Al final ese parecía ser su destino, y lo aceptó, porque ella nunca ha faltado a sus promesas, aunque él si lo hubiera hecho.
No quiso residir en Nerima, por no tener que dar explicaciones a cada paso que diera por las calles. Su familia no lo comprendía del todo, fue un arrebato que solamente hizo feliz a un hombre bueno y noble que daría cualquier cosa por hacerla feliz, tal y como él lo hacía en su adolescencia.
—Ya llegué—anunciaba una voz masculina desde la entrada.
—En un momento estará lista la comida, cielo, espera tan sólo unos minutos.
Aquel buen hombre que nunca renegó de sus platillos tóxicos, ahora era su marido, Ryoga Hibiki nunca se alejó de ella y pacientemente esperó a que ordenara su vida. Frente a él jamás admitió que la partida de Ranma la destrozó por completo. Poco a poco, Hibiki comenzó a ganar confianza en sí mismo para declarar sus sentimientos a Akane y su persistencia le comenzaba a darle frutos. Después de algunos meses la boda se llevó a cabo y ahora tenían su propio Dojo en Kioto.
Los cerezos del jardín anunciaban la llegada de la primavera y junto con ella su quinto aniversario, esta noche prepararía una cena especial para celebrar.
Deslizó suavemente su mirada por las páginas de aquel recetario, señalando con el dedo la receta elegida.
"Tanto me hubiera gustado que Ranma viera que al fin aprendí a cocinar, pero él se lo pierde", aún después de tantos años, él seguía en su mente, sacudió su cabeza bruscamente como esperando que el viento se lo llevara.
Llamaron a la puerta, inmediatamente fue a ver quién era, pero no había nadie, solamente un sobre color rojo a sus pies.
Akane Tendo, esperaré por ti mañana al medio día en el Templo Daikakuji, no faltes, por favor.
Después de releer la nota un par de veces el corazón comenzó a latirle con fuerza, como si el pecho le fuese a estallar, pero no tenía la menor idea del remitente, puesto que la caligrafía era pulcra, descartaba la posibilidad que su caballo salvaje la hubiese escrito.
—¿Quién era, cielo—preguntó el esposo.
La voz sacó a la joven de sus cavilaciones, guardando la nota en uno de los bolsillos del delantal.
—No lo sé, pero esperé por si acaso volvía—sin mirar a su compañero pasó de largo directo a la cocina.
Un plato de arroz cayó al suelo haciéndose añicos, Ryoga entro de inmediato a la cocina.
—¿Estás bien, Akane?
—Si, por supuesto—contestó un poco nerviosa—sabes que suelo ser un poco torpe.
No daba crédito a lo que acababa de ver, se talló sus ojos con brusquedad, quería creer que era una ilusión o una broma que su mente le jugaba. Aquella camisa roja era inconfundible, y él estaba parado sobre la barda, con los brazos cruzados sobre el pecho, el viento mecía un mechón de su cabello…sus lágrimas cayeron cuando el sujeto viró su cabeza, y esa trenza salió a relucir como un dragón imponente.
Akane tenía que volver a su realidad; trató de recobrar la cordura y su alegría natural. Después de la cena se disculpó con su marido por no continuar la velada, pero quería descansar con la esperanza de que esto no era más que una simple y extraña pesadilla.
La mañana tomó más relajada a la chica; cuando se despertó Ryoga se había marchado al trabajo dejándole un recado en el buró.
Cielo, no te preocupes por lo sucedido ayer, pero quiero que sepas que si hay algo que te perturba puedes contar plenamente conmigo.
Ryoga
Fue entonces cuando recordó la cita y apenas tenía un poco de tiempo para arreglarse e ir a resolver aquella incógnita que la tenía tan nerviosa. El templo la colmaba de paz, la calidez del lugar le brindaba cierto confort. Espero algunos minutos, mientras contemplaba los jardines cuajados de flores.
Un toque en su hombro la hizo girar, las lágrimas cayeron, golpeó su pecho con tanta fuerza que parecía que lo odiaba. Él simplemente la resguardo en su pecho, si bien ya no eran un par de adolescentes testarudos.
Las preguntas comenzaron a taladrar sus oídos, luego un silencio que parecía durar siglos. Sus labios se despegaron y los sonidos salieron de su boca.
—¿Por qué te casaste con él?—sus mandíbulas se apretaban con fuerza y más que pregunta parecía un reproche.
—Te fuiste y jamás volví a saber de ti—sus ojos tímidos se posaron en su mirada embravecida.
—Pero, te prometí que volvería…
—Temí que lo hubieras olvidado y no podía vivir sólo con una promesa, Ranma.
—¿Y por eso aceptaste ser Akane Hibiki?¿ no lo entiendo? Más bien no lo acepto y escúchame bien no voy a permitir que te alejen de mi…tú lo viste, ni la muerte pudo arrancarte de mis brazos, pues menos lo hará el imbécil de Ryoga, Akane yo te amo…¿entiendes?, pero quiero saber que sientes tú por mí.
