.


~ Fotografías ~


.

Ken

Perdonar

.

Cuando él me mira, sé que sabe que estoy jugando un poco sucio. Para captar emociones reales, a veces hay que ir un poquito más allá.

Además, para arreglar lo que está fisurado a veces hay que romperlo del todo y saber recomponerlo para que pueda sanar. Es por eso que, sabiendo lo que sé sobre Ken, he traído un pompero que acabo de comprar en una tienda en la esquina. Es de color lila y me ha parecido el más adecuado para él.

Su balcón no tiene vistas particularmente bonitas. Al otro lado de la puerta corredera de cristal, se ven un poco los muebles funcionales e impersonales de la estancia de dentro. Pero es un lugar importante, por lo que solía hacer aquí y con quién.

Me mira tan fijamente que decido hablar antes de empezar, en lugar de al revés como he estado haciendo con los demás.

—¿Quieres decirme algo?

—No…

—No tienes que hacer pompas, si no quieres. —Se turba un poco. Normalmente, Ken solo tiene una sonrisa amable y tímida, es el gesto que más se le ve, por eso es extraño haber conseguido una emoción negativa. Es mi primera foto.

—La verdad, Hikari… Sabes que no quiero.

—Lo sé. Tranquilo. Solo finge que no estoy.

—Es un poco difícil, con una cámara apuntándome.

—Hablemos, para que te sea más fácil. Cuéntame algo.

Se pasa una mano por la barbilla, al pensar, y yo la fotografío. También el resto de sus rasgos, suaves, casi con un toque afeminado. Es de esos rostros que parecen resaltar entre los demás, con un aura diferente. No soy capaz de explicarlo, pero su cara hace el trabajo por mí, porque es una de esas situaciones en que una imagen vale más que mil palabras.

—¿Seguro que no queréis merendar nada? —pregunta la señora Ichijouji, sacando a su hijo del apuro de pensar algo que contarme.

—No, mamá, gracias —responde él.

—Bueno, Hikari, si quieres quedarte a cenar estoy preparando una receta que seguro que te gustará.

—Tengo una cena familiar hoy, con mis abuelos, pero si no me quedaría.

—Otra vez será, espero verte más por aquí.

—Claro, gracias, señora Ichijouji.

La mujer se marcha y aprovecho para inmortalizar el sonrojo de Ken. Muy dulce.

—Lo siento —se disculpa.

—¿Por qué?

—Últimamente me pregunta mucho por chicas, desde que nuestra vecina le dijo que su nieta se me declaró y yo la rechacé… Está preocupada porque, a mi edad, aún no me haya gustado nadie. Y yo todavía estoy intentando entender por qué le gustaba a esa chica que no conocía.

Eso es lo que tiene Ken. Lo que hace que sea más guapo. Que lo es y no se toma a sí mismo en serio, que no hay un ápice de prepotencia en él. Todo lo contrario a como llegó a ser en el pasado, cuando no era realmente él.

—Perdona, es fácil hablar contigo —dice, al ver que no respondo.

—Creo que, para que te guste alguien, tienes que gustarte a ti mismo primero. O al menos ese debería ser el orden correcto de las cosas. No hay prisa.

Clava la mirada en el objetivo de mi cámara. Si existiera la magia como en muchas películas o libros, probablemente esos ojos tendrían la capacidad de congelar a los demás.

Una Medusa que convierte en piedra a las personas que mira, pero que no quiere hacerlo. Atormentada por ese don transformado en maldición.

—¿Crees que no me gusto a mí mismo?

—Creo que te pasa como a mí, hay cosas que no te perdonas —digo, mirando al pompero que sigue sobre una mesita en la terraza—. Solo que no sé si tú te das cuenta de que es un error.

Las barreras se caen en apenas un parpadeo, pero mi rápida cámara captura el instante en que él se da cuenta de las cosas.

También tengo fotos de sus labios contraídos para soplar y crear bonitas pompas de jabón. Las primeras desde hace muchos años. La mejor de todas las fotografías de la sesión es una de Ken al fondo de la imagen, con una gran pompa brillando con los colores del arcoíris en primer plano.

Me da las gracias antes de que me marche. Y su madre también.

Yo me pregunto cuántas personas en el mundo necesitan que les recuerden lo especiales que son, y lo maravillosamente imperfectas.