Aclaraciones: La trama ni los personajes me pertenecen. La historia pertenece a la escritora Naruko y es originalmente una historia NaruSasu llamada "8 semanas", yo solo la encontré editada en mi computador y comencé a subirla con modificaciones para hacerla una historia de Gon y Killua. Lo he hecho sin su consentimiento, por lo tanto, si se generan problemas, la quitaré de aquí enseguida. No pretendo lucrar, ni plagiar ni nada de eso con la historia ni mucho menos, solo quise subirla por este medio para compartirla con ustedes y para hacer crecer un poquito más las historias de esta pareja. Los personajes pertenecen a Yoshiro Togashi.

"Ocho Semanas"
Hunter x Hunter

Capitulo 3: Lo que va mal, aún puede ir a peor.

Siete semanas antes…

-Esto no quedará así, Killua Zoldyck.

Y desde luego podía dar fe de que no había quedado así. Era sumamente inteligente para comprender que Gon no se quedaría de brazos cruzados así como así luego de su encuentro.

No lo volvió a ver, ni siquiera lo telefoneó, pero sabía que seguía tras él, presionándolo. Primero con llamadas anónimas; las que básicamente se fundaban en amenazas o sobornos. Segundo, colocándole varios detectives privados asediándolo constantemente; fotografiándolo a diario, removiendo en su pasado, buscando esa oportunidad para acorralarlo con trapos sucios. Tercero, invadiendo su despacho en un asalto con intención de robo; para su regocijo no logró encontrar las preciadas fotografías ya que, previsoramente y por medidas de seguridad, las sacó del gabinete la noche anterior, guardándolas en la caja fuerte.

Y finalmente, no contento con los tres intentos anteriores, colocó presencia de fornidos e intimidantes subordinados en la misma puerta de su casa; los que no dudaban en involucrarse directamente en cualquiera de sus casos. Impidiendo que realizara correctamente su trabajo.

Aunque la paciencia había sido siempre su fuerte, acostumbrado a siempre esperar por los momentos adecuados, lo que no podía permitir bajo ningún concepto, es que se atreviera a inmiscuir en el asunto a personas inocentes. Podía soportar estoico a los detectives que lo fotografiaban, hasta podía resistir el acoso de los fornidos guardaespaldas que lo seguían, pero esto, esto no lo dejaría pasar. La gota que había colmado el vaso fue una carta anónima que recibió el día anterior, cuyo único contenido era una fotografía. No una cualquiera, sino una en la que aparecían abrazados y en actitud cariñosa él y su ex novia Alluka.

"Va siendo hora de hacerle una visita ¿no crees?" se escribía al dorso con una caligrafía un tanto descuidada y risible para ser el gran heredero de una compañía, pero no por eso menos amenazadora.

Se equivocó al entrometerse con Alluka.

Sabía jugar bien sus cartas, sobre todo con la información del pasado. Por lo que había comprobado hasta ahora, Gon sabía que no conseguiría nada presionándolo a él, así que optó por otra línea de ataque. Hacerle la vida imposible a su persona más querida.

Pero definitivamente no se dejaría vencer. De ninguna manera se dejaría ultrajar, ese desgraciado no se saldría con la suya.

-¡Al diablo contigo!

Inició su marcha después de haber esperado un tiempo más que razonable desde que lo vio salir de la casa a primera hora de la mañana. Observó con cautela hacia ambos lados de la calle, antes de intentar cruzar la carretera camuflado entre la muchedumbre hasta la puerta del domicilio. Mirara hacia donde mirara, veía un par de ojos observándolo con discreción.

La partida estaba a punto de terminar. Su última carta sería colocada boca arriba. Así aprendería que con Killua Zoldyck, no se juega. Inspiró hondo una vez llegado a su destino.

Comprobó por tercera vez que había metido en su bolso de lona todo lo necesario para un largo y tedioso día de trabajo, y con un gesto mecánico cerró la cremallera.

Frente al espejo de su cómoda, Retz se atusó los cabellos rubios con aparente desinterés mientras dejaba divagar de nuevo su mente sobre aquel artículo de revista que había leído el día anterior en la cafetería del hospital. Uno que tocaba precisamente el contenido de sus inseguridades.

"Si pensamos en por qué nuestra pareja puede llegarnos a ser infiel, concluimos en que posiblemente no se sienta a gusto compartiendo ciertas características con su pareja, y por ello, busca en una tercera persona todo aquello que no es capaz de decir, pedir, o hacer a su pareja"

Discrepaba profundamente con el artículo.

