Capitulo 3: El poder del familiar
A la mañana siguiente:
Los rayos del Sol entraron en la habitación a través de la enorme ventana junto a la cama, bañando con su cálida luz el cuerpo de Louise. La luz de la mañana despertó a la joven, que se retorció apaciblemente bajo las sabanas, tratando de disfrutar lo máximo posible de la comodidad de su cama, y agradeciendo el calor extra del Sol. Se sentía bien. Poco a poco, empezó a abrir los ojos, preparándose para encarar un nuevo día.
-Buenos días, Louise…- De repente, se oyó una espantosa voz susurrando junto a ella. Girándose hacia el origen de aquella luz, se encontró con que todo su cuarto se encontraba envuelto en tinieblas. Las sombras cubrían cada rincón de la habitación, impidiéndole discernir la silueta alguno de los muebles de la estancia, siendo únicamente visibles dos puntos rojos situados a gran altura del suelo. Louise contempló con creciente terror aquellas dos esferas rojas, mientras sentía como si la oscuridad allí presente tirara de ella, a medida que se tragaba la luz que venía de la ventana-. ¿Qué tal has dormido?- preguntó alegremente el dueño de aquella voz, una voz oscuro, pérfida y aterradora.
-¿Quién…quien eres tú?- preguntó, con su cuerpo temblando de puro miedo. Dando un paso al frente, el ser que había hablado se reveló, dejando que el Sol mostrara la verdad de su temible aspecto. Se trataba de un monstruo de más de dos metros de alto, con un cuerpo alargado y negro que parecía haberse derretido por toda la habitación. A medida que el cuerpo se estrechaba para dar paso al tronco, este empezaba a adquirir un aspecto más humano, revelando un torso musculoso y rojo como la sangre, cubierto con formas y dibujos tan negros como el resto de la sala. Del tronco salían dos enormes brazos musculosos, varias veces más largos de lo que deberían, que terminaban en unas manos acabadas en garras afiladas. Sin embargo, lo más espeluznante de todo era la cabeza.
La cabeza era una especie de ovalo liso, con una raya que la atravesaba por el medio en vertical. En la base del ovalo, se podía ver una boca llena de afilados dientes, torcida en forma de media luna a causa de la cruel y burlona sonrisa que presentaba. Donde deberían estar los ojos, había dos enormes ojos saltones, que daban vueltas sin control, como si quisieran observarlo todo en rápida sucesión, completamente inyectados en sangre. No tenía nariz. Encima de la cabeza, se podía ver una grasienta mata de pelo largo, negro y trenzado en largas tiras descuidadas de las que salían arañas, moscas y toda clase de insectos sin parar.
-Oh, Louise… Me hiere que no me reconozcas…- dijo la espeluznante criatura, fingiendo estar triste. Poco a poco, la criatura se subió a la cama, sin que Louise, que estaba paralizada de puro terror, pudiera hacer nada para impedirlo. El cuerpo gelatinoso de aquel ser acabó de cubrir la estancia, engullendo la ventana y acabando con los rayos del Sol. En cuanto se hubo apagado la luz, las partes rojas de aquel ser empezaron a brillar, bañando con su luz rojiza a Louise a medida que se le iba acercando-. Veras, yo…- La cara de aquel ser se paró a escasos centímetros de la suya. Tal era el terror que sentía Louise que no podía dejar de temblar, moviéndose violentamente mientras sentía el calor que desprendía aquel ser enfrente suyo. Su cara de terror se reflejaba en la superficie ovalada de aquel ser, que de repente abrió su enorme boca, mostrando un profundo agujero oscuro más grande que su propio cuerpo. Justo cuando creía que se la iba a tragar, algo apareció de su interior. Una tenue luz roja empezó a salir de las profundidades de aquel vórtice de oscuridad, a medida que un calor cada vez más extremo empezaba a manar de aquel ser, de manera que pronto Louise estuvo cubierta de sudor, y le empezó a costar poder respirar. Cuando creía que ya no podía aguantar más aquel calor, lo vio… Lo que estaba saliendo de aquella oscuridad… Lo que estaba buscando la salida de la boca de aquel monstruo… Era Calcifer-… ¡SOY TU FAMILIAR!- gritó Calcifer, su forma antes amable ahora transformada en una cruel imitación de él mismo, con unos ojos crueles y espantosos, una sonrisa dentuda, y un cuerpo hecho de fuego que lo arrasaba todo a su paso. Las llamas se tragaron al monstruo, la habitación…Y a Louise, que solo podía gritar a medida que la risa cruel de Calcifer se extendía entre todo aquel caos.
...
Louise abrió los ojos, incorporándose de golpe a medida que su agitada respiración intentaba calmarse para volver a un ritmo más normal. Consternada, Louise apartó la sudada sabana que la cubría y se comprobó todo el cuerpo, esperando encontrar numerosas quemaduras y heridas, pero no había ni una. Estaba bien. Había sido todo una pesadilla. Inspirando hondo, Louise intentó calmarse, mientras volvía a recostarse en su duro colchón, aliviada de que todo hubiera sido solo… ¿Duro colchón?
Palpando con la mano, Louise comprobó que en vez de encontrar el tacto suave del colchón de su cama, se encontró con la dureza y aspereza propias de la madera. Incorporándose de nuevo, Louise descubrió la causa: no estaba en su cama, sino en el suelo, junto al tocador. Fue entonces cuando lo recordó: la conversación con Calcifer, la revelación de que este era un demonio,… Y su desmayo. Algo avergonzada por lo ocurrido, Louise dirigió su mirada hacia el brasero donde reposaba Calcifer. Este dormitaba plácidamente encima de un tronco a medio quemar, abrazado a él como si de un cojín enorme se tratara, a medida que pequeñas volutas de humo blanco salían de su boca cada vez que expiraba. En comparación con el Calcifer de su sueño, ese parecía tan tierno e inocente como un cachorrito… Un cachorrito que roncaba volutas de humo, pero un cachorrito al fin y al cabo. "Si me desmayé anoche, ¿quién me tapó con la sabana? ¿Y la almohada?". De nuevo, Louise volvió a mirar a Calcifer, preguntándose si aquello había sido obra de aquel pequeño ser de fuego que afirmaba ser un demonio.
"Mi familiar es un demonio…", pensó para si Louise, meditando sobre ello con más calma de la que había tenido anoche. Si eso era cierto, entonces estaba en un lio de proporciones incalculables. Si se enteraban los demás, no solo la echarían de allí, sino que sería acusada de brujería, y la tildarían de maga oscura. La Iglesia la perseguiría como a una hereje tras excomulgarla, y la quemarían en la hoguera. ¡O lo que era peor, su madre podía enterarse! Un escalofrío recorrió el cuerpo de Louise, a medida que se imaginaba la dura mirada desaprobadora de su madre cuando se enterase, y la clase de castigos a los que la sometería por ello. Casi prefería lo de la hoguera.
Por suerte, nadie sabía que Calcifer era un demonio, salvo ella. Si lo hablaba con él antes, no debería de haber ningún peligro. Después de todo, a él tampoco le interesaba que ella muriera, de manera que si le explicaba lo que sucedería si alguien lo descubría, estaba segura de que cerraría lo boca. Louise se frotó los ojos, bostezando ampliamente. Qué manera de empezar el día…
Somnolienta, Louise se dirigió hacia el armario, mientras se ponía su atuendo ordinario de estudiante. En el brasero, Calcifer seguía durmiendo, ajeno a la preocupación de Louise, que se irritó con él a causa de ello. "Maldito familiar, que en menos de un día ya me ha provocado tantos dolores de cabeza…". Si al menos hubiera tenido manos, le habría despertado para que la ayudara a vestirse, pero como solo tenía lenguas de fuego, prefería que se mantuviera todo lo alejado posible de su ropa.
Mientras se arreglaba la capa, Louise fue hasta el brasero, y le dio una ligera patada, sacudiéndolo.
-¡Eh familiar, despierta!- exclamó Louise, dirigiéndose de nuevo al tocador. Calcifer se incorporó, limpiándose un tenue reguero de baba de fuego que le había quedado colgando de la comisura de los labios, mientras contemplaba con ojos somnolientos todo lo que le rodeaba. Bostezando, cogió otro tronco de la pila de al lado, y lo puso debajo suyo.
-Ah, ya me acuerdo… Tú me habías invocado ayer- dijo mirando a Louise, que había acicalado su larga melena con dirigentes y calculados movimientos de cepillo, fruto de años de práctica en esa tarea-. Louise Lefranc de la Valialgo, ¿verdad?
-¡Es Louise Françoise LeBlanc de la Vallière!- comentó molesta, apretando con la mano su cepillo de pelo-. Por lo menos podrías hacer el esfuerzo de aprendértelo, ¿no crees? Y, además, te tendrás que referir a mí siempre como "ama".
-Mmm-hmm…- comentó distraído Calcifer, demasiado dormido como para prestarle mucha atención a la niña mimada que le había invocado ayer. Puede que hubiera aceptado ser su familiar, pero eso no significaba que le cayera bien todavía-. Lo que usted mande, "ama Louise"- dijo, acabando en un bostezo.
Louise acabó de prepararse, observando su reflejo en el espejo. Satisfecha, se dirigió hacia la puerta, y la abrió brevemente. Al otro lado, se encontraba el objeto que había mandado hacer buscar para ella.
-¿Y eso?- preguntó Calcifer cuando Louise metió el objeto en cuestión en la sala.
-No puedo estar todo el día llevándote en las manos, y no pienso cargar con tus troncos por ahí. Por tanto, he hecho que me traigan este farol para llevarte conmigo a clase- comentó Louise, mostrándole el farol a Calcifer. Se trataba de una pequeña jaula cilíndrica, hecho con rejas de hierro y con una anilla en la punta para colgarla de donde fuera. En la base, se encontraba una pequeña platina para poner el combustible del farol. Con cuidado, Louise sacó a Calcifer del brasero, y lo depositó en el interior del farol. En cuanto tocó la platina, el aceite que contenía empezó a arder, manteniendo encendido a Calcifer.
