Chico loco + chico cascarrabias.

Ningún personaje me pertenece, esta historia es ficticia y no hace referencia a el manga y/o serie en emisión además del uso de sus personajes.

Haikyuu pertenece a Haruichi Furudate.


Hace un par de años tomé una decisión muy importante en mi vida: Compré un cactus. Mamá siempre me decía que no sería capaz ni de cuidar una planta, pero he superado toda expectativa. Soy un experto en el cuidado de mis hijos.

Recuerdo que en mi primer año recibí unas cuantas burlas por estar cargando con tanto cuidado y esmero mis queridas plantas hasta la habitación.

—Pareces el viejo de los cactus, justo como la vieja de los gatos en los Simpson, pero diferente.

—Me gustan los gatos también, son un desafío, no entiendo por qué a muchos no les gustan. Si pudiese tener un aquí, lo haría. — Le reclamaba, pero el pasada de mí y seguía con sus quejas.

—Tus palabras no tienen peso para mí.

Makki se burlaba de mi extraño pasatiempo, él no considera cuidar nada más que a sí mismo, yo era parecido, pero a veces encuentras una afición y no mides cuán rara puede ser. Ignoraba toda burla mientras seguía regándolas con un gotero.

Mi compañero de habitación en el primer año fue un estudiante del mismo nivel pero de un salón diferente. Su afición era dibujar. El chico apenas hablaba y era bastante desordenado. Me quejé varias veces pero él parecía querer ignorarme y eso me hacia enojar de puta madre. Pero no quería liarme en mi primer año, por tanto le tendía pequeñas trampas como venganza. Una vez le escondí un trabajo importantísimo de final del primer semestre, bajo su propio desorden. No lo encontró hasta el otro mes. Suspendió la materia y pidió cambio de habitación a mitad de año. El otro chico que llegó era peor. El karma es increíble.

No tengo quejas sobre el espacio que nos dan a los que preferimos evitar los viajes de casa-escuela-casa, si bien es amplia, la habitación abarrotada hacia que todo fuese un poco más cálido y hogareño. Las camas, de dos plazas, estilo barroco, separadas la una de la otra, iluminadas por el empapelado claro y casi femenino de las paredes. Decorada con un par de muebles, una estantería y un sofá, grande y acolchonado. Perfecto para hacer el vago. Al fondo y del lado opuesto a la boca del corto pasillo del costado, hay una puerta que conduce al baño, cuenta con una ducha con bañera amplia (además del montón de cosas básicas).

Justo en medio de ambas cabeceras, el gran ventanal que ilumina nuestro "hogar" y afuera, el balcón. Lugar al que suelo huir todos los días. Convencí a mis padres, en medio de torpes pero poderosos argumentos: como la importancia de hacerte uno con la madre tierra, de traerme una cama pequeña, la que coloqué muy cerca de los estantes con cactus, creando algo así, como mi propio nido. Iwa-chan dice que es "vulgar".

—Este no es tu jodido departamento, Oikawa, no sé cómo te han permitido traer toda tu basura hasta aquí.

—Quién lo dice. —Matsukawa ríe por la nariz de una forma extraña. Todos sabemos que Iwa-chan tiene su habitación llena de artículos de deporte y fotos tomadas por ocio repartidas de forma perfectamente desordenadas por todo el lugar. Apenas si deja espacio para su compañero.

—Es diferente, yo sólo junto muchas cosas, en cambio Oikawa pareciera que está armando su futuro hogar en este lugar. Como si la escuela fuese un maldito hotel permante.— Hajime movía los brazos hacia todos lados, como si estuviese explicando el fin del mundo al mismo Dios.

—Siempre tratas de verte muy maduro, Hajime, déjame decirte que tus excusas no tienen validez, confórmate con saber que Oikawa es un raro.

Bokuto siempre parece absorto, silencioso, lo veo deslizar sus dedos constantemente contra las hojas de los cuadernos que con anterioridad ha estado escribiendo en clases, pero no dice una palabra. A veces aparecen sus amigos, se quedan por horas y Bokuto se transforma, es un jodido huracán si se lo propone. No reconozco al chico que es cuando estamos a solas, ¿Quizás la falta de confianza es porque no me he presentado?

Le comenté a Makki que me daba un sentimiento extraño hablar a Bokuto, le conté de las incontables veces que le he visto chocar con un sinnúmero de cosas por el lugar, y que un par de veces, en silencio, he quitado otro par de su camino para no verlo estampar su rostro contra el piso otra vez. Makki sólo me dijo que cree que estoy madurando.

Como es normal, me carcome la curiosidad de saber si su invalidez le viene de nacimiento, tengo un montón de preguntas que no le hago porque, bueno, no hablamos. Tampoco es normal preguntarle a un ciego por qué es ciego, hay un límite para la estupidez. En algún momento yo sería realmente estúpido.

