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~ Fotografías ~


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Takeru

La promesa de un nuevo día

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—No sé por qué me has dejado para el último —lo dice de pronto, mientras caminamos, sin cortarse a la hora de hablar. Conmigo sabe que no tiene que hacerlo.

—Te das demasiada importancia, ¿eh?

—Qué cruel eres. —Su sonrisa es deslumbrante. Conmigo no funciona, no como con otras personas al menos.

—No te lo voy a decir.

—¿En serio? —No está acostumbrado a que me guarde cosas. No con él.

—No todavía. Te lo diré cuando acabemos, ¿te parece bien?

—Te va a dar igual si me parece bien o no.

Es mi turno de sonreírle, porque me ha pillado.

Estiro las manos hacia él, para que me dé la mochila en la que lleva mi cámara, los objetivos y demás. La primera foto de la sesión es de su mirada fija, casi enigmática, cuando mira el lugar que he elegido.

La playa. El mar. Este sitio en particular, donde una vez, hace mucho, me llamó a gritos.

Después me mira a mí y no me resisto a apartarme por un momento del objetivo. Sabe que estoy jugando sucio, igual que con Taichi o con Ken. Y no está nada sorprendido.

Es muy temprano, le he hecho madrugar de más, para llegar en las primeras horas de la mañana. Apenas hay gente y el sol sigue bajo. El azul del cielo sobre nuestras cabezas es del mismo tono que sus ojos. Me aseguro de que quede reflejado.

—¿Me cuentas una historia? —le pido.

—¿Una vieja?

—Sabes cuál quiero escuchar.

Y así sus párpados se cierran un instante, regalándome una imagen espectacular, antes de empezar.

El relato no importa en realidad. Es sobre nosotros, sobre nuestros viajes juntos, sobre lo que hizo que los doce seamos amigos. Pero yo solo quiero conseguir fotografiar su gesto cuando su mente está en otro sitio.

Desde que lo conocí es así. Cuando crea algo, aunque sea a partir de memorias, su cara se transforma. Siempre me sorprendió que tanta creatividad cupiera en un cuerpo tan pequeño. Y, aunque sea más alto que yo, sigue siendo pequeño. Ese bajito Takeru que dejó de llorar cuando le tocó ser valiente. Un punto minúsculo en el universo, que muestra que da igual cuán pequeño seas, lo importante es cuánto seas capaz de hacer sentir a los demás.

Es infinitamente bello. Infinitamente humano.

Mientras habla, capturo su espalda, con el mar de fondo. Después su cuello, el ángulo, lo mucho que puede decir de lo pasado y lo sentido simplemente esa parte del cuerpo. Sus lunares, los cuatro que hacen un recorrido hasta su mandíbula, esa que empieza a destacarse suavemente en rasgos más cuadrados de lo que se podría haber esperado. Y llego a sus ojos. Esos profundos mares en calma.

Ya lo vi en Yamato, el rastro de la pérdida. Hay quienes olvidan que Takeru sufrió lo mismo, que pasó por mucho. Y, aun así, lo que más destaca en él, lo que hace que le admire más, son sus ganas de vivir.

¿Sería cliché decir que es su esperanza lo que más se ve en él?

Saco una de las mejores fotografías, no de esta sesión sino de todas las que he hecho en mi vida. Su iris, que tanto me ha fascinado siempre, con la pupila dilatada al mirarme, reflejando la luz a nuestro alrededor, ese amanecer constante que siempre parece que puede encontrarse en sus ojos.

La promesa de un nuevo día, cada uno mejor que el anterior.

Siento, cuando lo miro, que si él es feliz, yo también lo seré.

—En realidad, sabes por qué he tardado tanto en pedírtelo —le digo, dando por terminada la sesión.

—¿Es importante ser el último?

—No eres el último. Queda una persona más. Pero sí, eres importante.

—¿No me daba demasiada importancia? —pregunta, a medias vacilón, a medias en serio.

—Te das mucha… Pero nunca suficiente.

No decimos más, porque no hace falta. Porque sé que mis pupilas se dilatan al mirarle de la misma manera en que las suyas lo hacen al clavarse en mí.

No decimos nada, solo nos damos la mano.

Y con eso basta. Me da fuerzas para la última sesión. La más difícil de todas.