El cazador tiene a su presa en el punto de tiro. Se trata de un pequeño conejo que está demasiado delgado como para poder alimentar a cualquier persona con su carne, pero al cazador le es indiferente, ha visualizado a su presa y sabe muy bien lo que quiere. Mantiene el ojo izquierdo cerrado con fuerza y no aparta el derecho de su víctima. Alza el arco y coloca bien la flecha, apunta, toma aire por la nariz y la mantiene mientras lentamente estira el brazo. El conejo no parece que vaya a moverse, el cazador lo celebra en su interior pensando que esta noche va a tener una cena decente en lugar de la comida que hacen las monjas y que por lo menos va a cazar algo que pesa y alimenta más que cualquier ardilla. Se dispone a soltar la flecha dirigida hacia su objetivo. Sus papilas gustativas ya saborean al pequeño animal y el poder de su imaginación es tan poderoso que siente cómo el estómago se le llena y se le calienta sin haber probado bocado aún.

ÉIREEEE!

La aludida suelta el aire de golpe y por ende también la flecha que acaba teniendo un aterrizaje desastroso contra el suelo, bastante lejos de donde estaba el conejo que ha salido despavorido al escuchar el grito. No sólo se ha quedado sin cena, se le ha roto una flecha, una de las que mejor le había salido y tanto trabajo le había costado hacer. Irlanda se aferra al tronco del árbol al que está subida y mira abajo donde su mellizo sigue berreando su nombre a los cuatro vientos.

La niña que no pasará de los 9 años baja de su escondite con agilidad y le tapa la boca a su hermano, consiguiendo asustarlo y sacarle una cara de asco, porque tiene las manos podridas de mierda. Irlanda del Norte o Úlster que es como se le conoce en esta época se revuelve nerviosito entre los brazos de su hermana. Irlanda lo aprieta entre sus brazos hasta que el niño atina sacando la lengua y lamiéndole la mano.

—¡Puag!—chillonea la cría soltándolo de manera brusca—. ¡¿Qué demonios crees que haces?!

—¡¿Yo?!¡¿Qué demonios haces tú, Éire?!La madre superiora te está buscando.

Irlanda se limpia las babas de la mano en su ropa, que consta de una camisa sencilla del mismo color marrón (que un día fue beige) que sus pantalones y una capa algo roída color verde. Úlster frunce el ceño cuando su melliza hace ese gesto, porque es consciente de que luego él se tendrá que poner esa ropa.

—Bueno, ¿y qué pasa? Supuestamente te busca a ti, hermanita—contesta con tono burlón dándole una colleja cariñosa y un tanto bestia al niño.

—¡No me llames hermanita!¡No sé en qué momento accedí a esta tontería!—refunfuña cruzándose de brazos y separándose de la irlandesa que se ríe maliciosamente.

—En el momento en el que descubriste que no tienes ni idea de cómo cazar.

—¿Ah sí?¡Como si tú lo hicieras mejor!¿Qué has cazado esta vez, una ardilla?¿Un jilguero a lo mejor? Si es una ardilla procura que no le salga espuma por la boca al menos, ya viste cómo acabó Seamus el gordo cuando se la comió.

—¡Agradece que fuera Seamus y no tú, idiot!—ahora es ella quien se indigna y se cruza de brazos—. Y por lo menos yo sé cazar una ardilla, otros ni eso.

Úlster abre la boca totalmente ofendido con esa indirecta bastante directa que acaba de soltar su hermana con la sonrisita malvada dibujada en su rostro lleno de pecas.

—¿Perdona?¡Tú eres una niña inútil que no sabe cocinar, ni coser, ni cantar o bailar!¿O es que ya no te acuerdas de cuando viniste a mí llorando diciendo Úlster, Úlster, ayúdame, soy un bloody desastre y ser una dama es muy difícil buaaaaaaah!

La piel de la niña adquiere una tonalidad rojiza y fulmina al chico travestido con su mirada de ojos verdes.

—¡Yo no lloré!¡Tú eras el que llegaba todo magullado y llorando después de cada entrenamiento o día de caza!¡Tú eres un bloody inútil!¡Debilucho y nenazaaaa!¡Y tú accediste a que nos cambiáramos los papeles!

—¡Marimacho!¡Yo nunca te pedí llevar estos vestidos feos!¡Ni esta cosa en la cabeza que pica! —lloriquea Úlster moviéndose el pañuelo que lleva en la cabeza, despeinándose el flequillo.

