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~ Fotografías ~


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Hikari

Guerra interior a contraluz

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Mi habitación siempre ha sido un lugar de tranquilidad. Uno en el que puedo relajarme, cerrar los ojos y dejar volar la imaginación, pasar horas con Miko en el regazo mientras retoco fotos en el ordenador, quedar con Takeru o Miyako y tirarnos en la alfombra hablando de cualquier cosa…

Ahora parece territorio hostil. Y es exclusivamente por mi culpa.

Pero tengo que hacer esto. Lo necesito. No solo por intentar que me den la beca para el curso de fotografía, ahora se ha transformado en algo que necesito.

En estas once sesiones he aprendido cosas sobre mis amigos que no sabía, o les he ayudado a verse tal y como son, he plasmado esas características que hacen a cada uno especial y distinto a los demás. He dejado la sesión más difícil para el final, ahora quiero saber qué guardo yo. Qué escondo.

Pero me asusta lo que pueda encontrar.

Nadie habla de lo difícil que puede ser mirarse a uno mismo sin filtros. Creemos lo contrario, pero estamos más ciegos al mirarnos (para bien o para mal) que al mirar a otros.

Coloco la cámara en un trípode. Tengo un aparatito, regalo de mis padres en mi último cumpleaños, con el que pulso un botón y se hacen las fotos a distancia. Takeru me dijo que me ayudaría, supo cuál iba a ser mi última sesión de fotos sin que se lo tuviera que decir, Taichi también se ha ofrecido cuando le he pedido que me deje la habitación libre, pero me he negado.

Esto lo tengo que hacer sola.

Lo primero que hago es ir ajustando el enfoque para el lugar donde me voy a poner. Fotografío la forma en que cae mi pelo, siempre cortado por encima de los hombros, y de fondo se ve mi habitación, llena de objetos personales. Después me centro en mis orejas, que desde que nací han sobresalido un poquito de más. Luego es el turno de mi clavícula, con la piel blanca en contraste con la camiseta azul que llevo.

Respiro hondo cuando me toca enfrentarme a mi cara.

Es raro, pero me resulta menos familiar que la de muchos otros. Me miro al espejo todos los días cuando me lavo la cara o me peino, así que no lo entiendo… Supongo que no me observo fijándome en los detalles, en lo que hay detrás de cada rasgo o cada gesto. Y sí lo hago con los que me rodean.

Mi rostro es ovalado. Mis mejillas un poco redondeadas. Nariz pequeña. Frente grande tapada por el pelo. Labios ni delgados ni gruesos.

Y mis ojos, los espejos del alma, me enseñan lo que no sabía (o quizá sí) que encontraría.

Hay una guerra en mi interior.

Coraje y miedo. Siempre he tenido esa dualidad. Taichi suele decir que se es valiente si tienes que enfrentarte a tus miedos, y que yo siempre demuestro serlo cuando hay alguien de por medio. Takeru me describió como alguien valiente cuando narró en su libro acerca del día en que me entregué a Myotismon para que dejara de dañar a los demás.

¿Realmente lo soy? Nunca lo he sabido. Pero ahora, mirando mi gesto determinado, aterrada por qué voy a encontrar en mí misma pero decidida a enfrentarme a ello, me planteo por primera vez que quizás ellos tienen razón.

Que a veces esté aterrada, no significa que no tenga valor.

Fotografío mis irises brillantes. Reflejan la luminosidad que entra por la ventana. Todo el mundo ha hablado de mi luz, pero pocos de mis sombras. De cómo parece que hay partes de mis ojos más oscurecidas de lo normal, con dos tonos. Puede que los trozos oscuros hagan destacar más a los claros.

Esa es otra guerra en mí. La luz y la oscuridad. Es difícil mantener el equilibrio en una batalla que nunca tendrá paz. Pero lo hago. Es lo que debo hacer.

La comisura de mi boca se me curva involuntariamente hacia abajo. La dejo inmortalizada antes de pensar a qué se debe.