Ella sin pensarlo, lo besó, sonriendo, Ranma pudo sentirlo…
—En todo este tiempo no pude sacarte de mi mente Ranma Saotome, te amo con todo mí ser, pero soy una mujer casada.
—No me importa, tú simplemente eres mía y de nadie más. ¿podemos vernos mañana?.
—Sí, claro, pero que sea en otro lugar.
—Entiendo, no te preocupes, te veo atrás de este templo—se acercó a los labios de Akane para depositar un cálido beso. Para luego alejarse, perdiéndose entre la gente.
Cuando llegó a su hogar las estrellas tintineaban como si siguiesen el compás de alguna melodía de amor y mientras Akane canturreaba prepara la cena con más euforia que de costumbre y estas cosas no pasaron desapercibidas para Ryoga.
—Veo que te sientes mejor, corazón—trató de besar a su esposa, pero ella lo evitó.
—Sí, cariño, hoy me siento mucho mejor, anda siéntate que vamos a cenar.
Ryoga sintió miedo, sabía que solo su acérrimo rival era capaz de ponerla de esa manera, pero en el fondo trataba de convencerse a sí mismo, que Ranma era cosa del pasado. Aunque sentía deseos de preguntarle a Akane que es lo que estaba pasando pues su comportamiento era extraño, aunque tenía miedo de la reacción de su esposa, pues en cinco años jamás habían tenido una sola discusión y no buscaría él un motivo para hacerlo y menos cuando recién habían celebrado otro aniversario. Cansado por el trabajo el matrimonio Hibiki decidió irse a dormir.
A las tres de la madrugada, Akane se revolvía en el lecho, pues la emoción y la impaciencia por volver a ver a Ranma no la dejaban dormir y Saotome estaba igual, sin poder dormir de la alegría, el coraje y todos sus sentimientos encontrados.
Un rayo de luz entro por la ventana, acariciándole cálidamente una mejilla a Akane, ella perezosa y radiante abrió los ojos, sonriéndose al meterse a bañar…el agua recorrió plácidamente cada rincón de su cuerpo sin poder evitar gemir, por un momento se imaginó el cuerpo masculino de Saotome. Se sonrojó y terminó de arreglarse.
El artemarcialista llegó primero al lugar de la cita, unos minutos después lo hizo ella, él no podía evitar sentirse atraído por esa chica, que ahora era una mujer y muy hermosa. Podía atreverse a afirmar que jamás conoció a una mujer como ella.
Sin decirse nada comenzaron a caminar y Ranma condujo a Akane por algunas calles, hasta que llegaron a una vivienda muy tranquila ubicada en un barrio alejado de todo el bullicio de la urbe.
—Adelante, pasa—invitó Ranma.
—¿Vives solo?—cuestionó Akane.
—Claro, que esperabas.
—No nada—contestó una sonrojada Akane—tu casa es muy linda y acogedora.
—Ponte cómoda, hermosa, vuelvo enseguida.
La decoración era sobria y los muebles sutiles, parecía que él no hubiese escogido la decoración del hogar.
Un tenue aroma a rosas inundaba la habitación, él había esperado ese momento durante mucho tiempo, ya no recordaba cuántos insomnios había dedicado para que su imaginación recreara el instante de estar entre las piernas de esa bella mujer, muchas veces se sintió satisfecho solo con delinear su cuerpo en la obscuridad de su mente, dónde solamente él sabía de la existencia de ella.
Ranma se acercó a Akane aprisionándola entre la pared y su pecho, comenzó a recorrer su cuello con sus besos, ella abría los ojos ante esa oleada de sensaciones, poco a poco sus manos fueron abriendo paso entre la ropa y la piel femenina, haciendo que él comenzara a aumentar su erección.
La ropa de ambos yacía en el suelo, dos cuerpos sudorosos comenzaban a ahogar el ambiente con ese aroma a deseo, a excitación y a liberación.
Las caricias iban y venían, recorriendo aquellos agitados cuerpos que estaban fundiéndose en un ritual frenético de pasión, ambos habían anhelado tanto este momento que no querían ir de prisa, sino disfrutar de cada beso, de cada caricia, de cada roce de piel. Sus miradas se entrelazaban al igual que sus brazos y sus piernas. Las embestidas de Ranma provocaban intensos jadeos en la garganta de Akane, los oídos de él se llenaban de éxtasis mientras, ella comenzaba a ser presa de ese deseo lastimoso que consumía a ambos.