-Bueno, no es gran cosa, pero menos es nada. Aunque no me gusta mucho eso de tener que quemar aceite. Veras, el problema con el aceite es que…
-Ah, cállate ya- comentó malhumorada Louise, que no estaba para aguantar las tonterías de su familiar de buena mañana. Colgándose el farol a un lado de la cintura, Louise cogió su varita, y salió por la puerta. Era hora del desayuno.
Más tarde, en el comedor de la Academia:
"Santo fundador Brimir, concédeme paciencia…", rezaba Louise en su interior, mientras hacía verdaderos esfuerzos por no ponerse a chillar delante de todo el mundo. Realmente su familiar estaba decidido a poner a prueba su paciencia.
Desde el mismo instante en que habían puesto un pie en el comedor (bueno, desde que ELLA había puesto un pie. Maldito familiar, tan inútil que no podía ni andar por si mismo…), Calcifer no había parado quieto ni un momento. Si no era observando boquiabierto las enormes dimensiones de la estancia, era observando impresionado las tres larguísimas mesas repletas de comida y de jóvenes nobles, que impacientes charlaban entre ellos hasta que fuera la hora de desayunar, o contemplando extrañado las pequeñas estatuas que, semejantes a muñecas, daban nombre a aquel lugar, el Comedor Alviss. Ignorando lo máximo posible los comentarios y preguntas de Calcifer, Louise avanzó con paso decidido junto a una de las mesas, buscando un sitio libre donde sentarse. A medida que caminaba, no podía evitar escuchar los comentarios de los otros estudiantes, quienes no podían o no querían hablar lo bastante bajo para que ella no les oyera.
-Mira, es Louise la Cero.
-Dicen que ayer consiguió realizar un hechizo bien.
-¿En serio? Eso me extraña mucho.
-Dicen que invocó una pequeña llama. Un elemental menor, tal vez.
-La verdad, no parece demasiado impresionante. Quiero decir, mírala… ¡Si lo lleva colgando de la cadera!
-Fijo que ni siquiera es un elemental. Tal sea una solo llama conjurada, o alguna mascota que habrá comprado por ahí, para hacerla pasar por su familiar.
Al oír esos comentarios, Calcifer quiso llamar la atención de Louise, preguntándose si la joven los había oído también, pero Louise siguió ignorándole, concentrada en sus propios pensamientos. Al final, Louise encontró un sitio libre, que para su desgracia era el mismo que se encontraba justo en frente de Kirche. Esta se encontraba en esos momentos charlando animadamente con su amiga Tabitha, una joven pequeña como Louise, pero con el pelo azul y mucho más corto, y unas gafas de color rojo sobre su nariz. Como siempre, se encontraba en esos momentos leyendo otro de sus libros, como si en realidad no le estuviera prestando atención a la joven germaniana, quien continuó charlando como si nada.
-Vaya, pero si es Louise la Cero- dijo Kirche nada más verla. Haciendo un serio esfuerzo por hacer ver que no le había afectado, Louise tomó asiento, depositando a Calcifer en el suelo junto a ella-. Y veo que te has traído contigo a tu pequeño elemental, ¿eh?- Kirche miró bajo la mesa el farolillo en el que se encontraba Calcifer, el cual se encontraba cruzado de brazos obviamente nada contento por el frio trato que estaba recibiendo-. Es curioso. Creí que los familiares no estaban permitidos aquí dentro.
-Este es… un caso excepcional- dijo simplemente Louise. Obviamente que no iba a dejar a Calcifer solo con el resto de familiares, si su vida dependía de mantenerlo a él con vida. Aunque eso no era necesario que lo supiera nadie más-. Mi familiar debe permanecer siempre junto a mí, en todo momento.- Kirche sonrió, levantando una ceja.
-¿O~ho? ¿Acaso tienes miedo de que eche a correr y te abandone a la primera de cambio? ¡Ah no, espera, si ni siquiera tiene piernas para hacerlo JAJAJAJAJA!- El comentario de Kirche provocó que un par de los nobles más cercanos se echaran a reír también, mientras Louise se limitaba a mantener la cabeza alta, apretando los puños bajo la mesa. El único que se dio cuenta de ello fue Calcifer, que preocupado dedicó una mirada a Louise, la cual no ella no percibió.
Al cabo de un rato, cuando todos los estudiantes estuvieron reunidos, juntos entonaron un rezo a su fundador antes de empezar a comer de los elegantes platos que tenían delante. ¿Cómo alguien podía comer esa clase de comida tan pesada ya de buena mañana…? Que gente tan rara. Mientras Louise daba pequeños bocados a su desayuno, Calcifer continuó llamándola
-Eh, Louise…
-…
-Louiiiise…
-…
-¡Louiiiiise!
-…- Una pequeña marca roja, como si fuera una vena, hizo acto de presencia en la sien de Louise, quien realmente estaba empezando a perder la paciencia.
-Pelirosa. Eh, pelirosa…
-Ehm, Louise…Creo que tu familiar te llama…- le comentó discretamente a Louise el estudiante de su lado.
-Solo ignórale- comentó tajante, cortando otro bocado de su plato y llevándoselo a los labios con altivez. Molesto, Calcifer decidió probar otra táctica.
-… pechos planos.
-¡YA ESTAS RETIRANDO ESO!- saltó de pronto Louise, clavando con furia el tenedor en la madera de la mesa, y sobresaltando a Kirche y al resto de estudiantes. El único que no parecía afectado era Calcifer, que se limitó a mirar a Louise con ojos medio abiertos de puro tedio.
-Vaya, por fin me haces caso.- Louise apretó los dientes, aguantando con todas sus fuerzas las ganas que tenia de coger ese condenado farol y lanzarlo por la ventana. "Cálmate…recuerda que si lo matas, te mueres tu también…Regla de Hierro…Regla de Hierro…". Suspirando, Louise miró molesta a Calcifer.
-A ver, ¿qué querías?
-Tengo hambre- se limitó a decir Calcifer, con un ligero tono de reproche.
-Tienes aceite en la lámpara. Come.- Al oír aquello, Calcifer resopló, lanzando una pequeña llamarada, que rápidamente se convirtió en humo.
-Yo no me estoy comiendo el aceite, "ama". Al igual que tu, necesito comida de verdad. Para tu información, no me como ni el aceite ni la madera que quemo.
-Si tú no tienes ni estomago…
-Puede que no tenga estomago, pero lo que si tengo es hambre, y no estaría de más que me alimentaras, ya que voy a ser tu familiar. El deber de un mago debería ser, por lo menos, poder cuidar de su familiar para que no se muera de hambre.
Louise pareció que iba a decir algo, pero simplemente suspiró resignada. Levantando a Calcifer, lo dejó encima de la mesa.
-Está bien…- comentó exasperada-. A ver, ¿tú que comes?
-La verdad, casi cualquier cosa orgánica: comida, pelo, madera,…
-¡Si acabas de decir que no comes madera!
-Y no me la como. Lo que hacía antes era simplemente consumirla.- Louise levantó ambas manos, visiblemente irritada por la de vueltas que estaba empezando a dar esa conversación.
-¿Y qué diferencia hay?
-Te lo explicaré con un ejemplo. Tú respiras, es decir, coges aire, y con ese aire te mantienes con vida, ¿verdad?- Louise asintió-. A parte, tú necesitas comer, porque solo del aire no puedes subsistir, ¿no?- Louise volvió a asentir. Para entonces, Kirche y Tabitha habían dejado de centrarse en su desayuno para escuchar con interés a la pequeña llama-. Pues en mi caso es lo mismo, solo que en vez de aire, yo necesito combustible, es decir, algo que quemar. A parte de eso, también puedo comer como tú o el resto de personas aquí presentes.
-Vale, ya lo he entendido.
-Bien. Ahora… ¿me darás algo para comer?- preguntó Calcifer. Louise lo meditó unos instantes, observando como la llama de Calcifer oscilaba de un lado para el otro. Darle algo de comer a su familiar tampoco era nada del otro mundo, pero en realidad quería rehusarse por dos razones: primera, porque estaba segura que alimentar a un demonio tenía que ser, como mínimo, pecado, y si no, una herejía. Bastante malo era que lo hubiera invocado a la Academia, y que encima lo estuviera paseando por todo el edificio, en un intento de demostrarles a todos que ella también podía usar la magia. Confraternizar con demonios, y orgullo desmedido… Sí, eso tenía que ser pecado como mínimo.
La segunda razón era simplemente que Calcifer no se lo había ganado aun. Por lo que sabía de el hasta ahora, no parecía ser el familiar más útil del mundo. No podía andar, coger cosas, ni valerse por sí mismo sin madera o aceite cerca. Tal vez pudiera controlar el fuego, como solían hacer los elementales, pero desconocía que oscuros y perturbadores poderes podía tener un demonio, y casi prefería no tener que averiguarlo. Desde luego, el sueño de esa noche la había dejado bastante tocada respecto a Calcifer.
Mientras seguía inmersa en sus cavilaciones, Louise alcanzó a ver de reojo como Kirche cogía su pan, le arrancaba un buen pedazo, y se lo tendía a Calcifer, que lo observó con expresión hambrienta.
-Toma, aquí tienes- dijo Kirche con tono amable. Usando sus dos lenguas de fuego, Calcifer agarró el trozo de pan.
-Vaya, muchas gracias. ¡Que aproveche…!- Calcifer abrió la boca al máximo, casi partiendo su pequeño cuerpo en dos, mientras se preparaba para tragarse el trozo de pan de un viaje. Sin embargo, el grito de Louise le detuvo antes de poder conseguirlo.
-¡Eh, ¿qué crees que haces, alimentando al familiar de otro mago?!- preguntó Louise, entre furiosa y…bueno, mas furiosa. Kirche se limitó a sonreír y a encogerse de hombros.