Llevaban juntos más de cinco años. Y entre ellos había la suficiente confianza como para contárselo todo. Miedos, inquietudes, gustos o rechazos. No había secretos en su relación, por lo menos por parte de ella, y salvo esta última etapa rebelde y fría por la que pasaba Gon, nunca antes había parecido que tuviera que ocultarle nada. De hecho, al principio Gon era todo lo contrario a la persona indiferente y algo triste que hoy tenía como prometido. Antes era un joven lleno de alegría, energía y determinación, pero con los años esa faceta suya tan característica fue desapareciendo hasta ser el hombre tranquilo que era hoy.

Si tenía que basarse en ese estúpido artículo de revista… ¿Qué cosa no era capaz de pedirle Gon como para tener que buscar esa tercera persona?

No quería ser presumida, pero si se trataba de algo relacionado en el ámbito sexual…

No, eso era imposible. Gon estaba más que satisfecho en ese sentido.

Por ese motivo seguía sin comprender qué le llevaba a buscar otros brazos cuando ella se lo ofrecía todo, sin restricciones. Gon sabía perfectamente que su prometida estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por él. Por muy extraña que resultase.

Frente al espejo suspiró desanimada mientras sus pensamientos regresaban a tierra y sus ojos volvían a contemplar su reflejo.

Quizás se estaba volviendo un poco paranoica con el tema y Gon tenía otras razones de fuerza mayor para evadirse esas horas inciertas sin que la razón terminara en infidelidad.

Definitivamente de hoy no pasaba. Cuando volviera del trabajo, pensaba hablar seriamente con él.

Dio un último vistazo a sus cabellos perfectamente peinados, dispuso su cartera sobre su hombro y se dispuso a afrontar con energía otro duro día de trabajo en el hospital.

Cuando sus pasos llegaron a la entrada contempló en el suelo, apoyado a una pared, un objeto inanimado como lo era un maletín de trabajo negro de cuero. Cosa que llamó su atención unos instantes, antes de que sustituyera su sorpresa por otra mayor.

Toc, Toc, Toc.

Unos ligeros golpes se escucharon desde el exterior. No se molestó ni siquiera en echar una ojeada por la mirilla antes de abrir, de todas formas ella iba a salir en ese preciso momento.

Su rostro se contrajo en una extraña mueca de alivio e incertidumbre tras reconocer el rostro del muchacho plantado en el pasillo. Esperaba ansiosa noticias suyas, aunque nunca pensó que se encontrarían de nuevo, sin cita previa, en un lugar tan peligroso como lo era su apartamento.

-¿Killua?

-Hola. Perdona que haya venido sin avisar, realmente este no es mi proceder en estos casos… -se excusó el detective con cierto embarazo, intentando no mirar directamente a su clienta.

-No, no te preocupes. No está en casa –apresuró a rebatir con nerviosismo.

-Lo sé. Lo he visto salir hace ya algo más de una hora –aseguró como el que dice silenciosamente: "He estado esperando abajo hasta que saliera de casa" -. ¿Puedo pasar?

-Oh, sí, claro –la joven se hizo a un lado, cerrando la puerta tras su espalda instantes después-. Me ha sorprendido tu llegada. Hace varios días que intento contactar contigo.

-Lo siento. He estado muy ocupado últimamente –inclinó la mirada hacia ese sobre marrón que portaba entre sus manos.

Lo iba a hacer. Estaba más que decidido. Solo tenía que alargar el brazo y entregar las fotografías. No tenía que dar ninguna explicación, no había lugar para las preguntas, las imágenes hablaban por si solas. Pero por alguna extraña razón su cuerpo no se movía.

La presencia de la joven, muy cercana a él, tampoco ayudaba demasiado. Lo inquietaba, Retz lograba hacer que su corazón palpitara fuerte en su pecho, tan perturbadoramente que no recordaba la última vez que le ocurrió algo similar.

Quizás por nerviosismo, quizás por atracción, pero la entereza y seguridad con la que había llegado comenzaba a disminuir, próxima a desaparecer. Tanto que meditó como la vez anterior el dar marcha atrás y salir corriendo en ese mismo instante.

-¿Entonces, tienes algo interesante que contarme?

-Bueno, se podría decir que sí –notó como la boca se le secaba y la respiración se le entrecortaba. Apretó entre sus dedos el sobre marrón. Su expresión se veía serena y desinteresada por fuera, pero por dentro, un manojo de pensamientos y deducciones no dejaban de atormentarlo.

