Lo prometido es deuda. Me he sentido apoyada con vuestros comentarios. Y a mí, como a Alonso, me gusta cumplir, así que aquí os traigo continuación del cruzado!
Ya he contestado por privado a todos los que tenéis perfil, pero a los anónimos, os respondo aquí, porque también sois parte importante de esta actualización :)
Hikoki: Andas muy desencaminado/a, pero no diré que tu idea también tiene su punto :P
Guest: Pues que sepas que tu apoyo ha supuesto todo un empujón para animarme a seguir publicando esta historia ^_^
Iosune: Te digo lo mismo que a Guest. :D Bienaventurados los pacientes, porque ellos recibirán su justa recompensa xD
Y sin más dilación, os dejo donde lo habíamos dejado, no sin antes advertiros que los dos capítulos anteriores han sufrido un mínimo retoque para poder introducir a (mi amado) Pacino en la historia (aunque sea de forma pasiva de momento U^.^).
Y como última recomendación, si queréis amenizar la lectura, podéis escuchar cualquier recopilación de música de la Comarca de las B.S.O. de ambas sagas de P. Jackson ;)
Nos vemos al final ^.~
Capítulo III. Tiempo cambiado
Julián apenas pudo pegar ojo esa noche. No ya por los cantos desaforados de los enanos primero (aún me costaba llamarlos así sin que se me vinieran a la mente los bufones de Velázquez), ni por sus audibles ronquidos después; sino por lo nervios.
Nada le cuadraba.
Alonso, más pragmático como buen soldado de trincheras, era capaz de dormirse en el palo de un gallinero siempre que no fuera su turno de guardia. No le inquietaba el hecho de no haber viajado exactamente en el tiempo; no necesitaba precisar adónde se había transportado. Su prioridad era salir de allí de una pieza y causando el menor impacto posible, como Ernesto había ordenado.
A mí al principio se me hizo difícil con el ajetreo que se traía Julián, pero debo reconocer que la cama que aquel extraño ser de orejas picudas y pies peludos me había asignado era tan mullida y cómoda, y olía tan bien a espliego y lavanda, que poco a poco conseguí conciliar un sueño reparador, alejada de pesadillas o temores.
Lo cierto es que aquella morada, y aquella habitación en particular, resultaban un imán para la tranquilidad, incluso con dos hombres de alterada respiración dormitando en el mismo cuarto. Creí que me tocaría descansar sola, por mi condición de mujer soltera, pero con la ingente cantidad de invitados inesperados, las estancias escasearon en el hogar del hobbit (no sé si llegaré a acostumbrarme a ese extraño vocablo) y nadie puso objeciones a que una señorita pernoctase con sus propios compañeros de viaje.
Alonso madrugó (habitual en él), y antes de que rayase el alba ya estaba desayunando junto con la compañía algo de las pocas sobras que quedaban en la despensa de nuestro amable hospedador.
Descubrió que había varios soldados viejos entre sus filas, así que no le costó mantener con dos de ellos (un corpulento pelirrojo y un venerable de larga barba blanca) una distendida conversación (principalmente sobre armas y técnicas de lucha cuerpo a cuerpo), aunque eso sí, sin hostigarlos. No quería que pensasen que pretendía sonsacarles información acerca de su misión, que a la postre en nada le incumbía; no fuera a reanimar las sospechas de espionaje que anoche pesaron sobre nosotros y que a Julián tanto le costó despejar.
Luego de asearme, salí de la dependencia para unirme a la colación. Menos mal que Alonso, previsor, nos había guardado un parvo a Julián y a mí. Si no, nos habría tocado iniciar la marcha con el estómago vacío.
—Bilbo se retrasa —masculló Julián haciendo malabarismos sobre el poni que le había tocado en suerte.
—A mí me quedó muy claro anoche que no tenía pensado venir —respondí yo en su oído, procurando que no me desestabilizase. Y es que como no habían contado con tres miembros más, tuve que compartir montura con él, después de que uno de los enanos, que gastaba un extraño peinado en tres puntas, me ayudase ceremonioso (y sospecho que un tanto zalamero) a subirme a la grupa. No quise desilusionarlo y acepté su asistencia, pero no me habría hecho falta porque le sacaba una cabeza y el poni distaba mucho de igualarse a un percherón.
—Sí, eso dice al principio, pero luego acaba uniéndose a la compañía —informó Julián, rememorando aquel libro del que nos habló—. Se levanta, le da una venada, firma el contrato y sale escopetado a encontrarse con los enanos.
—Pues entonces vendrá, supongo. —Traté de tranquilizarlo, más por que se estuviera quieto sobre el poni y dejara de tambalearme, que por verdadero interés.
Pero la mañana avanzaba a través de verdes prados (que me recordaban a aquellos de Galicia, Asturias y Cantabria) y el susodicho no hacía acto de presencia.
