Lo primero que Hakim notó al recuperar la consciencia fue el tremendo dolor de cabeza que tenía, mucho peor que la peor de las resacas que jamás hubiera tenido. Palpando con mucho cuidado, notó la sangre seca en el pelo y la inflamación en la parte donde se había golpeado. Le dolió solo con rozarlo, pero no parecía tan grave.

Tras esperar unos segundos con los que aclara su mente, el joven soldado se levantó con cierta torpeza, percatándose que aún estaba en la esclusa. Entonces recordó cómo había acabado noqueado.

No sabia cuanto tiempo había estado fuera de juego, pero las luces y sistemas seguían encendidos, lo que quería decir que la nave aun estaba operativa. Pero las alarmas seguían resonando, lo que significaba que aún no había pasado el peligro. Un vistazo por la cristalera le confirmó que seguían en la órbita de Paradiso, pero se habían desplazado porque no reconocía las vistas y no podía saber qué había pasado con el ataque alienígena. Además la nave parecía estar moviéndose lentamente y sin rumbo definido, a la deriva.

Si seguían a flote sólo podía significar una cosa: los habían abordado.

Poniéndose en lo peor, Hakim agradeció por una vez que Bahir los hubiera obligado a llevar el uniforme y las protecciones reglamentarias siempre que no estuvieran durmiendo. Solo tenía como arma su pistola reglamentaria, pero ya era mejor que enfrentarse a soldados alienígenas con las manos desnudas.

Con precaución, Hakim abrió la compuerta lo más silenciosamente posible, y echó un vistazo. Lo recibió un silencio y quietud anormal, como si la nave estuviera totalmente vacía. ¿Podía ser que los alienígenas hubieran abandonado la nave y se hubiera salvado en su inesperado escondite?

Un grito en un idioma que claramente no era humano y un par de disparos que resonaron en la distancia disiparon rápidamente esas esperanzas. Hakim intentó establecer comunicación a través de su comlog con alguien de su unidad, pero no había respuesta. Con toda seguridad estaba solo y a su suerte.

Con el pulso acelerado por la tensión y la pistola sujeta tan fuerte que los nudillos se le estaban poniendo blancos, Hakim salió de la esclusa y comenzó a moverse sigiloso entre los pasillos de mantenimiento de la nave, desandando el camino que había hecho previamente. La tensión era desquiciante, cualquier mínimo ruido o movimiento que detectaba lo hacía sobresaltarse, apuntando angustiado al origen, esperando que en cualquier segundo apareciera una horda de alienígenas sedientos de sangre humana. Pero, para bien o para mal, esta nunca parecía llegar. Aquello era lo peor, la incertidumbre de cuándo atacarían.

Y sin embargo, Hakim logró volver a uno de los pasillos principales de la nave sin hacer contacto con el enemigo, aunque en cuanto se asomó al mismo tuvo pruebas irrefutables de que estaban cerca. Por el suelo había desperdigados al menos una docena de cadáveres apilados en un lateral, todos humanos. Y solo un par de ellos iban vestidos como soldados. Estaba claro que la rendición no era una opción viable con los alienigenas. Pero desde aquel pasillo sabía llegar hasta los hangares más cercanos, el lugar más próximo en la nave donde recordaba que hubieran cápsulas de salvamento, y probablemente también alguna lanzadera. Hakim no sabía pilotar, pero la diferencia entre morir acribillado o en una bola de fuego al estallar la nave no debía ser muy grande. Y con suerte podría hacer llegar la lanzadera hasta la superficie o alguno de los ascensores orbitales y sobrevivir al inevitable aterrizaje forzoso.

Estando ya en mitad del pasillo, examinando los cuerpos, un ruido de pasos aproximándose por una compuerta a su derecha le alertó. ¡Alguien venía hacia él! Hakim daba por hecho que no serían aliados precisamente, pero no tenía donde esconderse. Y para ocultarse tras una puerta tendría que correr, lo cual con el silencio que reinaba era como gritar a plena voz que estaba allí. Hakim miró en todas direcciones frenéticamente buscando donde esconderse hasta volver a fijarse en los cadáveres, y una idea le vino a la cabeza. Quien se estuviera acercando estaba a escasos segundos de llegar, por lo que con cuidado Hakim se tumbó boca abajo junto a la pila de cadáveres y se hizo el muerto, rezando mentalmente para que nadie se fijara en el.

