Bueno, ya casi estamos llegando al final, solo dos capítulo más :)
5
—Bienvenidos a la Estigia, la laguna de los muertos —siseó el hombre—. Mi nombre es Caronte, si queréis cruzar al otro lado, tenéis que pagar un precio. —Natsu miró a Lucy, sorprendido, pero la chica había metido la mano en su bolsillo y estaba sacando dos monedas, que le tendió al barquero. El hombre tomó las monedas con unas manos huesudas, casi esqueléticas, cubiertas por una fina piel que se asemejaba al pergamino y que estaba fría como el hielo. En cuanto apartó la mano, Lucy corrió a buscar el calor de la mano de Natsu.
—¿Este chisme es seguro? —Preguntó el pelirrosa mirando con terror la barca. El hombre sonrió tétricamente.
—Es lo más seguro que te puedes encontrar por aquí —respondió el hombre apartándose para dejarles paso. Lucy fue a subir primero, pero Natsu le apartó, y le ayudó a subir, poniendo distancia entre la chica y el barquero, que no había apartado la mirada de ella.
Los dos chicos se sentaron apretujados frente a Caronte, que comenzó a dirigir la barca con lentitud. Según se alejaban de la orilla, la barca iba ganando velocidad. Aburrida, Lucy comenzó a mirar el agua, pero después de ver un rostro cadavérico flotando en ella, apartó la vista, clavándola en sus pies. Natsu estaba apoyado en el borde la barca, luchando por no vomitar, aunque ganas no le faltaban.
Después de un rato que se les hizo eterno, comenzaron a vislumbrar la otra orilla, el bosque. Lucy alzó la vista y le dio ánimos a Natsu, que parecía a punto de desmayarse.
Cuando por fin llegaron, Caronte les ayudó a bajar, y Lucy iba a preguntarle por el camino que tenían que seguir, pero el barquero ya había dado la vuelta y parecía no oír sus palabras.
La orilla en la que se encontraban era un lugar ruinoso cubierto por la vegetación. En algunos puntos podían verse todavía restos de construcciones hechas por los hombres. Sorprendida, Lucy comenzó a mirar a su alrededor mientras que Natsu se sentaba en el suelo, intentando recuperarse.
Escondidos entre unas enredaderas, Lucy vio dos carteles, escritos con tinta roja –o lo que Lucy creyó que era tinta roja-dos indicaciones: Campos Elíseos→ Tártaro ←. La chica terminó de apartar la maleza y se quedó contemplándolos hasta que Natsu se colocó a su lado.
—¿Por dónde tenemos que ir? —Preguntó el chico, ella señaló el cartel que en el que ponía Tártaro con gesto sombrío. —¿Y a qué esperamos? Venga, pongámonos en marcha. —Lucy asintió mientras suspiraba, contenta de que Natsu no hubiese prestado demasiada atención a las indicaciones del trabajo.
El camino por el que tenían que ir discurría por medio del bosque, un bosque que, poco a poco, fue dejando de estar vivo para dar paso a árboles secos, raquíticos que luchaban por crecer en medio de las malas hierbas. La hierba también fue desapareciendo, convirtiéndose en un camino de ceniza y grava.
Según iban avanzando, Lucy se sentía cada vez más cansada, pero no quería parar, sabía que aquello era parte de la misión, y que por mucho que parase iba a seguir sintiéndose igual. La chica miraba a su amigo que, sin embargo, no parecía dar muestras de cansancio.
—Oye Lucy, este sitio es un poco feo —dijo él.
—¿No me digas? ¿Qué te esperabas del Infierno? —Respondió ella, quizá de manera demasiado brusca.
—Jo Lucy, no hace falta que seas tan borde.
—Lo siento, es que este lugar me está poniendo nerviosa.
Natsu sonrió y siguió caminando a su lado, aunque tenía la extraña sensación de alguien, o algo, iba tras ellos, pero decidió no decir nada a Lucy, temeroso de asustarla más aún.
En aquel lugar no se veía el sol, ni la luna ni las estrellas, solo un cielo negro, oscuro, como si amenazase tormenta, pero el tiempo era caluroso y la atmósfera húmeda, haciéndoles sudar. No pararon hasta el momento en el que Lucy, agotada, fue incapaz de dar un paso más. A pesar de todo, ella quería seguir caminando.
—Natsu, no me gusta este lugar, quiero salir cuanto antes —sollozó la chica entre los brazos de su amigo, que trataba de incorporarla.
—Yo también quiero salir, pero ya queda poco. Ahora descansemos y, antes de que te des cuenta, estaremos de nuevo en Magnolia, ¿vale? —Lucy asintió y se limpió las lágrimas con la manga de la camisa.
