Naruto y su universo pertenece a Masashi Kishimoto. Esta historia sí es de mi autoría.

*Notas de autor y respuesta a comentarios al final*.


Capítulo V: Aliados inesperados, pero bien recibidos.

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El anciano sintió un peso suave, pero firme, en su hombro y despertó sobresaltado; se sentía tan cansado por el viaje al País del Fuego, y agotado mentalmente al no haber recibido la ayuda esperada, que inclinó un poco la cabeza hacia su pecho y, cuando menos lo notó, la conciencia lo abandonó. Al despertar un par de jóvenes y brillantes ojos verdes le devolvieron la mirada y, con voz cantarina, le dijeron:

—¡Ojii-sama! —una risa acompañó el llamado—. De haber sabido lo cansado que estaba habría tomado las riendas mucho antes.

El hombre sonrió a la curiosa —y sorprendentemente fuerte— muchacha que tuvo la suerte de toparse en el camino; él creyó que jamás conseguiría ayuda de Konoha, pero el destino quiso que cruzaran sendas. Si mal no recordaba, se llamaba Sakura. No estaba seguro si le mencionó su apellido; en otra ocasión le hubiera preguntado, pero sabía que los ninjas no eran dados a dar muchos datos de sí mismos, o ninguno en absoluto, y tampoco quería arriesgarse a que la chica se enfadada y se negara a ayudarle. Parecía confiable, incluso dulce, pero no tenía buenas experiencias con shinobis; y ya le quedó claro que no podía fiarse de su apariencia frágil.

—Le aseguro, señorita Sakura, que soy muy resistente —replicó el hombre.

Podrían rechinarle todas las junturas del cuerpo, pero era un hombre de campo: criado bajo el sol, con las manos eternamente ásperas de cayos y cicatrices; de piel y temperamento duros como la roca. No se consideraba especialmente prejuicioso, ¿pero cómo podría juzgar su resistencia una muchachita de piel lechosa como la de una princesa? De acuerdo, era shinobi, en teoría mucho más preparada para la batalla que él; pero no era la indicada para juzgar su fuerza.

—Tal vez hace diez años le hubiera creído, pero ahora su cuerpo le pide descanso. Tranquilo, su dignidad está a salvo conmigo —Sakura le guiñó un ojo, intuyendo el rumbo de sus pensamientos. Estaba tan acostumbrada al orgullo masculino que había aprendido a usar las palabras justas para que bajaran la guardia. Su madre, mucho tiempo atrás, le habló de que los años le darían la experiencia para lidiar con hombres así, de una manera tan sutil que ni siquiera se darían cuenta; y ahora, al ver cómo el abuelo le tendía las riendas con un ligero sonrojo de vergüenza —pero acompañado de una sonrisa satisfecha—, pensó: "Vaya, mamá, ya soy toda una mujer". Sofocó una risa y alzó la vista al camino.

Lomadas cada vez más agudas se elevaban ante ella y el bosque que acompañaba el camino se inclinaba de a poco hacia ellos; Sakura intuía que en cualquier momento la pared de troncos estaría tan cerca, y por consiguiente: el camino más angosto, que sólo una carreta podría transitarlo. El atardecer había pintado de cálidos tonos naranjas, amarillos y rosados el cielo, pero ya se podía ver cómo un violeta cada vez más oscuro salpicaba el vivo atardecer.

Sakura agradeció que la temperatura bajara un poco, porque no se había quitado en ningún momento la capa, por lo que el sudor y su piel eran uno solo a esa altura; se sentía pegajosa y sucia. Sólo deseaba un buen baño; pero intuía que las duchas al anochecer, con una buena lectura antes de dormir, eran cosa del pasado. Al menos hasta que regresara a su aldea.

Notó cómo el peso de la añoranza comprimía su pecho. El bosque, que antes consideró un manto natural para esconder su presencia, ahora le parecía siniestro como una trampa. Sabía que el silencio sería incómodo de no ser por todos los ruidos que la rodeaban, cada cual más molesto que el anterior: el ronquido constante de su dormido acompañante; las ruedas de la carreta luchando con las piedras del camino, cada metro más arrasadas por la maleza que ganaban terreno; y los cascos de la pobre mula que, lento pero firme, se dirigía a su hogar. La mujer no recordaba haber tirado ni una sola vez de las riendas, pero el animal debía conocer muy bien el camino porque desplazaba sus fibrosas patas en automático.

No era la primera vez que estaba sola y lejos de Konoha. ¡Por favor, ella había estado meses en misiones! Incluso había salido sin ningún equipo, y en ninguna ocasión había recordado su aldea hasta el momento en que los guardias la recibían en la entrada, pero… las diferencias eran muchas. No tendría guardianes esperándola con alegría en las puertas; tampoco a sus amigos o un grupo ANBU para respaldarla si se metía en problemas que no pudiera manejar… Estaba realmente sola, y si quería sobrevivir o evitar que la casaran con el hijo del Feudal, debía ocultar su identidad.

Fingir ser la nieta de un viejo terco era parte de su plan para pasar inadvertida. No es que le hiciera mucha gracia estar en territorio que alguna vez fue la guarida de aquella serpiente Orochimaru (y estaba bastante convencida que su escalofriante "humanidad" seguía escondida por ahí), pero el anciano y sus vecinos no eran culpables. Dijo que ayudaría, con obstinación se negaba a que su misión fuera pura fachada; ella no sólo estaba huyendo como una cobarde… No podía permitir que fuera así. No podría vivir en paz con su orgullo roto.

