Capitulo 2: Pequeña llama bocazas
Louise gritó. La llama gritó. Otros tantos estudiantes presentes gritaron. Entendedlo, acababan de presenciar como Louise la Zero acababa de vomitar su propio corazón en llamas, y este encima le había hablado. ¿Quién no gritaría?
Louise tardó apenas un segundo en soltar aquella pequeña bola de fuego, que cayó al suelo esparciendo ligeramente sus llamas. Al igual que antes, esta vez también tenía algo que decir.
-¡Auch!- exclamó aquella cosa, mientras Louise la miraba con miedo y horror, y retrocedía unos pasos. Alrededor de aquella pequeña llama, la hierba empezó a humear, y a prenderse, despidiendo oscuras estelas de humo hacia el cielo-. ¡Hierba! ¡Me has tirado encima de la hierba! ¿Tienes idea de lo asqueroso que es que tenga que quemar hierba? Esta húmeda y prende muy mal…
Sin embargo, nadie estaba prestándole mucha atención a las quejas de aquel ser, ya que rápidamente el césped de la Academia había empezado a arder, provocando que varios de los estudiantes tuvieran que retroceder para no quemarse. Por suerte, justo como la llama había dicho, la hierba viva no era el mejor de los combustibles para una llama, y el fuego no llegó a crecer demasiado, de manera que aparte del humo que desprendía, no parecía que fuera a poner en peligro a nadie. Al menos, eso pensaba Colbert.
-¡Eh, vosotros!- dijo la llama, dirigiéndose al grueso de estudiantes-. Haced algo útil, y sacadme de aquí. Me estoy quedando sin hierba que quemar, y si no hacéis algo pronto me apagaré.
...
-Vale, empecemos por el principio: ¿Quiénes sois, y donde estamos?- preguntó el ser de fuego, encarándose al grupo de estudiantes que, más calmados, contemplaban con curiosidad a la pequeña llama parlante. Para evitar que se apagara, Colbert la había recogido con su báculo, y había empezado a alimentarla con magia. Siendo un mago de fuego como era, esa tarea no era especialmente complicada, aunque si era nuevo que fuera el fuego quien le pidiera alimento. En cierta forma, Colbert se sentía incomodo, y un tanto raro. Toda esa situación era rara.
-Bueno, os encontráis actualmente en los terrenos de la Academia de Magia de Tristania- explicó Colbert, sin saber del todo como debía dirigirse a aquel ser tan peculiar-. En cuanto a quienes somos, yo soy Jean Colbert, uno de los profesores que enseñan aquí, y ellos son mis alumnos.
-¿Tristania? ¿Eso en que rincón de Ignary se encuentra?- preguntó la llama, provocando que Colbert y el resto de estudiantes miraran a la estrella con confusión.
-Me temo conozco ningún lugar con ese nombre, señor…
-Ah cierto, aun no me he presentado…- dijo la llama. Carraspeando un poco, la llama habló con voz alta y clara, mientras su pequeña forma hacia el gesto de sacar pecho, en un intento bastante teatral de parecer más intimidatorio de lo que en realidad era-. Yo soy el gran y poderoso… ¡CALCIFER!- proclamó, con sus llamas danzando por su cuerpo a medida que aumentaban y disminuían de tamaño.
A pesar de todo, sus intentos por parecer intimidante no recibieron la respuesta esperada, mientras los alumnos empezaban a murmurar entre ellos. Colbert, mientras tanto, decidió retomar la conversación.
-Es un placer conocerle, señor Calcifer. En fin, como le decía, me temo que no conozco ese lugar que menciona, esa… Ignary.
-¿En serio? Pues en ese caso estamos apañados…- comentó Calcifer-. A ver, por lo que has dicho, esta es una academia de magia, ¿no?- Colbert asintió-. Entonces, debo suponer que tu y todos estos mocosos son magos, ¿cierto?- Muchos de los jóvenes que oyeron aquel comentario se ofendieron, al ver que aquella cosa tan extraña se refería a ellos con tan poco respeto-. Por lo tanto, deduzco que he sido invocado por alguno de ellos. ¿Voy bien hasta aquí?
-Así es.
-¿Y quién me ha llamado?- Rápidamente, el grupo de estudiantes se abrió, delatando a Louise, que había estado observándolo todo en medio de todos los estudiantes, sin saber bien qué hacer ni decir. Se había preparado por si no invocaba nada. Se había preparado por si invocaba algo pequeño. Incluso se había preparado, por algún milagroso giro del destino, por si invocaba algo grande y espectacular. Sin embargo, no estaba preparada para…eso. Al verse al descubierto, Louise trató de mantener la compostura, tal y como su madre le había inculcado desde joven, y avanzó con paso decidido hasta Calcifer.
-Yo soy quien te ha invocado, familiar- dijo Louise. La primera impresión lo era todo, de manera que iba a dejar claro quien estaba al mando en esa relación desde el principio-. Mi nombre es Louise Françoise…
-¡Wow wowowowow, para el carro, pelirosa!- dijo Calcifer, levantando dos lenguas de fuego a modo de brazos y interrumpiendo la proclama de Louise, que se quedó anonadada ante tal falta de respeto. ¿Pelirosa? ¿¡Como osaba!?-. Yo no he dicho que vaya a aceptar ser tu familiar. De hecho, justo cuando me has arrastrado aquí, acababa de cortar mi vínculo con el mago que me había tenido a su lado por más de diez años. Estaba así de cerca de volver a casa, cuando de repente un portal mágico salido de la nada me trae aquí contra mi voluntad. Así que perdón por las molestias, pero ya estas devolviéndome al lugar de donde me has sacado, muchas gracias.- Louise, que hasta hacia poco había mostrado temor, miró indignada a aquel ser, cerrando los puños con fuerza. ¿Quién se creía que era? Ella era una noble, una Vallière, nada menos, y esa…esa…cosa, se atrevía a cortarla y exigirle cosas. ¿Cómo OSABA? Además…
-Mucho me temo que es imposible, señor Calcifer- explicó Colbert lo mejor que pudo-. Una vez se realiza la invocación, el mago y el familiar quedan unidos de por vida, hasta que uno de los dos muera. Incluso si no fuera así, no existe modo conocido de devolver a un familiar a su lugar de origen, y menos aun a un lugar tan desconocido para nosotros como Ignary.