—A mí tampoco me gustaba llevar ese atuendo, pero reconoce que estás muy guapo con ese vestido y ese pañuelito— añade para restarle importancia a su pequeña discusión, aunque sigue usando ese tonito sarcástico siempre presente en los británicos.

—Tenemos la misma cara, el mismo cuerpo, el mismo pelo, ¡las mismas pecas!¡Somos mellizos! A ti te quedan exactamente igual—protesta arrancándose el pañuelo de la cabeza y tirándolo al suelo.

Irlanda se apresura a recogerlo y lo sacude, lanzándole una mirada asesina a su hermano.

—¿Estás tonto o qué?¡Si lo llegas a ensuciar después la madre superiora me riñe a mí!

—¡Tú ensucias mi ropa todo el rato!

—¡Yo tengo que cazar y además yo la lavo en el río!¡Tú eres un sucio!—dice acercándose a él e inspeccionando su vestido, que tiene una mancha enorme de barro en la falda—¡Me has ensuciado el vestido!Ahora tendré que lavarlo en el río. Quítatelo.

—Pero es que hace mucho fríoooo...

—¡Y yo no quiero que la vieja me riña por tu culpa!

—¡A mí me riñen todo el rato!

—¡Porque eres un guarro!¡Dame el vestido!—le ordena tomando la falda de la prenda con ambas manos y comenzando a levantárselo.

—¡No soy un guarro!¡Me bañé en el río el mes pasado!

Irlanda consigue tirarlo al suelo, allí se coloca sobre él y comienza a quitarle la cuerda ubicada en el cuello y sigue hasta un poco más abajo del pecho, para que le resulte más sencillo sacárselo por la cabeza. Obviamente hay forcejeos por parte de Úlster que resultan inútiles contra su hermana, tengamos en cuenta que la niña se pasa el día en el bosque, trepando, cazando, corriendo y muchas veces va a visitar al ''viejo'', también conocido como Hibernia para que le enseñe o le ayude, mientras que el niño se pasa el día en el convento con las monjitas, aprendiendo a limpiar, cocinar, rezar,tejer, rezar, leer la biblia, rezar, cantar, rezar, bailar y rezar.

Mientras estos dos pelean, por uno de los senderos cercanos donde tiene lugar esta batallita, Dinamarca va dando saltitos feliz de la vida cargando con su nueva hacha. Noruega le sigue con el semblante serio, pero pisándole los pies al danés porque no le gusta mucho la idea de estar solos en un lugar desconocido. De pronto, el mayor da un salto y se frena en seco. Al noruego le da un microinfarto y si encima le sumas que Dinamarca le coloca la mano que tiene desocupada en el pecho le dan otros dos. Un rubor aparece en las mejillas del niño en medio de aquel bosque húmedo y frío.

—¿Has oído eso?—le susurra el danés medio serio, medio entusiasmado.

Noruega niega frenéticamente con la cabeza y se arrepiente de no haberse quedado con Argus como su padre les indicó.

Ahora el pequeño sí que oye un griterío de lo que parecen ser dos niños. Berrean cosas en un lenguaje desconocido para los nórdicos, y al parecer no son palabras que pudieran escribirse en una tarjeta de cumpleaños. Porque a pesar de lo devotas que son los irlandeses, los mellizos están soltándose los peores insultos que puedan soltarse en celta.

—Volvamos con Argus—sentencia el menor tirando de la manga de su compañero.

—¿Estás de coña?¿Y si hay alguien en apuros?

—¿Pero tú has oído lo que están diciendo?—susurra indignado—. Las palabras que pappa no nos deja decir.

—¡No seas miedica!—le pica mientras le despeina—. Además, no tienes que preocuparte. Yo estoy aquí, te protegeré— finaliza con una sonrisa, mostrándole el hacha que ha tomado prestada y que probablemente no devuelva.

—Eres un idiota—chillonea en voz baja, sonrojándose de nuevo.

Dinamarca se ríe idiotamente y le toma de la mano, arrastrándolo hasta el lugar donde los mellizos están revolcándose en el pasto. Irlanda es la que va en cabeza, ya casi está terminando de desnudar a Úlster. Los nórdicos están acostumbrados a que en casa, las mujeres no tienen problemas de defenderse de los hombres que tratan de propasarse. Los miran asombrados, y el danés decide darle un tiempo a ver si la chica es capaz de darle su merecido al niño que está sobre ella y que curiosamente se parecen demasiado.

—Pero, ¿qué hace?

—Le está quitando el vestido—contesta Dinamarca como si no fuera obvio.