Las miradas se hicieron más intensas, largos minutos permanecían en silencio mirándose a los ojos tratando de descifrar los enigmas del otro, las pupilas de Akane se dilataban al sentir a Ranma en la profundidad de su ser, pequeñas perlas se sudor comenzaron a adornar el torso bronceado del joven. La excitación de ella iba en aumento con cada movimiento, ¿tan bien se sentía?, hace cuanto tiempo no se sentía tan deseada por un hombre y que importaba si a estas alturas el pecado comenzaba a hacer su aparición.
Una lucha de besos tenía lugar entre ellos, ambos querían dominar la situación, ambos anhelaban desbordar todos sus deseos reprimidos y guardados desde hace tanto tiempo.
—Me dejas realmente sorprendido, eres una mujer delicadamente exquisita y hermosa tu cuerpo se amolda perfectamente al mío, como si fueran piezas de rompecabezas.
Akane tomó una de las manos de Ranma y la posó sobre uno de sus níveos senos, ambos sintieron la corriente de éxtasis que recorría el cuerpo de la mujer, su boca ansiosa aprisionó aquel rígido pezón, y el fascinante ritual comenzó de nuevo. Esa danza erótica los llevaba al infierno y al paraíso al mismo tiempo. Ambos llegaron a la cumbre juntos, aun jadeante, él pasaba delicadamente una rosa acariciando los senos, el vientre, y el cuello de Akane, ella ante la sensación buscaba confort en los brazos de el hombre que siempre había soñado.
—Ahora, si eres mía y lo serás para siempre—ella asentía con la cabeza enterrándose más en el abrazo, aunque no sabía qué hacer, no quería volver a perder al amor de su vida, pero tampoco quería lastimar a Ryoga.
Siguieron amándose en secreto, por varios meses más, en la casa que se había convertido en su cómplice. Pero unos meses después Akane salía del consultorio médico con unos análisis.
Había dudado en abrir el sobre, pues su menstruación se había retrasado bastantes días y tenía la sospecha de un embarazo. Dudo varias veces más y finalmente decidió ir a ver a Ranma.
Los dedos del varón temblaban, la sorpresa se apoderó de sus ojos y una gran sonrisa apareció en su rostro. Se acercó a Akane.
—Me acabas de hacer el hombre más feliz del mundo, Akane—decía sonriendo—¡Voy a ser papá!
—Ranma yo también soy la mujer más feliz del mundo, pero hay un problema.
—Sé a qué te refieres, pero él tendrá que entender. Ve a casa yo iré esta noche a decirle la verdad a Ryoga.
Los minutos transcurrían y Akane estaba muy inquieta, al fin tocaron la puerta e inmediatamente fue a abrir.
—¿Esperas a alguien a estas horas?—pregunto Ryoga en un tono arrogante.
—Ella no, pero tú sí—le contestó Ranma
Ryoga inmediatamente lo encaró retadoramente, como lo hacía años atrás.
—¿Qué diablos haces en mi casa, Saotome?
—Nada más vine a dejarte esto—decía mientras le aventaba el sobre.
Ryoga al ver lo que contenía el sobre, tomó a Akane del brazo, zarandeándola exigía una explicación. Ranma no observó la escena mucho tiempo y comenzó a golpear a Hibiki.
—¿Por qué, Akane? Si yo lo di todo por ti—decía Ryoga con lágrimas en los ojos.
—Ryoga, perdóname, pero nunca lo deje de amar, ni siquiera al casarme contigo.
—Ahora entiendo, tus cambios y tu comportamiento, ¿crees que no me di cuenta?, sabía que te veías con él a escondidas, pero de eso a esperar un hijo suyo, eso de verdad no me lo esperaba, pero te recuerdo que no pienso darte el divorcio.
Ranma apretó los puños.
—Será viuda entonces.
—Cálmate, Ranma, no voy a darle el divorcio, porque esta tarde anule el matrimonio legal, ella nunca me amó yo vivía en mi propia fantasía, me consolaba imaginando que algún día ella me amaría pero jamás fue así. Todas las noches, era lo mismo entre sueños clamaba por ti y repetía tu nombre hasta el amanecer. El bebé si es tuyo Ranma porque yo nunca la toque, jamás fui un hombre para ella. Akane siempre me vio como su paño de lágrimas incondicional.
—Gracias, Ryoga, pero yo jamás dude que el niño que lleva en el vientre fuese mío. Y el que se hubiera entregado a ti o no n representa para mi absolutamente nada, ella vale lo mismo para mí. Lo que no te perdonaré jamás fue el hecho tan vil que te casarás con ella, ese derecho siempre me ha pertenecido a mí.
Ryoga subió a su habitación y bajo con sus maletas, me voy y espero me manden la invitación de su boda. Con gusto asistiré a ver la unión de las dos personas que se aman más en este mundo.
La puerta se cerró, Akane abrazó a Ranma.
—Ahora si va a ver una boda entre nosotros o ¿te vas a arrepentir?— sonreía pícaramente.
—Ni loco, vuelvo a dejar ir a la mujer que más amo —sonreía mientras la besaba