Porque ella odiaba a los cobardes —como una vez fue—. Pero ahora se comportaba como una.

Despreciaba a quienes dañaban a su aldea… pero ella, escondida bajo su capa, la estaba traicionando. Tal vez no lanzara un bijuu furioso sobre sus murallas, pero su ataque era tan sutil que nadie se daría cuenta hasta que Konoha no volviera a ser la misma.

Nadie podía asegurar que el Feudal del Fuego no le vaya a dar la espalda a Konoha después de su insolencia. Y si eso pasaba, Sakura sabía que sería su culpa. Si Konoha perecía en el hambre, en una guerra civil, o atacada por el temor de otros feudales entonces… entonces nada de lo que hizo en la guerra podría limpiar su actual traición.

El desasosiego parecía cobrar más peso en su alma al caer la noche. Era como si con los rayos del sol Sakura pudiera ver esperanzas en su plan, pero con el manto nocturno eran engullidas por la oscuridad. El impulso para bajarse de la carreta y regresar a su hogar, dispuesta a asumir cualquier responsabilidad, fue tan poderoso que sin pensar giró el cuerpo y estiró una de sus piernas fuera del vehículo. Los músculos de sus piernas se tensaron al aterrizar en el camino, decidida a regresar.

—¡Señorita! ¿A dónde va?

Se detuvo en seco. ¿Qué estaba haciendo?

Sonrojada, y sin mediar palabra, regresó a la carreta; el anciano la observó preocupado, el semblante de la muchacha parecía neutro, pero intuía que se trataba de una fachada creada para ocultar lo que fuera que la mortificaba. Sencillamente no podía dejar que se fuera, primero y más importante: porque su pequeño poblado necesitaba urgentemente ayuda; y segundo —aunque no quisiera reconocerlo— ella tenía esa apariencia que te impulsaba a apoyarla y protegerla.

O quizá sólo fuese la edad que lo había vuelto más blando.

—Oye, niña —. Sakura no le devolvió la mirada, pero cabeceó afirmativamente, dando a entender que lo estaba escuchando —. Cuando empiezas algo, debes terminarlo. Y aceptar las consecuencias.

La vio alzar la vista y observar la oscuridad del cielo. Él no entendía desde dónde surgieron sus palabras, no era alguien con más conocimientos que los que la vida le dio; pero reconocería la indecisión en cualquier rostro joven, y más en el de ella que resultaba tan transparente.

—¿Y si no estás haciendo lo correcto?

Ella se preciaba de ser determinada y tenaz. Eran características que siempre definieron a su persona en mayor o menor medida; Tsunade fortaleció todas las virtudes que poseía —no sólo físicas, sino mentales—, pero en los últimos años había caído en el hermetismo. ¿Alguna vez sospechó que terminaría guardando para sí misma todas sus inseguridades? ¿Debía culpar a sus compañeros, que sin buscarlo, le enseñaron a ser una ninja modelo: aquella que podía esconder sus sentimientos? Entonces, ¿a dónde se fue su determinación? ¿El control que había adquirido sobre sus emociones? Kakashi y los demás habían sacrificado mucho por ella, se habían expuesto a ser llamados traidores. Ella no era la única implicada, pero era sobre la que más pesaba la responsabilidad.

Si ella regresara ahora. ¿Cómo lo explicaría? Todos sus seres queridos quedarían irremediablemente implicados.

Su acompañante sonrió con humor, como si la respuesta a su pregunta siempre hubiera estado a su alcance. —Te contaré algo. Cuando era muy joven me enamoré de mi esposa Kaede; pero su padre no aprobaba la relación. Tomé la peor decisión a vista de todos, incluso de mi propia Kaede. Llevármela lejos, donde su padre no pudiera entrometerse —. Sakura ensanchó sus ojos sorprendida, siempre había visto los raptos y huidas por amor más como una loca leyenda que una realidad —. No tenía dinero, tampoco contábamos con ayuda; y aunque por momentos pensaba en enviar a Kaede de regreso con su familia, y aceptar que su padre me azotase hasta la muerte, ella me decía: "Hay que continuar hasta terminar" —suspiró con una muy ligera sonrisa mientras observaba el horizonte, probablemente pensando en su esposa—. ¿Cómo saber si hacemos lo correcto? A veces hay que seguir con aquello que creemos está mal si queremos transformarlo en un buen resultado. En el fondo, uno siempre sabe si vale la pena; yo lo sabía, y lo reafirmo cada día cuando veo a nuestros hijos y nietos.

—¿Y qué si lo que mal empieza mal acaba, como normalmente ocurre? ¿Si no podemos transformarlo en algo bueno? —preguntó la muchacha, aun cuando sabía la respuesta.

—Entonces debemos asumir el castigo de la apuesta perdida —. Sakura asintió ante el señor, como si aceptara con resignación la condena frente a su verdugo —. Desconozco la apuesta que te trajo aquí —. La muchacha contuvo el aliento, sorprendida por la intuición del hombre —. Pero será mejor que pongas tus mejores cartas sobre la mesa si quieres ganar.

Sakura soltó una ligera risa cuando el anciano le guiñó un ojo. No importaba cuántos libros devorara cada noche, a veces no es posible ganarle a las personas erosionadas por la vida.