-Bueno, algo había que hacer, considerando que parecías dispuesta a matar de hambre a tu pobre familiar. Además…- Estirando la mano, Kirche la apoyó encima de Calcifer, acariciando maternalmente la cresta de sus llamas, mientras este cerraba los ojos y sonreía de puro placer-…, no podía permitir que algo tan mono pasara hambre enfrente de mí.
Las carantoñas de Kirche no hicieron más que aumentar el enfado de Louise, solo que esta vez el enfado iba dirigido a su familiar, esa pequeña bola de fuego traidora. "Mis llamas no te harán daño por nuestro vinculo", ¡y un jamón! Estaba claro que Calcifer estaba dejando que Kirche lo acariciara.
-¡Serás…!- Louise apretó los puños, mirando con furia a Calcifer, que continuó regodeándose bajo las tiernas caricias de Kirche. Esta miraba con ternura a la pequeña llamita. Puede que no fuera su familiar, pero era un elemental de fuego, y como la orgullosa maga de fuego que era ella, no podía evitar admitir que, en cierta manera, no le hubiera importado que aquel pequeño ser hubiera sido su familiar. Aun así, no hubiera cambiado a su querido Flame por nada del mundo, lo cual no evitaba que la joven germaniana intentara picar lo máximo posible a la joven Vallière.
Decidida, Louise agarró la jaula, apartando de golpe a Calcifer de Kirche, y salió del comedor con paso decidido, mientras Calcifer se balanceaba de un lado para otro violentamente en su jaula. Kirche contempló entre satisfecha y decepcionada como su rival se llevaba demasiado pronto a aquella monada de familiar. Hinchando un poco los mofletes, Kirche prosiguió con su desayuno, mientras Tabitha continuaba desayunando a su aire.
-…infantil…- fue el único comentario que salió de los labios de la joven, a lo cual Kirche únicamente suspiró, y sonrió un poco a su amiga.
-Es posible, pero no sería digna del apellido Zervest si no pudiera al menos sacar de sus casillas a una Vallière, ¿no?- dijo, encogiéndose de hombros-. Además…- Kirche contemplo con codicia al pequeño elemental, dando tumbos en su pequeño farol mientras Louise se lo llevaba de allí-…, aun no he terminado con ese pequeño elemental de fuego…- medio susurró Kirche, relamiéndose un poco mientras veía como su nuevo objeto de deseo abandonaba la estancia.
...
-¿EN QUE ESTABAS PENSANDO?- exclamó Louise, una vez hubieron abandonado el comedor. Poniendo el farol de manera que sus caras quedaran la una frente a la otra, la joven le había empezado a gritar, furiosa. Por suerte para él, pensó Calcifer, no tenía orejas, porque de lo contrario el grito de la joven le hubiera taladrado los tímpanos. Aun así, el grito de la joven hizo titilar ligeramente su llama, como si un pequeño huracán hubiera intentado extinguirlo.
-¿"En que estaba pensando"? Más bien en que estas pensando tú. ¿A qué vienen estos gritos?- preguntó molesto Calcifer.
-Escúchame bien. Como tu ama, te ordeno que te mantengas alejado en todo momento de esa Zervest, ¿te ha quedado claro?
-¿Pero por qué…?
-¿¡Te ha quedado claro!?- Una vez más, el grito de Louise hizo titilar a Calcifer.
-Vale, vale… Lo he pillado…- dijo Calcifer, con aire de rendición-. A todo esto, ¿qué problema tienes tú con esa chica? Realmente parece que no te cae nada bien.
-Es sencillo: ella es una Zervest, y yo una Vallière. Nuestras dos familias han sido enemigas durante muchas generaciones. Por tanto, es normal que no nos llevemos bien. Además…- comentó Louise, apretando los puños, mientras una pequeña vena roja se le marcaba en la sien-…, siempre que puede, esa maldita Kirche encuentra alguna excusa para venir a reírse de mí. ¡No la aguanto!
-Ah, ¿era por eso? Yo creí que la odiabas porque ella tenía mucho mas…- empezó a decir Calcifer, agarrándose los dos enormes pechos de fuego que había creado en su cuerpo con las manos. Antes de que pudiera alcanzar la frase, pero, Louise había empezado a hacerle dar vueltas con la mano, agitando su farol en círculos como si fuera a lanzarlo. Calcifer, mareado, solo podía farfullar exclamaciones incoherentes, mientras el mundo a su alrededor daba vueltas.
Cuando finalmente se cansó, Louise dejó de marear a Calcifer. Al menos, pensó entre jadeos, le había servido para liberar algo de estrés. Mientras tanto, Calcifer se medio derritió al fondo del farol, con sus pequeños ojos dando vueltas cómicamente en su cara. Una vez más, Louise levantó a Calcifer hasta llegar a su mismo nivel.
-Ahora, escúchame con atención- dijo con un tono algo más serio y preocupado. Calcifer trató de despejarse, mirando confundido a la joven-. Es importante que no le digas a nadie lo que me dijiste a mi ayer sobre ti. Si alguien pregunta, eres un elemental menor, ¿está claro?
-¿Por qué? ¿Qué problema hay con que sepan que soy un de-…?
-¡Calla, calla, calla! ¡No lo digas aquí fuera!- medio gritó, medio susurró Louise, mirando preocupada a su alrededor por si hubiera habido alguien cercano que pudiera haber oído a Calcifer. Por suerte, en esos momentos se encontraban a solas, a un lado del pequeño portal de piedra que daba paso al comedor. Detrás de ellos, se encontraba la pequeña colección de criaturas que el resto de alumnos habían invocado el día antes, demasiado distraídos con sus respectivos desayunos como para prestarles alguna clase de atención. Suspirando medio aliviada, volvió a centrar su atención en Calcifer-. Mira, no sé como verán a los demonios en el lugar de donde vengas, familiar, pero aquí el tratar con demonios es un crimen espantoso e imperdonable. Si alguien se entera de lo que eres, la Santa Iglesia podría condenarme a la hoguera.
-¿Y que harían conmigo? Porque las hogueras a mi no me hacen ni cosquillas- comentó despreocupado Calcifer.
-A ti seguramente se introducirían en un caldero de agua bendita.- Al oír mencionar un caldero de agua, Calcifer tragó saliva. Bendita o no, estaba claro que aquello sí que le haría algo más que cosquillas.
-Está bien, mensaje recibido. Por lo que a los demás concierne, soy un elemental menor.
Una vez hubo lidiado con su principal preocupación, Louise volvió a entrar en el comedor. Por desgracia para ella, el único sitio libre seguía siendo el asiento situado justo en frente de Kirche, de manera que tuvo que soportar como la joven Zervest se pasaba el rato lanzando miraditas seductoras a su familiar, e intentando en varias ocasiones entablar conversación con él y tocarlo. Sin excepción, Louise les interrumpía sacudiendo el farol para cortar a Calcifer, hasta que se cansó y volvió a dejar a su familiar en el suelo, junto a ella, para decepción de Kirche. Esta vez, sin embargo, Louise se acordó de darle a su familiar su propio pan, el cual le dio las gracias y procedió a comérselo sin más dilación. A pesar de no tener dientes, Calcifer partía grandes bocados de pan con la boca, churruscando el pan en segundos con el fuego de su cuerpo, mientras este se ennegrecía y convertía en cenizas en su interior. "De manear que así es como come…" pensó Louise, mirando desayunar a su familiar de reojo, mientras daba rápidamente cuenta del suyo.
Una vez hubieron acabado de desayunar todos los estudiantes, estos empezaron a dispersarse por la Academia, charlando con sus amigos, volviendo a sus habitaciones, o dirigiéndose a otros sitios desconocidos. Louise, por su parte, se colgó a Calcifer de la cadera, y salió del comedor, sin acercarse a nadie, y sin que nadie hiciera el intento de acercarse a ella. Esto no pasó desapercibido para Calcifer, que se preguntó si su "ama" tendría algún amigo o alguien con quien hablar en aquella Academia, aparte de su tan odiada rival.
-Oye, Louise.
-Dirígete a mí con respeto, familiar- comentó Louise, sin aminorar el paso.
-Podría decir lo mismo- respondió Calcifer-. En fin, a lo que iba… ¿Ahora qué hacemos?
-Hoy no hay clase para los de segundo año, de manera que estos pueden dedicar el día a comunicarse con sus nuevos familiares y así conocerse mejor.
-Ah, y es ahí a donde vamos ahora mismo, ¿no?- comentó, señalando con la cabeza las mesas que ocupaban el césped, llenas de alegres estudiantes que acariciaban y charlaban animadamente a sus respectivos familiares, ya fueran animales comunes o criaturas mágicas. Sin embargo, Louise cambió de sentido, dirigiéndose de vuelta a la torre donde se encontraban los dormitorios de los estudiantes.
-Ni hablar. Nosotros nos vamos de vuelta a mi cuarto.
-¿Qué? ¿Y eso por qué?
-¿Acaso no es obvio? No puedo arriesgarme a que la gente descubra lo que eres, de manera que será mejor que…
-¿Qué? ¿Qué me escondas durante el resto de tu vida de los ojos de la gente? ¡Pues menuda vida que nos espera juntos!- Louise ralentizó el paso, mirando al frente algo menos decidida-. Tampoco es como si fuera a contarlo a los cuatro vientos, ¿sabes? Como bien dijiste antes, me juego la vida yo también en todo esto. Además, algo de sol te vendrá bien. Por si no te has fijado, estas mas pálida que un fantasma.- Lo que Calcifer no dijo era que también le vendría bien socializar mas con los demás, pasar un rato con personas y no irse tanto por su cuenta. Puede que eso incluso la ayudara con su problema del rechazo social. Sin embargo, no lo dijo en voz alta. Sabía bien que alguien tan orgulloso como Louise no accedería si esa fuera la única razón que le planteara. Louise se detuvo, mirando algo ruborizada a Calcifer.