-Espera… ¿Me estáis diciendo que esta niña me ha arrastrado hasta aquí, y que ahora no podéis devolverme a mi hogar?- exclamó Calcifer, aumentando el tamaño de sus llamas a causa de su enfado. Todos los presentes retrocedieron un poco, e incluso Colbert trató de apartarse sin llegar a soltar el bastón. La única que no retrocedió fue Louise, quien dio un paso al frente y gritó:
-¡No soy una niña! Soy Louise Françoise LeBlanc de la Vallière, tercera hija de la casa Vallière, ¡y exijo que me trates con el respeto que merezco, familiar!- En respuesta a las exigencias de la joven, Calcifer se limitó a encarnar una ceja (o, en vista de que no tenía cejas, a hacer el gesto), y respondió calmadamente a Louise:
-Muy bien, tres cosas. Primero, ni siquiera voy a intentar toda esa parrafada que tienes por nombre, pelirosa- Louise abrió los ojos todavía más, incapaz de creer que se le faltara al respeto de semejante manera. Antes de que pudiera decir nada, la llama siguió-. En segundo lugar, teniendo en cuenta que prácticamente me has costado la libertad por la que he estado rezando durante más años de los que tu seguramente llevas viviendo, creo que será mejor que no te trate con el "respeto" que te mereces, porque hay niños y niñas impresionables delante.- Al oír aquello, el enfado de Louise disminuyó un poco. Eso…no lo había pensado antes. Como generalmente se invocaban animales no inteligentes, la gente no solía pensar en ello, pero en cierto modo la ceremonia de Invocación de Familiar esclavizaba a un ser vivo al servicio del mago. "Aun así, no tiene motivos para estar enfadado", pensó Louise. "Quiero decir, ¿qué puede haber mejor que tener el privilegio de servir a un noble? Está claro que este…Calcifer…o no entiende la suerte que tiene, o está exagerando"-. Y tercero, y quiero que me escuches muy atentamente, niña…- Calcifer carraspeó un poco, y empezó a hablar poniendo mucho énfasis en cada una de sus palabras-. No soy, ni quiero ser, tu maldito familiar, ¿te enteras?
Al oír aquello, el resto de estudiantes empezaron a reírse con mucho estruendo, para confusión de Calcifer, y vergüenza de Louise, que intentó soportar todo aquello del mejor modo posible.
-¡Digno de Louise la Cero! ¡Ni siquiera su propio familiar quiere estar junto a ella!
-Algo de merito hay que reconocerle. Esta vez, ¡por lo menos no lo ha volado todo en pedazos!
Kirche, quien hasta hacia unos momentos había contemplado con algo de envidia el ser de puro fuego que su rival había invocado, no pudo evitar unirse a las risas del colectivo, al ver la clara negativa que presentaba ese ser a servir a Louise.
-¡Tu sí que sabes, Louise!- dijo entre risas, agarrándose el estomago de tanto reír-. ¡Realmente haces honor a tu apodo, Louise la Cero! ¡Cero por ciento de éxito con hechizos!
Louise se mantuvo en su sitio, cerrando los puños y aguantando las ganas de llorar. Si algo tenía claro, era que no iba a darles la satisfacción de verla hundirse, a pesar de lo mal que se sentía por dentro. ¿Qué había hecho mal? Había realizado la invocación, algo le había contestado… ¿Por qué se negaba a escucharla? Se suponía que la invocación llamaba al familiar idóneo para el mago, de manera que tendría que servirla con adoración, no insultarla y despreciarla en la cara. ¿Qué más le daba que le hubiera negado la libertad? ¿Qué más le daba si le había arrastrado allí? Louise solo tenía en mente una cosa… Aprieta los puños… Levanta la cabeza… Y no muestres debilidad… Regla de Hierro…
-Mister Colbert- dijo, dirigiéndose con decisión a su profesor, que en esos momentos intentaba calmar a sus exaltados alumnos-. Por favor, quisiera realizar la invocación de nuevo. Esta vez seguro que…
-Imposible, señorita Vallière- le respondió tajantemente-. La Invocación de Familiar es un ritual sagrado que determina el futuro del mago que la realiza. Pedir repetirla sería una afrenta tanto al ritual en si como a todos los magos que la han realizado. Lo siento, pero no lo puedo permitir.
-Pero…
-¡Aaaagh, que ruidosos sois!- exclamó Calcifer, llamando la atención de todo el mundo-. A ver, ¿a qué viene tanta risa? Si un caso, el que tendría que quejarse debería ser yo, que me va a tocar trabajar con otro mago de pacotilla contra mi voluntad.
-¿Qué…que quieres decir?-preguntó Louise, algo sorprendida-. Creía que no ibas a ser mi familiar.