Con el tiempo comencé a encargarme de la limpieza, Bokuto no puede hacerlo por lo que no le reclamo nada. Le he visto tratar de hacer su cama. Cada día. Siempre falla, pero cree haberlo hecho de maravilla y me parece totalmente adorable. En secreto, la rehago cuando él se va.

En clases, también es silencioso, muy al contrario de su presentación del primer día, donde todos creíamos que algo genial y extraño había llegado a nuestras vidas, Bokuto siempre es reservado, experto en ignorar las quejas contra su máquina, amiga y compañera que tanto protege. Pero cuando esos chicos aparecen, su faz se ilumina. Me da una pizca de envidia.

—Últimamente te la pasas hablando del inútil. —Me pegó en las pelotas que Matsukawa tratase de inútil a Bokuto. Le tiré un libro que gracias a mi perfecta puntería le dio en la amplia frente de arpía venenosa que se carga. Yo cerré mi puño en señal de victoria cuando la punta le golpeó.

—Serás imbécil.

Traté de ignorar el cotorreo que había llenado el lugar, mis amigos más los de Bokuto parloteaban a niveles impresionantes, el espacioso terreno se hacia estrecho con tanta gente. Pero se sentía como si hubiese una gran pared que nos separaba.

Iwa-chan siempre nota mis cambios de humor, me pellizca las costillas cuando algo anda mal y yo le hago creer que son sólo suposiciones suyas, nunca me cree. Esas cejas notoriamente arrugadas me lo confirman. Me hago un lío cuando no sé cómo explicarle, no me hace ilusión escuchar sus mil formas de solucionar los problemas. Todo es mental, toda la fuerza está ahí. Solía decirme. Con eso no consuelas a nadie.

Noto que desde el umbral de la puerta el chico rubio, alto y de lentes, comienza a bostezar, el sol ha caído y ni lo había notado. Uno a uno todos se fueron. Debería hablar con los amigos de Bokuto, quizás así sabría como entablar una amistad con él.

— ¿Oikawa?

Casi me atraganto, seguro que si tenía algo en la boca, me hubiese atragantado.

— ¿Oikawa? — Sumido en mis cavilaciones y tortura mental por nerviosismo, no le había respondido, Bokuto estiraba su bastón de fierro, buscándome, vaya forma.

—Estoy aquí. — Con un sentimiento extraño me quedé esperando su respuesta, lo cierto es que Bokuto, parecía no saber qué decir o cómo decirlo. Ni mis mil razonamientos me hacían llegar a una explicación, quizás le estaba dando muchas vueltas al asunto. Él sólo había dicho mi nombre y yo ya me sentía en explosión de sentimientos, como cuando Jenny por fin había besado a Forest, la muy puta.

Hajime me dijo que fuese paciente, la paciencia es un don, decía. Impaciente como soy, le revolví el cabello al chico que permanecía sentado, para darle confianza. Sus hebras tienen una suavidad extraordinaria.

Los ojos de Bokuto siempre estaban cerrados, su color era desconocido para todos. Y el por qué no lo abría, también.

Me quedé mirando al ansioso chico, movía la boca de forma constante como si no pudiese formular palabra. Tomé mis manos entre las suyas. Eran frías y sudorosas.

—Anda, niño, no tienes que estar tan nervioso. Suéltalo.

— ¿Podrías prenderme el calefont? — Se me descompuso el rostro. De un momento a otro Bokuto empezó a parlotear que le prendiera el jodido aparato, que se le había olvidado pedírselo a Kuroo, vaya a saber quién es ese.

Bokuto no sabía que teníamos ducha eléctrica y que el que se la prendía todos los días desde que habíamos ingresado, era yo. Tampoco se lo quise decir. Me picó la duda de por qué el tal Kuroo no se lo había dicho tampoco.

Exploté en risas, Bokuto hizo un mohín precioso.

Una pelota rodó hasta mis pies, Issei me dio un golpe para que espabilara pero la verdad es que mi mente hace días que rondaba en otro lado. Iwa-chan decía que mi actitud ya no era normal, que nunca había sido normal pero ahora era más anormal que antes. Que el impacto de tener una rareza viviendo conmigo me estaba conmocionando demasiado.

El maestro para variar también me regaño, ahora con la excusa de que me la pasaba volando en otros mundos e interrumpía la clase con mi estupidez. No pude reclamarle nada.

Le devolví el balón y comencé con las flexiones de castigo. Cien vueltas a la cancha, vaya castigo más espartano.

Bokuto siempre se quedaba en las gradas durante las clases de deporte, hacia gestos extraños, como mover la nariz cuando los gritos del maestro eran demasiado fuertes o apretar más los ojos cuando los chicos comenzaban a molestarlo.

