Una densa capa de nieve cubría Nerima y sus alrededores, un gélido vientecillo soplaba y en casa de la familia Tendo, el delicioso aroma del té llenaba todos los espacios, si bien era uno de los inviernos más crudos que pudiesen presentarse en Japón, así que los integrantes de esa familia estaban más pachoncitos que cualquier oso en hibernación, esto era precisamente lo que Genma Saotome había decidido hacer agradeciendo su maldición en estas condiciones climáticas, mientras Ranma lanzaba insultos e injurias hacia su progenitor.
Un pequeño cartel de madera se levantó, "No es mi culpa que ustedes no puedan convertirse en pandas…"
—Vaya, que a tío Genma, el frio parece no afectarle mucho —titiritaba Kasumi con una dulce sonrisa, mientras daba otro pequeño sorbo a su té.
—Ese viejo, miren al muy cómodo, mientras nosotros estamos a nada de convertirnos en estatuas de hielo—el joven se envolvía más entre la manta, tratándose de dar calor al frotar sus manos.
—Tengo una idea mejor cuñadito—la endemoniada sonrisa de Nabiki aparecía en su rostro calculador—En clase de Biología el profesor nos dijo que el calor humano es muy confortable y fácil de transmitir ¿Por qué no abrazas a mi hermanita?, seguramente ella está en su habitación temblando de frio también.
El sonrojo escandaloso en las mejillas del chico no disminuyó en nada el entumecimiento que tenia, tan entumido estaba que ni siquiera rebatió la brillante idea de su futura cuñada. Por lo menos todas las locuras, intentos de conquista o coleccionismo de ropa íntima habían cesado ante las inclemencias estacionales. Un poco de paz involuntaria y monótona reinaba en el vecindario y él podía estar al menos un poco tranquilo.
—Nabiki, no es propio de una señorita hablar de su hermana cuando no está presente y menos incomodar a tu hermano.
Si algo no se podía en esa casa era discutir con la hermana mayor, así que Nabiki apretó fuertemente su manta tratando de mantener su calor. Ranma parecía un poco inquieto pues su prometida no había salido de su habitación en mucho rato e incluso la tranquilidad era para él desconcertante. Como pudo se puso de pie y se dirigió escaleras arriba.
—Ranma, por favor podrías decirle a mi herma que la cena estará lista en pocos minutos—A la voz dulce y angelical de la proveedora de los sagrados alimentos para los habitantes de Dojo Tendo no podía negársele nada, aunque para el chico no había pretexto más perfecto para asegurarse de que Akane estuviese bien. Tocó varias veces la puerta sin tener respuesta por parte de ella, así que abrió y entró sigilosamente tratando de que su visita no fuera malinterpretada.
El corazón comenzó a latirle frenéticamente, parecía que en cualquier momento se saldría de su pecho y sus ojos se abrieron desmesuradamente al ver la imagen de la jovencita, su respiración tranquila y pausada le devolvió la seguridad de que al menos no tenía sobre si misma ningún rasguño o no corría peligro.
La observó detenidamente tratando de grabar en lo más profundo de su memoria aquellas imágenes deleitantes, pues si bien no le tomaba fotos a diestra y siniestra como Gosunkugi o se las compraba a su cuñada por precios descabellados, pero él también tenía su colección privada.
Poco a poco comenzó a recorrer su cuerpo con la mirada, el color níveo de su delicada piel lo hacían estremecerse ante el deseo de acariciarla, de probar sus labios entreabiertos.
Tal vez la idea de Nabiki, no esté tan descabellada—de forma automática dejó caer la manta con la que minutos antes trataba desesperadamente de resguardarse del frio, ver a Akane de esa manera había dado a su cuerpo la temperatura adecuada, pues había dejado de sentirlo.