- ¡Lo sé, pero tampoco tengo otra opción! Los seres como yo no podemos vivir en el mundo de los humanos, salvo que realicemos un pacto con alguno de ellos. Cuando yo entré en este mundo, para no morir, realicé un pacto forzoso contigo, de manera que, aunque no quiera, no tengo más remedio a quedarme hasta que me liberes. Y como dudo que vayas a hacerlo, pues básicamente estoy atascado en este lugar, de manera que si, voy a tener que ser tu familiar, aunque no me acabe de gustar la idea- comentó Calcifer, cruzando sus dos lenguas de fuego como si de dos brazos se trataran.
Al oír aquello, Louise sintió como si su corazón diera un brinco (bueno, más o menos, porque en realidad su corazón estaba ahí, rodeado de fuego, pero la sensación era la misma), y sintió algo de esperanza brotar de su ser.
-Entonces, ¿aceptas convertirte en mi familiar?
Calcifer resopló: -¿Acaso tengo otra opción?- Louise suspiró. Bueno, al menos tenía un familiar. No parecía muy poderoso, pero al menos era algo. Quién sabe, peores cosas le podían haber tocado. Un gusano, una mosca,…un plebeyo,…
-En ese caso, señorita Vallière, proceda a completar la ceremonia para que podamos continuar- dijo Colbert, nivelando con su bastón a Calcifer hasta que estuvo enfrente de Louise.
Las miradas de ambos se cruzaron. Por un lado, la mirada desinteresada de Calcifer, que miraba con algo de reproche a la que sería su nueva carcelera en aquel lugar. Arrogante, terca, mimada,… Iba a ser un viaje por la tierra muuuuuy largo, si lo iba a tener que pasar junto a esa chica. Por otro lado, la mirada indecisa y algo decepcionada de Louise al ver el familiar que le había tocado intentaba demostrar algo del coraje que en realidad no sentía, sin tener muy claro que sentir ante semejante familiar, y un poco temerosa por lo que venía a continuación, teniendo en cuenta su previo encontronazo cuando,…bueno,…le robó el corazón. Lo cual le recordaba…
-Por cierto, familiar…
-Calcifer, niña. Me llamo Calcifer. Ya que me has arrastrado aquí, por lo menos podrías recordarlo, ¿no?
-¡NO ME LLAMES NIÑA! Para tu información, tengo ya 16 años. Ya tengo edad para casarme y todo. Y mi nombre es…
-¿16 años? – preguntó Calcifer con algo de escepticismo, mirando a Louise de arriba abajo-. Pues una de dos, o no estás comiendo todo lo que deberías, o alguien te ha echado una maldición, porque que no hayas crecido nada no me parece natural.- El comentario de Calcifer provocó que los estudiantes, que habían conseguido calmarse, volvieran a empezar a reírse, mientras Louise cerraba el puño y trataba por todos los medios controlar sus ganas de estrangular a esa cosa, si es que siquiera tenía un cuello por el que agarrarle. Con un ligero tic en la ceja, Louise trató de serenarse. Calma, calma…Ya habría tiempo para hacérselo pagar cuando estuvieran a solas…
-Lo que iba a preguntar, "Calcifer", es que como puede ser que yo siga con vida, si parece ser que me has robado el corazón del pecho. ¿Y cómo puede ser que no me haya quemado al sujetarte, pero la hierba si haya ardido? Y…
-Más despacio, las preguntas de una en una- dijo Calcifer, deteniendo a Louise antes de que se embalara demasiado-. La razón por la que tu corazón ahora ya no está en tu pecho es muy sencilla. Veras, como ya dije antes, forcé un pacto contigo para sobrevivir, ya que en el mundo de los humanos solo pueden existir seres con corazón. Yo, como no tengo, realicé un pacto para compartir el tuyo, de manera que la cosa ha acabado de esta manera. ¿Entiendes? La razón por la que no te has quemado es la misma. Ahora estamos conectados tú y yo, y en cierto modo somos uno. Por eso, mis llamas no te dañaran, pase lo que pase.
Todo eso sonaba muy raro. ¿Seres sin corazón? ¿Pactos? Eso casi sonaba…demoniaco. Louise sintió un escalofrío. Mejor no pensar demasiado en ello. ¿Cómo iba ella a invocar un demonio? ¡Eso era imposible! …¿verdad?
Suspiró abatida. ¿Por qué las cosas no podían ser más sencillas? ¿Por qué no le podía salir algo bien por una vez?
-¿Señorita Vallière?- preguntó de nuevo Colbert, llamando la atención de Louise y sacándola de sus pensamientos.
-Si.- Louise miró a Calcifer, tratando de leer aquella cara plana y sencilla. Realmente no parecía gran cosa: una bola de fuego con dos ojos sencillitos, y una gran bocaza que seguramente la metería en más de un lio en el futuro. Ese iba a ser su familiar. Cerrando los ojos, Louise empezó a recitar, apuntando a Calcifer a la frente con su varita-. Al colgante que sostiene los Cinco Poderes, bendícelo, reconócelo como mi familiar…- Louise cogió delicadamente a Calcifer entre sus dos manos, y poco a poco lo acercó a su rostro.
-Ehmmm… ¿Qué intentas hacer?- preguntó Calcifer, sin entender nada.
