Los vikingos han llegado por fin a tierra. Dinamarca lo ha gozado cuando su padre le ha permitido sentarse en sus rodillas y dar las ordenes. Noruega lo ha mirado con la nariz arrugada durante todo el proceso. No porque se muriera de la envidia al ver como el niño estaba sentado en las rodillas de su padre, quien gesticulaba una mueca parecida a una sonrisa, no. El danés no ha dejado de dar gritos con esa vocecita chillona durante media hora. Pero gracias a los dioses llegaron sanos y salvos a su destino. Porque hay que reconocerlo, al danés se le daba genial eso de hacer de capitán y dar órdenes. Nada más llegar comenzaron a armar los campamentos donde se instalarían. Después de eso se prepararan para ir a inspeccionar la zona. Durante su breve estancia Escandinavia (y todos en general) han notado que se trata un lugar húmedo, de condiciones similares a la isla donde Noruega ha hecho muy buenas migas con ese niño rubio de cejas gruesas al que ya conocemos como Inglaterra, puesto que en esta época los vikingos han conseguido saquear varias zonas de la isla de Gran Bretaña, pero sólo el sur. Porque en el norte hay un adolescente pelirrojo, con unas cejas igualitas que las de Inglaterra que defiende su territorio con uñas y dientes... Y flechas, sobre todo flechas, o si no preguntádselo a los vikingos a los que ha dejado tuertos.

Mientras tanto, Dinamarca y Noruega están en un refugio improvisado que los aisla de la lluvia y según el danés de toda la diversión. Los ojitos azules miran suplicantes a Escandinavia, que es inmune a cualquier tipo de chantaje emocional, al menos aparentemente. Escandinavia, el hombre de hielo.

Pero Dinamarca es insistente y no para de parlotear, según él argumentar los motivos por los que sí debería dejarle ir con ellos. A lo que el escandinavo responde con un gruñido en el que se entiende un ''Nej''.

—Pero faaar...—suplica el pequeño por enésima vez.

—He dicho que nej— sentencia el adulto antes de partir en su expedición.

—Jooo...

—Os quedaréis aquí y obedeceréis a Argus, ¿de acuerdo?

Ja, far—asiente Noruega, tan indiferente como siempre.

Ja, ja—acepta Dinamarca a regañadientes.

Escandinavia enarca una ceja y carraspea.

Danmark...

El aludido bufa, fastidiadito porque él es un vikingo de verdad y quiere ir a explorar con el resto. No quedarse vigilado por Argus, que por cierto es el vikingo más joven. Sí, ese chico de quince años rubio, flacucho y desgarvado, con unos ojos azules enormes que miran a los críos de Escandinavia con pánico una vez todos los vikingos han partido, dejándolos totalmente solos.

Dinamarca escruta a Argus con la mirada, poniéndolo aún más nervioso y eso que una parte de su subconsciente está agradecido por la ausencia de Suecia que es el que más mal rollo le da de todos los hijos de Escandinavia. Noruega observa atentamente al danés cuando se le dibuja una sonrisa malignilla en el rostro y pone los ojos en blanco, sabiendo de antemano que sea que lo que sea que se le haya ocurrido al niño no va a acabar nada bien, y por desgracia él será inevitablemente arrastrado junto al pobre desgraciado de Argus.

Angus—el aludido se endereza cuando oye la vocecita del mayor de los niños.

—Esto... es Argus, señor.

Ja, ja, eso he dicho, Magnus—contesta haciendo un gesto con la mano, quitándole importancia.

Argus se revuelve un poco incómodo porque lo ha vuelto a decir mal, pero decide que es mejor no corregirle. Noruega bufa pensando lo idiota que es su hermano.

Ja?

—Me aburro—dice poniéndose de pie de un salto.

El joven vikingo parpadea perplejo y totalmente confundido durante unos instantes, antes de echarse a temblar otra vez, porque recuerda su infancia y que los niños de la aldea eran unos bestias, aunque comparados con los hijos del mismísimo Escandinavia seguro que eran corderitos dóciles y blanditos.

—¿Y qué podría hacer yo por usted?—Argus se hace un poco bolita aún en el suelo, aferrándose a su hacha.

—¡¿Pues que vas a hacer si no?!—pregunta el niño como si la respuesta fuera obvia, que de hecho lo es—. ¡Jugar, hombre, jugar!

El mortal abre los ojos como platos y le mira fijamente, para luego posar la mirada en Noruega, que no parece muy dispuesto a jugar. Y tampoco le parece muy sensato desobedecer al jefe que le ha dicho claramente que nada de moverse del sitio y nada de quitarles un ojo de encima.

—Ya, pero su father...

—¿Ves que far esté aquí?

Niega con la cabeza frenéticamente como respuesta, y el pequeño le dedica una amplia sonrisa.

—¡Pues ya está!¡Juguemos entonces!—da un salto acercándose a Noruega.

—Pero es que dijo que nada de movernos de aquí y que debía vigilarloooos—sigue resistiéndose un poquito, apretando la empuñadura de su hacha, nerviosito.

