Capitulo 4: El poder de dos
Calcifer abrió los ojos despacio. ¿Cuánto tiempo llevaba dormido? Recordaba el duelo de Guiche claramente, y también como se había desmayado después de ganar el combate. Recordaba sentir las manos de Louise recogiéndolo y llevándoselo a algún sitio, antes de que su mente se cerrara dentro de sí misma para que su cuerpo pudiera recuperarse un poco.
Observando a su alrededor, Calcifer descubrió que volvía a encontrarse en su brasero, en la habitación de Louise, quien en aquellos momentos se encontraba sentada en una silla a su lado, con la cabeza apoyada en la mesa y sus brazos a modo de cojín. A juzgar por su posición, Calcifer imaginó que se había quedado dormida mientras cuidaba de él. Sonriendo, Calcifer cogió dos palos y, usándolos otra vez como zancos, volvió a coger la manta de la cama para tapar a Louise. Justo en ese momento, Louise abrió los ojos.
-Buenos días, dormilona-dijo Calcifer a modo de broma. De golpe, Louise abrió mucho los ojos, desperezándose en un instante y agarrando a Calcifer.
-¡Calcifer! ¿Cómo te encuentras? ¿Estás herido? ¿Cómo…?-preguntó preocupada la joven, sorprendiendo gratamente a la pequeña llama con aquel ataque de preocupación por parte de su ruda ama.
-Tranquila, ya estoy bien. Fuerte como un roble- aseguró Calcifer, fabricándose unos bíceps de fuego y mostrándoselos orgulloso a la joven. Más calmada, Louise lo depositó de vuelta en su puesto, arrastrando su silla junto al brasero y sentándose a su lado.
-Bien, porque ahora me vas a oír…-dijo, mirando con dureza de repente a Calcifer. Este, extrañado, vio como la joven se detenía un instante para coger aliento. Tras retener el aire unos segundos, lo soltó todo en forma de un poderoso grito que hizo temblar todo el cuerpo de la llama-. ¡¿EN QUE DEMONIOS ESTABAS PENSANDO, ESTUPIDO FAMILIAR!?
Agarrándose desesperadamente al brasero para no salir volando por el fuerte grito de su ama, Calcifer trató de escudarse de su ira escondiéndose tras uno de los palos del brasero, mientras asomaba tímidamente la cabeza por un lado. Estaba bien claro que Louise estaba muy (MUY) cabreada con él.
-¡Eh, ¿a qué vienen esos gritos?!- preguntó desde detrás de su cobertura.
-¿Tienes idea de lo preocupada que estaba? ¿Tienes siquiera la más remota idea de lo mal que lo pase viéndote pelear el otro día contra Guiche?- Calcifer se sorprendió al oír hablar así a su ama. ¿Era posible que Louise, a pesar de todo, si que estuviera preocupada por él?-. ¿¡Como se te ocurre arriesgarte de esa manera!? ¡Pude haber muerto, ¿sabes?!-… ¿eh?
-Espera… ¿es que acaso solo te preocupaba lo que te pudiera pasar a ti, por eso de que compartimos corazón?- preguntó algo molesto Calcifer, aunque no sabía porque se sorprendía.
-¡E-eso no es cierto! Vale que me preocupaba lo que me pudiera pasar, obviamente, pero lo que me hace enfurecer ¡es que estuvieras dispuesto a jugarte nuestras vidas por que si!
-¡No era "porque si"!- exclamó Calcifer, saliendo de detrás del palo-. ¡Lo que hice lo hice para defenderos a ti y a aquella criada! Como mínimo, me podrías dar las gracias, o al menos reconocer el merito de mi victoria.
-¡Hmpf! ¿Y porque iba a hacerlo? Después de todo, es normal que un familiar salga en defensa de su amo. No sé porque deberías recibir un trato diferente por hacer lo que debería ser tu única tarea, y la más importante.- Calcifer, de haber tenido, habría apretado los puños. ¡Esa niñata…!-…aunque…- Calcifer miró extrañado como Louise miraba algo dubitativa a un lado, como si le diera vergüenza mirarle a la cara-…la verdad es que estuviste bastante impresionante en aquel momento. Realmente le ganaste, a pesar de tenerlo todo en contra. ¡Por ello…!- dijo, librándose de repente de sus dudas y adoptando de nuevo aquel aire tan forzado de arrogancia que tanto la caracterizaba-¡…, yo, tu generosa ama, considero que te mereces una recompensa!- Louise miró de reojo a su familiar, tratando de juzgar por su reacción si estaba contento o no-. A ver, ¿qué es lo que quieres?
Calcifer lo meditó durante unos instantes, sin tener del todo claro que le podía pedir a la maga. Posesiones materiales…No le interesaban demasiado. Tal vez le pidiera algo rico para quemar, o mejor aun…
-Creo que me lo reservaré de momento- dijo Calcifer-. Ahora mismo estoy satisfecho con lo que tengo, de manera que si no hubiera problemas, me gustaría posponer lo de la recompensa de momento.
-Hmmm…como quieras.- Cogiendo un farol nuevo de encima de la mesa, Louise metió en él a Calcifer, y ambos salieron de la habitación.
Louise llevó a Calcifer consigo a la primera clase de la mañana, decidida a no dejarlo solo y a vigilarlo para evitar que se metiera en más líos o que agraviara a todavía más nobles. Mientras que el resto de alumnos fue entrando en clase en grupos y charlando animadamente entre ellos, Louise entró en solitario, sentándose en uno de los asientos libres sin decir nada a nadie, detalle que no se le escapó a Calcifer.
-¿Es que no tienes amigos?-preguntó directamente, provocando que Louise lo depositará con más fuerza de la necesaria en la mesa.
-Eso no es asunto tuyo- dijo con voz calmada y severa, zanjando el asunto. Calcifer, que no estaba dispuesto a dejarlo correr tan fácilmente, decidió que en cuanto pudiera retomaría aquel tema con ella. Poco a poco, la sala se fue llenando, a medida que los alumnos iban ocupando los espacios libres situados en las diferentes gradas del aula, hasta que la profesora a cargo hizo acto de presencia.
Nada más verla, Calcifer se preguntó si no sería una bruja infiltrada. Con su túnica y sombrero picudo, parecía que en cualquier momento fuera a lanzarle una maldición a alguien, a pesar de su rostro afable que denotaba que en realidad se trataba de una buena persona.