La siguiente media hora conversaron sobre temas sin importancia, diluyendo la tensión en el cuerpo de Sakura. El anciano no indagó en sus asuntos, y la ninja lo agradeció profundamente; sus pensamientos eran un caos y, aunque tuviese la intención, no podría ordenar un discurso que explicara su estado emocional. Cuando el hombre reanudó el cabeceo producto del sueño, ella saltó de la carreta y caminó junto a la sufrida mula para dejarle el espacio suficiente para recostarse. Como era de esperar, el abuelo chilló en indignación, pero la suave cordialidad de Sakura terminó por convencerlo de descansar; sin embargo, se aseguró de darle indicaciones sobre el camino, aunque prometió dormir pocas horas. Ella dudaba que pudiera cumplirla, se notaba muy cansado.

Solamente acompañada por los sonidos del bosque, la mula y la carreta, se dedicó a acariciar la cabeza del animal. Era una hembra muy bonita y bien cuidada, aunque se notaba vieja. La mula cerró sus ojillos negros tras unos minutos, y la ninja retiró su mano para que el animal no decidiera dormirse en mitad del camino. De pronto recordó a Ino, su madre, todos sus pacientes e inclusive compañeros de misión; como si de un patrón se tratara, todos le hacían notar la habilidad de sus manos —no sólo a la hora de curar, sino de tranquilizar—. Ella ni siquiera se daba cuenta, pero el contacto físico era algo inherente en su persona cuando buscaba detener una discusión o tranquilizar a alguien. No es como si le regalara abrazos a cualquiera… pero una mano sobre el hombro, sostener el antebrazo con un ligero toque —sólo para desviar la atención en una pelea— era algo que no podía evitar usar. Naruto era con quien más actuaba por impulso, ya que se había dado cuenta que sus palabras no solían surtir efecto en él cuando estaba enojado, menos aún sus chillidos de niña de doce años. Eso no quería decir que ya no le gritara y diera golpes si se portaba como idiota —era muy de ellos, dudaba que cambiara alguna vez—; pero cuando la situación era seria ella presionaba con amable firmeza sus hombros, antebrazos o muñecas, y él terminaba bajando algunos grados de agresión. Naruto era muy físico, necesitaba de golpes o toques, la psicología no surtía mucho efecto en él.

Luego, con su profesión, el contacto con los demás fue inevitable. Aprendió a calmar dolores, a bajar grados de histeria y llevar tranquilidad, a ganarse la confianza con una sonrisa y una caricia impersonal en la cabeza. Debido a Kiba y su rescate de mascotas perdidas o sin hogar, aprendió a trasladar esa misma empatía hacia los animales. Y cuando pudo abrir el Hospital de Niños, la dulzura, comprensión y paciencia en su toque llegó a niveles insospechados.

Ella seguía siendo la misma Sakura gritona y algo bruta de siempre, pero cuando veía la vulnerabilidad en alguna criatura su esencia cambiaba radicalmente. Quizá por ello sus manos volaron a la mula, la notaba tan cansada y viejita que esperaba este fuera su último viaje largo, y el resto de sus días lo dedicara a comer los brotes verdes que trae la primavera en algún prado.

Ino bromeaba con que podía domar a las peores fieras, ya que hasta Sasuke prefería su toque al de otro medic‐nin. Sakura no pudo evitar sonrojarse y le excusó diciendo que sólo estaba más acostumbrado a ella; lo cual era cierto. El Uchiha había entablado una confianza en ella —en ese aspecto—, tan firme que ni siquiera los años lograron cambiarla; desde que eran un joven Equipo Siete, el Sasuke de doce años no concebía la idea que Naruto o Kakashi se encargaran de sus heridas. El rubio era muy bruto, además de su eterno rival; y Kakashi parecía tan desinteresado en ese aspecto que no inspiraba confianza cuando tomaba unas vendas. Naturalmente Sakura era la única opción válida.

"Vaya costumbre tan férrea entonces, porque incluso el breve tiempo que se quedó en Konoha no dejó que alguien más lo atendiera. Ni siquiera yo, y eso que me conoce". Ino movía sugestivamente las cejas mientras se burlaba de ella. Haruno se había cansado de darle manotazos, muerta de la vergüenza. Le gustaría pensar que Sasuke la considerara especial para tratarlo y cuidar su salud, pero la fría practicidad de su mente le recordaba que él era conocedor de que ella, y Tsunade, eran las mejores medic‐nin de su tiempo; era bastante lógico que quisiera dejar su salud en manos de la mejor.

También podría recurrir a Tsunade‐shishou. Una vocecita en su cabeza le recordaba con esperanza, pero vamos, Tsunade no es como si le tuviera mucha estima, y Sasuke era consciente de eso —Senjuu no ocultaba su desdén—. Y así la vocecita era lanzada lejos como si fuera una jabalina.

Luego de otra hora, y ya con el cielo cubierto de estrellas, decidió que lo mejor para el anciano era detener la marcha, encender un fuego y dejarlo descansar con más comodidad —la que pudiera ofrecer un bosque, claro—. Lo estaba llevando a un ritmo shinobi, y por evidentes razones no podría hacerlo pasar por semejante tortura. El hombre, llevado del brazo, se dejó caer entre las raíces nudosas de un árbol y se encogió como una araña buscando el calor del centro de su cuerpo. Sakura lo observó con ternura, era como ver un niño gruñón y arrugado; así que se quitó la capa para arroparlo lo mejor posible. Por supuesto que su cuerpo tembló quejándose por la inesperada falta de abrigo, pero ella era una ninja, su cuerpo estaba acostumbrado a soportar temperaturas inclementes; no es como si hiciera mucho frio de todas formas, pero la humedad del bosque dejaba una sensación térmica preocupantemente baja para el abuelo, por lo que decidió apurar su búsqueda de ramas secas.