Se maldijo a sí mismo, por ser tan cobarde y no poder mostrarle lo locamente enamorado que se encontraba de ella, que no importaba cuantas locas más aparecieran, se llamaran a sí mismas "prometidas" por legitimo derecho, por promesas absurdas hechas por el inútil de su padre o por que otras leyes así lo demandaran e hicieran tantas estupideces por quedarse con él, su corazón bravío ya había elegido tiempo atrás a su dueña, aquella mujer obstinada y terca, pero la mejor entre todas aquellas que lo perseguían, ella que siempre está ahí para él y solamente para él. La mujer capaz de desbordar sus instintos sexuales o liberarle sus celos reprimidos, convirtiéndolo en el hombre más fuerte del mundo sólo por protegerla.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por los pasos Kasumi, quien entró en la habitación al no obtener respuesta a su llamado, ¿Cuánto tiempo había estado inmerso tratando de aceptar sus sentimientos?, no lo sabía, pero la aproximación de su cuñada hacia la cama de su prometida lo hicieron despertar de aquella hipnosis en la que estaba inmerso.
—Santo, cielo, Akane tiene fiebre—Ranma acercándose de manera inmediata posó su mano sobre la frente de la joven, mascullando entre dientes se recriminó por no haberla tocado, de haber sido así, se hubiera percatado de ello.
—Ranma, ¡No te vayas! No me dejes sola, por favor—la temperatura comenzaba a provocar delirios en Akane, el joven se sentó en el borde de la cama.
Ranma pasó dificultosamente saliva—Tra… tran… tranquila no lo haré—el pobre muchacho temblaba como gelatina, no esperaba aquellas palabras y menos de ella, si eso se lo hubieran dicho Shampoo, Ukyo e incluso Kodachi no hubiesen removido ni un milímetro de su ser, pero ella con esas sencillas palabras le había puesto de cabeza, erizando hasta el último de sus cabellos.
Kasumi, sonrió dulcemente, ella sabía perfectamente sobre los sentimientos recíprocos de ese par, aunque eso también fuera el punto débil de Ranma, así es el mejor artista marcial de Nerima tenía su talón de Aquiles, no lo ocultaba por miedo a ser derrotado, sino que lo ocultaba por temor a perderla.
—Ranma, cuida de mi hermana un momento, iré por agua fría, "espero y no esté congelada" para apaciguar la fiebre de Akane.
—No te preocupes, no pienso alejarme de ella—esas palabras lo convencían de que estaba enamorado como un idiota desde que la conoció, ya no servía de nada negarlo, podía negárselo a todas las personas que lo conocían, pero no a sí mismo.
Ranma, quería ir a su habitación por un poco de la prodigiosa medicina familiar, pero el susurro de su nombre lo detuvo, suplicando por su presencia, ante esto el joven decidió quitarse su camisa y dejarla al alcance de su prometida para que Akane se quedara más tranquila. Tomo la manta de nuevo y se cubrió con ella para así dirigirse a su destino.
No tardo mucho en regresar a la habitación de la menor de las hijas de Soun Tendo y al entrar sintió sus mejillas sonrojarse, la imagen de la chica abrazando su camisa lo desencajaron, una vez repuesto de su sorpresa le dió el medicamento a Akane y se sentó a su lado.
En pocos minutos el grito de la dulce jovencita estremeció la casa completa, al entrar Kasumi a la habitación de su hermana, encontró a un Ranma incrustado en el suelo y a ella sosteniendo dulcemente la camisa del chico.
—Vaya, Akane, veo que te sientes mejor.
—Sí, hermana, gracias a tus cuidados.
—Pero, no fui yo la que te estuvo cuidando, sino el pobre Ranma—mientras señalaba el suelo donde estaba él.
Akane se levantó inmediatamente de la cama, colocando una manta sobre Ranma.
—Ranma, muchas gracias por cuidarme
—No tienes nada que agradecer, torpe marimacho enfermizo.
Una vena saltaba en la frente de la jovencita, quien abría la ventana haciendo que un vientecillo frio se colara.
—Tanta amabilidad de tu parte, no podía durar más de medio segundo—y con una patada mandaba a volar por el obscuro cielo de Nerima al boca floja que tenía por prometido.
Una vez más la dulce sonrisa de Kasumi hacia aparición.
—Akane, creo que por lo menos le hubieras dado su camisa para que se cubriera del frio.
—Creo que tienes razón Kasumi, ya será para la próxima vez—Akane, sonreía alegremente mientras en un abrazo pegaba a su pecho esa hermosa camisa roja.