La clase prosiguió durante varios minutos más, haciendo que Calcifer perdiera rápidamente el interés. Al parecer, la magia en aquel lugar estaba dividida por elementos, Fuego, Agua, Aire y Tierra, junto con un quinto elemento, el Vacio, que hacía siglos que se encontraba desaparecido. A petición de la profesora, una de las estudiantes, la misma que el otro día había golpeado al rubito mujeriego, explicó a grandes rasgos el sistema de clasificación por el que se regían los magos: Nudo, Línea, Triangulo y Cuadrado. "Vaya tontería…", pensó Calcifer, aburrido como una ostra en su farol. "Si en Ignari los magos también se hubieran clasificado así, Howl hubiera sido alguna clase extraña de polígono. ¡Y no hablemos ya de Sullivan…!".
-Bueno, como magos de segundo año, imagino que todos serán Nudo en estos momentos, pero estoy segura que…
-Miss Cheverouse-dijo Kirche, poniéndose repentinamente de pie-, no quisiera tener que corregirla, pero da la casualidad que aquí hay presente una maga que aun tiene que demostrar poseer alguna afinidad conocida.- Y acto siguiente, las silenciosas miradas de todos los presentes fueron a clavarse en Louise, para sorpresa de Calcifer.
-¡Ah, ahora entiendo eso de Louise la Cero…!- exclamó Calcifer, golpeándose la palma con el puño como quien llega a la respuesta de un complicado enigma, ganándose las poco discretas risas de algunos de los alumnos presentes. Visiblemente molesta, Louise se limitó a darle un toquecito con la mano al farol de su familiar, mandándolo a rodar escaleras abajo entre gritos de "Ay", "Auch", y "Aaaah" en cada escalón.
-Ah, entiendo…-comentó Cheverouse, mientras una gruesa (y algo exagerada) gota de sudor le caía por el lado de la cara-. Bien, sigamos con la clase…
El resto de la clase prosiguió con relativa normalidad, mientras Cheverouse comentaba con especial interés diferentes aplicaciones prácticas básicas de la magia de tierra, tales como la simple manipulación de la tierra para crear objetos cuotidianos o esculturas. Louise, tomando notas diligentemente, trató de ignorar en la medida de lo posible a su familiar, el cual había tenido que arrastrarse escaleras arriba cargando con el farol en vista de que Louise se había negado a subirlo. Este, algo molesto, decidió seguirle la corriente y ambos se ignoraron mutuamente en todo momento, esperando que el otro se disculpara por su comportamiento. Claro estaba, ninguno de los dos deseaba ceder, creyendo que tenían ellos más razón que el otro.
-Bien, ahora vamos a practicar el conjuro en cuestión-dijo Cheverouse, haciendo un gesto con su varita en dirección a una puerta lateral. Abriéndose por sí sola, una vasija llena de tierra hizo su aparición en la clase, flotando silenciosamente hasta que aterrizó suavemente encima de la mesa de la profesora-. Antes de que todos practiquéis individualmente, me gustaría que algún voluntario o voluntaria que haya entendido la teoría y memorizado el encantamiento se ofreciera para hacer una demostración al resto de la clase. ¿Alguien se atreve?
Calcifer vio de reojo que, bromas y comentarios en voz baja a parte, nadie parecía dispuesto a salir al escenario para realizar el hechizo. Mirando finalmente a su ama, Calcifer se acercó para susurrarle algo en privado.
-Louise, ¿por qué no sales tú?
-Metete en tus asuntos- dijo ella secamente, sin dignarse ni a mirarlo. Calcifer no estaba dispuesto a dejarse menospreciar.
-¡Pero si eres perfecta para ello! Está claro que has entendido de qué va el conjuro…-insistió, señalando los elaborados folios llenos de apuntes que la joven maga había rellenado a una velocidad impresionante-..., y por tus murmullos de antes deduzco que ya te sabes el conjuro de memoria. No entiendo porque no quieres salir. Seguro que…
-¡He dicho que no voy a salir, y punto!- respondió ella, con firmeza, intentando no alzar demasiado la voz. La pequeña llama miró extrañado a su joven compañera, y luego cambió su cara a otra de determinación. Estaba claro, pensó Calcifer, que si quería que su ama empezara a mejorar como maga y como persona, tendría que ser él el que le diera un…empujoncito.
-¿No hay nadie que quiera salir a hacer una demostración? No ocurre nada porque no salga a la primera, después de todo hemos venido a aquí a aprender- dijo de nuevo Cheverouse, animando con la mirada a participar a sus alumnos, que o bien parecían avergonzados de salir, o bien directamente no les interesaba salir y arriesgarse a hacer el ridículo delante de sus compañeros.
Calcifer, sin que Louise lo notara, estiró una de sus lenguas de fuego hacia la mano de la joven maga. "Lo siento, Louise" pensó la llama, no demasiado arrepentido en realidad ", pero es por tu propio bien…". Y dicho (o más bien, pensado) lo cual, Calcifer le tocó la mano a la joven maga, deliberadamente permitiendo a su fuego que la quemara un poco.
Abriendo los ojos por la impresión de sentir aquel repentino dolor punzante en la mano, Louise la levantó por puro instinto, soltando un grito que sorprendió a todo el mundo. Louise, todavía con la mano levantada, se dio cuenta de repente que todas las miradas estaban fijas en ella.
-¡Ah, miss Vallière!- comentó Cheverouse, su rostro reflejando una mezcla entre el alivio de que hubiera salido un voluntario, y la incertidumbre al recordar lo que pasó durante la primera clase-. Qué bien que se ofrezca voluntaria. Por favor, baje al estrado.
-¡Ah, no…yo…no…!- En vista de que su boca no iba a dejar de balbucear, Louise optó por fulminar rápidamente con la mirada a su sonriente familiar, que se limitó ignorarla y a levantar sus dos flamígeros pulgares en señal de apoyo, y a bajar con la cabeza bien alta hacia el estrado, a pesar de que por dentro estaba muerta de miedo y extremadamente nerviosa. Al ver que la explosiva Cero se dirigía al estrado con la intención de hacer magia...bueno, digamos que a los de las primeras filas les faltó tiempo para correr hasta las últimas, mientras el resto de estudiantes se apresuraban a ponerse a cubierto bajo los pupitres. Calcifer contempló todo aquello sin entender que pasaba. ¿Acaso se había perdido algo?
-Oye, tú- dijo, dirigiéndose a la maga con tirabuzones que había hablado antes, en esos momentos cubriéndose bajo la mesa situada una grada por encima de él-. ¿Se puede saber de qué va todo esto?