-¡Solo quédate quieto!- exclamó fastidiada Louise. Calcifer cerró la boca, permitiendo que Louise se lo fuera acercando cada vez más a los labios, hasta que le dio un beso. Lo súbito del beso sorprendió a Calcifer, que abrió mucho los ojos y sus llamas adoptaron una tonalidad de rojo casi rosa, a medida que una voluta de humo blanco flotaba hacia arriba. Era suave, y muy dulce. Aun así, no era como el beso de Sofie. Aquel beso había estado cargado con los sentimientos de la joven: agradecimiento, esperanza, amor,… sentimientos que habían roto sus ataduras y le habían permitido volver a convertirse en estrella. Ese otro beso, en cambio, era diferente. No era forzado, ni tampoco era desagradable. Los sentimientos que transmitía eran… otros. Ese beso transmitía… temor al rechazo, anhelo, una promesa de afecto, inseguridad,… Todo lo que esa joven niña era y sentía, Calcifer lo pudo leer en ese breve beso. La vergüenza inicial dio paso a la vergüenza posterior, al darse cuenta de que había sido muy duro y desagradable con la chica. Tal vez… De repente, Calcifer sintió algo doloroso, algo que nunca antes había sentido en su vida. Sintió…una quemadura.
El cuerpo de Calcifer empezó a echar vapor, a medida que sus llamas adquirían una tonalidad roja intensa, mientras se retorcía de dolor por esa sensación tan extraña para él. ¿Dónde se había visto que un ser hecho de fuego se quemara?
-¡Agh! ¿Qué…que me has hecho?
-Cálmate. Es solo el grabado del familiar-dijo Louise.
-¿El grabado? ¿El grabado de queAaaaH!?- El dolor aumentó de repente, a medida que unas marcas aparecían en la frente de Calcifer. Llamas azules, en contraposición a las llamas rojas de su cuerpo, brotaron de repente como una fuente, mientras la pequeña estrella gritaba de dolor. Poco a poco, las llamas empezaron a disminuir, y empezaron a adoptar unas formas más definidas, hasta que finalmente se convirtieron en una serie de runas marcas de color azul. Colbert observó el fenómeno con gran interés. No se parecían a nada que hubiera visto antes. Tal vez… Justo cuando empezaba a preguntarse que podían significar esas marcas, el sonido de algo cayendo al suelo a su lado le llamó la atención. Se trataba de Louise quien, de rodillas en el suelo, se agarraba la cabeza con una mano y con semblante adolorido.
-¡Señorita Vallière!- exclamó, poniéndose a su lado con gesto de preocupación-. ¿Qué ocurre? ¿Os encontráis bien?
-N-no… Me duele…- alcanzó a decir la joven, con lagrimas empezando a salirle de sus brillantes ojos, mientras el resto de alumnos contemplaban la escena sin entender que estaba pasando. Algunos miraron preocupados a la joven Vallière. Se solían reír de ella, si, pero tampoco era como si disfrutaran de su dolor.
Al cabo de unos instantes, el cuerpo de Calcifer dejó de brillar, y este quedó inconsciente en la mano de Louise, su cuerpo ligeramente más apagado y pequeño que antes. Louise, poco a poco, consiguió ponerse de pie, con la mirada algo desenfocada.
-Espere. En seguida llamaremos a un sanador.
-No, déjelo. Ya ha pasado- dijo Louise, tratando de entender que era eso que había sentido-. Yo… no se qué…que ha sido eso.- Mirando a su recién grabado familiar, pudo apreciar las nuevas runas marcadas en su frente, justo el mismo lugar donde ella había sentido aquel dolor tan extraño. ¿Tendría que ver con la conexión de la que le había hablado Calcifer? Parecía que Colbert miraba con especial atención también las marcas de su familiar, pero rápidamente volvió a centrarse de nuevo en ella.
-Si usted lo dice… Aun así, insisto en que se tome el resto del día con calma, y que luego permita que un sanador la examine.- Louise asintió, y Colbert se giró hacia el resto de la clase-. Muy bien, entonces damos por concluida la Ceremonia de Invocación. Felicidades a todos por haber conseguido llamar a vuestros familiares, y recordad intentar relacionaros con ellos lo antes posible, para mejorar así vuestro vinculo entre amo y familiar.
Poco a poco, los alumnos fueron abandonando el lugar, usando magia para flotar hacia sus cuartos junto a sus familiares. Más de uno, al irse, comentó lo rara que había sido la invocación de Louise, y el peculiar y ridículo familiar que había invocado.
-Realmente, esta Louise la Cero no deja de sorprendernos. Cuando crees que no puede caer más bajo, consigue superarse a sí misma.
-Aun así, ha invocado una especie de espíritu de fuego. Dicen que esos son familiares muy poderosos.
-¿Poderoso? ¿Esa cosa enana? Pero si mide menos que mis dos puños juntos…
-Una rata habría sido más impresionante que esa pequeña ascua malhablada.
-Tal para cual: la pequeña ascua malhablada, y la pequeña maga fracasada.
Louise, ignorando los comentarios pobremente ocultados y las crueles risas de sus compañeros de clase, se dirigió lentamente hacia su habitación, llevando a su pequeño familiar entre las manos. Un pequeño corazón envuelto en una llama titilante, apenas viva, aunque todavía cálida.
"¿Qué demonios eres?", se preguntó Louise. Tendría que esperar a que despertara para descubrirlo.
Más tarde, en el cuarto de Louise:
Calcifer abrió los ojos, sintiéndose algo mareado y con nauseas. De haber tenido un estomago, seguramente habría vomitado. Una vez aclaró su vista, se dio cuenta de que ya no estaba al aire libre, sino en una habitación cerrada.