El bosque no le agradaba para nada, era excesivamente húmedo y pantanoso, y tan oscuro que le preocupaba meterse en arenas movedizas. Entendió por qué fue un buen escondite para Orochimaru durante tantos años: era muy difícil manejarse a través de él, debías parecerte lo más posible a una lúcida serpiente para volver aquel lugar tu terreno, y Orochimaru era posiblemente el ninja más astuto que había conocido. Despreciaba, y admiraba, su capacidad para adaptarse a cualquier situación en igual medida. Sakura odiaba manejarse a oscuras cuando desconocía el terreno, pero en honor a la verdad no era la primera vez que lo hacía, así que para evitar caer en arenas movedizas buscó un palo algo grueso para tantear el suelo; en algunos sectores notó cómo se hundía, pero nunca al punto de ser engullido por los suelos; tras unos quince minutos recogió suficiente madera para encender un fuego que los mantuviera calientes durante la noche. Cuando regresó el abuelo no se había movido de su lugar ni un ápice.

Haruno sonrió de lado y dejó caer las ramas; con algunas rocas formó un círculo y acomodó la madera en su interior; luego se dispuso a encender un fuego a la vieja usanza —aunque no era muy buena en ello, pues siempre había un ninja en los equipos que manejara la naturaleza del fuego—, pero tras diez minutos en que tuvo que lidiar con su fuerte temperamento para no patear la hoguera, el fuego crepitó débilmente hasta que una aureola rojiza y tibia rodeó los cuerpos de los viajeros. Al poco rato Sakura observó al anciano estirarse, seguramente más cómodo por el calor. La mujer controló la hoguera para que no creciera demasiado: primero, porque no quería que las ramas se consumieran tan rápido, y segundo: porque, por más profundo que fuera el bosque, no quería arriesgarse a que alguien viera la luz y decidiera acercarse. Cuando su cuerpo alcanzó una temperatura agradable llenó una olla con agua que traía en su cantimplora y se acercó a la mula, el animal aceptó con desgana el líquido vital y la de ojos verdes se permitió acariciarla hasta que se durmió.

Parece que será otra noche en vela… Sakura no podía permitirse dormir, debía velar el sueño de dos ancianos cansados —uno cuadrúpedo—, y desde luego, cuidar su propia espalda. Se recostó en el lomo de la mula que movió las orejas, dando a entender que sentía su presencia, pero no le molestaba. Observó hacia arriba, tratando de encontrar las estrellas en una noche tan cerrada como esa, pero las copas de los árboles se curvaron como una cúpula de verde oscuro y marrón casi negro. Casi sintió claustrofobia.

Las horas pasaron y la ninja pestañeaba en medio del cansancio; la oscuridad seguía rodeándola, pero no estaba segura si se debía a los árboles o que realmente seguía siendo la madrugada. La mula alzó la cabeza cuando escuchó al anciano desperezarse, pero no se levantó pues sentía el peso de la muchacha sobre ella; Sakura juró poder morir de la ternura con el noble animal.

—¡Señorita! Ya deben ser cerca de las seis de la mañana, ¡vaya que he dormido! Le dije que me despertara —. Ella lo observó como si le hubiera crecido un tercer brazo en el transcurso de la noche, pero el anciano continuó: —No se dio cuenta por lo densas que son las copas de estos árboles, pero ya debe haber una buena cantidad de luz.

Tras un ligero desayuno donde, desde luego, hubo arroz de sobra, Sakura y el hombre amarraron la carreta en los arneses de la mula, y la guiaron de regreso al camino. Efectivamente, entre más se acercaban al sendero, la luz rojiza del amanecer bañó los ojos verdes de Sakura. Inhaló una gran cantidad de aire, que no era tan denso como esperaba, aunque aun así el vapor se elevaba desde las copas de los árboles. De cualquier manera, el hecho de poder salir de esa cueva natural supuso para la shinobi un buen inicio del día. La cabeza le pesaba producto de tres noches sin sueño, pero el hospital fácilmente la podía someter a un ritmo más duro que éste.

El anciano fue el primero en subirse a la carreta y estaba dispuesto a devolverle la capa a la jovencita cuando reparó en su —muy curioso— cabello rosa; le llegaba a mitad de espalda y cuando ella le sonrió notó el rombo azul que adornada su frente, aunque tratara de esconderse tras su flequillo. Anteriormente no había notado sus exóticos rasgos, posiblemente por su propia modorra o la oscuridad del bosque, pero ahora le parecía lógico por qué Sakura se ocultaba constantemente bajo su capa. Se la entregó y rápidamente se cubrió con ella, subiendo la capucha hasta que ese llamativo rosa quedó oculto.

—Ahora noto por qué no se quitaba el abrigo, debe haber sudado mucho con este calor.

Sakura soltó una risa tensa, esperando que no la haya reconocido. Pero si fue así, el hombre no demostró el mínimo interés. —Mi cabello siempre ha sido algo inoportuno para mi profesión. A veces debo realizar una técnica para teñirlo de negro o marrón.

—No es lo único llamativo, usted tiene la piel muy blanca y los ojos de un verde potente. No he visto a nadie con sus rasgos. Estaba pensando si quizá no era una princesa que huyó de su castillo —el hombre reía sin reparar en la tensión que adquirió el rictus de Sakura. No, no era una princesa, tampoco consideraba tener la apariencia de una —ni en un millón de años—; pero, siguiendo ese razonamiento, tampoco era una ninja tipo… Y sin embargo lo era, así como también podría ser una mujer de la nobleza si aceptara casarse con el heredero del Feudal.