—Ya, pero, no hace nada. ¿Es tonta o algo? El mayor se encoge de hombros.

—No estamos en casa, Noru. Las mujeres de aquí son...

—Idiotas. Las mujeres de aquí son idiotas. Quiero volver a casa—dice aferrándose al brazo del niño de pelo despeinado. Éste le dedica una amplia sonrisa.

—Está bien, regresaremos con Angus.

—Argus—le corrige masajeándose el puente de la nariz con la mano libre y negando con la cabeza.

—Eso mismo he dicho—suelta una risita—. Pero antes...

Y antes de que el menor pueda quejarse, el danés ya ha tirado de él y se ha lanzado hasta donde los mellizos siguen forcejeando y han activado el modo centrifugado porque no paran de rodar y las flechas de la niña están por todas partes. Hasta que finalmente Irlanda vuelve a quedar arriba y suelta un ''Já'' de la victoria. Úlster sonríe con malicia porque su hermana está toda sucia, así que supone que él y su vestido estarán aún peor. Irlanda se da cuenta de la expresión malévola del pelirrojo y se gira para ver la falda del vestido, que ha pasado de ser beige a ser aún más marrón. En los labios de la cría se dibuja una perfecta ''O'' que manifiesta sorpresa, ira, indignación y una larga lista de sensaciones no muy buenas por las que no podemos evitar preocuparnos por la salud de Úlster.

El niño, aprovechando que la irlandesa está demasiado ensimismada pensando la de tiempo que va a tener que pasar en el río tratando de lavar el vestido y la bronca que va a caerle por llegar empapada al convento, la toma de los brazos con ambas manos y la tira al suelo. Consiguiendo huir de ella, que ha dado varias vueltas de campana y sigue lanzando improperios, el irlandés corre como alma que lleva el diablo atándose de nuevo el vestido, hasta que se lo pisa y cae justo frente a un par de pies que llevan unos zapatos muy extraños. El de los ojos verdes alza la mirada y se topa con dos críos, uno de ellos lleva un hacha enorme. Úlster ahoga un grito y retrocede un poco, arrastrándose por el suelo.

—¡Ah!¡Veo que has escapado de ese niño malvado!—dice Dinamarca dedicándole una sonrisa —. ¿Ves como las chicas de aquí no son tan tontas, Noru?—le pregunta al menor, que mira al pelirrojo con recelo.

Úlster no sabe si reír o llorar. Porque el chico del pelo despeinado, además de llevar un hacha habla en un idioma raro.

Dinamarca le ofrece una mano para que se levante.

—¿Estás bien?¿Te ha hecho daño? Ese niño era muy delgaducho, ¿cómo es posible que haya podido hacerte daño?

El irlandés se pone de pie de un salto, indignado.

—¡Pues claro que no me ha hecho daño!¡Y ese niño, no es más que mi sister, la marimacho!

Los nórdicos parpadean perplejos ante la actitud de la chica y se enderezan un poco.

—Bueno, bueno... Tranquila, mujer.

—¡Nosoymujeeeer!—chilla totalmente sonrojado.

Noruega alza una ceja y tira de la manga del danés, que sigue riéndose como un idiota.

—Llevas un vestido. Danmark, vámonos. Las mujeres de aquí no son tontas pero sí están locas. ¡Volvamos con Argus!

—¿Hola?¡Estoy aquí delante!¡Y no soy mujer!¡Mirad mi pelo!

El noruego pone los ojos en blanco, mientras que el danés alza una ceja algo confundido.

Pappa tiene el pelo largo y es hombre. En casa las mujeres llevan la cabeza rapada por un lado. Podrías habértelo cortado porque tienes bichitos en la cabeza. Además no es tan corto— Noruega no anda muy desencaminado refiriéndose a los piojos, y de nuevo Úlster se pone rojo, porque es verdad.

—¡No tengo bichitos en la cabeza!—gruñe cruzándose de brazos y dándoles la espalda. Gesto del que se arrepiente inmediatamente, porque es uno muy típico en su hermana. Así que se gira y les da la cara, aunque sigue con los brazos cruzados—. Yo me baño en el río y la madre superiora me hace bañarme con agua ardiendo.

Dinamarca intenta contener una carcajada, pero le es imposible y acaba estallando con sus risotadas escandalosas e incluso llorando un poco, el muy exagerado. Úlster lo mira con el ceño fruncido.

—¡¿Y tú de que te ríes?!

—¿Tu madre se llama Superiora?¡Es el nombre más feo que he oído en mi vida!—se burla, apoyándose en su hacha para seguir riéndose. Noruega niega con la cabeza.