Julián chasqueó la lengua. —Esto no me gusta. ¿Y si simplemente por entrar nosotros en escena, ya hemos alterado los acontecimientos de la historia? Es importante que Bilbo forme parte de la misión de Érebor, porque si no lo hace, básicamente no hay libro.
—Pues yo no le veo mayor trascendencia —opuso Alonso—. Si me fueses a decir que estamos alterando un hecho capital de la historia de España, pues entendería tu turbación; pero siendo un libro de fantasía —argumentó, cargando la palabra fantasía como si fuese un género literario menor—… En fin, que yo me preocuparía más por llegar a Riba del.
—Sí, Ribadeo… ¡Rivendel! —corrigió Julián.
—Como sea, me preocupa más llegar allí y averiguar el modo de retornar al ministerio.
—¿Pero es que no lo entiendes, Alonso? —porfiaba—. Esta gente va a ir a parar sí o sí a Rivendel —rebajó el tono de voz para que sólo nosotros pudiéramos escucharlo—, por mucho que al Thorin este le jodan los elfos.
—¿Y quién es el tal Thorin que mientas? —interrumpió Alonso, tratando de no imaginarse a los malvados elfos aplicando el verbo con el mencionado enano.
Julián hizo un gesto de obviedad, señalando después con la cabeza a quien lideraba la comitiva.
—Ah, el rey. —Cayó por fin en la cuenta, para seguidamente componer un gesto de disconformidad—. Pues si es el rey, creo, Julián, que deberías referirte a él con algo más de respeto.
—Bidibidi —balbuceó sin saber cómo defenderse—, bueno, me da igual. El caso es que si Bilbo no es parte activa de la historia y ésta cambia, ¿qué nos hace confiar en que la compañía acabará en Rivendel? Lo mismo… —se pausó con un terror creciente—, ¡lo mismo la palmamos todos cuando nos topemos con los trolls, precisamente porque Bilbo no está!
¿Elfos, enanos, trolls? ¿Qué pasaba, que en este mundo de fantasía todo hacía referencia a la mitología escandinava?
—A ver, Julián, para —intervine yo ya alarmada—. Primero, prácticamente nos estás hablando en chino mandarín. Supongo que te estarás refiriendo a algún pasaje del libro, aunque tú mismo afirmaste que no te acordabas muy bien de él.
—Sí, bueno… —concedió a regañadientes. Nos relató someramente en qué consistía el argumento de ese libro, El Hobbit, de cómo un grupo de doce enanos y un mago emprendían un largo y duro periplo cuajado de peligros, para recuperar su reino.
»Pero las escenas más importantes sí que las recuerdo: el episodio de los trolls, la estancia en Rivendel, la ciudad de los trasgos, Gollum, Beorn, el hombre-oso, los elfos del Bosque, el dragón Smaug.
En ese momento, Alonso desorbitó dramáticamente los ojos.
—¿Me estás diciendo que en este país hay dragones de verdad, y hombres que se convierten en oso? Ahora sí que estoy convencido de que debemos marcharnos cuanto antes.
—Pues sin Bilbo, olvídate. Lo más probable es que acabemos muertos antes de llegar a la ciudad élfica. Luchamos contra seres sobrenaturales, no contra piquetes flamencos.
Alonso meditó unos instantes, puño enguantado bajo el mentón.
—Ya está —anunció resuelto—. Tenemos que apropiarnos de los mapas e ir nosotros por nuestra cuenta a Riba del.
—No, nada de robar —atajé—. Ernesto nos especificó claramente que no alterásemos la realidad. Si le robas los planos a esta pobre gente, terminarán perdidos a saber dónde por nuestra causa.
—Tenemos que volver a por Bilbo —insistía Julián, erre que erre.
—No —ordenó Alonso—, vosotros permaneced con el grupo. Yo desandaré el camino para arrastrar a ese bufón hasta aquí, si es preciso; así patalee todo el trecho.
Como jefa de la patrulla, me preocupé; no voy a negarlo. Era perfectamente consciente de que Alonso constituía la fase operativa, la parte de campo, el que primero entraba en acción; pero el hallarnos en territorio desconocido e inhóspito sólo hacía que aumentar el riesgo de que algo saliese mal, así como la probabilidad de no reencontrarnos.
Sin embargo, asentí dando el visto bueno a su propuesta. —Ten mucho cuidado, Alonso, por favor.
Y dicho esto, nuestro soldado dio media vuelta quedamente y se alejó al paso para evitar que los enanos reparasen en su partida, ya que éramos nosotros tres los que cerrábamos la hilera de ponis.