-¿Es que no lo sabes?-respondió Montmorency, obviamente molesta por haber sido llamada de tu-. Todo el mundo sabe que los conjuros de de la Vallière siempre acaban en explosión.- Al enterarse de aquel pequeño detallito que Louise se había olvidado de comentarle, Calcifer miró rápidamente al estrado, donde Louise se encontraba preparándose y mentalizándose para realizar el conjuro, y Cheverouse, que parecía dudar si entre permanecer en su sitio, o imitar a sus alumnos y ponerse a cubierto.
-Oh-oh…
-Venga, te haré un favor…- dijo la noble, agarrando el farol de Calcifer-. Te pondré a cubierto bajo la mesa para que no salgas volando.
-¡No, espera!-dijo Calcifer con urgencia-. En las escaleras. ¡Déjame en las escaleras!
Montmorency miró al pequeño familiar con extrañeza, sorprendida por aquella decisión tan estúpida:- Esto… ¿estás seguro?
-¡Si, si, si! ¡Date prisa, que Louise parece que vaya a empezar!
-En fin, es tu funeral…
Montmorency dejó a Calcifer en el escalón más cercano, y rápidamente volvió a su refugio improvisado. Calcifer, mentalizándose, tumbó el farol, y empezó a bajar por las escaleras rodando una vez más. "¡Cuantos!". Rebote contra el escalón numero 1. "¡Problemas!". Escalón numero 2. "¡Que me da!". Escalón numero 3. "¡Esta!". Escalón numero 4. "¡Niña!".
De esta manera, Calcifer consiguió llegar hasta la base de las escaleras otra vez, bajo la sorprendida mirada de los estudiantes que lo contemplaron bajar rebotando cómicamente por las escaleras. Al llegar al último escalón, el ruido de su caída llamó la atención de Louise, que había alzado la varita para empezar a entonar el conjuro.
-¿Y ahora que quieres?-preguntó, visiblemente enfadada con el flamígero familiar, mientras este hacia rodar el farol para acercase a ella-. ¿Es que no me has metido ya en bastantes problemas?
-¿Y tú, porque no me dijiste la razón por la que no querías salir?- respondió Calcifer, esforzándose por hacer rodar el pesado farol-. Si me lo hubieras dicho, no te hubiera forzado a hacerlo.- Louise miró entre enfadada e indignada a Calcifer, mientras este se acercaba. Poco a poco, su cara fue cambiando a otra de vergüenza e impotencia.
-¡Es que…es que yo…!- Louise sentía como se le atragantaban las palabras, con solo la Regla de Acero impidiendo que se echara a llorar de puro nervio y miedo allí delante, mientras se esforzaba por convertir aquella desagradable amargura en ira, como le había enseñado su madre-. ¡…me daba vergüenza, ¿vale?! No…no quería que pensaras que era una inútil, solo porque mis conjuros acaben en explosiones, yo…
-Eh, tranquila-dijo Calcifer, llegando hasta ella-. Vamos, ayúdame a subir.- Louise recogió a Calcifer, depositándolo sobre la mesa-. Louise, tú no eres una inútil. Eres una maga tan capaz como cualquiera de estos chavales que se esconden bajo sus pupitres… o como esa de ahí, la de la barrera- dijo, señalando con la cabeza a Tabitha, que en vez de esconderse había optado por levantar un escudo mágico, mientras seguía leyendo su libro con interés-. Lo único que te hace falta es un poquito de ayuda, y no hay nada de malo o vergonzoso en admitir que necesitas ayuda. ¿Tengo razón, o no?- Louise, algo sorprendida por las palabras de su familiar, simplemente asintió-. Bien, ahora, agarra el farol, y concéntrate en realizar el conjuro.
-¿Pero no te acabo de decir que…?
-Tú confía en mí, Louise- dijo Calcifer-. ¿Confías en mí?- Louise miró dubitativa a su familiar. ¿Realmente confiaba tanto en ella? Estaba claro que nunca antes la había visto realizar magia y fallar, o de lo contrario no estaría diciendo aquello. Seguro que en cuanto lo mandara todo a volar por el aire como siempre hacía el se reiría de ella como todos los demás, o simplemente se sentiría decepcionado por haber confiado tontamente en aquel fracaso de maga. Después de todo, ella era Louise la Cero. ¿Por qué se molestaba siquiera en creer que podía hacerlo?
Sin embargo, la llama de su corazón (bromas aparte) no se había extinguido. Dentro de ella, en lo más recóndito de su ser, aun había esperanza. Esperanza de hacer magia correctamente y que sus compañeros la aceptaran. Esperanza de que su familia reconociera su valor y dejaran de sentirse decepcionados con ella. Esperanza de que, por fin, pudiera ser feliz sin que tener que endurecer su corazón y mostrar una dureza e indiferencia que en realidad no sentía, dejar de fingir que las bromas e insultos de los demás no le dolían, dejar de hacer ver que no lloraba en su cuarto algunas noches que se había sentido especialmente miserable, dejar de sentirse tan sola.
¿Confiaba en él? Sabía bien poco de aquella pequeña llama, y esta apenas sabía algo de ella. Sin embargo, Calcifer estaba dispuesto a jugársela y a creer en ella. ¿Cómo podía ella, siendo una noble, y una de la Vallière nada menos, no corresponder aquella confianza?
-…está bien-dijo Louise, agarrando el farol de Calcifer mientras los demás estudiantes contemplaban la escena con interés. Fuera lo que fuera que ocurriera a continuación, sería digno de verse.
Con el farol de Calcifer en una mano, y su varita en la otra, Louise cerró los ojos, concentrándose en llamar a la magia que dormía en su interior. Esa parte era la sencilla. Convocar el poder mágico de uno era, literalmente, lo primero que se le enseñaba a los nobles en las clases de magia privadas, mucho antes de mandarlos a sitios como la Academia para pulir sus habilidades. Conectándose con su fuente interna de poder, Louise se dispuso a pasar a la parte que nunca le funcionaba: el conjuro. Siempre que intentaba lanzar el conjuro correctamente, era como si su poder se descontrolara y provocara una explosión en vez de funcionar como ella esperaba. Por suerte para ella, justo cuando se disponía a recitar las palabras del conjuro, sintió una presencia extraña en su mente. Dicha presencia le era extrañamente conocida, a pesar de no haberla sentido nunca antes en su vida.