Ella era un ejemplo del "No debería ser". No debería ser shinobi, menos aún una que tuviera tanto reconocimiento al no provenir de un clan poderoso; no debería tener tanta influencia sobre personas de poder como Kakashi, Naruto o Tsunade; y sobre todo: no debería tener la posibilidad de ser la futura líder de la Tierra del Fuego.

Sakura lanzó una risa irónica y respondió: —No soy una mujer de castillo; aunque me lo ofrecieran, creo que seguiría prefiriendo mi pequeño departamento —ella siguió riéndose cuando el anciano murmuró un: "Todas dicen lo mismo hasta que se los ofrecen realmente". Una sonrisa socarrona partió el níveo rostro de Sakura, pensando que seguiría rechazándolo, pues la libertad de la que gozaba era más lujosa y brillante que un palacio de oro resplandeciendo bajo el sol.


Tres mujeres volvían de los pozos de agua acarreando baldes llenos de la misma. Otros dos niños habían despertado con fiebre cerca de los 40° C y sentían que la situación se les salía de las manos. En su aldea no había doctores, sólo una curandera, y los remedios caseros estaban funcionando para mantener al margen la fiebre, pero no así el dolor abdominal, y aún menos la diarrea —la mayoría de las veces sangrante— de los enfermos. Ya veinte personas habían enfermando, y una abuela falleció. En una pequeña aldea como esa era una situación terrible. Llevaban dos semanas luchando con la enfermedad y no parecía mejorar en absoluto; temían que comenzaran a fallecer uno tras otros sin poder detenerlo. Se trataba de una epidemia que debería haber comenzado como un simple virus estomacal, pero nadie se recuperaba, y cada vez más personas caían enfermas; tenían especial miedo por los niños y ancianos.

—¡Muchachas, regrese! ¿Han mejorado?

El trío de mujeres dio la vuelta cuando escucharon la voz ronca que las llamaba desde una carreta. Le sonrieron con cansancio al anciano sobre ella y observaron con curiosidad la delgada figura oscura que le acompañaba. Por un momento temieron que el viejo haya recogido a un indeseable, así que mientras se observaban de reojo alzaron los baldes, listos para ser utilizados de ser necesario.

—¡Hideki‐sama! —corearon juntas —. Temíamos que haya muerto en el camino.

—¡Así me reciben! —exclamó el hombre mayor mientras saltaba de la carreta. Haruno estaba por seguir los pasos de Hideki, según decían las mujeres, cuando notó la postura tensa de las tres; estrechó los ojos en una fina línea verde cuando notó que el ángulo de los baldes de alguna forma apuntaba hacia ella. Para qué mentir, le hizo gracia.

—¡No podemos recibir apropiadamente a un malandrín! —gritó la que se encontraba en medio, y las otras alzaron los baldes, listas para lanzarlos como si fueran rocas sobre la inocente shinobi. Pero Sakura había notado sus intenciones desde que las observó mirarla con desconfianza, así que tironeó de las riendas asuntando a la pobre mula, haciendo que se les fuera encima a las muchachas. Éstas se asustaron cuando la carreta se les vino encima y los baldes de madera cayeron, esparciendo el agua por todas partes; observaron con ira creciente al "malandrín", que rápidamente tomó el control del animal y lo hizo caminar hasta que quedó frente a las mujeres —que por cierto: se encontraban en el suelo con rostros de incredulidad—.

—Lo lamento por eso —dijo Sakura, bajando la capucha y exponiendo su rostro. Pero a pesar de sus palabras, el tono divertido irritó a las chicas, que miraban disgustadas el lodazal sobre el que cayeron sus kimonos limpios —. En otro momento no me molestaría esquivar sus baldes, pero estoy muy cansada y mis reflejos igual, además, se notan muy pesados como para aguantar el golpe, ¿acaso tienen la costumbre de querer desnucar a la ayuda médica?

Sorprendidas observaron al viejo Hideki, que las reprobaba con la mirada. —Esta niña ninja aceptó ayudarnos cuando le conté sobre la enfermedad de la aldea, por un momento estuvo a punto de irse ¡No tienen idea lo que me costó traerla aquí, durmió casi todo el camino! Ustedes no van a sacar a las patadas a la única medic‐nin que pude conseguir.

Haruno elevó una de sus finas cejas. ¿Qué había dormido todo el camino? Si será mentiroso… El que durmió como una marmota fue él. Aun así se reservó el comentario, pues la parte más maliciosa de ella misma no superaba los rostros avergonzados de las "defensoras de la aldea", como las bautizó Sakura en su mente.

Tras miles de disculpas, y muchos regaños de Hideki, Sakura se encontró riendo con las mujeres; tanto que el anciano se excusó para ver a su querida esposa, y las muchachas terminaron guiando a Sakura con la curandera de buena gana, ya que la ninja les dio muchos pañuelos para borrar las marcas de barro en sus rostros.


Sakura sentía el cansancio presionando en su equilibrio más que nunca, pero no se quejó cuando la llevaron a una cabaña humilde y le presentaron a Someina‐san, la curandera de la aldea. Era una mujer que debía rondar los cuarenta años, pero con fría inteligencia en los ojos notó al instante que Sakura era una medic‐nin. La ninja rogó porque no la reconociera, después de todo, suponía que las personas que se dedicaban a la salud, aunque no fueran ninjas, conocerían a Tsunade… y eso podía llevarlos a conocerla a ella. Pero al igual que Hideki, si conocía su identidad, no mostró ningún interés en revelarlo.