Algo confundido al principio, estudió la estancia en la que se encontraba. Se trataba a todas luces de un dormitorio, lujosamente amueblado y muy espacioso. El mobiliario consistía en un enorme armario de madera oscura, situado junto a una cómoda decorada con filigranas doradas que contenía un espejo ovalado de gran tamaño. En el centro de la estancia, una vela reposaba sobre una pequeña mesa de caoba, iluminando con su luz la estancia. Al fondo de esta, se encontraba una gran cama, lo suficientemente espaciosa como para albergar a dos personas. A un lado de la cama, se encontraba un pequeño montón de paja, el cual desentonaba mucho en contraste con el lujo presente en la habitación. ¡Si hasta las paredes presentaban un diseño de rosas en su base!
"Una cosa esta clara: da igual de que mundo sean, a todos los magos parece que les apasione decorar sus viviendas de la manera más rara o pija posible", pensó Calcifer, recordando cómo le encantaba a Howl llenar su cuarto de cachivaches y objetos singulares. Más que una habitación, había habido días en que aquello parecía un trastero, o un bazar de curiosidades místicas. Como había podido dormir allí tantos años sin enfermar escapaba a su comprensión.
Justo entonces, Calcifer reparó en que se encontraba metido en un pequeño brasero, sobre una pequeña pila de troncos medio consumidos. A su lado, descansaba un pequeño montón ordenado de leña, suficientemente cerca como para que él los alcanzara por su parte. Al menos, esta vez sí tenía algo decente que quemar, a diferencia de la hierba de antes.
-Veo que ya te has despertado- dijo una voz a su lado. Girándose, Calcifer vio que quien había hablado era la misma chica que le había llevado allí, entrando justo entonces por la puerta de la habitación. A diferencia de antes, en esos momentos parecía encontrarse bastante tranquila y serena, como si ya hubiera aceptado el hecho de que su familiar era en realidad su propio corazón envuelto permanentemente en llamas. La verdad, había que reconocer que aceptar eso tenía su merito…
-Sí. Imagino que este será tu cuarto.
-Así es- dijo Louise, dirigiéndose hacia su armario sin dirigirle casi ni una sola mirada. Hurgando en su interior, sacó lo que parecía ser un camisón de seda largo-. Después de que te desmayaras, te traje aquí, e hice que trajeran un recipiente en el que poder dejarte mientras me ocupaba de un par de cosas. Da gracias de que ordené que te pusieran bastante leña.
-Si, todo un detalle por tu parte- comentó con ligero sarcasmo Calcifer, observando con ligera sorpresa como la joven empezaba a quitarse la ropa, como si nada, justo delante de él. No es que le diera vergüenza, y estaba claro que las mujeres humanas no le interesaban, pero aun así le sorprendió que la joven no tuviera ningún problema con cambiarse delante de él. Seguramente no lo veía como una amenaza en ese sentido.
-Dijiste que tu nombre era Calcifer, ¿verdad?- preguntó Louise, desabotonándose la blusa. Como le parecía un poco violento quedársela mirando, Calcifer empezó a pasar la vista distraídamente por la habitación.
-Así es. El gran y poderoso…
-Hmmm… No sabía que los elementales de fuego tuvierais nombre- comentó la joven, cortando a Calcifer en medio de su proclamación de poder. Una vez hubo guardado su blusa, se bajó la falda, quedando de espaldas a Calcifer solo con su ropa interior. Distraído, Calcifer comprobó con cierta gracia que la chica llevaba las bragas a juego con el pelo. Pelo rosa, ojos rosas, bragas rosas… Mejillas rosas… Labios rosas… Calcifer sacudió la cabeza. ¿En que estaba pensando?
-Bueno, pelirosa, la verdad es que…- Louise volvió a cortar a Calcifer, que se quedó mudo de pronto al ver que la joven cerraba el armario de un sonoro portazo. Vestida con un camisón de seda que le llegaba por las rodillas, se giró con un ligero tic nervioso en la cara, sonriendo forzosamente, pero con pequeñas llamas de furia en sus ojos.
-Eso me recuerda, familiar…- dijo, avanzando hacia Calcifer, que se medio encogió al ver acercarse hacia él a esa pequeña maga furiosa-. Antes en el jardín me has faltado al respeto repetidas veces, y no contento con ello has seguido refiriéndote a tu ama como "pelirosa". Si crees que voy a tolerar esa falta de respeto hacia una noble por parte de un simple familiar…
-Tranquila, peli-…Louise. ¿Por qué no te calmas y…?- Lejos de calmarse, el enfado de Louise pareció ir en aumento.
-¿Cómo osas referirte a mí con tanta familiaridad, sirviente?- Calcifer hizo el gesto de limpiarse los oídos, un poco adolorido por el grito. Parece ser que va a ser una de "esas" chicas…-. Soy Louise Françoise LeBlanc de la Vallière, hija del duque de la Vallière y de Karin la Tormenta. ¡Exijo que me trates con el respeto propio de un noble!
-Mira, chata. Ni te conozco lo suficiente para tratarte con "respeto", ni me estás dando razones para empezar a hacerlo, así que… Va a ser que no.
Por un momento, Calcifer que Louise iba a explotar de lo furiosa que parecía. Que una criatura inferior…que su propio familiar… ¡que esa cosa le faltara al respeto de esa manera! No lo iba a permitir.
Decidida, fue hacia la mesita de noche, de donde cogió una pequeña jarra de agua. Con gesto de absoluto enojo, se dirigió hacia el brasero de Calcifer, que imaginó con bastante terror lo que se proponía la joven.
-Eh… eh… ¡eh, eh, eh, eh! ¡Aleja esa cosa de mi!-exclamó Calcifer, encogiéndose lo más lejos posible de la jarra, que Louise había levantando por encima del brasero.