-Tranquila, Louise-dijo la voz en su cabeza, llamando de repente la atención de Louise. Esa voz… ¿Calcifer?-. Haremos esto juntos. Deja que una mi poder al tuyo…
De repente, un nuevo torrente de poder atravesó a Louise. Si bien no era precisamente pequeño tampoco, a diferencia del de Louise este presentaba una forma definida y estable. La diferencia entre el control que presentaban era bastante obvio, como comparar una roca con un diamante. El nuevo torrente de poder se entrelazó y enredó con el de Louise, uniéndose a él y formando un nuevo cauce de energía más grande y estable, algo tan grande que la joven maga no podía ni creerse la potencia que tenía. Sin dudar ni un instante, Louise empezó a entonar el conjuro, mientras el resto de la clase contemplaba expectantes el resultado final. Mientras Louise entonaba las palabras del hechizo en cuestión, Tabitha y Kirche se fijaron en que el familiar de la joven pelirosa había cambiado de color ligeramente. EN vez de ser completamente rojo y anaranjado, ahora tenía como pequeñas partes de su cuerpo ardiendo de color azul, con sus llamas ardiendo tan intensamente que algunas se desbordaban por entre los agujeros del farol. La mirada del cambiado familiar era una de concentración y esfuerzo.
-Tabitha… ¿qué crees que están haciendo?
-…desconocido…
Finalmente, Louise abrió los ojos, pronunciando la última palabra y agitando su varita en dirección a la vasija de tierra. "Que sea lo que el fundador quiera…" pensó Louise, nerviosa por como resultaría todo aquello, sin atreverse del todo a mirar, pero obligándose a no apartar la mirada. La punta de su varita brilló, y de repente la tierra contenida en la vasija empezó a ondularse y cambiar de forma. Bajo la sorprendida mirada de toda la clase, y la todavía más sorprendida mirada de Louise, la tierra que la joven había hechizado empezó a alzarse y a adoptar formas cada vez más extrañas y complejas, sin que hubiera ni el más mínimo atisbo de explosión. En menos de un segundo, la escultura estaba terminada.
Nadie dijo nada. Todos miraban boquiabiertos a la escultura y a Louise alternativamente, demasiado asombrados como para comentar nada. Louise era, precisamente, la más sorprendida y la más boquiabierta de todos. Calcifer, por su parte, contempló el resultado final bastante satisfecho.
-…Me…me ha salido…-empezó a decir Louise, sin atreverse a despegar los ojos de su escultura por miedo a que desapareciera o (no lo quisiera Brimir) explotara.
-Sí. Buen trabajo, Louise- dijo Calcifer, sonriente.-A medida que los estudiantes se iban recuperando de la impresión de no haber salido volando por otra de las explosiones de la Cero, y de haberla visto realizar magia correctamente, empezaron a oírse murmullos y no tan murmullos por toda la clase. La profesora Cheverouse, al verse a salvo, soltó un disimulado suspiro de alivio, y se acercó a su estudiante.
-Si, muy bien hecho, señorita Vallière. Un trabajo excelente, de verdad. Tengo que admitir que…
-…Me ha salido…-continuó diciendo, sin acabar de creérselo. Calcifer miró algo extrañado a Louise, quien seguía absorta en la pequeña escultura de tierra.
-Ehmm…Louise… ¿Estas bienAAAAaaagh?-exclamó Calcifer, cuando de golpe y porrazo Louise lo lanzó hacia arriba, sonriendo de pura felicidad.
-¡Me ha salido!-aclamó, riendo inocentemente mientras atrapaba a Calcifer en el aire con un fuerte abrazo, dando vueltas sobre sí misma entre risas de gozo y alegría. Tras la sorpresa inicial, Calcifer se unió a la celebración, riendo del mismo modo mientras trataba de ignorar las nauseas que tantas vueltas le estaban causando.
Mientras, el resto de alumnos siguieron comentando lo ocurrido entre ellos, incapaces de creer el milagro que acababan de presenciar.
-¿Habéis visto? ¡La Cero ha hecho magia!
-¿Estás segura de eso? Es posible que se trate de un truco.
-Imposible. Todos estábamos mirando, y está claro que fue ella quien hizo el conjuro.
-Ese familiar hizo algo, estoy seguro. ¿Cómo si no iba ella a hacer magia por si sola?
A su vez, solo una de las estudiantes no se encontraba murmurando. En vez de eso, se puso de pie, y aplaudió con genuina alegría a la joven pelirosa. Se trataba de Kirche, quien a pesar de considerarse la rival de la de la Vallière, en el fondo le caía bastante bien, y verla tan contenta la ponía feliz a ella también. Tabitha, por su parte, no dijo nada. Sin embargo, Kirche notó que, para variar, su mirada no estaba posada en el libro abierto que sostenía entre sus manos, sino en la singular pareja formada por la maga que no dejaba de agitar a su familiar, y este, que no dejaba de implorarle entre risas que se estuviera quieta. Kirche sonrió.
-¿Ves algo que te interese, Tabitha?- Tabitha no dijo nada, volviendo a centrar su atención en el libro como si nada, pero no consiguió engañar a Kirche.
-Por cierto, familiar-dijo Louise, abrazando el farol como si de un peluche se tratara-, ¿qué se supone que es eso?-preguntó, señalando con la mirada la escultura que habían creado juntos. De dos palmos de altura, parecía un cruce entre una montaña de basura, una especie de rana extraña, y… ¿un castillo? La base tenia forma de bestia, con cuatro patas similares a las de un saltamontes, mientras que la parte de delante parecía más propia de una rana de ojos saltones. Por encima, numerosas formas inconexas se apilaban las unas sobre las otras, todas con la vaga impresión de ser habitaciones, pasillos y demás estancias. Múltiples chimeneas y tejados brotaban aquí y allá, como si mil fuegos ardieran en sus entrañas.
En resumen, era algo que Louise no había visto nunca. Calcifer, por su parte, sonrió nostálgico.
-Nada. Solo un recuerdo…
Más tarde, en las cocinas:
-¡Venga, come sin miedo, Nuestra Llama!- exclamó en voz alta Marteur, el cocinero jefe de la Academia. El siempre sonriente chef había enviado una solicitud a Louise para que le permitiera a Calcifer visitar las cocinas a la hora de cenar, puesto que todo el servicio deseaba agradecerle que hubiera salido en defensa de su compañera Siesta. Ante la insistencia de Marteur y del propio Calcifer ("¡Por favor, porfavorporfavorporfavor! ¿Tienes idea de cuánto hace que nadie me invita a una fiesta?", había sido el argumento del lloroso familiar), Louise había acabado aceptando, con la condición de que Calcifer le fuera devuelto antes de que ella se fuera a dormir, es decir, antes de medianoche.
