Capítulo II. La fantasía del tiempo
La primera reacción de Julián al contemplar al viejo huraño precipitarse hacia nosotros con aire furibundo, fue darse la vuelta por donde habíamos venido, tirando de la manga de mi garnacha para arrastrarme con él. Pero como bien le insinuó a Ernesto durante nuestra reunión, las cosas siempre tienden a torcerse.
Estábamos dentro de un armario.
No había más salida que la que abrió Alonso al pasillo donde nos aguardaba el anciano más alto que hubiese contemplado jamás, y un número indefinido (porque no era momento como para andar contando) de gente menuda amagando con echar mano a las armas que había apiladas junto a un arcón.
Ni rastro del portal por el que habíamos entrado.
—¡Venga, hablad! —profirió aquel hombre, que por cómo vestía, se me antojó un ermitaño o un peregrino del Camino de Santiago.
—Mi nombre es… Es… —titubeaba Julián—. Me llamo Báromir. Sí, eso. Y estos son mis leales compañeros, Íowyn y… Y Érethorn. —No entendía nada de lo que Julián estaba diciendo. Era como si de repente hablase en otro idioma, pero le dejé continuar porque parecía saber más que Alonso y que yo, que estábamos completamente desnortados—. Y hemos hecho un largo camino desde Gondor.
—Desde Gondor… ¿hasta mi armario? —se extrañó (y con razón) el pequeño hombrecillo. Y entonces algo me llamó poderosamente la atención: sus orejas eran picudas.
No pude evitar desorbitar los ojos un breve instante para procurar volver a aparentar normalidad.
—Bueno, es que… —Julián volvía a atascarse. Lo cierto es que era difícil explicar cómo habíamos dado a parar allí sin correr el riesgo de acabar en la hoguera por brujería.
—¡Son espías! —Se oyó una voz grave al fondo, procedente de otro vetusto enano con una trompetilla en la oreja.
—No, no, no, no —pidió calma mi compañero—. Es que… nos envolvió una bruma al llegar a las montañas, tan densa que nos desorientó y anduvimos vagando sin rumbo durante largo rato. Al cabo, vislumbramos una rendija de luz y hacia allá nos dirigimos. —Ahora la que se sorprendió fui yo, con el cambio que había experimentado Julián en su modo de hablar. Menos campechano, más ¿rimbombante?
¿Qué estaba pasando? Sin duda él sabía dónde estábamos o si no, no se habría inventado esos nombres tan foráneos. No me sonaban españoles ni por asomo, ni siquiera castellano antiguo.
—¿Una bruma dices? —inquirió el peregrino gris—. Una espesa bruma en las Montañas Nubladas… ¿Por qué paso la estabais atravesando?
—Por el más alto, claro —afirmó Julián asintiendo convencido con el mentón.
El anciano semejó meditar. —¿Y divisasteis cuervos?
—Uff, muchos, muchos cuervos. —Bueno, parecía que Julián controlaba la situación. Al menos, el ambiente ya no estaba tan caldeado.
—Crebain de las Tierras Brunas… —musitó el viejo—, pero ¿por qué? —se preguntó a sí mismo mesándose pausado su larga barba blanca.
—No me fío de ellos. —Escuché otra vez al fondo.
—Ni yo de momento —concordó el eremita—, pero no los vamos a tener apresados dentro del guardarropa eternamente. Salid, no creáis que el interrogatorio ha concluido.
La casa era peculiar, las paredes forradas de madera eran curvas, siendo que el pasillo tenía sección casi circular. Nos condujeron a un salón presidido por una chimenea con fuego en el hogar. Acogedor, pero no ahora, con la tensión palpable.
—Señorita —indicó educadamente el bajito de las orejas puntiagudas retirando una silla para que tomara asiento.
Lo miré agradecida y dulce, quería que percibiese que no suponíamos una amenaza.
—Y bien ¿qué os impulsó a partir de Gondor? —prosiguió el venerable octogenario.
Julián aparentó gravedad. —El miedo. Una sombra se cierne desde el Este. Decidimos huir hacia lugares más seguros.
—Entonces ¿vuestro destino no era Hobbiton? —aventuró el anfitrión.
—No, no, qué va —negó mi compañero—. Pretendíamos solicitar asilo en Rivendel.