-¡Eso no es asunto tuyo! Aunque…- Louise miró dubitativa al grupo de estudiantes, mientras estos jugueteaban alegremente con sus familiares y charlaban animados los unos con los otros. Tampoco parecía mala idea-. Muy bien, de acuerdo- dijo Louise, recobrando la compostura-. Ya que tan desesperadamente quieres que vayamos, tu ama será generosa y te complacerá. Mas te vale que seas agradecido, familiar- proclamó con altivez Louise, demasiado tozuda y orgullosa como para admitir que Calcifer tenía razón. Este, que no se dejaba engañar por el altivo gesto de la joven, sonrió pícaramente.
-Oh, muchísimas gracias, mi generosa ama- dijo con un ligero tono burlón, disimulado, mientras hacia una reverencia a la joven para ocultar su sonrisa de satisfacción.
Louise y Calcifer fueron hasta una de las mesas libres que quedaban en el césped. Tras ordenar a una de las sirvientas que rondaban por las mesas que le trajeran un té, Louise depositó a Calcifer en la mesa, enfrente de ella. Mientras esperaba a que le trajeran su bebida, Louise entrelazó sus dedos, y apoyó la barbilla en ellos, mirando a Calcifer.
-Muy bien, ya estamos aquí, como tú querías. Ahora, ¿qué?- preguntó perezosamente Louise, quien no tenía demasiadas ganas de todo aquello.
-Bueno, supongo que ahora tenemos que hablar para conocernos mejor, ¿no?
-Está bien. Empieza por decirme exactamente qué es lo que puedes hacer.
-Pues aquí donde me ves, soy capaz de hacer cosas asombrosas- dijo Calcifer, hinchando el pecho presumido-. Antes de encontrarte, yo era el compañero del gran mago Howl, uno de los magos más poderosos del reino, quien servía a la realeza bajo diferentes seudónimos para esconder su identidad. Sin mí, dudo que hubiera sido conseguir tanta fama, te lo aseguro.
-¿El mago Howl? No me suena de nada- comentó Louise, nada impresionada con las habladurías de su familiar-. ¿Cómo era?
- Pues era…- entonces, Calcifer reparó en una de las mesas que le rodeaban, ocupada por una joven pareja de estudiantes, un chico y una chica. La chica tenía una larga mata de pelo rubio, curiosamente peinada en forma de rulos y tirabuzones, pero quien le había llamado la atención era el chico. Con su ropa y estilo de guaperas, su cabello rubio y sus gestos de caballero rompecorazones, parecía una copia más joven de Howl-…, mira, era más o menos como ese de ahí, solo que con el pelo peinado de otra forma, era más alto y guapo, y no hacia tantos gestos estúpidos- dijo, señalando con la cabeza al joven mago. Louise miró a quien Calcifer estaba señalando, y encarno una ceja.
-¿Hablas de Giche de Gramont?- Louise seguía sin estar impresionada-. ¿Y ese Howl también solía tener la costumbre de cortejar a diferentes chicas?
-¡Uy, si, ya te digo…!- comentó Calcifer, divertido-. Incluso corrían rumores de que le gustaba robarles el corazón a las chicas guapas, pero todo eso acabó cuando conoció a una chica muy especial.- Louise notó que el tono de Calcifer había cambiado a uno más nostálgico. ¿Quién debía de ser esa chica?
-Familiar, te estás yendo por las ramas. Creo haberte dicho que me digas de que eres capaz tu, no a quien serviste en el pasado- comentó molesta Louise, mientras sacaba de golpe a Calcifer del recuerdo en el que fuera que estuviera inmerso. Algo molesto el también, Calcifer se limitó a resoplar.
-Vale, vale, no te enfades… Muy bien, lo que yo soy capaz de hacer es…
-¡Ah, Giche-sama!- exclamó de pronto la voz de una joven, llamando la atención de Louise y Calcifer. La dueña de aquella voz era una joven estudiantes con el mantón marrón, a diferencia del negro que portaba Louise, con el pelo liso y de un marrón mas oscuro que el de su ropa. En sus manos, portaba una pequeña cesta blanca, delicadamente transportaba mientras se apresuraba a la mesa donde estaban situados el joven Gramont y su acompañante. Este, al ver a la joven acercárseles, se le congeló el rostro, buscando rápidamente con la mirada alguna posible ruta de escape, pero no encontró ninguna.
Rodeados por todos los estudiantes, que contemplaban divertidos la escena, Giche y las dos jóvenes fueron los protagonistas de una corta y merecida exhibición de justicia kármica, cuando se descubrió que el joven mago había estado cortejando en secreto a las dos jóvenes estudiantes, y este recibió un merecido bofetón en la mejilla de su parte, antes de que estas se alejaran del lugar, la rubia hecha una furia, y la castaña con lagrimas en los ojos. Entre risas, algunos de los espectadores comentaron divertidos que Giche se lo había buscado el mismo, con su manera de ser tan libertina.
Una vez se hubo recuperado y puesto de pie, la vergüenza inicial dio paso a la rabia, mientras el joven buscaba rápidamente al causante de su desdicha. No tuvo que buscar demasiado: allí, entre el grupo de estudiantes, se encontraba una solitaria criada, quien momentos antes había guiado a Katie hacia él. Se trataba de una criada más de la Academia, con el pelo oscuro bastante corto y unas singulares facciones que el joven no conseguía situar. Pero eso daba igual. Lo que importaba era que por su culpa se había descubierto el pastel, y le había fastidiado su perfecto plan para cortejar a Montmorency y a Katie a la vez. Aunque solo fuera eso, pensaba descargar su rabia contra ella, aunque se tratara de una belleza como ella.
-¡Tu, criada! ¿Con que derecho te has atrevido a provocar que esas dos pobres chicas acabaran llorando de semejante modo?- exclamó, señalando con un varita en forma de rosa a la sorprendida criada, quien por un momento pareció encogerse de miedo, al verse rodeada por las miradas de todos aquellos nobles, y apuntada con una varita por un furioso mago.
-Yo…yo…
-¿Acaso no ves que por tu culpa has provocado que yo, Giche el Bronce, haya sido víctima de un terrible malentendido? ¿Cómo planeas compensarme por ello? ¿Eh? ¡Dime, ¿cómo?!
La joven criada no sabía qué hacer. Simplemente había ayudado a una joven con su deseo de encontrarse con quien ella había creído que era su novio, y ahora se encontraba metida en esa situación. Los nobles no la ayudarían, y estaba claro que el resto del servicio no iba a jugarse el cuello por ella, de manera que estaba sola en ese lio. Realmente no tenía ni idea de cómo iba a acabar todo aquello. Ella sabía bien lo crueles que podían llegar a ser los nobles con los plebeyos como ella, meros siervos al servicio de aquellos nacidos con el talento de blandir la magia a voluntad. Si tenía suerte, solo la echarían de la Academia, lo cual acabaría matando de hambre a su familia, que prácticamente vivía de su sueldo en aquel lugar. Si no tenía tanta suerte… No podía ni imaginar lo que podrían hacerle.
-¡Eh, eso no es justo!- comentó Calcifer, observando indignado la escena que se desplegaba ante ellos. Furioso, vio que ninguno de aquellos "nobles" parecía dispuesto a ponerse del lado de la joven criada, de manera que se giró hacia Louise, que seguía contemplando la escena sin interés-. ¡Louise, tenemos que hacer algo! Esa chica no ha hecho nada malo.
-No tenemos que hacer nada- dijo tajante Louise-. Este asunto no nos concierne. Además, solo es una criada. ¿Qué importa lo que le pase?
Calcifer abrió los ojos, sorprendido e indignado de que Louise se mantuviera tan fría e impasible ante semejante injusticia, solo porque la víctima no fuera una noble como ella. ¿Qué que importaba lo que le pasase? Ya vería ella lo que importaba…
Sin que nadie le viera, Calcifer estiró una de sus lenguas de fuego hacia fuera del farol, haciéndola deslizarse por debajo de la mesa y luego por el césped como si de una serpiente se tratara. Mientras que ninguno de los otros nobles se dio cuenta de ello, absortos como estaban con los gritos de Giche, quien había empezado a acercarse lanzando indignadas reprimendas a la joven criada, que había caído desesperada de rodillas al suelo, Louise si que se percató de que la llama de Calcifer había empezado a rodear a Giche, acercándosele sigilosamente por la espalda.
-¡Familiar! ¿Qué estas…?
-Ssssh. Calla, que me desconcentras- le cortó Calcifer, tratando de centrarse para que su pequeña lengua de fuego no se deshiciera por el camino. Molesta por esa falta de respeto, Louise decidió reservarse la reprimenda a Calcifer hasta que hubiera acabado de ver que era lo que se proponía este.
Finalmente, Giche llegó hasta donde se encontraba la criada, Siesta. Esta, absolutamente aterrada, solo podía contemplar con pánico y miedo al iracundo noble que se erguía frente a ella, contemplándola con desprecio e indignación desde arriba. Mientras seguía despotricando contra ella, Giche levantó la mano para abofetearla, justo en el momento en que la lengua de fuego de Calcifer hacia acto de presencia a sus espaldas. Varios de los nobles se dieron cuenta de su presencia, y aunque más de uno intentó llamar la atención de Giche sobre ella, este se mantuvo concentrado en castigar a aquella insolente criada. Por tanto, no llegó a darse cuenta de cómo Calcifer le tocaba el borde de la capa con su fuego, prendiéndola y provocando que empezara a humear. Rápidamente, Calcifer recogió su lengua de fuego una vez hubo contemplando la tarea, sonriendo mientras varios de los nobles que le habían visto contemplaban extrañados al flamígero familiar. Con un silbido, Calcifer consiguió llamar la atención de Giche, deteniéndole justo cuando iba a golpear a Siesta, que se había cubierto débilmente con un brazo.
-¡Eh, rubiales!- exclamó divertido Calcifer. La grosería del comentario llamó la atención de Giche, quien contempló molesto a aquella insolente bola de fuego.