— ¿Estás muy aburrido? — A juzgar por su sonrisa, había reconocido mi voz de inmediato. No terminé el castigo y tampoco quería unirme a la clase otra vez. El maestro estaba demasiado ocupado gritando lo inútiles que somos como para notar mi ausencia.

—Apuesto que yo puedo hacerlo mejor que ellos. — Ya ni ganas de burlarme me daban, Bokuto parecía siempre demasiado serio con todo lo que decía.

—Seguro que sí.

Me lancé sobre la cama sin pensarlo, me quité las zapatillas a la fuerza y me quedé por un buen rato echando el vago. Apagué el móvil, el frío vientecillo se colaba por las cortinas, daba un gustito agradable.

Al final el maestro sí me descubrió y me echó una bronca de aquellas que sólo él puede dar, hasta Bokuto cayó en el saco y el nombrado se excusó echándome la culpa de que era yo el que iba a distraerlo a él. Pude notar el tono de maldad en sus palabras, gracias Bokuto.

Quiero descubrir qué es lo que pasa por la mente de mi compañero de habitación, todos se han hecho a un lado diciendo que ya están hartos de oír sobre el ciego y que me he trastornado a un punto incorregible.

Ni modo, estaba solo.

Tomé mi laptop, no me gusta usarla mucho, estar pegado en las redes sociales me es realmente molesto, ver a los demás hacerlo, también me molesta. Siempre en esa posición de jorobados, pegados sobre los aparatos que te consumen el cerebro. Pero esta vez era necesario.

Un escalofrío recorrió mi espalda, anticipándome a mi comportamiento infantil y curioso. Mi cuerpo entero se agitaba por ansiedad, pero un vistazo aquí y allí me llevó hasta lo que estaba buscando.

Bokuto aún no había regresado, no estaba preocupado, quizás un poco. Pero aproveché su ausencia para cosas realmente importantes, no, no me estaba pajeando.

La máquina del chico, blanca e impecable resaltaba en la repisa marrón oscuro. Hajime decía que yo era demasiado curioso, y no se lo niego, no me estar quieto por más de diez minutos, es como si mi existencia necesitara del constante cotorreo al que puedo llegar. Es simple, si no tienes curiosidad o impulsos, no vives. Yo les digo a todos que son mente simple, yo soy el gran rey de esos.

Aprender braille parecía fácil, pero ver tantos puntos te jodía la existencia. Vi a Bokuto bajo otra luz por un instante.

Todo el tema me pareció engorroso, así que opté por seguir un tutorial de Internet. La fea máquina también era difícil de usar.

A veces te planteas hacer cosas locas, otras veces la gente por ciertos motivos te hace hacer cosas locas, y yo no entendía por qué Bokuto me incitaba a hacer cosas locas, aún me era un misterio el exceso de atención que él lograba atraer de mi parte, y de todos en general.

Ya eran casi las seis de la tarde, a esa hora ya todos estaban preparándose para ir por la comida que se servía en media hora más, seguramente los chicos me guardarían un lugar aunque llegase tarde. Los rumores se extienden como pólvora así que ya todos sabían que yo tenía un tipo de obsesión insana por Bokuto. Cada vez que me preguntaban, yo les comentaba las mil curiosidades del gran Bokuto.

Hajime me palmeaba la espalda cada vez que me veía rodeado de chicas reclamándome que ya no les prestaba atención por andar preocupado de mi compañero. Yo desistía de las explicaciones.

—Hombre, hace un frío y tengo un hambre de puta madre. — Bokuto entró y a mí se me crisparon los pelos. Luego recordé que no ve y se me pasó el susto.

Dejé a Momo-chan en su lugar (nombre que le dio Bokuto a la estúpida máquina) e hice como si nada.

—Si quieres te llevo al comedor. — Ofrecí, pero era obvio que Kuroo y los otros vendrían a buscarle. Fuera de todo pronóstico, Bokuto aceptó.

—Te lo agradecería, creo que debo dejar de darle problemas a esos chicos. — Se rascó la nuca, y esa pequeña sonrisa cansada que nunca había visto antes me dio un mal sentimiento. Me sorprendí. Después por qué me andan preguntando qué es lo que me llama tanto la atención de él, pues la respuesta es que es un total misterio. Una masita dulce y agria al mismo tiempo.

—¿Por qué?

Bokuto no respondió, mas le escuché reír mientras manoseaba el papelito que yo cuidadosamente había dejado en un lugar específico donde él pudiese encontrarlo.

—Soy ciego, no sordo, ¿Sabías?

Allí estaba, esa preciosa sonrisa que sí me gustaba. Me eché a reír, y le dije que mejor fuésemos a comer ya. Las tripas estaban en guerra dentro de nuestros estómagos.

—Me gustaría saber cómo es la tuya. — Me dijo, se me revolvió la panza en una mezcla de hambre y ternura. Bokuto guardó cuidadosamente el papel que decía:

Linda sonrisa.