-¿O~oh? ¿Acaso te da miedo un poco de agua?- comentó Louise, sonriendo cruelmente mientras dejaba que una gota de la jarra cayera sobre la madera ardiente. La gota humeó al entrar en contacto con la madera caliente, y Calcifer abrió mucho los ojos, espantado por lo que la joven planeaba hacer. ¿Acaso era idiota? ¿No veía que si…? Y entonces se acordó. "¡Maldición, se me ha olvidado advertirla!".
-¡Espera! ¡Espera, espera, espera!
-¿Qué pasa? ¿De repente te han entrado ganas de ser más educado?- comentó con sorna, moviendo juguetona la jarra de un lado a otro, sin ser del todo consciente del peligro que corría.
-¡No es eso, pedazo de idiota!- Louise apretó la jarra, borrándosele la sonrisa de repente y adoptando un gesto de enfado en su rostro. ¿Idiota, ella?-. Te digo que esperes porque está claro que no tienes ni idea de lo que implica el pacto que tú y yo hemos realizado.
-¿Cuál? ¿Hablas del pacto por el cual me forzaste a compartir mi corazón contigo?- comentó Louise, altiva y despreocupadamente.
-Exactamente. Ahora mismo, tu corazón es mi corazón, y como ya habrás descubierto, si me apagas moriré.- Louise asintió, sin saber a donde quería llegar Calcifer-. Bien, ahora acaba tú misma la frase: si tú y yo compartimos el corazón, y por lo que sea yo me muero, ¿qué crees que te pasara a ti…?- comentó Calcifer, invitándola a que se imaginara lo que pasaría.
Conmocionada, a Louise le tembló la mano, provocando que un par de gotas cayeran de nuevo sobre la madera. Al verlo, la joven se apresuró a alejar la jarra del brasero, y contempló con miedo el pequeño recipiente de agua, como si es realidad hubiera sido un puñal envenenado o una víbora. Si Calcifer moría… ¿ella también desaparecería?... ¿Qué acababa de hacer? Un poco mas y ella misma se… Louise se llevó las manos a la boca, mientras todo su cuerpo empezaba a temblar al darse cuenta de lo cerca que había estado de acabar con su propia vida sin ella saberlo.
-Eso…- alcanzó a decir, con un hilillo de voz-… ¿eso es cierto?- Calcifer asintió. Louise cogió una silla y la arrastró hasta el brasero, sentándose junto a él mientras intentaba volver a calmarse-. Y si yo muero… ¿tú también morirás?- Calcifer volvió a asentir.
-Si, el pacto funciona en ambos sentidos. Para mal o para bien, ahora mismo tenemos el mismo corazón.
-…Devuélvemelo… ¡AHORA MISMO, DEVUELVEMELO!- gritó Louise, agarrando el brasero con ambas manos y casi abalanzándose a su interior, quedando a un palmo de Calcifer. Este, sorprendido por el repentino grito de histeria, trató de apartarse de la joven, que miraba con una mezcla de miedo y desesperación a la llama.
-¡No puedo hacer eso! Y no lo digo porque no quiera. Si no puedo, es porque no sé cómo hacerlo.
-Pero tú rompiste tu lazo con tu antiguo amo, ¿verdad? ¿Cómo…?
-En esa ocasión yo estaba…inconsciente, por así decirlo. Además, se habían dado condiciones muy especiales y complejas que permitieron que Howl recuperara su corazón sin matarnos a los dos en el proceso.- Calcifer extendió sus dos lenguas de fuego, con gesto de impotencia-. Te digo la verdad, ¡no sé cómo hacerlo!- Louise se alejó de Calcifer, dejándose caer pesadamente en la silla. Hasta ese momento no se había dado cuenta de la situación en la que se encontraba. Escupir su corazón había sido espantoso, si, pero entre la invocación de su familiar, y la actitud rebelde de este su mente había estado pensando en mil y una cosas, y no se había parado a pensar por un momento lo que eso significaba. Por ello, había estado a punto de cometer una estupidez que podría haberle costado la vida, y ella sin saberlo.
Louise encogió las piernas, enterrando la cara entre sus rodillas. ¿Por qué le tenían que pasar todas esas cosas a ella?
Calcifer contempló preocupado a la joven, que permanecía en silencio encogida en su silla. Poco a poco, Calcifer estiró una mano hacia la joven, poniéndola delicadamente en su hombro. Por suerte, los hombros de la joven estaban al desnudo, de manera que no corría peligro de quemarle el camisón.
-Esto… Louise… ¿Estás bien?- Louise no respondió al principio, de manera que Calcifer quitó la mano, y volvió a encararse al brasero-. Mira…ya sé que he dicho muchas cosas feas, y que no me hace mucha gracia eso de volver a estar atado en otro mundo que no sea el mío. Entiéndelo, he pasado mucho tiempo fuera de mi hogar, y cuando parecía que iba a volver…bueno… Aquí estoy…- dijo Calcifer, medio sonriendo, en un intento de animar a la joven. Sin embargo, esta siguió sin levantar la cabeza. Al ver que había fracasado, Calcifer volvió a ponerse serio, y se rascó la "nuca", sin saber bien como animar a Louise-. En fin, lo que quería decir, es que… Ya que parece que vamos a tener que pasar una buena temporada juntos… No veo porque no podría ser tu familiar.- Al oír eso, Louise pareció que reaccionaba. Poco a poco, levantó un poco la cabeza, mirando de reojo a Calcifer, que comprobó aliviado que, por lo menos, la joven no había estado llorando.
-… ¿lo dices en serio?...- dijo débilmente Louise. Al verla, Calcifer solo pudo sentir pena y algo de compasión por la joven. Si lo que había visto antes en el prado era como tenía que vivir ella cada día en aquel lugar, no le extrañaba que estuviera tan desesperada por conseguir algo de respeto, aunque tuviera que ser a la fuerza.