Nunca antes le había costado tanto revelar las pruebas concluyentes de un caso, y mucho menos en uno de infidelidad. Pero definitivamente estaba más que decidido a hacerlo. La actitud acosadora de Gon lo había forzado hasta llegar a una conclusión.

Haría lo correcto.

Se humedeció los labios, carraspeó, inspiró varias veces, y tras hacer un poco de tiempo, se decidió a contar esa verdad que llevaría a Gon directo al purgatorio.

-Sabes, he estado dándole muchas vueltas a todo este asunto –Retz se le adelantó frenando su iniciativa de avance-. Gon es una muy buena persona, lo conozco, sé que él no haría nada que me hiriera. El último tiempo ha sido un poco frío y callado, normalmente se deja llevar por sus emociones, pero sé que tiene un corazón amable y lleno de luz. Estoy segura de que todo esto tiene que haber sido una ridícula equivocación… ¿verdad?

Alzó el rostro, y a Killua le pareció ver un resquicio de esperanza en el hermoso semblante de la joven, que anhelante, esperaba su aprobación.

Y entonces dudó.

No podía. No quería decirle la verdad. No podría soportar ver la desolación, la angustia ni ningún otro resquicio de tristeza empañando el rostro de la muchacha, como tantas veces había contemplado con anterioridad.

Suspiró desarmado, posó una mano alentadora sobre el hombro de la joven y dejó de luchar contra sus principios.

-Tranquila. Tu novio no te oculta nada.

Un agradable calor inundó su pecho cuando el rostro de su clienta se iluminó dichosamente feliz por la buena noticia.

-¿Estás seguro de eso?

No, claro que no. Era la mayor mentira que había contado en toda su miserable vida y seguía sin comprender por qué seguía protegiendo a ese desgraciado, que desde luego, era de todo menos buena persona. Había ido a verla con un propósito claro. Dejar de involucrarse personalmente en ese caso y contarle la verdad.

Pero esa verdad inesperadamente había sido tapada con más mentiras, hasta el momento en el que se dio cuenta de que no podía volver atrás.

Tuvo que luchar contra el nudo de su garganta antes de volver a mentir.

-Completamente seguro.

Las mejillas de la joven se colorearon ligeramente y una tímida sonrisa asomó en sus pálidos labios, una que no se contentó con ser retraída, creció y creció hasta quedar convertida en una gran mueca de júbilo. Los hermosos ojos verdes le brillaban con ilusión.

-Eso es fantástico –musitó con ternura. Inclinó levemente el rostro hacia delante y cuando lo volvió a alzar percibió como sostenía un resquicio de duda-. ¿Pero entonces a dónde va por las noches?

Killua abrió la boca para contestar pero en seguida la cerró con el mismo gesto. ¿Qué pretexto convincente podía utilizar?

-Seguramente esté un poco cansado con su trabajo y los preparativos de la boda. Necesita un poco de tiempo para estar solo, relajarse, encontrar un poco de paz interior, ya sabes, esas cosas –acertó a decir para su sorpresa. Aunque con relajación no le venía otra idea a la cabeza que no fuera el de descargar profundamente sus bajos instintos sexuales en callejones oscuros.

-Entiendo, sí bueno, viniendo de Gon eso es algo razonable. Siempre ha sido una persona muy independiente y algo solitaria en cuanto a vivir en la ciudad significa, adora la naturaleza -por no decir explosivo, violento, egoísta -. ¿Tú crees que tal vez nos convendría ir a un consejero matrimonial?

Killua se encogió de hombros sin saber a ciencia cierta qué contestar. Aunque en el fondo estaba seguro de que si la joven obligaba a su prometido a ir a un consejero matrimonial, acabaría con el entrecejo fruncido de por vida.

-¿Qué es lo que llevas ahí?

El detective descendió la mirada hacia sus manos y se asombró de ver que todavía estrechaba con fuerza entre sus dedos el sobre. Por uno momento hasta se olvidó de las fotografías.

-No, no -apresuró a negar con movimientos, escondiendo el objeto tras su espalda-. Esto no es para ti.

El tintineante sonido de un cascabel desvió la atención de ambos hacia el suelo, y allí, relamiéndose las patas delanteras, se encontraba un animal peludo curiosamente conocido.

