadura estaba ante mis ojos. Y sentí como el corazón se me encogió. Tuve que dar un paso atrás.
_ No… esa espada es tuya. Tú eres la heroína. Fay te trajo de entre los muertos para serlo._ Tragué saliva.
Acompañar a mi madre en su lucha era una cosa, pero tomar esa espada, y luchar por mí misma, era otra bien distinta.
_ Eso es cierto. Pero las dos sabemos que esta historia no trata de mí. Esta historia es sobre Emma… y sobre ti.
_ Mamá… no estoy preparada para esto._ Le dije. De repente me sentía como una niña pequeña otra vez. Quería volver a mi carpa del circo, y esconderme de los monstruos. Quería que ella viniese a darme mi beso de buenas noches.
_ Lo sé._ Me dijo._ Y por eso he recorrido el camino hasta aquí por ti. Pero esa barrera es para ti. Y sólo tú puedes cruzarla.
Mis ojos volvieron a la barrera que se había levantado tras nosotras. Emma debía haberla colocado para mí. Tomé la espada de manos de mi madre, y me dirigí hacia allí. La alcé, y vi como la hoja brillaba. La espada me parecía pesada. Di un tajo, que me hizo tambalearme, y la bruma pareció despejarse por unos segundos. Pero, acto seguido, un destello cegador, de un tono morado, envolvió la estancia. Sentí que me dormía.
¿Creías que éramos amigas?
Una locura, lo sé… pero creía que era posible. Y no voy a dejar de intentarlo.
La primera imagen me atravesó como un Flash. Lo había visto en primera persona. Lo había sentido. Un recuerdo, vivo, de un pasado que me involucraba pero que, sin embargo, no era mío. Ese recuerdo me hizo sentir una chispa en el corazón, como una llama que acababa de encenderme.
Me convertiste en un monstruo… pero no dejaré que le hagas lo mismo a Emma.
Me llevé la mano al pecho, sintiendo la decisión que tenía en ese recuerdo. Entonces fue cuando entendí lo que Emma quería mostrarme. Aquello no era una trampa, o una prueba… era su corazón.
Te conozco, Emma. Me ha llevado mucho tiempo… pero finalmente, te conozco.
La conozco... La creo.
En ese momento me desmoroné, sintiendo las emociones de Emma, sus propios recuerdos. Cada uno de ellos. Miles de recuerdos, atesorados con tesón.
Te hice una promesa. Te prometí que te encontraría tu final feliz.
Sentía las lágrimas quemarme las mejillas. La tristeza de Emma… su pérdida. Podía sentir el vacío que en ese momento debía estar atravesando su corazón. ¿Cómo podía alguien soportar tanto dolor?
Acudió a mis ojos la imagen de mi cuerpo, que yacía sin vida entre los brazos de la mujer que me amaba. Sentí su dolor, su decisión. Y pude ver cómo viajaba atrás para impedirlo. Fue entonces cuando abrí los ojos, una vez más. Ya no estaba en la cripta. Estaba fuera. La barrera debía haberse roto para mi madre y para Maléfica. Sin embargo, ahora no era a ellas a quien quería ver. Debía encontrar a Emma.
Entonces, como por efecto de mi decisión, la espada emitió un brillo, blanco, y pareció tomar una nueva forma. La empuñadura, aún morada, se extendió, como si quisiera formar unas alas. La hoja se afiló aún más… y un símbolo apareció en lo que antes era un amago de reborde junto a la empuñadura.
Repentinamente el arma parecía ligera y manejable, a pesar de ser mucho más larga. Como por arte de magia, la funda apareció a mi espalda, y la coloqué. Lo cierto… es que no pensaba utilizarla. No a menos que fuese estrictamente necesario.
Emma Swan
La vista del mar siempre me animaba. Sentada en aquel banco, observaba. Hacía tiempo que no hacía eso. Simplemente contemplar lo que sucedía, sin interferir, sin cambiar. Pero mis cartas ya estaban echadas. Ya no había nada más que pudiese hacer. Por eso sentía tanto miedo. Y entonces, ocurrió. Tal y como esperaba. Regina se sentó en el otro banco, y la miré. Vi en sus ojos el conocimiento de las cosas que yo me había esmerado para que viese.
¿Cómo si no iba a saber dónde iría? Su espada, por fuerte que fuese, no podía rastrearme. No podía dejar de encontrar irónico que la espada que llevaba con ella fuese la que la había matado, la que había empezado todo aquello.
_ ¿Has venido a matarme?_ Pregunté, sin rodeos.
_ No. He venido a salvarte, Emma._ Sonrió, y yo sentí como mi pulso se disparaba._ Parece que todos están de acuerdo… en que tenemos que luchar… que tengo que vencerte pero no quiero hacerlo.
Regina se puso en pie y se acercó a mí. Puso sus manos sobre mi rostro y unió sus labios a los míos. Sentí como una sensación cálida invadía todo mi cuerpo. La magia hizo su efecto. Sentí aquella explosión que ya me resultaba familiar.
La oscuridad, en mi interior, casi pareció gritar, y sentí como salía de mí, como un animal lastimado. Se escurría entre mis mangas y se perdía entre las calles. Abrí los ojos y miré a Regina, libre, por primera vez en muchos años. Y una sonrisa se escapó entre mis labios.
_ Lo hiciste._ Dije, en un susurro._ Eres una heroína.
_ Lo hicimos juntas. Las dos lo somos._ susurró ella
Ahora podría reparar mis errores. Podría pedirle disculpas a mi hija mayor por abandonarla, podría intentar explicar a mis padres lo sucedido. Quizá, y sólo quizá, hubiese terminado, de una vez por todas. Traté de ponerme en pie, y entonces sentí cómo me fallaban las piernas.
_ ¿Emma?
Quise responder, pero la respuesta murió en mis labios. Caí sobre el banco, incapaz de moverme. Regina gritaba, intentando que reaccionase. Pero yo me sentía incapaz. Cerré los ojos, y me entregué al sueño. Sería la primera vez en miles de años que conseguiría dormir en paz. Era una pena que, lo más probable, es que fuese la última.
Tercera persona
Excalibur yacía sobre aquella piedra desde hacía mucho tiempo. Desde que la maldición cayó. No había recibido ninguna visita hasta aquel día, en que la oscuridad se coló por una rendija, derrotada, buscando volver a su lugar de origen. La espada se tiñó con la negrura que sólo miles de años de oscuridad albergan. Y poco después, la puerta de aquella mazmorra, que no se había abierto en casi treinta años, lo hizo, y una mano enguantada rodeó aquella arma prohibida, sacándola de su piedra. Coincidiendo con ello, un trueno sonó, seguido de su correspondiente rayo. Aquel simple acto, era el principio… el principio del fin.