-¡Que insolencia! ¿Cómo osas dirigirte a un noble con tanto descaro, familiar?
-Oh, mil perdones. Únicamente quería comentarle que, tal vez, le gustaría echarle un rápido vistazo a su capa, nada mas- comentó alegremente Calcifer, mientras Louise miraba espantada a su familiar, tanto por lo que había hecho como por el comentario con el que había rematado su acción.
Algo extrañado, Giche dirigió su atención a su capa, la cual había empezado a arder rápidamente, en dirección a su cabeza. Al ver las llamas, Giche lanzó un alarido, y empezó a correr espantado por todo el césped, lanzando grititos de auxilio y provocando un gran alboroto, mientras Calcifer y el resto de nobles no pudieron evitar reírse ante los gritos de pánico del joven Gramont. Siesta, sorprendida, miró al espantado noble, y después a aquella pequeña criatura que la había salvado. ¿Qué era eso? ¿Acaso era el famoso familiar de la señorita Vallière, el de los rumores?
Finalmente, las correrías de Giche le llevaron hasta una de las mesas, donde cogió una tetera cercana, y vació su contenido sobre su cabeza, apagando con el té que contenía las llamas de su ropa. Suspirando de alivio, solo entonces fue consciente de las risas del resto de estudiantes, dándose cuenta del vergonzoso comportamiento que había mostrado apenas hacia unos instantes. Rápidamente, su atención se centró en el ser que le había hablado antes, aquella extraña criatura de fuego que Louise la Cero había invocado el día anterior.
Absolutamente furioso, y con su ropa humeante y empapada de té, se dirigió con pesados pasos hasta la mesa de Louise, mientras esta se ponía rápidamente de pie, y mientras Calcifer miraba con burlona satisfacción al noble. Antes de que Giche pudiera echarle mano, Louise agarró el farol de Calcifer.
-¿Pero cómo se te ha ocurrido?- le gritó Louise a Calcifer, al ver acercarse a Giche.
-Eh, el chaval se lo merecía. Además, tienes que admitir que ha sido bastante divertido verle correr despavorido por todo el césped.- A regañadientes, Louise tuvo que admitir que, en su fuero interno, si que había encontrado las correrías de Giche bastante divertidas. Sin embargo, nunca lo admitiría abiertamente. No era algo que una noble como ella pudiera hacer, y menos en público. En su lugar, se preparó para reprender a su familiar, justo cuando Giche llegaba hasta donde se encontraban ellos. Desafiante, Giche golpeó con ambas palmas la mesa, haciendo que el farol de Calcifer se tambaleara un poco.
-Tu, maldito familiar. ¿Cómo te has atrevido a insultarme de esta manera?
-Fácil: he visto que-…
-¡Familiar, cierra la boca!- le cortó Louise. Dirigiéndose a Giche, trató de calmarlo antes de que las cosas se salieran de control-. Giche, mira, siento que mi familiar te haya quemado la capa, pero…
-Hmpf, no sé porque me sorprendo. Después de todo, es el familiar de una maga incompetente como tú, Louise la Cero- comentó despectivo Giche, cruzándose de brazos. Al oír aquello, Louise parecía enfurecerse bastante, pero consiguió mantener a ralla su temperamento.
-¡Eh, eso no es…!
-Sinceramente, ni siquiera sé qué demonios es esta cosa. ¿Acaso es un elemental enano? ¡Menuda cosa más ridícula!- dijo cruelmente Giche, mientras varios de los nobles que les rodeaban empezaban a sonreír despectivamente y a disimular pobremente risas y comentarios despectivos sobre Louise y su familiar. Esta trató de aguantar lo más estoicamente posible aquella situación, mientras Calcifer contemplaba con creciente enojo a aquellos jóvenes mientras les menospreciaban a ambos-. Un familiar pésimo, para una maga pésima. ¡Realmente has encontrado algo a tu nivel, Vallière!
Louise hacia enormes esfuerzos por no llorar delante de todo el mundo, pero le estaba costando cada vez mas. Si, lo sabía. Como maga era un fracaso, y si había algo que ansiaba desesperadamente era que la reconocieran como maga, poder demostrar que realmente era la noble que ella sabía que era. Cerrando los puños, se vio obligada a bajar la cabeza, incapaz de contener por mucho más tiempo sus sentimientos. Sentía que iba a ceder en cualquier momento. Sentía…
-¡Cuan desgraciados deben ser los señores de de la Vallière, al tener una hija tan inútil como tú!- exclamó melodramático Giche, sonriendo con crueldad a Louise, mientras veía satisfecho que poco a poco iba haciendo mella en la moral de la joven. Se lo tenía bien merecido, por desafiar a un noble de verdad como él-. Sinceramente, si hubiera estado yo en su lugar, ni siquiera me atrevería a reconocerte como mi hija.
Una lágrima cayó por la mejilla de Louise. Giche acababa de darle donde mas dolía. Si había algo que Louise temía por encima de todo, era precisamente eso: el rechazo de su familia. Ese miedo constante a no dar la talla, a no ser la hija que sus padres esperaban que fuera. Que la echaran, que cortaran todo vínculo con ella. Su padre, su madre, sus hermanas,… Todos dándole de lado solo porque no podía hacer magia como los demás. Ese miedo que sentía…a perderlo todo.
-¡Muy bien, ahora si la has cagado!- exclamó de pronto Calcifer, sacando a Louise de sus lúgubres pensamientos. El pequeño cuerpo de Calcifer se agitaba en el interior del farol, mientras las llamas lamian los férreos barrotes, conteniendo el fuego de su interior. Calcifer miró furioso a Giche, quien no pudo evitar dar un pequeño paso hacia atrás al ver la violenta respuesta del familiar de la Cero. Rápidamente, Giche recuperó la compostura, y miró altivo a Calcifer.
-¿Disculpa? ¿Cómo dices?
-Hay cosas con las que no se puede bromear, chico, y la familia es una de ellas- dijo Calcifer, mirando a Giche absolutamente furioso. Louise contempló sorprendida a su familiar, sin acabar de creerse que aquel familiar burlón, perezoso y poco amenazador pudiera mostrar semejante respuesta enfrente de un noble, aunque fuera para defenderla-. Ya estas disculpándote con ella en este preciso instante.
-Ya, ¿y si no quiero, que vas a hacer?- preguntó burlón Giche.
-Te reduciré a cenizas- fue lo único que contestó Calcifer, mirando furioso al joven mago. Sus ojos, generalmente redondos y bastante simples e infantiles, brillaban y echaban chispas como los de un feroz animal. Por un momento, Louise vio al demonio dentro de su familiar, temiendo que aquello despertara las sospechas del resto de estudiantes. Giche, aunque ligeramente intimidado por aquel ser, se limitó a resoplar, divertido.
-¿Un simple familiar como tú, amenazando a un noble? Realmente eres un familiar bueno para nada… Pero está bien, jugaré a tu juego...- Giche apuntó con su varita a Calcifer, quien le mantuvo la mirada desafiante sin parpadear-. Reúnete conmigo en los terrenos frente a la capilla. Decidiremos con un duelo quien tiene razón en este asunto.
-¡Claro, allí estaré!- proclamó Calcifer decidido, mientras Giche se alejaba de allí con su capa hondeando al viento. Tras oír aquello, varios de los nobles empezaron a susurrar entre ellos, mientras el círculo de espectadores que se había formado empezaba a dispersarse. Calcifer contempló enfadado como el joven Gramont se alejaba, y de repente sintió como alguien cogía de pronto se farol, sacudiéndolo de un lado para otro.
-¿EN QUE DEMONIOS ESTAS PENSANDO?- exclamó Louise, agitando con fuerza el farol y a Calcifer-. Giche es un noble. ¡No hay forma posible en que le puedas vencer!
-¿Qué quieres decir? ¿No crees que pueda tumbar a ese alfeñique?
-¡Pero mírate! No tienes brazos, piernas, ni nada con lo que moverte… A Giche le basta con echarte un cubo de agua encima para acabar contigo. Y además, si tú mueres, yo me muero también. No pienso permitir que arriesgues mi vida de esta manea- dijo Louise, agarrando decidida el farol y dirigiéndose en la misma dirección por la que se había ido Giche.
-¡Eh! ¿A dónde me llevas?
-Vas a disculparte con Giche. Con un poco de suerte, cancelará el duelo.- Al oír aquello, Calcifer se molestó bastante.
-¡De eso ni hablar!- dijo, provocando que Louise se detuviera en el sitio-. Ese chaval merece que le den una lección, por hacer engañar a esas jóvenes, amenazar a una inocente, y sobre todo por atreverse a hacerte llorar.- Louise miró sorprendida a Calcifer. ¿Por eso iba a pelearse con Giche? ¿Por qué la había hecho llorar? Eso… eso no era para tanto… No tenía porque arriesgarse solo por eso.
-Eso no…
-Ni se te ocurra decir que eso no importa, Louise- comentó tajante Calcifer, mirando decidido a la joven maga-. Puede que te acabe de conocer, pero he visto lo suficiente como para saber que no te mereces esa falta de respeto, ni por su parte ni por parte de nadie. Ese chaval va a ver lo que es bueno, y se acabó.- Mirando hacia un lado, se giró hacia uno de los nobles que había estado observando el altercado, un joven rubio bastante rellenito y de facciones tranquilas, quien tenía un búho subido a su hombro-. Tu, chico, ¿por dónde quedan esos terrenos frente a la Capilla?
-Ah, quedan por ahí-dijo, señalando sonriente hacia otra zona de la Academia.
-¡Maricorne!- exclamó Louise.
-¿Puedes llevarme allí?
-¡Claro, seguro que será todo un espectáculo!- Antes de que Louise pudiera hacer anda mas, demasiado anonadada por el giro que habían tomado los acontecimientos, Maricorne agarró el farol de sus manos, y se llevó a Calcifer consigo, antes de que Louise pudiera hacer nada por impedirlo.