El resto de las horas Sakura se la pasó visitando cabañas junto a Someina; la situación se veía crítica y no necesitaba las palabras de la curandera para saberlo. Se trataba de un mal estomacal muy potente, que llevaba a las personas a la deshidratación con rapidez, aunque constantemente estuvieran hidratando a los enfermos. Sakura observó todos los síntomas con ojos de halcón: la fiebre, el dolor estomacal, los vómitos y la diarrea podían ser de cualquier virus, pero la sangre en las deposiciones casi le confirmaba de qué se trataba. Le comentó a Someina la posibilidad de que todos se hubieran contaminado con disentería, y aunque la curandera no se negó, no podía reconocer de dónde provenía la enfermedad.

La ninja se cansó de dar instrucciones para que cuidaran la higiene, tanto que su voz terminó ronca. Tomó muestras fecales de todos los enfermos, pero salvo los que habían enfermado hace pocas horas, los demás mostraban un cuadro clínico ciertamente avanzado. La palidez de sus pieles, los labios agrietados y los ojos hundidos hacían temer a Sakura que necesitarían de líquidos por vía intravenosa; pero en aquella aldea ni siquiera habían microscopios, menos aún todo lo necesario para enfermos críticos.

El resto de la noche Sakura analizó las muestras con un microscopio de Hinata había empacado entre sus muchos pergaminos. Haruno la hubiera besado de haber estado junto a ella, porque de no haber sido por su previsión, no sabría qué pasos seguir. Probablemente a Naruto no le hubiera hecho mucha gracia. Tras horas en que repitió y repitió los análisis, pues la precariedad de sus recursos la predisponían a sacar falsos positivos, Sakura encontró la culpable forma bacilar de la Shigella, la bacteria de la disentería que tanto había sospechado. Ya no era tan común que se pudiera morir de disentería, exceptuando los niños muy pequeños, pero la falta de higiene y la pobreza de esa aldea los había llevado a una epidemia como esa; podían curarse sin antibióticos e internación, pero muchos llevaban dos semanas sin mejoras y Sakura debía actuar rápido si quería evitar que murieran en medio de la deshidratación.

Pero con mayor urgencia: necesitaba saber el origen, el foco infeccioso. Pasó otro día estresante sin poder dormir; cuidando de los enfermos, analizando muestras de variados alimentos sin ningún resultado. Dos personas más habían caído enfermas en el transcurso de esas horas. Cuando le ofrecían agua Sakura la rechazaba, prefiriendo tomar de su cantimplora, y entonces vino a su mente una idea: Si no es la comida… ¿Será el agua?

¡Claro! ¡Los pozos! Era el agua de la comunidad después de todo, la forma más eficiente de que una epidemia se contagiara rápidamente. Sakura corrió hacia los pozos y prohibió terminantemente que alguien bebiera de ellos hasta que no los descartara como una posible fuente de contaminación; las tres muchachas que la recibieron en la entrada la ayudaron a extraer agua cuando la vieron tambalearse al tirar de las cuerdas del aljibe. La ninja podía sentir la vergüenza, seguramente creían que era una debilucha, cuando la fuerza física era su mayor arma en el combate.

No le tomó más tiempo del necesario en reconocer la bacteria en las aguas, y a partir de entonces los aldeanos se vieron forzados a abandonar los aljibes y caminar tres kilómetros para conseguir el líquido vital en el río más próximo, pero era un sacrificio que todos estaban dispuestos a afrontar. Era la madrugada del sexto día desde que Sakura abandonó Konoha.

—Realmente has ayudado mucho. Desconfié de ti al verte tan joven, pero por lo visto, has aprendido lo que yo en la mitad del tiempo o menos. Que trajeras un microscopio fue de gran ayuda, ciertamente.

Someina le hablaba a Sakura, que había metido las narices en sus viejos libros de anatomía, buscando alguna forma alternativa para contrarrestar la deshidratación general con los nulos medios de los que disponían. Pero las ojeras de la chica eran preocupantes, y ni hablar de su palidez enfermiza. Había intentado que la ninja comiera más seguido y durmiera al menos unas horas, pero jamás había visto a alguien tan inquieta; se notaba que idolatraba su profesión, y probablemente la adrenalina era lo que la mantenía alerta como un lobo, pero colapsaría si seguía a ese ritmo. Como parecía tener un pie en el mundo de Morfeo, y otro en la realidad, la curandera optó por cerrar los libros y arrastrarla casi de las orejas a la cama. Sakura le gritó que dejara de tratarla como una niña, pero era inevitable, debido a su pequeña y delgada contextura se veía como una a pesar de los rasgos afilados.

Sakura cayó como peso muerto sobre las sábanas, la muy astuta de Someina le había dado un té de tilo para que bajara unas cuantas revoluciones y había funcionado. Le molestó la insignia de Konoha que todo este tiempo había llevado en la cabeza para sostener su cabello, y si hubiera estado más atenta, jamás la habría dejado tan expuesta. Cualquier pensamiento racional la había abandonado en cuanto pisó esa sufrida aldea; dejó sobre la madera del piso su insignia y durmió entre sueños intranquilos, sin preocuparse por ocultar su chakra.


En sus sueños le pareció escuchar gritos y muchos pedidos de auxilio, pero cuando una explosión hizo que un jarrón sobre las repisas cayera cerca de Sakura, lastimando una de sus manos hasta hacerla sangrar, la shinobi despertó sobresaltada y en posición de ataque. Aquello no era un sueño, alguien estaba atacando.