Hay otra dualidad dentro de mí. La más grande y difícil de llevar. Temo no ser lo que otros creen que soy, no sé si podré alcanzar a la idealizada idea de Hikari que varios tienen. Pero, con el temor, aparece de nuevo el valor.

Quiero llegar a ser esa Hikari. Puedo intentarlo hasta conseguirlo.

Me cambia el gesto a uno que nunca me he visto. Lo fotografío, sorprendida.

Esta soy yo. El punto medio entre varias guerras que nunca terminarán. Y tengo fuerza suficiente para mantener el equilibrio. Para ver lo bonito de la vida, mientras conozco lo malo.

La última foto es desde otra perspectiva. Pongo la cámara frente a mí mientras le doy la espalda a la ventana. Consigo que, aunque yo aparezco oscura a contraluz, se distinga mi sonrisa, y estoy envuelta en el brillo del sol que refulge más allá del cristal.

Resulta que mirarse a uno mismo es algo que todos deberíamos hacer. Sin filtros, apreciando lo bueno y lo malo, porque nos hace ser quienes somos.

Cuando llevo las fotografías, al día siguiente, a mi profesor, él sonríe.

—Ahora mismo, te envidio profundamente —me dice. Y yo quiero dar saltitos de alegría—. Estás admitida. Soy uno de los jueces. ¿Olvidé mencionarlo?

Tengo el impulso de abrazarlo, pero por supuesto me contengo. Le doy las gracias y un par de reverencias antes de marcharme.

Como siempre, Takeru me espera para que volvamos juntos. Esta vez, me acompaña hasta casa. Y allí encuentro a otras diez personas ansiosas por saber si mis fotografías sirven y por verlas.

Es curioso encontrar el entendimiento en los ojos de varios al ver fotos de otros. Taichi le da una palmada en la espalda a Yamato, y él me sonríe de lado. Iori y Ken intercambian una mirada que dice muchas cosas, como si se comprendieran por primera vez de verdad. Sora abraza a Mimi, ella tiene los ojos vidriosos. Miyako llora sin filtros y Daisuke se ríe mientras le da palmaditas en la cabeza. Koushiro y Jou comentan algo acerca de sus sesiones que no llego a escuchar. Takeru compara la última foto que le hice con la última que me saqué de mí misma, murmurando que es inspirador.

Lo mejor que he sacado de todo esto es aprender que, por muy distintos que seamos, podemos encontrar cosas en común siempre.

He aprendido que podemos crecer sin perder nuestra esencia. Que ser frágil, no significa no ser fuerte. Que la rectitud puede esconder sonrisas genuinas. Que todos a veces pensamos de más y perdonamos de menos (a otros y a nosotros mismos). Que el trabajo duro da sus frutos. Que hacer las cosas sencillas y tomar la vida con entusiasmo es muy importante. Que mis amigos, y yo misma, somos personas muy reales, llenos de virtudes y defectos, y capaces de sentir con mucha intensidad. Que en medio de todas las guerras del mundo, siempre estaba y estará la promesa de que el sol volverá a salir mañana.

Me las arreglo para abrazar a todos uno por uno, incluso Iori y Yamato me devuelven el gesto, y es entonces cuando les digo que ya estoy aceptada en el curso.

Esto se lo debo a ellos. Lo que soy y lo que seré, también. No podría tener mejor compañía en el complicado y precioso camino de la vida.


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Ahora sí, ¡feliz cumpleaños, mi querida jacque! Como ya comenté, creo que tú puedes apreciar este fic como yo, algo centrado en Hikari y en su "descubrimiento", yo misma creo que he aprendido cosas sobre ellos (y sobre la forma que tenemos de percibirnos a nosotros mismos y al resto). Espero de todo corazón que te haya gustado.

He estado mirando las dedicatorias de los otros tres fics que te he escrito por tu cumpleaños, y veo que me repito muchísimo, pero es que realmente espero que pases un día maravilloso, porque te lo mereces, porque siempre me sacas sonrisas y solo espero haberte sacado una yo. ¡Felicidades, te quiero mucho!

Y gracias a todos los que me leen, aunque sea en las sombras ;)