Así pues, la misma Siesta había llevado a Calcifer a la cocina, donde los cocineros y el barbudo chef habían organizado un improvisado banquete a base de las sobras de aquel día, pero que no por ello estaba menos delicioso.
-¿Nuestra Llama?-preguntó extrañado Calcifer, mientras "mordisqueaba" un muslo de pollo, arrancando pedazos de carne que se convertían rápidamente en cenizas en su interior.
-¡Por supuesto! Tú, que saliste en defensa de una plebeya al enfrentarte en duelo con aquel pomposo noble, eres el símbolo del ardiente espíritu inquebrantable de nosotros, el proletariado. Por ello, ¡esta fiesta es para ti! ¡Salud!-dijo, levantando un vaso, gesto que fue imitado por el resto de los criados y criadas que habían podido asistir a la celebración. Calcifer, que no podía beber, levantó un vaso de serrín. Según él, era lo más parecido a un líquido que él podía beber.
La fiesta prosiguió durante unas cuantas horas más, con Marteu tan animado que incluso intentó besar a Calcifer. Para poder sacárselo de encima, el pequeño familiar se vio obligado a chamuscarle un poco la barba, lo cual en vez de enfurecerle o asustarle solo le sirvió como excusa para reírse con más fuerza, provocando que tanto a Calcifer como al resto del servicio les cayera una cómica gota de sudor por la cabeza.
Finalmente, llegó la hora de volver. Siesta se ofreció a transportarlo, ya que si bien Calcifer había aprendido a hacer rodar su farol, no podía subir escaleras ni abrir puertas.
-Le agradezco que decidiera aceptar la invitación, señor Calcifer- comentó sonriente Siesta, llevando con cuidado en ambas manos el farol de la pequeña llama, que se daba palmaditas de satisfacción en su abultado vientre-. Realmente todos nos lo hemos pasado muy bien.
-Si, ha sido sensacional-comentó satisfecho Calcifer, soltando un breve eructo de humo que arrancó una risita a Siesta-, pero no hace falta que me llames señor, ni que me trates de usted. Llámame solo Calcifer.
-Muy bien…Calcifer. En ese caso, siéntete libre de llamarme solo Siesta.
-Un placer, Siesta.
La pareja prosiguió su camino por los jardines de la Academia, charlando animadamente sobre temas intrascendentes, simplemente disfrutando de la compañía y de la charla banal. Eventualmente, la conversación pasó a temas más personales, como la familia o el lugar de origen. Mientras que Calcifer se mostró algo esquivo al respecto, Siesta no tuvo problemas en charlar cuanto rato hiciera sobre su vida, describiéndole a Calcifer las maravillas de Tarbes, su pueblo natal, y contándole divertidos anécdotas y vivencias que había vivido allí con sus hermanos y hermanas pequeños, y con sus padres. Era precisamente por ellos que Siesta había ido a trabajar a la Academia, donde gracias a su sueldo como criada su familia podía vivir y comer incluso aunque sufrieran una mala cosecha.
Al escucharla, Calcifer se compadeció de ella. A pesar de lo sonriente e inocente que parecía, Siesta era muy madura para su edad. Si fuera posible, le gustaría echarle una mano, pero poco era lo que podía hacer. Aunque…
-Dime, Siesta… ¿qué te parecería convertirte en la criada personal de Louise?-propuso Calcifer de repente-. De esta forma, ella tendría a alguien que pusiera orden en esa leonera a la que llama habitación, y tú tendrías un segundo sueldo y algo de protección contra indeseables como el rubito de otro día, ya que quedarías bajo la protección de la pelirosa.
Lo repentino de la oferta sorprendió a Siesta. Sonaba demasiado bien para ser cierto, o tan fácil.
-Ah, bueno… Admito que estaría bien ganarse un dinerillo extra, pero…
-¿Ocurre algo?
-Es que…, no sé si me aceptará. Quiero decir, no tengo referencias ni nadie que hable en mi nombre, así que no se si…
-¡Tonterías!-dijo Calcifer-. Tu dime si sí o si no, y yo me encargaré del resto. Confía en mí, ¿vale?
Siesta lo meditó durante unos instantes. A pesar de lo bien que le vendría aquel trabajo, por dentro no podía evitar sentir dudas. Después de todo, Calcifer era solo un familiar. ¿Cómo iba él a convencer a una noble de hacer lo que él quisiera? Aun así, no perdía nada por decir que sí. Después de todo, Calcifer le había propuesto la oferta de buena fe, de manera que no pasaba nada por agradecérselo y aceptar.
-Muy bien, Calcifer. Acepto-dijo Siesta, sonriendo.
-¡Estupendo! Me encargaré personalmente de hablar con Louise. Con un poco de suerte, mañana mismo recibirás el aviso-dijo Calcifer con total seguridad. Aunque no albergaba muchas esperanzas de que dicha oferta se cumpliera, Siesta se sintió conmovida por la amabilidad del familiar. Sonriendo, abrazó fuertemente el farol de Calcifer, enterrándolo contra su abultado pecho.
-¡S-s-Siesta! ¿¡Q-qué haces…!?-preguntó avergonzado Calcifer, al verse enterrado entre aquellos dos magníficos bultos de carne femenina.
-Ji ji, nada. Es solo que hacia algo de frio, y tú eres tan cálido…-comentó ella con dulzura. Calcifer no podía sangrar por la nariz porque, bueno, ni tenía sangre, ni tenía nariz. Pero definitivamente este sintió como un reguero de llamas rojas le goteaba donde él tendría la nariz, mientras sentía como sus llamas se hundían en aquel paraíso blando y que olía tan bien. "¿Por qué Louise no podía tener este par de regalos divinos ella también?", pensó el lujurioso familiar.
En ese mismo instante, habitación de Louise:
Mientras Louise se cepillaba diligentemente su larga melena, de repente sintió un escalofrío, y unas ganas tremendas de hacerle mucho daño a alguien.