Aguantando la respiración, Hakim notó como dos pares de pesadas botas se paraban a su lado. Dos voces duras y guturales intercambiaron gruñidos y palabras en un idioma totalmente incomprensible, parecían bastante cabreados por el tono. Aunque permanecía completamente quieto, como un muñeco sin vida, Hakim sabía que los muertos no sudan. Y él estaba literalmente chorreando sudor de los nervios. Aquellos bichos lo iban a descubrir en cuanto lo vieran y lo torturarían durante horas…

El joven estuvo a punto de quejarse cuando algo muy pesado le cayó encima, pero se contuvo a tiempo. Un líquido tibio comenzó a gotear en su cuello mientras los alienígenas arrojaban algo más encima de la pila de cadáveres, y sin más, se marcharon sin dar señales de haberse dado cuenta de su presencia.

Abriendo discretamente un ojo, Hakim pudo identificar a los alienígenas antes de que se marcharan. Eran grandes, de piel rojiza, cabelleras blancas y rasgos simiescos. De todos las razas de cabrones sádicos que formaban el puñetero Ejército combinado, los tenían que haber abordado morats, los mas cabrones y sádicos de todos.

En cuanto estuvo seguro de que los morat se habían alejado lo suficiente, Hakim se desembarazó de lo que fuera que le había tirado encima y se levantó. Junto a él descansaba el cuerpo de una chica joven, muy morena y bastante guapa. Iba vestida con un traje de enfermera y aún tenía el rostro empapado en lágrimas y sangre del momento en el que la habían degollado. Hakim no pudo evitar pensar en Jamila, pero intento alejar aquellos pensamientos tan funestos. Ella se había salvado, seguro.

Ya mejor armado (había recuperado un rifle y munición de uno de los soldados muertos), Hakim se alejó antes de que los dos alienígenas volvieran. Seguía siendo un trayecto terriblemente peligroso, pero con el familiar peso de un Askari AS Sayad en las manos se sentía más seguro.

En cuestión de diez tensos e interminables minutos, por fin estaba en las compuertas del hangar de estribor de la Tigris, y sorprendentemente apenas había actividad, podía oír a un par de alienígenas hablando y riendo (o al menos un ruido que él asumió era su espeluznante forma de reírse) en el fondo tras unos containers, pero el resto estaba despejado. Revuelto, lleno de cráteres de impactos y plagado de cadáveres, en su gran mayoría humanos, pero despejado de morat vivos y armados hasta los dientes que era lo que importaba. Al menos entre los cadáveres humanos no vio ninguna uniforme de odalisca, ya era un consuelo. Jamila debía estar ahora mismo a salvo con el cerdo de su jefe, se obligó a pensar. Solo tenía que reunirse con ellos.

El soldado comprobó que había un par de lanzaderas estacionadas, pero la suerte no parecía estar hoy de su lado: una había volcado de alguna manera, y la otra estaba acribillada a balazos y marcas de explosiones, humeando ligeramente por varios de los agujeros.

Eso reducía sus opciones a las cápsulas de salvamento de este sector, o probar suerte de nuevo y buscar cápsulas en otro sector de una nave plagada de alienígenas hostiles. Un panorama poco halagüeño.

Hakim tardó unos segundos en localizar en la enorme estancia la señal de indicación de las cápsulas. Por una vez la suerte parecía acompañarle, no solo confirmó que estaban allí, sino que además por las luces verdes parpadeantes, aún había un par activas, listas para despegar. El único pero era que tendría que pasar a escasos metros de los morats que farfullaban y reían allí dentro.

No le costó mucho llegar hasta uno de los containers que ocultaban a los alienígenas en silencio, desde alli estaba a apenas veinte metros de las cápsulas, podía ver las entradas y el interior de las mismas, con un buen sprint podría llegar y activarlas antes de que comenzaran a dispararle si los pillaba distraídos.