-¡Por supuestos!- dijo, sonriendo ampliamente a Louise-. A ver, hagamos esto como es debido… Mírame de frente.- No sin cierta inseguridad, Louise volvió a sentarse bien en la silla, mirando de frente a Calcifer a los ojos-. Vale… Ahora, hagamos un pacto entre nosotros, pero esta vez de corazón, que para eso tenemos el mismo.- Calcifer pudo comprobar que, esta vez, su broma había conseguido arrancarle una pequeña sonrisa a Louise, que ya parecía un poco más animada-. Y por favor, insisto en el tema del respeto. Si quieres que yo y los demás te respeten, has de ganártelo, no imponerlo ni exigirlo. A cambio, yo prometo hacer lo mismo contigo. ¿Entendido?- propuso Calcifer, extendiendo una de sus pequeñas y flamígeras manos.
Louise contempló dubitativa la mano que le ofrecía Calcifer. ¿Una maga y un familiar haciendo un pacto? ¿Cómo si fueran iguales? Nunca antes se había oído algo semejante. Se suponía que los familiares debían ser siervos sumisos de los magos, obedientes compañeros para la nobleza. Ella era una noble, y por tanto aquellos que estuvieran por debajo de ella debían inclinar la cabeza y seguir sus ordenes, pues no debía de haber mayor honor para un plebeyo que el poder satisfacer a un noble. Y sin embargo, allí estaba esa pequeña llama: una pequeña bola de fuego bocazas, con sus dos brillantes ojos, que le proponía que fueran… ¿amigos? ¿Socios? ¿Compañeros? Sonaba ridículo.
Y si era ridículo, ¿por qué sentía que empezaba a dudar? ¿Por qué se planteaba siquiera aceptar su oferta? ¿Tan desesperada estaba por que la aceptara? ¿Tan desesperada estaba por tener alguien en quien confiar en ese lugar, que renunciaría a su orgullo y se rebajaría al nivel de un familiar, convirtiéndose en su igual? ¿Tan desesperada…?
Si, estaba desesperada. Eso tenía que admitirlo. Cada día se veía obligada a ser el objeto de mofa y burla por parte de los otros hijos de nobles, mientras se pasaba las noches y las horas libres trabajando duro y esforzándose por conseguir tener éxito con la magia, un éxito que siempre parecía estar lejos del alcance de su mano, un éxito que se merecía más que nadie en aquel sitio. Aquellos a su nivel, los jóvenes magos de la Academia, quienes supuestamente deberían apoyarla y ser sus amigos, la despreciaban y se reían de ella con crueldad, aprovechando que estaba sola y que nadie querría mezclarse con…una Cero. Irónicamente, lo más parecido a un amigo que tenía en toda la Academia era Kirche, su rival, y ella era una de las peores a la hora de sacarla de sus casillas. Verdaderamente, ya no sabía a que aferrarse.
Louise contempló la mano de Calcifer, sin saber bien si debía estrecharla o no.
-¿Hablas en serio?- preguntó, mirándole a los ojos. En vez del familiar desprecio o burla que solía ver en los ojos de los demás, ella solo podía ver sinceridad y amabilidad en esos pequeños ojitos. Calcifer mantuvo su cálida sonrisa.
-Confía en mí.- De todo lo que le podía haber pedido, le estaba pidiendo lo más difícil de todo: que confiara en él. En él, que acababa de entrar en su vida. Quien no había parado de llamarla "pelirosa", "niña", y que parecía no tener ni la clase ni la finura que ella esperaba obtener de su familiar. Quien…desde que había llegado, la había tratado con la misma sinceridad y honestidad que hasta entonces solo había mostrado el profesor Colbert, el único profesor que aun parecía tener la esperanza de que Louise consiguiera convertirse en una buena maga. Si, no era impresionante. No era bello, grácil, poderoso ni majestuoso como ella había pedido, pero…
Un tanto dubitativa al principio, Louise levantó la mano, y le estrechó la suya a Calcifer. La pequeña mano de Calcifer era cálida, no cálida de que diera calor, sino que irradiaba calma. Aquel contacto breve contacto entre ambos superó con creces cualquier otra cosa que hubiera vivido en su año viviendo en aquel lugar. Louise se encontró sonriendo sin darse cuenta de ello.
-¿Ves? Así estas mucho mejor- comentó Calcifer, señalando con un gesto la sonrisa de ella. Ligeramente avergonzada por el halago, Louise soltó la mano de Calcifer, y rápidamente recobró la compostura.
-Mi nombre es Louise Françoise LeBlanc de la Vallière. ¿Aceptarás ser mi familiar hasta que nuestro contrato quede nulo?
-Si, aunque preferiría ser mejor tu compañero.- Carraspeando, Calcifer contestó a Louise-. Yo soy Calcifer. Mi verdadero nombre no puede ser pronunciado en ningún idioma, y mi hogar no puede ser alcanzado por ningún mortal. ¿Aceptarás ser mi compañera en lo que dure nuestro pacto juntos?
-Acepto, Calcifer.- Cuando acabaron, ambos sintieron como si sus corazones (o más bien, su corazón) se calentara, a medida que ambos sonreían, y reían un poco por lo extraño de la situación.
-Preveo que va a ser una aventura muy interesante, la que viviremos juntos tu y yo.
-Algo me dice que tu bocaza nos meterá en más de un lio, familiar.
-¿Ya estamos otra vez con lo de familiar?- preguntó Calcifer, levantando una ceja.