Se encontró a Someina aferrada a una pala con los nudillos casi blancos y observando por las ventanas. Sakura la miró por el rabillo del ojo y salió corriendo de su cabaña; le pareció escuchar cómo la llamaba a gritos, pero no se volvió.

A lo lejos vio a un ninja enmascarado acuchillando con un kunai a un hombre, y casi se le fue encima al anciano Hideki cuando Sakura lo interceptó, mandándolo lejos como cuatro metros por una de sus poderosas trompadas, con muchos huesos rotos sino es que muerto. Los gritos cesaron cuando cuatro anbus, de los que Sakura no reconocía las máscaras, saltaron sobre los techos observándola. La de ojos verdes sintió su garganta arder al tragar con fuerza; eran anbus de Konoha, aunque no pudiese identificar para quién trabajaban.

—Haruno Sakura —dijo el que parecía el líder —, regrese a su aldea por las buenas, si no quiere que toda esta gente pague por su cobardía.

Sakura observó a todas las personas que, heridas, le devolvían la mirada con confusión y temor. Los más fuertes habían sido amarrados con dolorosos nudos que dejaban la piel de los brazos a carne viva cuando se movían para soltarse. Padres y madres se aferraban a sus hijos como si fueran su último salvavidas en medio del mar. Sakura gritó, por toda la angustia y rabia que venía acumulando desde hace seis largos días, por todas las personas que resultaron heridas por su causa; corrió hacia la cabaña donde, desde su techo, los anbu esperaban su respuesta… Esta es mi respuesta, cabrones. Fue como ver una explosión de chakra: Sakura dio uno de los puñetazos más descontrolados de su vida, tanto que no sólo la cabaña que recibió su golpe se derrumbó, sino las dos que estaban a su lado. Los ninja cayeron sorprendidos, y reaccionaron tarde cuando la medic‐nin pasó corriendo a su lado como una exhalación. No fueron muchos segundos de desconcierto por parte de los anbu, ya que pronto la siguieron, pero sí los que Sakura necesitaba para internarse en el bosque y evitar que siguieran hiriendo a los civiles.

El amanecer comenzó a clarear el cielo con un vívido tono rojizo y la persecución era brutal. Sakura escuchaba las ordenes de los anbu, advirtiendo que atacarían si no se detenía, pero, ¿qué mayor provocación que la que ya le habían hecho? Atacando enfermos… Cómo se podía ser tan ruin. Sakura no regresaría con ellos a menos que lo hiciera encadenada de pies a cabeza.

Los ninja pronto se exasperaron y una lluvia de kunais y shurikens le cayó encima. Sakura esquivó los más elementales, pero no pudo evitar decenas de cortes en sus brazos y piernas, un kunai incluso llegó a clavarse en su hombro, y eso la hizo desestabilizarse para caer desde las ramas. Era obvio que no saldría de allí si no era matándolos, y dadas sus acciones pasadas, a Sakura no le generaba especial remordimiento.

Cuando el cuarteto aterrizó a su alrededor, Sakura partió el suelo de una patada, la grieta se extendió varios metros; no estaba tomando consciencia del desgaste desmedido que estaba haciendo de su chakra, no actuaba conforme a ninguna fría estrategia, y en el fondo sabía que eso la haría perder. Al primer anbu que se le acercó de frente le partió un brazo, y al instante lo mandó lejos de ella, estrellándolo contra un tronco. Los otros ninjas no quisieron subestimar su brutalidad, así que la atacaron en conjunto hasta que crearon un flanco desprotegido, uno que aprovechó uno de los shinobi para atacarla con una espada o un sedante, lo primero que se le ocurriera contra esa irritante protegida del Hokage.

Cuando Sakura se dio cuenta, tenía al tercer anbu casi sobre ella… pero el ataque no llegó. En su lugar, una pesadísima espada impactó sobre el desprevenido shinobi; su cuerpo se partió a la mitad, en una escena tan sangrienta y desagradable que Sakura no podría olvidar en mucho tiempo. No se percató que los restantes shinobi se retiraron rápidamente, tenían órdenes claras en cuanto a evitar que los vieran más personas de las necesarias.

El usuario de la espada sonrió socarronamente, su flequillo blanco estaba manchado de sangre, pero sus ojos violetas expresaban pura diversión, y ninguna aversión ante la escena macabra que había acabado de crear.

—Eh… Pero si a ti te conozco —dijo, observando a la pálida mujer de cabello rosa.

—¡Imbécil, no me dejes atrás! —una voz se escuchó detrás del espadachín, y Sakura desvió su mirada, para encontrarse con una mujer de cabellos como el fuego, que la observaba sin expresar la mínima sorpresa.

—Sabía que era tu chakra el que había sentido. Qué tensa me pusiste, pelos de chicle, ni siquiera en la guerra te había notado tan fuera de control —y se burló de ella, de una forma similar a su compañero albino.

—Karin… Suiguetsu…


Había una batalla, podía asegurarlo, pero cuando llegó al punto donde sintió la explosión y la liberación de chakra —que no era más que una aldea de civiles—, no encontró más que escombros, muchas personas heridas y algunas al borde de la muerte.

Casi todos ignoraron su presencia, así que optó por entrar a la cabaña que tenía más cerca. Dentro había una mujer adulta y dos ancianos, sus rostros preocupados y devastados eran el fiel reflejo de la violencia shinobi que acababan de vivir.