Después de comer algo, Lucy se acurrucó al lado de Natsu, le que pasó un brazo por la cintura con gesto protector, y se acercó más a ella, sintiendo su respiración en el pecho. A pesar del calor sofocante, ninguno se movió, temerosos de que, al hacerlo, algo malo pudiera pasar.
Cuando reemprendieron de nuevo el camino, la sensación de que no estaba solos se hizo más fuerte. Lucy estaba al borde de un ataque de nervios cuando Natsu, enfadado, se dio la vuelta para ver si descubría aquello que les estaba poniendo tan nerviosos pero, después de un rato sin encontrar nada, se pusieron de nuevo en marcha.
El camino polvoriento dio paso a un pequeño pueblo desierto con chozas de adobe y techos de paja que se caían con solo suspirar cerca de ellas. Después de comprobar que allí no quedaba nadie, siguieron avanzando, para encontrarse con lo que parecía un antiguo cementerio.
En aquella necrópolis las tumbas de mármol estaba resquebrajadas y las raíces de los cipreses habían horadado la tierra, haciendo que algunos restos salieran a la superficie. Los ángeles de piedra mutilados miraban con ojos tristes y vacíos a los chicos como si les pidieran auxilio en silencio.
Lucy caminó por el lugar con Natsu siguiéndola de cerca. La chica tenía la esperanza de encontrar en ese sitio lo que habían acudido a buscar, pero después de un largo rato, tuvo que darse por vencida.
Al girarse para decirle a Natsu que podían continuar con su camino, se dio cuenta de que el chico había desaparecido. Asustada, comenzó a llamarle, pero su voz se perdía entre las sepulturas y no le llegaba al chico, al que por fin encontró arrodillado frente a una de las tumbas.
—Natsu, por fin —exclamó ella al verlo mientras se acuclillaba a su lado—. Llevo un rato buscándote, deberíamos ir…—Lucy no fue capaz de hablar, porque fijó su vista en el mismo punto en el que Natsu tenía la suya. En la losa de mármol, grabados con unas hermosas letras, estaban sus nombres. La chica tragó saliva y se puso en pie, apartando la mirada de aquella horrible premonición. —Natsu, vámonos, por favor — le suplicó, pero él no se movió. —Por favor, no quiero estar más aquí —la voz le salía entrecortada mientras apoyaba una mano en su hombro.
Al cabo de un rato, Natsu se puso en pie y se encaminó fuera del cementerio, seguido por Lucy. El pelirrosa caminaba taciturno, con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos mientras pateaba las piedrecitas que se ponían en su camino.
Lucy intentó entablar conversación con él en varias ocasiones, pero él no respondía, o lo hacía con monosílabos, por lo que al final la chica desistió y comenzó a caminar en silencio también.
Aquel día continuaron su camino y, cuanto más se adentraban en el Tártaro, más frío hacía, por lo que aquella noche Natsu decidió encender un fuego. Sintiendo el mordisco de las llamas en su piel, Lucy cerró los ojos y se permitió fantasear con el exterior, con la luz del sol, con la frescura del agua y con la risa de sus amigos. Cuando abrió los ojos de nuevo, se encontró con Natsu mirándola desde el otro lado de las llamas, sus ojos ardiendo, el rostro contraído en una mueca temible y la piel pálida.
—Natsu, ¿te encuentras bien? —Se atrevió a preguntar ella.
—¿Por qué no iba a estar bien?
—No sé, desde que hemos estado en ese cementerio estás raro.
—¿Y cómo quieres que esté? He visto mi propia tumba, he visto mi nombre grabado en una lápida, creo que eso no es motivo de felicidad —Natsu parecía enfadado.
—Lo…lo siento —susurró ella.
—¿No sabes decir nada más? Parece que todo lo que te rodea acaba mal. —Natsu se había puesto en pie y daba la espalda a Lucy, que se había quedado lívida tras las palabras de su amigo.
—Nunca te pedí que bajases conmigo. Te dije que te quedases allí arriba. Así que no me eches la mí la culpa de todo —Lucy estalló, furiosa por el comportamiento de su amigo, a pesar de que sabía de que no era Natsu quien hablaba.
Aquella noche durmieron separados, sin mirarse y sin apenas hablarse y, cuando se pusieron de nuevo en marcha, tampoco se dirigieron la palabra. Mientras caminaban por el Infierno, Lucy rezaba porque todo acabase pronto.
Muchas gracias por seguir leyendo, y hasta la próxima ^^