-Eh, eras tú el que decía que el respeto había que ganárselo- comentó Louise, encogiéndose divertida de hombros. Levantándose de la silla, fue hacia su tocador, y cogiendo un cepillo empezó a pasarlo delicadamente por su larga melena rosa-. Si demuestras ser un buen familiar, empezaré a llamarte mas por tu nombre. Tú, mientras tanto, puedes dirigirte a mí como ama, o señorita.
-Uf, creo que prefiero Louise, la verdad…- resopló ligeramente Calcifer, dándose por vencido. Bastaría con aquello por esa noche-. Por cierto, hace rato que quería preguntártelo.
-¿El qué?- Calcifer señaló con la cabeza el montón de paja de al lado de la cama de Louise.
-¿Eso que hace ahí? ¿Tienes un perro o algo así?
-Ah, eso. Iba a ser tu cama, pero como eres un elemental de fuego, he pensado que sería mejor buscarte algo que no ardiera cuando te pusieras encima.
-Ah…entiendo…- comentó Calcifer, distraídamente. De pronto, se acordó de algo-… ¡espera un momento! ¡Yo no soy un elemental de fuego!
Extrañada, Louise dejó el cepillo, y se giró, encarándose de nuevo hacia Calcifer.
-¿Cómo que no eres un elemental? Si estas hecho de fuego…
-Si, pero yo no soy un elemental de fuego. Yo soy otra cosa- comentó algo molesto Calcifer. No parecía mucho, pero que le confundieran con un simple espíritu de la naturaleza le tocaba ligeramente las narices. El era, después de todo, mucho más fuerte e impresionante.
-Y si no eres un elemental, ¿qué eres?- Calcifer se encogió ligeramente de hombros, como quitándole importancia al asunto, antes de responder.
-Pues…un demonio.- Después de todo, los demonios no eran tan raros en Ignary. Hasta un mago podía convertirse en un usando la magia, y fácilmente podían invocar dos o tres para realizar tareas simples.
El cepillo de Louise cayó al suelo, llamando la atención de Calcifer. Louise permanecía petrificada en su silla, con la misma expresión facial de antes de responder. Fijándose mucho, Calcifer alcanzó a ver temblar ligeramente el parpado de Louise, pero aparte de eso, la joven no movía ni un pelo.
-Esto…Louise. ¿Estás bien?- se encontró preguntando de nuevo Calcifer.
En vez de responder, el cuerpo de Louise se torció ligeramente hacia adelante, todavía en la misma postura de antes, y cayó pesadamente al suelo. Alarmado, Calcifer se apresuró a llegar junto a Louise, agarrando dos palos de madera de la pila de al lado de su brasero, y usándolos como zancos improvisados para llegar junto al cuerpo de la joven.
-¡Louise, Louise! ¿Qué ha pasado? ¡Loui-! -Calcifer comprobó que nada malo parecía pasarle a Louise. A parte de su cómica expresión de shock, parecía que únicamente se había desmayado. Lo que él no entendía era porque. Si solo había dicho que era un demonio…
Mas aliviado, Calcifer fue hacia la cama de la joven, y agarró usando uno de los palo una almohada y la sabana. Llevándolas junto a Louise, consiguió poner la almohada bajo su cabeza, y la cubrió con la sabana. Ni siquiera se planteó arrastrarla hasta la cama. No era precisamente fuerte, y sin brazos ni piernas de verdad no llegaría muy lejos.
-Buenas noches, Louise- dijo Calcifer, apagando la vela de la mesa de un soplido, y volviendo a su brasero, donde se dispuso para dormir el también. Mañana seria su primer día en aquel mundo tan nuevo y extraño, y más le valía estar descansado para lo que fuera que fuera a encontrar. Antes de caer en el mundo de los sueños, un último pensamiento brotó de la mente de Calcifer.
"… me pica la frente".
Mientras tanto, en la biblioteca de la Academia:
Jean Colbert, lejos de irse a dormir, repasaba sin descanso una y otra vez el viejo libro que había estado leyendo durante tanto rato. No había duda. Habia buscado en todos los archivos, había comprobado una y otra vez su teoría temiendo equivocarse, y todas las pruebas apuntaban al mismo lugar.
-Si, no hay duda…- murmuró, con semblante preocupado-. Pero esto… no es posible.
En el libro, una larga hoja detallaba la historia de una leyenda que se remontaba al origen de su propia cultura. A un lado, se encontraba la ilustración de unas marcas. Unas marcas que, ese mismo día, había visto grabadas a fuego en la frente de un familiar muy especial. Unas marcas… que no auguraban nada bueno.
¿Sabéis? Me está gustando mucho como está yendo esto, de verdad. No se aun como va a acabar, pero ya tengo más o menos pensado el rumbo que seguirá este relato, de manera que espero que vosotros también lo disfrutéis, y acordaos de comentar que os ha parecido, o si creéis que habría que cambiar algo.
Como curiosidad, añadiré que, en un principio, Calcifer iba a revelarles a todos en el prado que era un demonio, provocando que Colbert le atacara, que todos entraran en pánico, y que se viera obligado a explicar lo que el entendía por "demonio". Sin embargo, creí mejor quitarlo. Es decir, imaginaos que sois el por un momento: "¡Oh, vaya, un demonio aparece delante mío, le roba el corazón a una alumna, y dice que no pasa nada! Bueno, pues sigamos con lo nuestro…". No encontraba la forma de que la cosa no quedara tan surrealista como eso, de manera que lo eliminé, de manera que ahora solo Louise conoce la identidad de Calcifer.