Extrañada, miró a su alrededor, para después proseguir con su tarea, algo mas malhumorada que antes. Qué extraño…
Más tarde:
Finalmente, Siesta y Calcifer llegaron al pasillo donde se encontraba la habitación de Louise. De pronto, fueron conscientes de que no estaban tan solos como se esperaban, puesto que algo les estaba esperando enfrente mismo de la puerta de la habitación. Allí, con casi dos metros y medio de largo y una flamígera cola, se encontraba una enorme salamandra de color rojo fuego, que se quedó mirando fijamente a la perpleja pareja.
-…Siesta-susurró Calcifer, sin dejar de mirar a la criatura.
-… ¿sí?- preguntó algo asustada Siesta, quien tampoco podía dejar de mirar a la salamandra.
-¿Tienes idea de lo que es eso?
-Creo…creo que es el familiar de la señorita Zerbest.
-Ah… ¿y-y qué demonios hace ahí parado?
-N-n-no lo sé, pero viene hacia aquí…
Efectivamente, la salamandra había empezado a dirigirse hacia ellos. Petrificados por la impresión, Siesta y Calcifer solo pudieron contemplar temblorosos como el enorme reptil se posicionaba junto a ellos, y como se erguía sobre sus dos patas traseras, usando su cola a modo de apoyo. Puesto de pie, sacaba casi una cabeza a Siesta, quien se quedó mirando al animal sin atreverse a gritar siquiera.
Sin previo aviso, la salamandra se inclinó, agarrando entre sus fauces el farol de Calcifer.
-… ¿eh?-preguntaron al unísono Siesta y Calcifer.
De un tirón, la salamandra le arrebató a la criada el farol, dirigiéndose velozmente hacia la otra de las habitaciones del pasillo, con el sorprendido familiar aun en la boca.
-¿¡Eeeeeeh!?-exclamó, mientras era arrastrado sin remedio al interior de la habitación. Después de meter la totalidad de su cuerpo dentro, la salamandra cerró de un portazo.
Siesta se quedó perpleja en el centro del pasillo, mirándose las manos mientras trataba de asimilar lo que acababa de pasar.
Pasó un segundo…Luego dos…Y finalmente, tres segundos.
-¿¡EEEEEEEeeeeeee!?
Habitación de Kirche:
La salamandra escupió el farol en el centro de la habitación, iluminada solo por unas cuantas velas repartidas estratégicamente para darle al ambiente un toque sensual. Calcifer acabó dando vueltas en su farol, mientras no dejaba de preguntarse alarmado qué diantres se proponía aquel lagarto gigante.
-Bienvenido a mi cuarto, mi pequeña llama-dijo una voz cargada de sensualidad y deseo, llamando de golpe la atención de Calcifer y haciéndole olvidar por completo cualquier pensamiento relacionado con la salamandra-. Si no recuerdo mal, tu nombre era…Calcifer, ¿verdad?
Ante él se encontraba Kirche, la misma chica que el otro día había intentado compartir su desayuno con él, solo que vestida de una forma un tanto más…era difícil de describir. "Vestía" (por decir algo. Aquellos cuatro trozos de tela apenas llegarían a ser considerados ropa) un conjunto bastante provocativo de color purpura que dejaba a la vista la gran mayoría de sus curvas y exhibía sus largas y torneadas piernas, mientras que su roja melena le cubría elegantemente los desnudos hombros. La brillante mirada de la joven, la cual contrastaba con las oscuras sombras de su cuerpo contra la luz de la luna llena que entraba por la ventana, se encontraba clavada en la de Calcifer, que se sentía como un pequeño ratón en el punto de mira de un gigantesco halcón. Un halcón semidesnudo, provocativo y que poseía tanto pecho que Calcifer se preguntó cómo demonios podía tener la misma edad, si no una muy parecida, a la de su pequeña y poco desarrollada ama.
Si no hubiera visto como se solía vestir la joven, Calcifer habría sospechado que Kirche se había vestido así para tentarle. Pero habiendo visto lo que ella solía llevar a diario, Calcifer decidió no sacar conclusiones precipitadas. Por lo que sabía de ella, aquello bien podía ser su pijama de cada día.
-Si, así es. Diría que "bienhallado", pero como que el recibimiento a base de salamandra gigante ha roto un poco el ambiente-comentó Calcifer, procurando no perder de vista ni a la sonriente maga, ni a su gigantesco familiar, que lo contemplaba con lo que Calcifer juraría que eran ojos hambrientos desde una esquina.
-Oh, ¿hablas de mi Flame? Puedo asegurarte que no te hará ningún daño-dijo ella, moviéndose hacia su salamandra y acariciándola suavemente-. Él únicamente ha seguido mis instrucciones de esperarte para poder traerte aquí. No le guardes rencor.
-¿Traerme aquí? ¿Para qué?-preguntó Calcifer, desconfiado. A modo de respuesta, Kirche se limitó a sonreír, recogiendo a Calcifer del suelo y enterrándolo entre sus pechos de un abrazo, justo como Siesta había hecho momentos antes. La sensación, sin embargo, era totalmente diferente.
-¿Acaso no es obvio? ¡Estoy enamorada, por supuesto!-exclamó ella, contemplando con deseo a la pequeña llama, que hacia cuanto podía por evitar asfixiarse entre tanta carne blanda (¿podía llegar realmente a asfixiarse? Mejor no jugársela)-. Nosotros, los Zerbest, somos conocidos por nuestra ardiente pasión, y yo soy conocida como Kirche la Ardiente. ¿Entiendes lo que quiero decir?-preguntó entre inocente y seductora, acercándose a Calcifer a la cara con la aparente intención de besarlo. Rojo como un tomate, Calcifer trató de poner sus lenguas de fuego en su camino, procurando no quemarla por accidente.
-¡E-e-e-esp…espera un segundo! ¿Enamorada? ¿¡De mi!?-preguntó alarmado, mientras pugnaba por evitar los carnosos labios de la joven-. ¡Pe-pe-pero si ni siquiera soy humano!-Finalmente, Kirche consiguió darle un beso al avergonzado familiar, para después sonreírle con picardía y dejarlo en su mesita de noche. Mientras Calcifer trataba de reponerse de la impresión, Kirche se estiró a su lado en la cama, obviamente luciéndose para él.