-Este gato…

-Sí, es el mismo –aseveró la joven prediciendo sus pensamientos-. Como me dijiste que Gon se dedicaba a cuidarlo y por eso tardaba algunas noches pues le dije que lo había visto por la calle y que si no le importaba que lo trajéramos a casa. La verdad es que le pilló un poco por sorpresa, pero ahora ya no tiene excusa para llegar tarde.

Killua palideció y una finísima gota descendió lenta por su sien. La idea del gato se la había dado él. Seguro que en el momento en el que Gon vio al felino callejero instalado en su domicilio enseguida pensó en que había sido el peliblanco el de la idea.

Pero eso ya no era algo de su competencia.

-¿Qué te debo por los servicios? –la joven hizo ademán de sacar su billetera.

-No, realmente nada –eludió rápidamente con nerviosismo. No podía cobrarle, era algo fuera de lugar después de no haber realizado correctamente su trabajo, por eso no dudó en mentir-. Mi jefe ha decidido no cobrarle ninguna tarifa por ser amiga íntima de una vieja amiga suya.

-En ese caso, dale las gracias de mi parte –sonrió agradecida.

-Lo haré.

Sin añadir nada más, el detective se giró hacia la puerta de salida, descubriendo en la entrada el mismo objeto que había contemplado Retz minutos antes de su llegada.

-¿Ese no es el maletín de trabajo de Gon?

El tintineo de unas llaves, el metal atravesando el cerrojo, el chasquido de la apertura, y antes de que se hubiera dado cuenta, la puerta chirreaba tras ser abierta desde el exterior.

Killua contuvo la respiración, mientras notaba como el color desaparecía de sus mejillas, y el cuerpo se le tensaba sobrecogido. Sus ojos, severamente abiertos, a penas parpadeaban, no recogían otra imagen que no fuera la de aquel hombre, que visiblemente distraído, entraba refunfuñando alguna maldición entre dientes mientras se inclinaba para coger el maletín de cuero apoyado en una de las paredes de la entrada.

Gon entraba en casa.

En ese momento, Killua quiso haber desaparecido, deseó febrilmente que el suelo que pisaba se abriera en dos y se lo tragara hasta lo más profundo. Pensó en la ínfima posibilidad de salir corriendo de allí antes de que Gon pudiera reconocerlo, pero sus pies no se movieron. Estaba clavado al suelo, cual gárgola de monasterio.

Y todo su mundo se vino abajo, cuando el moreno alzó el rostro y lo descubrió junto a su prometida.

Durante eternos segundos, el detective vio como el rostro de Gon, normalmente sereno, mudaba bruscamente a una mezcla de sorpresa y temor, tan palpable que cortaba el aliento. Instintivamente recordó haber visto esa misma imagen de estupor en su semblante plasmadas en las fotografías que portaba entre sus dedos. Podía apostar su cabeza a que sobre la mente de Gon tan solo pasaba la idea de que finalmente había ido a delatarlo.

Y no se equivocó. Al instante comprobó cómo sus inquietantes ojos ámbar se desviaron discretos hacia sus manos, y se abrían con estupor al reconocer el logotipo del gabinete dibujado en una de las esquinas del sobre.

- Gon –la joven de cabellos rubios saltó repentinamente sobre él, para darle una cálida bienvenida en los labios que no hizo más que desconcertarlo-. No esperaba verte a estas horas. ¿Te olvidaste del maletín?

Dubitativo, el moreno cabeceó a duras penas. Visiblemente confuso por recibir la misma atención y dulzura con la que solía tratarle normalmente su prometida. Desvió la mirada de nuevo hacia el sobre descubriendo que seguía cerrado. Eso le indicaba claramente que todavía no había sido informada.

-Fue raro que lo dejaras aquí –le sonrió tiernamente asiéndole cariñosa de una mano-. Normalmente eres un poco despistado, pero tu maletín nunca lo pierdes de vista.

-Hn.

Intranquilo y algo consternado, volvió a derivar la mirada hacia Killua.

-Ah, perdona. No los he presentado. Este es Killua Zoldyck –se adelantó la joven con gesto improvisado y ligeramente nervioso-. Él es... es…

-Un paciente del hospital –resolvió airoso el detective.

Ambos chicos compartieron en silencio una cómplice mirada. O continuaban con la farsa hasta el final o Retz descubriría que ambos ya se conocían con anterioridad.

-Un paciente –repitió Gon con cierto retintín en la voz mientras estrechaba sus ojos inquisitivamente-. ¿Y qué haces aquí?