Hakim se asomó por la esquina del container justo cuando los morat soltaron una carcajada. Eran tres, dos más bajitos que observaban como el tercero, ridículamente grande, alzaba triunfante un enorme machete ensangrentado que en sus manos probablemente hubiera parecido más un mandoble.

Por los uniformes reconoció a los dos menores como infantería de vanguardia, las tropas más comunes entre los morat, pero el grandullón no tenía ni idea, llevaba una armadura a juego con su tamaño y muy blindada, por la inmensa ametralladora que descansaba a un metro de él debía pertenecer a alguna unidad de choque pesada.

Hakim palideció al ver a una mujer vestida como una odalisca levantarse lentamente del suelo, a su espalda había otras dos chicas vestidas igual y varios soldados con el uniforme característico de los Djanbazan completamente descuartizados. Al levantarse, la mujer alzó el rostro y adoptó una tambaleante pose de combate, armada solo con un simple cuchillo que era ridículamente pequeño comparado con el arma de su adversario. La mujer era Jamila.

Tenía la cara, el pelo y la ropa tintadas de rojo por la sangre de los múltiples y profundos cortes, un ojo morado tan inflamado que apenas lo podia abrir, y no parecía poder cerrar los dedos alrededor del mango del cuchillo completamente. Pero aun así soltó un bufido furioso y miró desafiante a el morat, aunque era evidente que apenas se tenía en pie. Este hizo un comentario que provocó otra carcajada en los otros dos, y con una sonrisa socarrona dio un paso adelante, el machete firmemente sujeto en la mano.

Sin pensarselo dos veces, Hakim amartilló el rifle y salió de su escondite gritando como un poseso, el dedo apretando con fuerza el gatillo hasta el fondo. Aquellos monstruos habían herido a Jamila, ¡y lo iban a pagar caro!

El primero de los soldados de vanguardia aún conservaba la expresión de sorpresa cuando la lluvia de plomo comenzó a perforar carne y armadura por igual. El segundo reaccionó más rápido, pero solo le sirvió para comenzar a alzar su rifle cuando media docena de balas atravesaron su cuello y cabeza, matándolo en el acto. Hakim sabía que aquellos dos cabrones estaban más que muertos pero no era suficiente, y descargó casi a quemarropa la escopeta contra ellos. Los pequeños dardos ultradensos convirtieron a los dos morat en unas enormes piñatas de carne, metal y sangre que regaron el suelo en una macabra lluvia rojiza.

Por desgracia el morat de la armadura pesada no fue tan lento, y cuando Hakim quiso redirigir el fuego de su rifle hacia el, tuvo que agacharse evitando por milímetro hoja del machete silbando por encima de su cabeza. Inmediatamente el morat le lanzó una patada al estomago que envió volando al joven soldado. ¿Como podía ese mastodonte ser tan condenadamente rapido?

Tras rodar un par de metros, Hakim intentó levantar dolorido el rifle pero descubrió que se le había escapado de las manos. El morat se abalanzó hacia él, sin darle la oportunidad de recuperar el aliento, y lanzó un tajo que le obligó a rodar hacia un lado. Al desplazarse, Hakim localizó el rifle, estaba solo a tres metros delante suya.

Desesperado, intentó gatear hacia el arma pero la pesada bota del alienígena en su espalda lo aplastó contra el suelo con suficiente fuerza para inmovilizarlo. Al girar la cabeza, Hakim vio la afilada hoja del machete a escasos centímetros de su cuello. Había fracasado, y no solo iba a morir él, sino que por su culpa tambien iba a morir Jamila.

Para su sorpresa, el morat habló en un inglés bastante claro a pesar de su gutural voz. - Estupido humano, muere como el insecto insignificante que eres.-

Hakim cerró los ojos resignado, esperando el golpe mortal. Pero este no llegó. En su lugar, el morat soltó un grito de dolor y dió un paso hacía atrás, liberándolo de la presa.