—¿Eh?¿Qué dices? No. La madre superiora no es mi madre, y no se llama Superiora. Es la madre superiora y no sé como se llame. Es una mujer malvada y horrible, no sé cómo demonios ha llegado a ser Abadesa—explica encogiéndose de hombros.

—Pero si has dicho que es una madre superiora, tendrá que ser madre de alguien, ¿no?

Ahora es el irlandés el que se ríe ante la pregunta del nórdico y las caras de confusión que tienen ambos.

—¿Pero cómo va a tener hijos?¡Si es una monja!

Los niños rubios se miran entre sí sin comprender, y Úlster se sienta en el suelo, riéndose. Aunque sabe que eso de decir que los miembros del clero tienen hijos es una acusación muy grave y debería acusarlos al obispo directamente. Pero le ha hecho mucha gracia que dijera que el nombre de la madre superiora es horroroso.

—¿Monja?—preguntan los niños al unísono.

—Sí, monja. Ya sabéis. Son unas mujeres que llevan hábitos, viven en el convento, rezan mucho, riñen mucho y vuelven a rezar. También ayudan a los reverendos y al arzobispo en las misas, y algunas cantan muy bien.

—¿Sacerdotes?

—¿Avispa?—pregunta Dinamarca sin entender absolutamente nada.

Úlster suelta otra risita.

—Avispa no, tonto. Arzobispo—le corrige—. El mandamás de la Iglesia aquí, en Hibernia. Porque en realidad el que sería el Rey de los sacerdotes, los monjes, las monjas y la Iglesia en sí, sería el Papa, que está en Rome.

Rome?

—¡¿No sabéis dónde está Rome?!¡Pero si todos los caminos llevan a Rome!¡Hasta los tontos de Spain y France saben donde está Rome!—vuelve a burlarse.

—Nosotros vamos en Drakkars. No podemos tomar caminos—Noruega, la voz de la razón y más frío que el hielo.

—¿Drakkars?

Ja!¡Los mejores barcos del mundo!Es como si fueran dragones que van por el agua.

—¡¿Dragones?!—Úlster da un saltito de la emoción que acaba de contagiarle Dinamarca—¡¿Tenéis dragones?!

El danés se ríe.

Nej, nej. Yo nunca he visto uno, a lo mejor Norge sí—rodea al pequeño con el brazo libre por los hombros—. Norge tiene amigos especiales, ¿a que sí, Noru?

—¿Amigos especiales? Ni siquiera lo deja contestar.

Ja! Yo nunca los he visto, pero en sus dibujos son como hombres enormes y súper fuertes. También son bastante feos—añade considerándolo importante.

Al pelirrojo le brillan los ojos, porque esos amigos especiales son criaturas mágicas como sus Leprechauns, Nessie o las hadas que había en el bosque cuando todos vivían en la gran isla con Britannia.

—¿Y no han venido con vosotros?—pregunta mirando hacia todas las direcciones tratando de encontrar algún ser concorde a la descripción del chico del pelo raro.

—¡Qué va! Según Noru son enoooormes, así que no caben en el Drakkar.

—¡Jo!—se lamenta agachando la cabeza, despidiéndose de su hiperactividad momentánea—. Bueno, vosotros podríais conocer a mis amigos, ¡los leprechauns!¡Viven al otro lado del arcoiris y tienen ollas de oro!¡Te las regalan si los encuentras!Lo que pasa es que mis ollas de oro siempre se las llevan a la madre superiora. Supongo que ella se las dará al obispo para que se las lleve al Papa. ¡Lo peor de todo es que ni siquiera da las gracias!¡Me riñen y mandan a mi sister a hacer cosas de niña!¡Y ella se enfada y al final tengo que hacerlas yo!¡Por eso voy vestida de niña!Pero yo no soy mujer.

El parloteo incesable del pelirrojo ha sido demasiado incluso para Dinamarca. Ambos miran al crío enfundado en un vestidito lleno de suciedad como si estuvieran viendo a un perro verde. Se miran entre sí, y Úlster comienza a sentirse un poco incómodo, porque cuando empezaba a charlar como una cacatua su hermano mayor, Escocia, siempre acababa colgándolo de un árbol o algo por el estilo.

—¿Quieres jugar con nosotros?—pregunta el danés extendiéndole la mano con una de sus sonrisas encantadoras.

Entusiasmado, Úlster se la estrecha.

—¡Juguemos!


Por fin aparecen los irlandeses ^^

¿Algún review para ellos?