Killua abrió la boca para replicar. No le gustaba lo más mínimo el tono déspota con el que decía aquello, pero de nuevo la joven se le adelantó.

-Vino por una consulta íntima que no podía tratar allí.

Gon cabeceó conforme con la respuesta sin perderle de vista, intimidándole con aquellos ojos propios del color de los rayos del sol. Sugestivos e intensos.

-¿Y qué es lo que tienes? –cuestionó entretenido Gon escuchando las improvisadas mentiras. Por dentro, no podía evitar sentir alivio y a la vez risa por la incómoda situación con aquel detective y su prometida.

-Gonorrea.

El rostro estupefacto de ambos jóvenes se desvió súbitamente hacia la chica. El de Gon con fingida sorpresa y burla, pero sobre el de Killua pulsaba temerosa una gruesa vena de indignación.

¿No había otra enfermedad más comprometida que esa? podía leer Retz sobre el rostro del detective. Como respuesta la muchacha se mordió el labio inferior con pesar, pidiendo una silenciosa disculpa.

-Así que gonorrea.

Killua frunció el entrecejo. Había notado claramente un tono de burla en la voz del pelinegro.

-¿Y la receta? – Prosiguió Gon-. No veo que le hayas hecho ninguna receta médica de tratamiento.

-¡Ahh! La receta, claro -apresuró a rebatir efusivamente Retz-. Ahora mismo se la iba a hacer.

Con pasos inseguros dio media vuelta, perdiéndose a lo largo del pasillo hacia el dormitorio interior de la casa, donde guardaba su talonario de recibos médicos.

Sólo cuando ambos tuvieron la seguridad de que Retz no los escuchaba, dejaron caer las falsas apariencias.

-Maldita sea, dámelas.

Gon se abalanzó violento sobre Killua, el que había esperado precavido esa reacción desde el primer momento. Intentaba arrebatarle desesperadamente las fotografías.

Forcejearon entre atípicos movimientos silenciosos para no delatar la pelea que se acababa de desatar en el salón, hasta quedar enredados entre brazos tensos y crispados dedos que agarraban a la par las solapas de sus camisas.

-No tengas tanta prisa, Gon –siseó Killua aferrado de uñas a las imágenes que mantenía alzadas hacia atrás, fuera de su alcance. Era un poco más alto que el de ojos dorados, lo que le daba una pequeña ventaja ante él, aunque ambos al parecer tenían la misma fuerza. Le divertía ver al pelinegro tan consternado, parecía un niño pequeño tratando de conseguir desesperadamente un dulce -. Ante la ley esto se podría denunciar como agresión y robo improcedente.

-¡Dámelas! –replicó hosco acercando su rostro amenazante hacia el detective, tanto que quedaron a escasos centímetros uno del otro.

-De verdad, no comprendo como Retz está interesada en alguien como tú. Yo intento apreciarte, pero tú no me dejas.

Gon entrecerró los ojos sin intentar si quiera disimular la sonrisa que pugnaba por surgir en sus labios.

-¿Acaso no te ha gustado el regalo que te envíe ayer? – Espetó recordándole las instantáneas de Alluka-. Seguro que tu ex noviecita pronto te agradecerá la visita que recibirá de mis subordinados.

Killua apretó los dientes con fuerza, tanto que la mandíbula se tensó visiblemente. De nuevo metía el dedo en la yaga, utilizando a terceras personas para hacer su voluntad. Gon era una persona determinante y sin escrúpulos.

Y lo que Killua menos quería en aquel momento de su vida era volver a encontrarse con Alluka, para bien o para mal. No tenía ni idea de si Gon había indagado demasiado en la relación que compartió con la pelinegra en el pasado, pero si conocía el final, podía hacerse una idea de por qué no quería enfrentarla de nuevo.

-Hagamos un trato –propuso recomponiendo su serenidad-. Yo me deshago de estas fotografías y tú no vuelves a inmiscuirte en mi vida ni en la de mis amigos, jamás.

Un gorgorito parecido al de una risa brotó secamente en la garganta del moreno.

-¿Crees que soy tan estúpido como para tragarme que te desharás de ellas y no intentarás chantajearme más adelante? –cuestionó frunciendo enérgico el entrecejo. Volvió a forcejear, acercando aún más sus rostros, a punto de rozarse-. Dámelas, es mi última palabra.

-Elije, una vida pacifica o el caos –replicó el peliblanco con la misma seguridad-. Esa es la última palabra.