No transcurrieron ni tres horas cuando justo antes de la pausa para el almuerzo, Alonso y nuestro pequeño anfitrión se incorporaron definitivamente, aunque Alonso, con su habitual discreción, fingió convincentemente que él no había tenido nada que ver con que el hombrecillo hubiese aparecido ahí.
¡Puf, magia! Como con Houdini.
El peregrino gris se alegró sobremanera, confiado de que nos había encontrado por sus propios medios, y que de verdad estaba deseoso de ingresar en la compañía en busca de aventuras. Por lo visto, no quiso interpretar ni cómo se frotaba su hombro izquierdo ni las reiteradas miradas de soslayo que le dirigía a Alonso (el cual se esmeraba en concentrarse en el cuenco con estofado que le acababa de pasar un enano ataviado con un gracioso sombrero alado).
Alonso continuaba con su labor de integrarse dentro del grupo, como si de uno más se tratase (luego descubrí que inicialmente lo hacía para evitar vernos perjudicados en el reparto de raciones), por lo que Julián y yo aprovechamos para acercarnos a Bilbo. El viejo ermitaño estaba departiendo con el rey enano y lo había abandonado a su suerte, lo que venía a significar que nadie más se había dignado a hacerle compañía.
—Toma —le dije sonriéndole mientras le alargaba una escudilla con algo de sopa—. Seguro que no has comido nada desde anoche.
Lo cogió de buena gana. Me senté a su lado para despachar también mi plato, y de paso, un poco por incitarle a hablar, le di las gracias por darnos cobijo enfrentándose a toda la caterva de enanos y al colérico mago.
—No me las dé, señorita.
—Llámame Amelia —le interrumpí brevemente.
—De acuerdo, Amelia —repitió él, conforme—. Es de buen hobbit ser hospitalario con quien lo precisa. —Echó una ojeada rápida a ambos lados y luego se acercó más a mí para musitarme—: Y entre nosotros, ustedes ha sido mejores huéspedes que ellos —señaló apenado con un ademán de cabeza—. Al menos no han saqueado mi alacena ni han averiado mis cañerías.
Reí queda y pícara la gracia. Casi me dio lástima que lo hubiésemos importunado por presión de Julián. Estaba claro que era un hombre tranquilo y afable, poco amigo de líos y negocios turbios que no acaban bien.
—Pues ya creímos que no ibas a venir —cambió Julián de tema, casi con calzador—. Gandalf nos había hablado mucho de tu espíritu aventurero, y de cuánto te gustaría recorrer mundo.
Lo miré con disimulo, porque su intento de sondearle estaba resultando muy burdo. Desde luego, hacer de detective no era lo suyo. Si hubiese estado Pacino…
»Así que nos ha extrañado no verte esta mañana temprano. —Se apresuró a terminar su malogrado interrogatorio.
—Sí, ya. Es que —carraspeó Bilbo incómodo— no me encontraba bien esta mañana, sufro unas alergias terribles —mintió malamente. Al parecer, seguía cohibido por lo que fuera que hubiese pasado entre él y Alonso.
—Bueno, no te preocupes. —Le estreché dulce el antebrazo—. Ya estás de nuevo con nosotros.
En ese momento, cuatro enanos (tres jóvenes y el del pelo en puntas) se aproximaron para indagar también el motivo de por qué el hobbit finalmente había firmado el contrato de ¿saqueador? Por lo visto, se habían apostado un saquito de monedas a si iba a aparecer o no, y (gracias a Alonso) el del peinado extraño ahora era un poco menos rico.
Y yo me alegré secretamente por que hubiese dudado de él (aunque con razón).
—Pobre —susurré luego en confidencia a mis dos compañeros—. Sólo espero que no hayas sido demasiado brusco con él, Alonso. Me cae bien y no lo veo una persona que albergue resentimientos, pero tampoco creo que se merezca un mal trato.
—Tranquila —replicó el soldado mientras masticaba un mondongo que traía el guiso—, no me ha hecho falta intimidarlo mucho. Sólo lo he zarandeado una vez, apelando al honor, a la hombría y a la solidaridad por aquellos que han perdido su hogar.
—Cualquiera diría que te has adherido a la causa enana, Alonso —bromeó con guasa Julián ante el argumento de su amigo, una chanza a ese curioso cambio de actitud.
—Pardiez, nosotros también tuvimos que reconquistar nuestra tierra cuando nos la arrebataron, sólo que a nosotros nos llevó ocho siglos —se defendió como si se sintiese ofendido. La verdad es que era una comparación muy cogida con pinzas.
—Ya empezamos —se irritó Julián—. ¿Para qué habré dicho nada?
—Bueno, calmaos —medié antes de que se calentaran los ánimos—. Lo importante es que hemos conseguido que el pequeño Bilbo vuelva al redil para que la historia no sufra cambios.
Lo malo es que no tardaríamos en darnos cuenta de que todo estaba a punto de cambiar.