-Esp… ¡Espera!- dijo, mientras veía como varios de los nobles se encaminaban hacia el lugar del duelo, llevándose a su familiar con ellos. Su asombro se convirtió en una mezcla de miedo, preocupación, pero sobre todo enfado-. Aaaah, ¿por qué ese maldito familiar tiene que ser tan egoísta…?
Mientras tanto, en la oficina del director:
-A ver, ¿qué era eso tan urgente que tenía que mostrarme, profesor Colbert?- preguntó con curiosidad Osmond, el director de la Academia de magia. Con su largo pelo y barbas blancas, y su larga túnica de color oscuro, emitía un aire arcano y profundo de gran sabiduría, señal del poderoso mago que en realidad era. Sin embargo, los que le conocían bien sabían que en realidad se trataba de una persona afable y de trato fácil, alguien que disfrutaba ayudando a los demás y pasando el rato gastándole bromas a su secretaria, la mayoría de las cuales tenían que ver con el color de su ropa interior. Los estudiantes le querían como a un abuelo, y los demás profesores y sirvientes le respetaban. A su vez, el se preocupaba por todas y cada una de las personas que se encontraban actualmente en aquel lugar, ya fueran estudiantes o meros trabajadores.
Mientras seguía con su rutina de intentar verle la ropa interior a su secretaria, una joven de cabellos verdes llamada Longueville, el profesor Colbert había llamado a la puerta, insistiendo en que había descubierto algo que el director debía ver lo antes posible. Así pues, los tres habían acabado reunidos en el despacho del director, con este sentado en su gran butaca, la señorita Longueville situada a un lado, y con el profesor Colbert al otro lado del escritorio del director, justo enfrente de él.
-Vera, durante la Ceremonia de Invocación de Familiares, pude notar que uno de los familiares invocados presentaba una runas bastante peculiares, unas runas que no había visto antes en ningún otro familiar.- Mientras hablaba, Colbert se sacó un libro de la bolsa, y empezó a hojear sus páginas hasta que encontró la que estaba buscando-. Tras investigarlo mucho tiempo en la biblioteca, logré encontrar esas mismas runas ilustradas…- poniendo el libro enfrente de Osmond, Colbert señaló uno de los dibujos que mostraba, una copa exacta de las marcas que había visto en al frente de Calcifer-…aquí.
Osmond contempló preocupado la imagen del libro, cavilado sobre las repercusiones que eso traería. Rápidamente, se dirigió a su secretaria.
-Señorita Longueville, lo siento, pero…
-Entiendo- dijo la secretaria, despidiéndose de ambos magos con una cortés reverencia. Sin embargo, antes de irse, alcanzó a atisbar las runas del libro, cavilando sobre ello mientras abandonaba el lugar. Una vez se hubo cerrado la puerta, Osmond se dirigió a Colbert.
-¿De quién es el familiar en el que han aparecido estas runas?
-Se trata del familiar de la señorita Vallière, señor- dijo Colbert, tan preocupada como Osmond por lo que aquello significaba-. Incluso las runas estaban situadas en el mismo sitio exacto que indica el libro. Director, ¿esto significa…?
-Por ahora, nos limitaremos a observar la situación. Si nuestras sospechas se vieran confirmadas, entonces tomaremos las medidas que sean pertinentes, pero no antes. ¿Entendido?
Jean Colbert estaba preocupado. No por lo que aquello pudiera provocar en el reino, ni siquiera en todo el mundo, sino que estaba preocupado por su alumna. Si lo que decía el libro era verdad, entonces la señorita Vallière se encontraba en una situación más peligrosa de lo que ninguno de ellos podía imaginar.
-Si, señor- dijo Colbert, dirigiendo su mirada otra vez a la imagen de aquellas runas.
Mjöðvitnir…
Terrenos frente a la Capilla, momentos después:
-Vaya, tengo que felicitarte. No has salido huyendo- comentó socarronamente Giche-. Aunque bueno, tampoco es que puedas echar a correr, ¿verdad?- dijo Giche, riéndose junto con otros tantos nobles que habían ido a presenciar el enfrentamiento entre él y el familiar de la Vallière.
Giche y Calcifer se encontraban en esos momentos situados en el centro de un amplio círculo formado por los diferentes estudiantes de la Academia. La noticia del duelo se había extendido rápidamente como la pólvora, y todos habían acudido raudos a presenciar el enfrentamiento, ya que un duelo era una situación poco común en el día a día de aquel lugar. Después de haberse cambiado su manchado atuendo por otro nuevo, Giche había ido al lugar del enfrentamiento, encontrándose con que Calcifer ya había llegado y le estaba esperando. Metido en su pequeño farol, la pequeña bola de fuego había contemplado decidido a Giche, como si realmente creyera que le iba a vencer. Giche resopló divertido. Se lo iba a pasar bien…
-Si, bueno, está claro que tú eres todo un experto en eso de huir, ¿verdad?- comentó casualmente Calcifer-. Quiero decir, hace solo unos momentos nos hiciste una clara demostración de tu técnica, corriendo despavorido por todo el césped con tu capa ardiendo, chillando y haciendo aspavientos como una niñita asustada. Muuuuy masculino…- Hubo una nueva ronda de risas, pero estas iban enfocadas contra Giche, que contempló indignado como aquella…cosa…le sonreía despectivo. Agarrando fuertemente su varita, Giche trató de calmar su furia, mientras pensaba en lo mucho que iba a disfrutar destrozando a aquel familiar tan maleducado. Entre los asistentes al duelo se encontraban Kirche, quien había ido a presenciar el poder del pequeño elemental, Tabitha, que se encontraba más interesada en el contenido de su libro que en el enfrentamiento entre los dos duelistas, y la sirvienta Siesta, quien se mostraba preocupada por su salvador.
-¡Espera!- dijo Louise, saliendo de entre el público y corriendo hacia Giche-. Giche, detén esta tontería. ¡Los duelos están prohibidos!
-Corrección: los duelos entre nobles están prohibidos. Nada me impide batirme en duelo con un simple familiar.
-Aun así, está claro que el no puede defenderse. Todo esto…
-¿Oh? ¿Acaso estas preocupada porque pueda destrozar a tu pequeño familiar? No sabía que estabais tan apegados…- comentó Giche, mirando con divertida crueldad a Louise. Esta no contestó, y en su lugar se dirigió rápidamente hacia Calcifer, arrodillándose frente a él.
-¡Familiar, detén esto de una vez! Si sigues con esto, ¡acabará matándonos a ambos!- dijo Louise, preocupada. En aquellos momentos ya no sabía si le preocupaba más su propia vida, la de su familiar, o ambas. Simplemente, no quería que muriera ninguno de los dos.
-Tú tranquila, Louise. Lo tengo controlado- dijo Calcifer, sin apartar la mirada de la de Giche.
-¿Cómo? ¿Cómo vas a…?
-Tu confía en mí, ¿vale?- dijo Calcifer, guiñándole un ojo a Louise. Esta, abatida, se puso de pie, y volvió a dirigirse a Giche.
-Giche, quiero pedirte un favor: si vais a seguir con esto, te pido que no mates a mi familiar.
-¿Tanto miedo tienes de que…?
-¡Hablo en serio!- exclamó Louise-. Mira, ¿recuerdas que, durante la ceremonia, se me metió en la boca, y que acabé expulsando mi corazón?
-Si, lo recuerdo. Fue bastante asqueroso, la verdad.
-Bien, pues si el muere, yo me muero, de manera que salvo que quieras ser acusado de matar a otra noble, te aseguraras de no herir de muerte a mi familiar, ¿entendido?- Giche miró sorprendido a Louise, al enterarse de aquello. Quería hacer daño a esa cosa, y tampoco le importaba mucho la joven Vallière, pero de ahí a cometer un homicidio había un buen trecho. Si Louise moría por su culpa, ni siquiera el apellido de su padre podría sacarle del lio en el que se metería.
-Está bien, Vallière. Te concederé por lo menos eso- dijo Giche, haciendo un exagerado gesto a Louise. Esta, bastante preocupada aun, retrocedió hasta situarse con los otros nobles, preguntándose si Giche mantendría su palabra.
-¿Qué andáis farfullando, vosotros dos?- preguntó receloso Calcifer.
-Nada que te incumba, familiar, pues debes saber… ¡que el duelo acaba de empezar!- Con un movimiento de su varita, un pétalo cayó al suelo. En el punto donde cayó, la tierra empezó a brillar, y de ella brotó una especia de armadura metálica con forma vagamente femenina, armada con una lanza más larga que todo su cuerpo y con una falda blanca cubriendo su mitad inferior-. Mi nombre es Giche el Bronce. Por tanto, el golem de bronce, Valkyria, será tu oponente.- A una señal de Giche, el golem cargó rápidamente contra Calcifer, quien no pudo apartarse del camino a tiempo. El golem pateó con fuerza el farol de Calcifer, mandándolo a volar por los aires y haciendo que cayera con fuerza al suelo. Al ver aquello, Louise corrió preocupada junto a Calcifer, que en esos momentos hacia esfuerzos para enderezar el abollado farol.
-¿No ves que es inútil? ¡Si sigues así…!
-Tranquila Louise- alcanzó a decir Calcifer, poniendo en pie el farol con la ayuda de sus dos lenguas de fuego-. Mi cuerpo está hecho de fuego. Un par de golpes como esos no me van a derrotar así como así.
-Pero…
-Ahora, apártate. Tengo un duelo que ganar-dijo Calcifer con más seguridad de la que en realidad sentía. ¿Pero qué estaba haciendo? El no era un luchador. Ni siquiera tenía con que luchar. Poseer castillos, aumentar la magia, quemar cosas,… Eso lo podía hacer. ¿Pero enfrentarse a una armadura de bronce animada? Eso ya era harina de otro costal…
Entonces, ¿por qué demonios había aceptado tan alegremente aquel duelo contra el niñato rubio? Ni siquiera él lo tenía del todo claro. Una parte de él le decía que lo había hecho por Louise y la criada, para evitar que ese engreído pudiera seguir haciéndoles daño. Pero había otra razón, algo que se le escapaba, algo que no acababa de entender del todo… Fuera cual fuera la razón, ya estaba metido hasta el cuello en aquel lio. Así pues, solo quedaba luchar, y ganar. O nadaba, o se hundía hasta el fondo.