Dinamarca suspira comenzando a perder su escasa paciencia y se pasa la mano por el pelo. Toma aire y se gira al adolescente, dedicándole una de sus sonrisas de anuncio de dentífrico.

—Far no está aquí, además no tenemos porqué movernos del campamento, aquí tenemos el espacio suficiente para jugar los tres, ¿verdad que sí, Noru?

El noruego alza una ceja.

—A mí me da igual—dice con su habitual monotonía e indiferencia.

El no aún rey del norte sonríe victorioso y corre hacia su guardián, abalanzándose sobre él y lo hace sentir muy nervioso. Estos nórdicos y su poca costumbre al contacto físico, y Dinamarca que no tiene ni un pelo de tonto y se aprovecha de eso incluso sin darse cuenta. El hacha de Argus acaba en el suelo, olvidada.

—¿Entonces?¿Qué me dices?¿Jugamos?¡Juguemos, juguemos, juguemooooos!—chilla tomando las manos de Argus y haciéndole dar saltitos mientras hacen una especie de círculo.

La respuesta del muchacho es una carcajada que consigue arrancarle el pequeño danés.

Noruega suelta una risita casi imperceptible y bastante amarga al ver cómo sin tener que esforzarse demasiado el cansino de Anko ha obtenido lo que quería, y jamás lo aceptará pero le gusta un poquito verlo haciendo el tonto y riéndose como un bobo.

Argus se deja llevar, emocionado con los saltitos y empieza a cantar una cancioncilla que las niñas de la aldea solían cantar mientras hacían sus tareas, canción que Dinamarca por alguna extraña razón se sabe y canta a todo pulmón, hasta Noruega parece contagiarse un poco y la tararea. El oído inmaculado del danés capta la vocecilla del menor y se acerca hasta él, tendiéndole la mano para que se una.

El noruego se tensa al ver la mano con las uñas sucias de Dinamarca plantada muy cerca de su carita y sus mejillas adquieren un color rosado.

—¿Juegas o qué?—insiste aproximando más la mano al rostro del niño, que se mueve como si al entrar en contacto se fuera a quemar.

—Yo no juego a juegos tontos como ese—sentencia sin perder la compostura y manteniendo un tono muy calmado.

—¡No es tonto!¡Es divertido!

—Para los tontos las cosas de tontos son divertidas—dice con una sonrisita maliciosa.

Dinamarca decide no entrar en discusión porque entonces sabe que se acabara la diversión para todos y realmente tiene muchas ganas de jugar con Noruega. Así que toma aire y suelta las manos de Argus, colocándose junto al menor de los nórdicos.

—¡Ya sé!¡Juguemos al escondite!¿Qué te parece, Noru?¡¿No es una idea genial?!—no le deja tiempo ni a pensarse la respuesta—. ¡Claro que es genial, se me ha ocurrido a mí!¡Tú te la quedas, Anouk!—chilla señalando a Argus.

—Yo no sé si...

—¿Eh?¡¿Cómo que no sabes?!¡¿Nunca has jugado al escondite?!¡Es muy fácil, hombre!—le da una palmadita bastante bestia en la espalda y no sé cómo no lo ha desmontado.

—Lo es, él sabe jugar, así que imaginate—comenta Noruega de manera que la maldad no parece estar presente en su voz. Noruega, impasible desde tiempos inmemoriales.

—Pero es que yo no sé si es...

—¡No seas malo conmigo, Noruuuu!—al oír la vocecita del adolescente, Dinamarca se gira a él y vuelve a darle otra palmadita—. ¡Que sí, hombre, que sí!¡Es muy sencillo!¡Tú cuentas hasta veinte con los ojos cerrados y nosotros nos escondemos!¡Y luego tú nos tienes que encontrar antes de que lleguemos al punto donde comenzaste a contar y gritemos por mí y por todos mis compañeros!

—Ya, pero es queeee—Argus mira al suelo y hace circulitos sobre el suelo con el pie.

—¡Que no pasa nada, hombre!¡Verás tú que divertido!—lo empuja junto a uno de los árboles sobre los que han montado el refugio—. Tú sólo cierra los ojos—el adolescente parpadea confuso unos instantes, pero acaba obedeciendo—. ¡Eso es!¡Y recuerda: tienes que contar en voz alta hasta mil y cuando acabes grita bien fuerte listos o no allá voy!

—¿Mil?—chilla Argus, porque juraría que hace un segundo dijo veinte.

—¡Claro que sí, si a mil se llega en un pispás!Bueno, ¿que te parece empezar...?¡Ahora!

J-ja!—se pone recto colocando las manos sobre el tronco del árbol y cierra los ojos con fuerza—. ¡Uno, dos, tres...

Noruega flipa, porque jamás había visto a Dinamarca siendo tan avispado. El danés se limita a recoger el hacha que Argus abandonó en el suelo y agarra a Noruega de la muñeca con la mano libre, tirando de él hacia las profundidades del bosque, por la dirección contraria en la que fueron su padre y el resto de los vikingos.