El sonido de pasos acercándose hacia el salón captó la atención de los dos jóvenes. Si no se apartaban, Retz acabaría descubriéndolos.

-Te estás quedando sin tiempo, Gon –presionó Killua sin moverse un ápice de su posición, desafiante-. ¿Qué decides?

-Vete al infierno –gruñó peligrosamente entre dientes.

Viéndose acorralado ante una decisión no satisfactoria, hizo un último y rápido intento por arrebatar el sobre de sus manos. Killua tuvo que retroceder atropelladamente cuando sus piernas chocaron, al igual que sus cuerpos y sus rostros.

Y entonces ocurrió.

El intento de robo se detuvo abruptamente, dejándolos paralizados y con los ojos en órbita durante eternos instantes cuando notaron un contacto cálido y suave sobre sus rostros.

Sus bocas, sus labios se habían unido el uno contra el otro accidentalmente, y aún así, Killua no pudo evitar soltar un pequeño gemido de sorpresa. Quemaba, estremecía, y lo más desconcertante de todo… era agradable.

-Aquí está –resonó repentinamente tras la esquina.

Killua percibió como el cuerpo del moreno se tensaba de pies a cabeza y dando un impulso hacia atrás pego un salto apartándose apresuradamente de él.

-La receta –informó Retz entrando de nuevo en el salón con un papel en alza en una de sus manos. Se detuvo rigurosamente confusa tras avistar la extraña reacción que reflejaban los dos chicos-. ¿Ocurre algo?

Sobre las mejillas de ambos, lucía un furioso sonrojo imposible de ocultar.

-No, no, claro que no. Aquí no ocurre nada. Nada de nada –apresuró a intervenir el detective notando su corazón a punto de salirse por la boca. Se acercó a la joven y con nerviosas sacudidas de sus manos cogió la receta médica-. Te… te lo agradezco de veras, Retz. Yo… yo… -desvió fugazmente la mirada hacia el moreno y su sonrojo se acentuó-, me tengo que ir.

Se dirigió a toda prisa hacia la puerta, sin querer mirar a Gon, visiblemente estupefacto. Una vez traspasada la puerta, echó a correr todo lo que sus piernas le permitieron.

-¿Gon?

La suave voz de su prometida lo sacó de su letargo y tras parpadear varias veces regresando de donde quieran que le hubiesen llevado sus pensamientos, giró el rostro con un movimiento brusco hacia ella, conservando aún en su expresión un leve matiz de perplejidad y un pequeño sonrojo en sus mejillas.

-¿Te encuentras bien? Pareces… no pareces tú –acertó a decir.

Como respuesta sólo recibió un ligero cabeceo afirmativo y una clara evasiva. Sin decir absolutamente nada, el moreno cerró la mano alrededor del asa del maletín, comenzando a encaminar sus pasos con gesto firme hacia la salida.

-Espera –lo frenó reteniéndolo del antebrazo.

-Retz, llegaré tarde –espetó brusco, más no quiso que sonara de esa forma.

-Sí, lo siento –tímidamente deshizo el agarre inclinando la cabeza apesadumbrada-. Es solo que últimamente te noto un tanto distante. Y había pensado que tal vez podríamos hablarlo, si tienes algo que decirme, sabes que puedes confiar en mí.

-Hn.

Con aparente desinterés por el consejo de su novia, abrió la puerta de un impulso, sin embargo, solo quería escapar de ahí rápidamente para que ella no notara su aún acelerado palpitar. Antes de emprender su huida, de nuevo el agarre de uno de sus antebrazos.

-Y también quería que fuéramos a un sitio, juntos.

El moreno suspiró, no se libraría de esa conversación hasta que no tocara su fin.

-¿A dónde? –preguntó con una débil sonrisa en los labios, encarando finalmente a su prometida.

-A un consejero matrimonial.

Gon enmudeció ante la seguridad con la que Retz había pronunciado esa unilateral decisión. Las gruesas cejas se alzaron abruptamente, y con un extraño presentimiento, giró el rostro hacia las escaleras del rellano por donde el ojiazul había desaparecido minutos atrás. Seguro que había sido otra idea suya como la del gato.

Apretó la mandíbula con energía al igual que sus puños.

Y durante unos segundos inciertos, se replanteó seriamente si contarle la verdad o no, con tal de evitar ese sufrimiento indeseado que presentía que le caería sobre sus hombros con gran peso.

Maldito Killua Zoldyck.