No sabía que había pasado, pero no pensaba desperdiciar un milagro como ese por lo que, sin pensarselo dos veces, Hakim se abalanzó como un tigre sobre el rifle y con agilidad rodó para encarar hacia el morat, que todavía gritaba y gruñía de dolor. Atónito, contempló como Jamila, que estaba encaramada en la espalda del morat, clavaba con furia ciega el cuchillo en su grueso cuello mientras este se retorcía y gritaba intentando quitársela de encima.

Hakim dudó un segundo, si disparaba corría peligro de darle a Jamila. El morat finalmente atrapó el brazo con el que la odalisca lo estaba apuñalando, y la lanzó con toda sus fuerzas contra el lateral del container más próximo. Jamila voló como una muñeca de trapo contra el metal, chocando con una fuerza brutal y un crujido desagradable, para finalmente caer inerte al suelo.

Inmediatamente, Hakim comenzó a disparar, vaciando el cargador del rifle y la escopeta sobre el morat. A pesar del grueso blindaje, la armadura no fue capaz de detener aquella tormenta de fuego por completo y la sangre comenzó a salpicar allí donde las balas perforaron el cuerpo.

Cuando finalmente el rifle quedó en silencio, su munición agotada, el morat dio un paso y cayó de rodillas, vomitando sangre por la boca. Estaba agonizante, pero aún no estaba muerto.

Hakim extrajo su pistola, y se aproximo hasta estar frente por frente. - Espero que ardas por toda la eternidad en el infierno, puto monstruo.-

El morat lo miró desafiante, y le escupió a la cara. Hakim se limitó a limpiarse el rostro, y a sangre fría le disparó en la sien. El morat se sacudió y cayó inerte hacia delante. Hakim disparó un par de veces más en la nuca, y guardo la pistola. Ya se había vengado, ahora tenía otra prioridad.

El tiroteo no había pasado desapercibido, se podía oir el eco de gritos de alerta en otras secciones de la nave por lo que Hakim no tenía mucho tiempo. Aprovechando lo que sabía de primeros auxilios, Hakim se arrodillo a examinar a Jamila. Temía que al chocar se hubiera roto el cuello, pero por suerte estaba bien, el golpe la había dejado noqueada y con un hombro dislocado pero parecía en buen estado incluso a pesar de las heridas. La famosa resistencia de las Odaliscas no era infundada, después de todo. Aunque ver a aquella mujer tan hermosa en aquel estado tan lamentable le rompía el corazón.

Hakim se colgó el rifle a las espalda y con delicadeza levantó en brazos a Jamila. Gritos de más morat comenzaron a inundar el hangar, pero Hakim salió corriendo hasta las cápsulas ignorandolas, en el momento que se diera la vuelta o se parara sabía que estaría muerto. El ruido de armas automáticas invadió la estancia justo cuando saltó dentro de la más próxima, conteniendo un grito al notar como una bala golpeaba su chaleco antibalas por la parte de los riñones. Apretando los dientes, Hakim alargó la mano y de un puñetazo activó el botón de lanzamiento.

La cápsula despegó con un fuerte acelerón que lanzó a los dos contra la parte trasera, para acto seguido quedar en gravedad cero. Rápidamente Hakim se llevó las manos a la espalda, donde le había dado la proyectil estaba allí, aplastado contra el tejido blindado pero sin llegar a haberlo atravesado. Al registrar a Jamila, que empezaba a reaccionar, comprobó que no tenía nuevas heridas. Habían salido vivos de aquella ratonera.

- ¿Jamila, estas bien?¿Me oyes?- Preguntó Hakim mientras la sentaba en uno de los seis asientos que disponía la cápsula. La mujer miró confusa a su alrededor, la vista desenfocada, como si acabara de levantarse, hasta caer en la presencia de Hakim. Jamila levantó una mano y le tocó el rostro. De repente, abrió mucho el ojo sano y puso una sonrisa cansada.

- Hakim… G-gracias- Jamila acercó con su brazo sano a Hakim, y apoyó la cabeza en su hombro. Un sollozo escapó de su labios

- Me alegro tanto de verte…-

Hakim se limitó a rodearla con un abrazo delicado, mientras notaba como una lágrima corría por su mejilla. Lo recordaba, Jamila aún lo recordaba.