-No hablo de esa clase de amor, pequeñín. Hablo de otra cosa…-dijo, pasando el dedo juguetona por los barrotes del farol-. Estoy enamorada de tu fuerza, de tu llama, de tu ser… Flame es mi familiar, y no lo cambiaría por nada del mundo, pero…-Kirche rozó con el dedo el lugar donde se encontraba el corazón de Louise, provocando que Calcifer pegara un bote de la impresión. Kirche se limitó a reír al sonrojado familiar-… ¿Qué te parece? ¿Querrías dejar a esa Cero, y venirte conmigo? Te trataría mucho, MUCHO mejor de lo que lo hace ella…-propuso, ronroneando como una gatita y tirando ligeramente de su sujetador, exponiendo un centímetro más de su pecho.
Todas las alarmas de la mente de Calcifer se dispararon casi a la vez, mientras sentía como todo su cuerpo se ponía rojo de pura vergüenza y nervios. Estaba claro que le iba a decir que no, porque si bien Louise no era la maga con más paciencia del mundo, Calcifer siempre era fiel y nunca rompía un contrato para irse con otro. ¡Si, muy bien! Iba a inspirar, mirarla a los ojos…esos preciosos y brillantes ojos color ámb-¡Aaaah, céntrate!... y le iba a decir bien clarito lo que pensaba.
-Mira, Kirche. Yo…
-¡Kirche!-exclamó alguien desde la ventana, interrumpiendo a Calcifer. Se trataba de un estudiante de tercer año, a juzgar por el color purpura de su capa. Por la cara que ponía, estaba bastante cabreado.
-¡Oh, Styx!-dijo Kirche, ligeramente sorprendida.
-Vine porque no te encontré en nuestro punto acordado, y aun no te has ni vestido.
-Si, es que me ha salido otra cosa. ¿Crees que podríamos cambiarlo para dentro de dos horas?
-¡Ese no era el plan!-respondió el joven noble. A modo de respuesta, Kirche agitó la varita, conjurando una flamígera serpiente desde una vela que se abalanzó sobre Styx, derribándolo entre gritos contra el suelo.
-Disculpa por la interrupción. ¿Qué me decías…?-dijo Kirche, volviéndose hacia Calcifer. Este carraspeó un poco, tratando de recuperar un poco el ambiente anterior.
-Verás, lo que intento decir es…
-¡Kirche!–dijo otro noble, volviendo a interrumpir a Calcifer, que empezaba a mosquearse seriamente por tanta interrupción-. ¿Quién era ese que ha caído de tu ventana? ¿No se suponía que estabas calentando la noche para…?- De nuevo, Kirche lo derribó como al otro, haciendo uso una vez mas de su magia.
-Parece que tienes la agenda bastante apretada esta noche- comentó mordaz Calcifer, algo irritado por no poder hablar con libertad.
-¡Oh, es solo un amigo! De todas formas, ¿por dónde ibas…?
-Bien. Lo que intento decir…
-¡KIRCHE!-dijeron ya no uno, sino tres jóvenes a la vez, luchando a codazos entre ellos por hacerse un hueco en la ventana. Calcifer estaba rojo de ira-. ¿Qué estás haciendo? ¡Dijiste que no tenias otro-…AAAAAaaaah!- Antes de que pudieran seguir, Calcifer se giró hacia ellos, abrió la puertecita de su farol, y exhaló una gigantesca bocanada de fuego contra ellos, lanzándolos de vuelta por donde habían venido. Kirche lo observó todo con no menos asombro y fascinación. Cada vez le gustaba más, aquel pequeñín.
-¡Bien! ¡Vale! ¡Genial! ¿Tienes por ahí algún otro "amigo" del que encargarte, o voy a poder hablar claro de una vez?- comentó Calcifer, oscilando de puro enfado. A pesar de su rabia, Kirche no pudo evitar pensar que estaba bastante mono de aquella manera.
-No, esos eran todos. Muy impresionante, esa llamarada.
-Gracias. La verdad, no sé ni cómo lo he hecho…-Mientras hablaba, Calcifer no se dio cuenta de que Kirche lo había agarrado, y lo había vuelto a agarrar entre sus brazos, estirada de lado en la cama.
-Te adoro, Calcifer. Quiero que seas mío-dijo dulcemente Kirche.
Para entonces, los ojos de Calcifer ya daban vueltas, varios hilillos de vapor saliéndole de varios puntos de la cabeza, mientras trataba desesperadamente de encontrar una manera de salir de esa situación. ¿Qué hacer, qué hacer…?
De pronto, la puerta de la habitación se abrió de par en par. Girándose, Kirche y Calcifer se encontraron en su umbral a una bastante mosqueada Louise, vestida con su camisón de dormir, y detrás a una medio escondida Siesta, que no sabía si entrar o salir. Por alguna razón, a pesar de su enfado, Louise parecía… ¿ruborizada?
-¡Kirche!-exclamó Louise, entrando decidida en la sala-. ¿De quién te crees que es el familiar que estas tratando de robar?- Kirche se sentó en la cama, dejando a un lado a Calcifer.
-¿Y qué quieres que le haga?-preguntó, encogiéndose de hombros-. El amor y el fuego son el destino de los Zerbest. Es el instinto el que me lleva a enamorarme, sobre todo si mi amorcito esta hecho de fuego-comentó, sonriendo a Calcifer mientras acariciaba su farol con la mano. Louise contempló con creciente enfado la escena, poniéndose por alguna razón más roja todavía.
-Nos vamos-dijo rápidamente, agarrando el farol y saliendo con paso firme y apresurado de la estancia. Kirche suspiró al ver alejarse a la joven Vallière, mientras la criada que la seguía se apresuraba a inclinar la cabeza en su dirección, y a cerrar la puerta. Flame apoyó su cabeza en el regazo de Kirche, permitiendo que esta se la acariciara pensativa.
El primer intento no había funcionado. Bueno, daba igual.
Mañana lo volvería a intentar, pensó con una sonrisa.
Habitación de Louise, mas tarde:
-Vale, antes de que digas nada, quiero que sepas que considero que eres una gran persona, una mujer de firmes principios y con un corazón compasivo, y que todo lo que ha pasado en esa habitación ha sido, en todo momento, en contra de mis deseos y voluntad-se apresuró a decir Calcifer cuando Louise lo dejó apoyado en la mesa. Las sombras ocultaban parcialmente su rostro, lo cual preocupaba bastante a Calcifer, ya que no le permitía saber como de enfadada estaría Louise con él. Sentándose en la silla, Louise se quedó contemplando a su familiar durante unos segundos sin decir nada, aumentando la tensión en la sala. Calcifer solo podía quedarse callado en su farol, a la espera de que su ama empezara a chillarle con fuego en la mirada. Sin embargo, y para su sorpresa, Louise únicamente suspiró.