Con gesto malhumorado, Killua abrió las puertas acristaladas, cruzando el recibidor del gabinete con la extraña corazonada de que a pesar de haber sufrido un día nefasto, todavía podía ir a peor.

Komugi, sentada tras su mesa de recepcionista, le hizo unas señas con las manos para que se acercara y recogiera las notas de llamadas telefónicas que había recibido en su ausencia.

-Hisoka ha preguntado por ti –le informó consternada-. Te está esperando en su despacho.

No se había equivocado, iba a ir a peor.

-¿El payaso? Y no te habrá dicho lo que quiere ¿verdad? –cuestionó haciendo un repaso mental de lo que podía querer su jefe de él.

La joven negó inclinando el rostro con turbación.

-Solo me ha dicho que te avisara en cuanto entraras en la oficina.

El peliblanco asintió un tanto dubitativo, encaminando sus pasos hacia el despacho de su superior. Al llegar, apresó con sus dedos el pomo de la puerta, haciéndolo girar con brío, entrando como siempre lo había hecho, sin avisar.

Lo que provocó un repentino sobresalto por parte del mayor, haciendo caer una gran pirámide de cartas que estaba terminando recién de apilar.

- ¿¡Cuántas veces te he dicho que toques a la puerta antes de entrar!? –recriminó golpeando el escritorio de su oficina con enfado.

La relación que mantenía con su jefe, realmente no se podía tratar como tal. Más bien discurría entre la relación que podían tener un par de viejos colegas o hermanos. Y no era para menos. Hisoka fue el único que quiso hacerse cargo de él y enseñarle una profesión de futuro cuando, muy joven, quedó huérfano de padres.

-¿Para qué querías verme? – dijo cerrando la puerta tras de sí. Hisoka peinaba su cabello hacia atrás y volvía a recobrar la compostura, siempre sereno y juguetón, con una sonrisa burlona en los labios; a pesar de rodear casi los cuarenta años, edad que no representaba para nada. Killua desde pequeño recordaba ver a Hisoka igual de joven, si hasta representaba un par de años más que él cuando en realidad se llevaban por casi dos décadas.

-¿Leíste el caso que te di hace tres días? –

Maldición. Se le había olvidado, pero tenía una buena excusa. Había estado ocupado deshaciéndose de los obstáculos que le colocaba Gon y no había podido centrarse por completo en su trabajo. Y ahora repentinamente recordaba dónde había colocado la carpeta que le entregó Komugi días atrás; justo encima de su escritorio, donde continuaba acumulando polvo.

Pensó en qué excusa convincente podría contestar, aunque no le sirvió de nada. Hisoka ya se había dado cuenta de la cara de circunstancia que había formado involuntaria y casi imperceptiblemente.

-Lo suponía –suspiró su mayor con sufrida y falsa paciencia-. Haz el favor de tomarte las cosas con seriedad, Killua. El trabajo no es ningún juego.

-¡Mira quién lo dice! –reprochó abriendo los brazos y con las cejas fruncidas como un niño pequeño haciendo un berrinche.

-Como sea. En cualquier caso, cuando leas el informe verás que los datos policiales apuntan hacia un suicidio, aunque mi cliente, familiar de la víctima, asegura que fue intencionado; un asesinato. No obstante todavía no se han encontrado ningún tipo de pruebas acusatorias. Quiero que te encargues de investigar el entorno de la víctima. Quizás encontremos algo que nos lleve al paradero del asesino.

Los ojos de Killua brillaron con ilusión.

Un homicidio. Por fin le daban un caso importante, uno en el que poder emplearse a fondo y desenmascarar asesinos, aquellos desgraciados que desde pequeño había aborrecido. Que felicidad. Finalmente le ocurría algo bueno en el día.

-Bien. Me pondré con ello enseguida –aseveró determinado.

Se dispuso a salir del despacho cuando Hisoka lo volvió a frenar.

-Por cierto, ¿terminaste con el otro caso? – Cuestionó volviendo a recoger las cartas de la mesa-. El de la amiga íntima de Biscuit –le recordó.

Killua se puso tenso, como al niño que le pillan robando caramelos. Giró el rostro vacilante por encima de su hombro antes de atreverse a responder, tratando de disimular su nerviosismo.

-Oh, sí. Ya está completamente cerrado -improvisó.

El pelirrojo sonrió mordazmente apoyando los codos sobre el escritorio a la vez que entrelazaba los dedos.

-Bien, eso me parece perfecto –espetó con astucia-. Entonces podrás explicarme por qué no hemos cobrado todavía.