Como vio que el familiar no tenía intención de rendirse, Giche ordenó a su Valkyria que siguiera golpeando el farol, mandándolo a dar vueltas por todo el círculo para diversión suya y del resto de espectadores. A pesar de haber dicho que no le podía hacer daño, lo cierto era que Calcifer se había marcado un medio farol. No le dolía tanto como si hubiera tenido un cuerpo normal, pero lo cierto era que tampoco le estaba haciendo cosquillas. Louise miró preocupada como su familiar volaba por los aires, con su destrozado farol golpeando varias veces en el suelo, mientras rezaba en silencio porque, al menos, Calcifer pudiera salir de allí con vida. Cada vez que este recibía un golpe, Louise sentía una opresión en el pecho, como si se le encogiera el corazón. Varias veces intentó que su familiar se retirara de la pelea, pero este se negaba a escucharla. Cada vez más preocupada, solo podía ver como Giche machacaba sin piedad a Calcifer. Por otra parte, Kirche contemplaba con curiosidad el desarrollo de la pelea. Aunque le decepcionaba un poco que Calcifer no estuviera presentando batalla, el realmente le impresionaba el coraje que había demostrado hasta el momento el pequeño elemental, insistiendo en continuar con el combate a pesar de que el resultado era más que obvio.
-Me voy- dijo tranquilamente Tabitha, habiendo perdido cualquier interés en la pelea. Kirche no la detuvo. Sabía que si Tabitha no quería quedarse, poco podía hacer ella para retenerla.
Nuevamente, Calcifer fue a estrellarse contra el suelo. Para entonces, su farol había quedado completamente destrozado, con el hierro aplastado y goteando aceite por todas partes. Louise corrió junto a Calcifer, en un intento de detener aquella masacre.
-¡Por favor, Giche, basta ya!
-Apártate, Louise- se limitó a decir Giche.
-Familiar, por favor, para de una vez. Has luchado bien, lo reconozco. Nunca creí que pudieras aguantar tanto como has aguantado, pero si sigues así te va a destrozar.
Para entonces, las heridas de Calcifer eran visibles. A pesar de estar hecho de fuego, el cuerpo de la pequeña estrella presentaba varias marcas y abolladuras de color oscuro, semejantes a cardenales. Su color general, antes rojo vivo, estaba azulado y mustio, como si se tratara de una hoguera a medio apagar, y una fina columna de humo manaba de su cuerpo, como si en cualquier momento se fuera a extinguir. Sin embargo, sus ojos seguían brillantes, mientras hacía esfuerzos por mover todo el farol e incorporarse de nuevo. El farol, pero, estaba demasiado destrozado como para que pudiera hacerlo.
-Louise, sácame del farol- dijo decidido Calcifer, para horror de Louise.
-¿Estás loco? El farol es lo único que te protege de los golpes. Si recibes uno fuera de él…
-¡Tu sácame del farol, Louise!- exclamó Calcifer, demasiado cansado y dolorido como para ponerse a discutir con la joven. Esta, sin embargo, negó con la cabeza.
-No, no pienso hacerlo. No pienso dejar que te mates de esta manera tan estúpida y, por extensión, que me mates a mí también.
-Venga ya, como si el rubito este pudiera hacerme algún daño con su muñequita. Pega más flojo que una mosca- comentó Calcifer, ligeramente bravucón, en un intento de infundir coraje en la joven. Sin embargo, solo sirvió para enfurecer a Giche.
-¿Con que si, eh? En ese caso, si tanto deseas salir de ese farol…- hizo un gesto con la varita-… ¡permite que te eche una mano!
Siguiendo las órdenes del joven, la Valkyria atravesó con la lanza el farol, dañando el cuerpo de Calcifer, pero sin alcanzar el corazón de Louise. Horrorizada, Louise contempló como la Valkyria movía el farol ensartado hacia arriba, y lo bajaba contra el suelo con fuerza, partiéndolo en dos y provocando que Calcifer cayera dando tumbos contra la hierba. Al igual que el día antes, la hierba donde cayó empezó a arder, aunque con menos intensidad debido a que el cuerpo de este estaba muy dañado.
Al ver que Calcifer no se movía, Louise miró a Giche con ojos suplicantes.
-¡Por favor, te lo suplico! ¡Para de una vez! Si sigues así…
-… ¿os mataré a ambos? Como si fuera a creer una historia tan absurda como esa- comentó simplemente Giche-. Sinceramente, si vas a inventar una historia para que no destruya a tu familiar, deberías haber pensado algo más creíble que esa historia del corazón compartido.
Louise contuvo el aliento. No le había creído. Realmente iba a destruir a su familiar. Por tanto…ella también iba a morir. Se acabó, tenía que hacer algo.
-¡Hablo en serio! Por favor, Giche, tienes que creerme…
-L…Louise…, te he dicho que te apartes…- Alcanzó a decir Calcifer. Rápidamente, Louise corrió junto a él.
-¿Por qué insistes en continuar? ¿No ves que es inútil? ¿En que estas pensando?- exclamó Louise, verdaderamente preocupada por él. No quería morir, pero en esos momentos toda su preocupación se encontraba, curiosamente, centrada en él. Calcifer la miró a los ojos, ligeramente llorosos, y forzó una sonrisa en su rostro.
-Ey, si vas a llorar, asegúrate de no hacerlo encima de mí. No quisiera que me apagaras…- bromeó Calcifer.
-¡No estoy llorando!- exclamó avergonzada Louise. Ese maldito bocazas…
-Como sea, apártate. Esto aun no ha acabado- dijo Calcifer, encendiéndose ligeramente y encarando desde el suelo a la Valkyria de Giche. Louise, sin embargo, se puso en medio.
-¡No digas tonterías! ¿Por qué insistes en continuar?- Calcifer no contestó al principio. En su lugar, miró pensativo al suelo. ¿Por qué insistía en continuar? Era una buena pregunta…
-La verdad, no tengo ni idea- respondió simplemente Calcifer, sonriendo a Louise-. Supongo que… estoy arto de ver como son otros los que se ponen de pie para defender a los demás, mientras que yo me tengo que limitar a quedarme a un lado sin hacer nada. Supongo que… quiero ser…como ella- dijo Calcifer, recordando a Sofie, recordando como esa joven lo había arriesgado todo con tal de salvar a Howl, como había enfrentado numerosas pruebas y peligros, hasta que al final le había salvado. Si iba a morir allí, si su final iba a ser ese, entonces quería morir intentando ser como Sofie. Lo único que sentía, era poner en peligro a Louise. Por suerte, aun le quedaba aquel as bajo la manga… Si pasaba lo peor, al menos Louise estaría a salvo.
-¿Cómo que…?- De pronto, Louise fue apartada violentamente por el golem de Giche, que avanzó amenazadoramente hacia Calcifer.
-¡Louise!- exclamó Calcifer, al ver que la joven era empujada con semejante fuerza contra el suelo. Sin embargo, antes de que alcanzara a decir nada más, la Valkyria levantó una de sus metálicas piernas, y propinó un poderoso pisotón final a Calcifer, apagando completamente su luz.
-Sinceramente, si tenias tiempo para preocuparte por los demás, deberías haberlo aprovechado para apartarte, ¿no crees?- comentó sarcástico Giche, levantando la varita con gesto de victoria.
La muchedumbre contempló en silencio el sitio donde el golem habia aplastado al pequeño elemental. Al final, Giche lo habia hecho: lo habia aplastado. Louise contempló con desesperación el lugar donde antes habia estado Calcifer, sintiendo el frio miedo a la muerte atenazándose en sus entrañas. Habia… ¿habia muerto? ¿Acaso ella también iba a morir entonces? Ese…maldito familiar. Ese…tozudo, débil, bocazas…pequeño,…valiente,…
-…Calcifer…- Una pequeña lagrima recorrió la mejilla de Louise.
De repente, bajo el pie de la Valkyria empezaron a surgir grandes llamaradas, llamando la atención de Louise, Giche y todo el mundo. El golem trató de echar atrás la pierna para apartarla de aquellas llamas, pero parecía que las tenía pegadas a su pie. Las llamas aumentaron de tamaño, envolviendo la pierna del golem como si de una culebra se tratara. A medida que el fuego se extendía, la forma y color del golem fueron cambiando. La pierna en llamas se tornó de un gris más oscuro, cambiando su diseño a uno más puntiagudo y resistente. La falda ardió cuando las llamas alcanzaron la cintura, extendiéndose a la otra pierna y cambiándola del mismo modo. A medida que las llamas iban subiendo, pequeños regueros de fuego persistían en las zonas en las que habían estado, recorriendo la armadura con patrones que se asemejaban a las escamas de un dragón. Cuando las llamas llegaron al pecho, el golem empezó a temblar, a medida que toda su estructura básica empezaba a cambiar y a hincharse. El torso, antes abultado y femenino, se habia reformado para adoptar un patrón mas férreo y masculino, cubriendo con una gruesa placa de metal el torso del golem. Los brazos se abultaron y agrandaron, añadiéndole varias espinas a medida que el metal se deformaba por la acción del fuego, dibujando más patrones en rojo por toda su superficie. Finalmente, las llamas envolvieron la cabeza del golem, provocando que expulsara chorros de fuego por todos sus orificios, a medida que este se fundía y cambiaba de aspecto. El antiguo yelmo de la Valkyria se transformó un regio yelmo de caballero, con una visera de rejilla que dejaba entrever las llamas del interior de la armadura. En la parte superior, un penacho en forma de sierra brotaba desde el yelmo hasta llegar entremedio de sus hombros, hecho enteramente de fuego.