—Vinieron por ella, Someina‐chan, la llamaron por su nombre completo y no pude hacer nada. ¿Qué puede hacer una niña como ella, sola contra cuatro ninjas?

—¡No creas que no me preocupa! Pero, Hideki‐sama, a pesar de su apariencia es una ninja también. ¿No viste lo que hizo, como derrumbó tres cabañas con un golpe? Siento que estará bien.

—Pero mi esposo dice que estaba casi sin dormir, ¿qué tal si la mataron? —contestó la anciana—. No entiendo qué hemos hecho mal para que nuestro único auxilio haya terminado de esta forma.

El muchacho, que había permanecido en la puerta sin hablar, entró sin pedir permiso y las tres personas en su interior se tensaron al instante, asuntados del inexpresivo joven que de pronto tenían frente a ellos.

—¿De quién están hablando? —su tono demandante sonó ronco; a pesar de la fuerza con que habló, el ansia asomaba en cada una de sus palabras.

Nadie quiso responderle, pero no le hizo falta. Caminó lentamente hacia una improvisada cama, cuyas mantas estaban desarregladas; los tres civiles se hicieron a un lado, amuchándose en una esquina, y la mujer más joven preparó en alto la pala que en ningún momento había soltado. El ninja apoyó una rodilla en el suelo y tocó la sangre que comenzaba a secar, y con su único brazo sostuvo la insignia de Konoha; retuvo el aliento cuando identificó el chakra tan claro y cálido, tan conocido como el suyo propio. Apretó la bandana con fuerza.

Escuchó como tres pares de pies ingresaban corriendo en el hogar, terriblemente desesperados.

—¿¡No saben nada de Sakura‐san!?

Uchiha Sasuke se levantó como un resorte, y las recién llegadas casi exclamaron un grito ante la fiera mirada de un hombre que jamás habían visto en su vida. Él se giró hacia el anciano para ordenar con voz fúnebre: —El nombre de esa shinobi, démelo ya o se arrepentirá.

—Haruno… Sakura… Eso dijeron esos ninjas.

Con sus ojos dispares observó detenidamente a las seis personas y les dejó una orden tan directa que ninguno intentaría romper por temor a morir bajo la katana que escondía bajo sus ropas, pero que pudieron vislumbrar.

—Ustedes no conocen a ninguna Haruno Sakura. Si alguien más pregunta, dirán eso, y si insiste… —observó a la mujer de la pala con elocuencia cruel—, espero que haga uso de su arma hasta que no queden ni sus rasgos.

Todos soltaron el aire y sintieron las piernas débiles cuando el oscuro shinobi salió de la cabaña.


¡Sorpresa! ¿Debo suponer que varias/os me creyeron muerta? No sé si aún quedarán personas para leer esta historia que dejé mucho tiempo, y me odio por eso, pero jamás dejé de pensar en ella. Si debo ser honesta, creo que saben que el año pasado ingresé a la facultad (estudio Derecho) y la pasé muy mal el primer semestre (no sabía que podía tener tanta ansiedad), tanto que me amenazaron con tirar todos mis libros a la calle si no me calmaba TwT

Admito que la culpa es mía, soy una persona excesivamente auto-exigente a veces, y de verdad les digo que no es algo bueno. A pesar de que sigo aprendiendo a manejar mi ansiedad, he mejorado mucho (tranquilos, no es que estoy medicada o con psicólogo), por suerte pude resolverlo sola y ahora me tomo con más calma la universidad. Sigo exigiéndome, pero no al punto de sufrir como en el primer año lol. De cualquier manera tengo un muy buen promedio, algo bueno jaja.

Hace poco actualicé mi otro fic: "Oculto en cada sensación" (cuál publicidad), así que quienes lo leen supongo que se habrán dado cuenta que sigo viva. Tenía taaantas ganas de actualizar este fic que ya me comía las uñas, y en vista de que terminé de rendir exámenes, me puse como loca a escribir. Ya tenía la idea, así que dejé que mis manos hicieran el resto. Espero que no se me haya pasado alguna falta ortográfica por las ansias, pero cualquier cosa me avisan.

¡Y apareció Sasuke no más! Este es sin duda el capítulo más largo del fic; y espero me perdonen por lo de las batallas, es que no soy buena eso jaja, pero prometo poner mi mayor esfuerzo para mejorar.

Como es mi costumbre, voy a responder aquí a los usuarios que no estan registrados, y a los que sí en breve les estaré enviando un mp.

Vann: ¡Gracias por comentar! Yaite: Muchas gracias por comentar, y sí, quiero que Sakura crezca con todo tipo de conocimientos médicos. Ella ya tiene bastante reconocimiento internacional por su labor, pero va a seguir dando de qué hablar, de eso estate segura. Y desde luego que iba a poner atención en el aspecto político, me gusta, y me elegra aún más que a ustedes no les parezca tedioso. Lala: ¡Perdón por no haber actualizado antes! Pero espero que no te hayas olvidado de esta historia. Haru: Podré tardar, tienen derecho a castigarme, pero abandonar lo que empiezo no es algo que me guste hacer. Tarde, pero aquí esta la continuación.

En fin, si les gustó, si no se han olvidado de esta historia, si recién llegan y les interesó, les pido por favor que dejen un comentario. ¡Me haría inmensamente feliz!

PD: Si alguien quiere hacerle una portada a este fic, yo encantada en recibirlo. Estaba pensando subirla en Wattpad porque también tengo cuenta ahí, pero no estoy segura.

¡Un beso enorme! ¡Son geniales! Los amo a pesar de que sé que he hecho sufrir a algunas en la espera TwT