-Tranquilo, no estoy enfadada contigo. La criada me lo ha contado todo-dijo, señalando con la cabeza a Siesta, que se había mantenido en silencio junto a la puerta, tan inquieta o más que Calcifer.
-¿Ah, sí?
-Mmm-hmm. Vino a buscarme tan pronto te metió en su alcoba. Quiero pensar que no, pero… ¿hiciste algo de lo que deba estar al corriente?-preguntó Louise, mirando de repente con ferocidad y suspicacia a Calcifer, que se quedó rígido de la impresión.
-¡P-p-por supuesto que no! Quiero decir, ¡mírame! No tengo brazos ni manos. Poca cosa podría haberle hecho-exclamó Calcifer-. Además, aunque os encuentro monos y entrañables, los humanos no me interesáis en ese aspecto.
-Mmmm…está bien, te creo-dijo Louise-. Aun así, explícame una cosa.
-¿El qué?- Por alguna razón, Louise volvía a estar roja, mirando a un lado como si sintiera vergüenza por algo.
-¿P-p-p-por qué…Q-q-qué es lo que me pasa? Estaba bien hasta hacia un instante, y-y-y de pronto empecé a sentirme r-rara…-preguntó ella, incapaz de seguir ocultando su rubor. Nada más verla, Calcifer entendió lo que pasaba.
-Ish…ya sé lo que pasa…
-¿El qué? ¿Qué ocurre?
-Es un efecto secundario de compartir el corazón. Las emociones extremas pasan de uno al otro, de manera que si uno de los dos se enfada en exceso, se excita o se pone triste, el otro también lo sentirá.
-¡¿Q-q-qué?! Pero eso…un momento…-dijo, dándose cuenta de algo. Enfadada, volvió a centrar su atención en Calcifer, con sus mofletes aun enrojecidos-. ¡Eso significa que si que estabas excitado cuando estuviste con Kirche!- Calcifer se llevó la mano a la boca. ¡Esa maldita bocaza suya…!- ¡Maldito familiar rastrero, traidor y lujurioso! ¿Qué es eso de "los humanos no me interesan"? Si es verdad, ¿¡porque siento que te excitaste tanto con Kirche!?- le increpó Louise, agarrando el farol de Calcifer y pegándoselo a la cara. Por su parte, Calcifer procuró mirar hacia otro lado, sonriendo inocentemente.
-N-n-no sé de qué me hablas…-dijo, tratando de disimular.
-¡No te hagas el tonto conmigo! Por tu culpa, cuando he entrado ahí…- Louise apretó el puño, verdaderamente cabreada por la vergüenza que había pasado al entrar en el cuarto de esa maldita Zerbest. Por culpa de su familiar, había entrado ahí más excitada que un animal en celo, y al ver a Kirche con su erótico conjunto había sentido como la cabeza se le iba por unos instantes. De no ser por su autocontrol, se le habría tirado al cuello allí mismo, y solo el santo fundador sabe qué clase de abyectas perversiones podrían haber acabado haciendo. Solo de pensarlo…se ponía roja… ¡Eso no está ayudando!-…Grrrrrr…Ten por seguro que tendrás tu castigo por esto.
-Ya…entiendo…-dijo Calcifer, algo desanimado-. Por cierto, antes de que se me olvide- se apresuró a añadir, tratando de cambiar de tema para hacerle olvidar a Louise todo lo ocurrido-. He estado pensando, y ya sé que es lo que quiero de recompensa.
Louise se sintió muy tentada de decirle que no, y negarle lo prometido a juzgar por su comportamiento de antes, pero en vista de que él no lo había buscado, decidió ser un poco benevolente al respecto, y seguirle el juego.
-A ver, ¿Qué quieres?-preguntó, como si en realidad no le interesara.
-Pues verás, me preguntaba si podrías convertir a Siesta, aquí presente, en tu criada personal.- Siesta, al oír su nombre, se apresuró a cuadrarse ante Louise, que la observó de reojo sin mucho interés.
-Ah…Yo…yo soy Siesta. Un placer conocerla, señorita-dijo, haciendo una profunda reverencia.
-¿Una criada personal? ¿Para qué?-preguntó Louise.
-¿No es obvio? Para que alguien recoja este desastre-explicó Calcifer, señalando toda la habitación con sus brazos. Realmente, la habitación dejaba un poco que desear. Ropa por el suelo, apuntes y papeles por todas partes,… Estaba claro que eso de recoger no despertaba el interés de la joven Vallière-. Además, no podrás seguir metiendo la ropa sucia bajo la cama mucho más tiempo. Por lo que he podido ver, ese sitio está a punto de colapsar.- Louise se puso roja de vergüenza una vez más.
-¿C-c-como te has enterado? Mira, da igual, ¡solo cállate!- Louise valoró la situación, observando mas atentamente aquel desorden y a la criada, que trató de mostrarse alegre y servicial en todo momento. La verdad era que una criada no le vendría mal. Por suerte, la paga de sus padres serviría para pagarle el salario, y así no tendría que preocuparse más por la colada, por ordenar su cuarto,…
-…está bien. Mañana hablaré con el viejo Osmond para hacer el contrato-dijo Louise, para alegría de Calcifer y Siesta. Antes de que Calcifer pudiera darle las gracias a Louise, Siesta se abalanzó sobre él, estrechándolo en otro de sus abrazos mientras sonreía de pura alegría.
-¡Muchas gracias, Calcifer! ¡Mantuviste tu promesa por mí! ¡Gracias, gracias, gracias!- Calcifer, a pesar de saber bien que Louise estaba mirando, no pudo evitar sonreír como un bobalicón al encontrarse enterrado de nuevo entre aquellos dos magníficos monumentos a la suavidad.
-No, si no ha sido nada…jejeje…je…- Una creciente aura asesina le sacó de aquel trance. Girándose hacia su origen, se encontró con Louise, que parecía a medio camino de convertirse en un furioso demonio de pelo rosado. Calcifer y Siesta se echaron a temblar.
-T-t-tu… ¡Tu…! ¡MALDITO FAMILIAR LUJURIOSO!-exclamó Louise, abalanzándose furiosa sobre la aterrada pareja.
Los gritos de los tres pronto poblaron la noche, su eco perdiéndose en la distancia.
Yyyyy, lo dejamos aquí por ahora. En un principio, este capítulo iba a seguir hasta la Exhibición, pero he decidido cortarlo aquí para que no sea demasiado largo.