Yo cada vez estaba más perdida a medida que veía a Julián más seguro y ceremonioso. Comencé a sospechar que no nos encontrábamos en territorio español ni en ninguna de sus anteriores Coronas o Reinos.
—Una sombra en el Este… —caviló el tal Gandalf ensombrecido mientras se encendía una pipa—. Lo he estado temiendo durante siglos… —confesó apesadumbrado—. Bien, os indicaré el camino a Imladris para que podáis marchar cuanto antes.
—¿Ahora? ¿Siendo noche cerrada? —me pasmé preocupada.
—No es de buen enano abandonar a una dama a su suerte en mitad de la noche —juzgó uno de los presentes con un risible peinado en tres puntas. Debió de notar mi aprensión.
—Gandalf, puedo alojarlos hasta la mañana —se ofreció el curioso hombrecillo—. Eso si no les importa no cenar, después del saqueo previo que ha sufrido mi despensa.
El monje carraspeó con el humo del tabaco. Estaba sopesando la propuesta. Y apostaría a que estaba a punto de darnos una negativa si no hubiese sido interrumpido por tres recios golpes que reclamaban que la puerta de entrada fuera abierta.
Un hombre de similar estatura que los del resto de la sala surgió en el vestíbulo. Su porte regio se distinguía de los demás.
Tras las obligadas presentaciones entre él (un tal Thorin) y el anfitrión (del que por fin descubrimos que se llamaba Bilbo) oficiadas por el hirsuto anciano (con falta de respeto incluida por parte del recién llegado, que me indignó profundamente), todos retornaron a la amplia estancia.
Aprovechamos para escabullirnos aconsejados tácitamente por Julián, que rápido de reflejos, le rogó protocolario al agradable Bilbo que nos señalase cuál era nuestro aposento, pues no queríamos seguir molestando.
Una vez encerrados y solos en la habitación, Alonso y yo recibimos la mala noticia.
—Es imposible, es imposible —repetía Julián sentado sobre la cama con las manos en la cabeza.
—Explícanos, Julián, no he entendido nada de lo que acaba de ocurrir ahí fuera —exhorté apuntando hacia la puerta.
—Amelia —se rindió—, Gandalf, Bilbo… Gondor, Hobbiton… Todo, todo pertenece a un libro.
—¿Cómo que a un libro?
—El Señor de los Anillos. O bueno, eso pensaba al principio cuando Gandalf vino hecho una furia hacia nosotros. Pero Bilbo parece demasiado joven como para esos acontecimientos, así que me inclino más por que estemos en El Hobbit.
—Yo sigo sin enterarme de nada —se quejó Alonso encogiéndose de hombros.
—Es una locura, ¿vale? Yo mismo no consigo explicármelo, pero el caso es que eso de allá fuera, como tú dices, no es real. Son personajes y lugares de una obra de literatura fantástica escrita por Tolkien en el siglo XX.
—Pero no puede ser. Hemos estado charlando con ellos, ¿cómo no van a ser reales?
—Y yo qué sé, Amelia, y yo qué sé. —Se desesperaba.
—Eso no es lo que me preocupa ahora —zanjó Alonso—, lo que me inquieta es cómo vamos a volver al Ministerio.
—Pues no sé. Con magia. En el mundo que Tolkien creó existían magos y elfos… Vamos, que era como una Edad Media idealizada con mitología nórdica o de por ahí. No estoy muy puesto, me vi las películas hace la tira de años y de los libros apenas me acuerdo, que me los leí en mi etapa de adolescente heavy.
—Está bien, pensemos, ¿y quiénes podrían ayudarnos con esa magia? —sonsaqué para agilizar la resolución del problema.
Julián calló durante unos instantes, y después nos miró decidido.
—Tenemos que llegar a Rivendel.
Esto... Podéis comentar y eso xD
Más que nada porque veo que desde que empezó la segunda temporada, las lecturas se han quintuplicado, pero los comentarios siguen igual que cuando publiqué (vamos, ni un solo comentario nuevo a pesar de la explosión de las estadísticas). Y por saber si queréis que lo continúe.
Si no sé si a la gente le gusta, le llama la atención la idea, se ha quedado intrigada, no puedo darle prioridad a este relato por encima de aquellos por los que sí que se demuestra cierto interés. Lógico, ¿no?
En fin, si finalmente nadie se anima a comentar, al menos espero que os haya entretenido un rato :P