Giche contempló anonadado aquel cambio en su golem. ¿Qué acababa de pasar? Eso no lo habia hecho el. Trató de comandar al golem para que se deshiciera, pero comprobó sorprendido que este no respondía a sus órdenes. Era como si alguien hubiera tomado el control de él. ¿Acaso ese familiar…?
La armadura flexionó sus miembros, contemplando brevemente sus oscuros guanteletes y los flamígeros patrones de su armadura, antes de centrar su atención en una asombrado Louise, quien dio un breve respingo al sentir la mirada de aquella oscura forma. Con una mano, el ser levantó la visera de su yelmo, revelando a…
-¡Calcifer!- exclamó aliviada Louise, al reconocer en el rostro de aquel golem la cara ígnea de su familiar, que parecía encontrarse sano y a salvo. Por alguna razón, las runas azuladas que habían aparecido el día anterior en su frente, y que hasta aquel momento habían permanecido ocultas, en esos momentos brillaban con intensidad-. ¡Estás vivo! ¿Pero como…?
-¡Ya te dije que era capaz de cosas asombrosas!- comentó alegremente Calcifer, antes de sonreír desafiante a Giche, que dio un paso atrás al ver la amenazadora figura de aquella armadura ígnea-. Ahora, si me disculpas, es la hora de la ronda 2…- Calcifer volvió a bajarse la visera, y levantó ambos puños, caminando hacia Giche.
Rápidamente, este procedió a agitar frenéticamente su varita, invocando 6 Valkyrias idénticas a la de antes a la vez. Estas se abalanzaron con sus armas hacia Calcifer, que se detuvo con los puños levantados, esperando el momento oportuno para actuar.
La primera Valkyria intentó atravesar a Calcifer con su lanza, pero este consiguió apartarse en el último momento, y la Valkyria pasó de largo. Rápidamente, otras dos trataron de ensartar a Calcifer, que se limitó a dejar que las lanzas le atravesaran. Giche sonrió nerviosamente, creyendo que por fin lo habia conseguido. Sin embargo, en vez de caer, Calcifer agarró las cabezas de ambos golems, y las estampó la una contra la otra, aplastándolas y haciendo que cayeran inertes al suelo, con sus lanzas todavía clavadas en su cuerpo. Mientras estaba ocupado extrayendo una de las lanzas, una cuarta Valkyria aprovechó para atacar a Calcifer, arrancándole uno de los brazos con su lanza. Numerosas llamas salieron del agujero donde antes habia estado situado el brazo izquierdo de Calcifer, pero este apenas se detuvo por ello. Antes de que pudiera apartarse, Calcifer lanzó un poderoso puñetazo a la cara del golem enemigo, aplastando tanto su propio brazo como la cara de este, mandándolo hecho pedazos al suelo.
Sin brazos, y con una lanza todavía atravesándole el pecho, Calcifer no pudo evitar que las otras tres Valkyrias lo ensartaran por tres lados diferentes con sus lanzas, para horror de Louise, quien creyó que su familiar estaba acabado. Sin embargo, justo en el momento en que las lanzas de los golems destrozaban el cuerpo de Calcifer, la armadura de este estalló, liberando numerosas llamas que hasta entonces habían estado contenidas en su interior, acabando con los tres golems restantes. La explosión habia sido tan fuerte y caliente, que todos los espectadores se vieron obligados a cubrirse de tan cegadora luz, incluido Giche. Por ello, no alcanzó a ver como el cuerpo de Calcifer, de nuevo en su tamaño y forma habituales, salía despedido de la cabeza de la armadura en el momento de la explosión, surcando el cielo como un flamígero cometa con él como su objetivo. Para cuando lo vio venir, ya era tarde para apartarse.
-¡CUIDADO, QUE VOY!- exclamó Calcifer, antes de chocar con fuerza contra el hombro izquierdo del joven mago. La fuerza del impacto sacudió a Giche, mientras este contemplaba con creciente temor como ese extraña familiar estallaba en llamas cada vez más violentas, y como su ropa empezaba a arder, con aquel pequeño monstruo firmemente agarrado a su ropa.
-¡AAAAGH! ¡QUITADMELO, QUITADMELO!- exclamó espantado Giche, mientras trataba de apagar inútilmente las llamas con su mano derecha, mientras el calor se iba extendiendo por su cuerpo. SI se hubiera parado un momento a pensarlo, habría visto que su piel no se estaba quemando gracias a que Calcifer únicamente estaba centrándose en su ropa. Pero Giche únicamente podía ver que estaba en llamas, y que sentía calor. No era de extrañar que hubiera entrado en pánico de aquella manera.
Sorprendidos por el increíble giro de los acontecimientos, los espectadores y Louise contemplaron anonadados como Giche corrida dando vueltas por el improvisado ring, tratando de librarse de Calcifer, que continuaba sujeto a él como un jinete sobre un caballo desbocado y liberando grandes llamas por doquier.
-¡Salvo que quieras acabar convertido en cenizas, mas te vale que te rindas, chaval!- Alcanzó a decir Calcifer, centrando todas sus fuerzas en no soltarse del espantado joven. Pasados unos instantes, Giche dio su respuesta.
-¡Está bien, está bien! ¡Me rindo! Pero por lo que más quieras, ¡bájate de encima!- exclamó llorando de miedo Giche, incapaz de hacer que Calcifer se le bajara del hombro. Para entonces, el calor ya era insoportable, y no quería ni imaginar las terribles quemaduras que tendría que soportar en su piel durante el resto de su vida. Aquel duelo le iba a marcar para siempre, desgraciándolo a los ojos de las damas de todo el mundo.
Finalmente, Calcifer se soltó de Giche, saltando por los aires y cayendo al suelo, donde rodó un poco por la hierba antes de detenerse. Los gritos y exclamaciones de sorpresa de los espectadores inundaron el aire, mientras todos comentaban sorprendidos el increíble combate que acababan de presenciar, y su inusual resultado final. Kirche contempló primero con sorpresa y luego con creciente interés a Calcifer. Estaba claro que tenía que ser suyo…
Siesta, por su parte, no podía acabar de creerse lo que habia visto. Por muy elemental que fuera aquel ser, acababa de derrotar en combate singular a un noble, un mago, y lo habia hecho a pesar de sus heridas y de tenerlo todo en contra. Era…impresionante.
Louise se apresuró a llegar al lado de Calcifer, que en esos momentos se encontraba tendido sobre la humeante hierba, con aquel misterioso brillo desapareciendo de su frente.
-¿Estás bien? Eh, ¿estás bien?- preguntó preocupada Louise, quien sintió un cierto alivio al ver que Calcifer abría ligeramente los ojos y le sonreía.
-Pues claro. Ya te dije…que…- Nuevamente, los ojos de Calcifer se cerraron, completamente agotado por su primer pelea en lo que llevaba viviendo en la tierra. Nunca antes, cuando habia estado con Howl, se habia visto obligado a hacer nada parecido, y esa experiencia no era algo que tuviera ganas de repetir en un futuro próximo. Asustada, Louise se apresuró a recoger a su pequeño familiar, y se lo llevó de vuelta a todo correr a su habitación, con la esperanza de reanimarlo en su brasero, dejando atrás el asombrado grupo de estudiantes y sirvientes que habían visto toda la escena. Estaba claro que habían subestimado el poder de aquel pequeño elemental. ¿Acaso era posible que la Cero realmente hubiera invocado algo tan impresionante?
Despacho del director:
Osmond y Colbert contemplaron a través de una pequeña bola de cristal como Louise cargaba con su familiar, corriendo de vuelta a su habitación con gesto de gran preocupación.
-Bueno, hay que admitir que ha sido un combate muy instructivo- comentó Osmond, encendiendo su pipa usando un conjuro de fuego.
-¿Se ha fijado en cómo le han brillado las runas?- preguntó preocupado Colbert, centrando su atención en la bola de cristal-. Eso demuestra sin lugar a duda que…
-Si, yo opino igual- respondió Osmond, dándole una calada a su pipa, y soltando una densa voluta de humo al aire.
-¿Cómo…como deberíamos proceder?
-De momento, seguiremos observando la situación. Salvo que ambos se encuentren en peligro inmediato, nos mantendremos al margen. Sin embargo…-Osmond se pudo de pie, caminando tranquilamente hasta el gran ventanal situado a su espalda, desde el cual se podía ver casi toda la Academia-… tal vez sería interesante hablar cuanto antes con ese familiar. Después de todo, no todos los días aparece un ser capaz de convertirse en "la mente de Dios"...
Y hasta aquí este capítulo. Realmente me ha dado fuerte la inspiración: 17 páginas en un día. Como varios han señalado ya, si, Calcifer será la mente de Dios, Mjöðvitnir, en vez de la mano izquierda de Dios, Gandalfr. La razón es bastante simple: no puede ser Gandalfr porque, sencillamente, no puede empuñar arma alguna. Lo de ser Víndalfr y hablar con los animales…es bastante aburrido. Y respecto a Lífþrasir, bueno… Cualquiera que haya visto la película del Castillo Ambulante coincidirá en que la habilidad de el corazón de Dios es exactamente igual al poder que tenia Calcifer en la película, el de aumentar el poder e Howl. Por tanto, y para no ser redundante, he hecho que sea la mente de Dios. Además, así también podre jugar un poco con el tema de los poderes de Calcifer, cambiando y adaptando cosas, y añadiendo alguno que otro nuevo. Por lo que he leído, la mente de Dios puede usar cualquier objeto mágico, y posee otras cualidades mágicas, de manera que seguro que será entretenido. Lo malo, es que al no ser el Gandalfr, lo más seguro es que Delfinger no haga acto de aparición, o si lo hace será en manos de otra persona que no será ni Calcifer ni Louise.
En fin, como siempre, comentad que os ha parecido, y que cambiarias que no os haya gustado.
Chao chao.
