.


~ Fotografías ~


.

Iori

Rectitud

.

El dojo (si no me equivoco al llamarlo así) de kendo es un sitio que inspira respeto. No tiene que tener nada especial, en realidad. Solo es un lugar donde se respira la tradición, el honor, la rectitud.

Viéndolo, es entendible que Iori sea como es. Aunque bien sé que no se debe a que practica kendo.

Está sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, la espalda muy recta y la barbilla ligeramente alzada. Una postura perfecta. Con su mirada seria, que le hace parecer muchísimo más mayor de lo que es.

¿Cómo un niño puede aparentar ser adulto? Él lo consigue.

Guardo bien todos esos detalles de su rectitud. Es alguien realmente fascinante. No mueve un músculo mientras yo doy vueltas a su alrededor y capturo esa pequeña arruga en su ropa, esa nuca con el pelo muy corto, esos nudillos blancos por aguantar la postura.

Después me siento, imitando cómo está Iori, frente a él. Y espero.

—¿Te ha servido? —me pregunta, con ese ápice de formalidad que a ratos no conseguimos quitarle con nosotros.

—Mucho. Me he dado cuenta de que has crecido bastante, ¿no?

—Diez centímetros en poco tiempo. —Su boca no, pero sus ojos sonríen. Bien, el primer atisbo a más allá de la postura perfecta.

—Te está pasando como a Takeru. Al final me dejaréis todos muy pequeña…

—Los chicos suelen ser más altos —dice, quitándole importancia, aunque su gesto es de diversión. Lo fotografío.

—Yo era mucho más alta que él, ¿lo sabías? Cuando nos conocimos. Igual que Mimi era más alta que Koushiro. Ya nada...

—He visto vuestra foto.

Y ahí aparece la tristeza. Es tan bonita. Hay cosas que son devastadoras pero no por ello menos hermosas, y solo se pueden entender si se perciben de verdad. Esta es una emoción muy verdadera, se le ha escapado.

Entiendo por qué se ha puesto triste, aunque no era mi intención. Porque él no fue parte de esto al principio, porque pensar en su infancia irremediablemente le hace pensar en una pérdida que ha marcado su personalidad.

—Pero, si tengo que elegir, me quedo con ser la más bajita. Para Takeru es más importante que para mí.

—¿Porque juega al baloncesto? —me pregunta, con un tono tan sutilmente burlón que parece que lo he imaginado. Pero sé que no.

—En parte.

—A mí no me importaría seguir siendo el más bajo —dice, mirándome directamente a los ojos quizá por primera vez en todo este rato—, si eso te hace sentir mejor.

Le doy una sonrisa. Es curioso sentirse cuidada por alguien más pequeño que tú.

Solía tener algo de lástima (aunque quizá no es la palabra adecuada) por Iori, y es lo más injusto del mundo. Lo sé cuando, llegada la hora del entrenamiento, su abuelo, que tiene una genial forma física para su edad, y él dejan que presencie un combate.

A través del casco, puedo ver más a Iori que cuando tenía el rostro descubierto. Su orgullo cuando es vencido por su abuelo, lo mucho que disfruta mientras practican, lo que le relaja y le hace desconectar. El guerrero fuerte, sereno y perseverante que es. Y no solo estoy hablando del kendo.

No se puede sentir pena por él. Quizá se saltó alguna etapa de la infancia, pero a todo nuestro grupo de amigos le pasó en mayor o menor medida. Que perdiera a alguien no significa que esté solo, tiene un abuelo y una madre a quienes querer y admirar.

Da igual cuán grises parezcan las cosas a veces, los colores se esconden donde menos esperas. Como en esa genuina sonrisa que consigo fotografiar cuando Iori se quita el casco.

Hoy me he llevado una gran lección.