Killua quiso objetar, y tan pronto como abrió la boca la volvió a cerrar sin excusa. Era un hecho indiscutible que no podía mentirle a Hisoka, el desgraciado lo conocía demasiado bien y era astuto en demasía, así que optó por el silencio mientras inclinaba el rostro sin respuesta alguna.

-Oh, ya lo comprendo. Te lo has cobrado en carne con tu clienta, ¿eh? – Hisoka alzó el rostro melancólico-. Me recuerdas tanto a mis tiempos jóvenes de pasión desenfrenada, cuando ponía en vista a mis objetivos no podía rendirme hasta atrapar a mis presas. Pero eso no justifica que la empresa pierda dinero a tu costa. A final de mes te lo descontaré de tu nómina, ¿te ha quedado claro?

Killua cabeceó conforme.

Mejor que creyera eso a saber la verdad.

Salió del despacho, pasando nuevamente por recepción hacia su oficina, divisando a Illumi apoyado sobre el mostrador intimidando de nuevo a Komugi que, roja de rabia, estaba a punto de mandar al diablo toda su buena educación para propinarle unos buenos golpes en la cabeza al pelinegro.

-¿Seguro que no te lo has imaginado nunca? –preguntaba con fingida inocencia el joven.

- Illumi, por última vez lo repetiré, una muchacha decente no se imagina esas cosas.

-¿Por qué no?, es una fantasía como cualquier otra.

No quiso escuchar más. No tenía ánimos ni de reprender a Illumi por su habitual indiscreción. Con paso acelerado, Killua entró en su despacho sin antes escuchar como Illumi se quejaba de lo fuerte que golpeaba Komugi cuando se molestaba por sus "inocentes" bromas. Cerró la puerta tras de sí y se quitó la chaqueta que colgó sobre el respaldo de la silla giratoria, sentándose en ella; intentando encontrar un resquicio de tranquilidad.

Estaba mentalmente agotado, había tenido un día pésimo que parecía no terminar. No solo no consiguió entregarle las fotografías a Retz, sino que encima sin pretenderlo había prolongado su mentira. Habría alabado a todos los dioses si la cosa hubiera terminado ahí, pero el maldito pelinegro no tenía otro momento más inoportuno para aparecer. Lidiar con Gon no había sido nada fácil, ni nada cómodo, y para colmo después de su pequeña reyerta había ocurrido eso.

Notó como el calor volvía a acudir a sus mejillas y el corazón bombardeaba más rápido de lo normal. Instintivamente rozó sus labios delicadamente con las puntas de los dedos recordando ese beso.

Le había pillado por sorpresa, no esperaba que llegara a ocurrir algo así, y mucho menos que le sacudiera un desconcertante sentimiento placentero.

Los labios de Gon eran cálidos, suaves, sugestivos.

No tuvo más remedio que huir. Alejarse de esa ansia voraz que casi le hace perder el sentido de lo moralmente correcto para abandonarse a esa suculenta boca.

Con movimientos bruscos se frotó el antebrazo contra los labios intentando en vano eliminar el agradable recuerdo del contacto de sus bocas. Tan concentrado estaba que no se percató de las fotografías hasta que no dejó de sacudir la cabeza hacia los lados, enérgicamente.

Al mirar hacia su izquierda, contempló el sobre marrón que tantos problemas le había causado sobresaliendo del bolsillo interior de la chaqueta. Lo sacó y dedicándole una última mirada desdeñosa, lo tiró a la papelera.

Fin de la historia. No quería saber absolutamente nada más de aquel bastardo. La única cosa que realmente le importaba era que el moreno cumpliera con su trato de no entrometerse en su vida nunca más. Después de eso, ambos podrían continuar con sus vidas sin tener que cruzar caminos otra vez.

-¿Te vienes a dar una vuelta?

Se sobresaltó al escuchar la voz de Illumi hablándole justo frente a él. Ni siquiera se había dado cuenta de su entrada.

-¿Qué?

-Te pregunté si quieres que vayamos a dar una vuelta por el barrio de Ryodan -repitió-. Han abierto un local nuevo al que quiero ir.

Killua inclinó la cabeza, masajeándose encarecidamente la nuca. Seguro que Illumi hablaba de otro bar mugriento y oscuro a los que tanto gustaba frecuentar. El barrio de Ryodan siempre se había caracterizado por sus locales nocturnos, sus callejones oscuros y bares de reputación dudosa, la mayoría frecuentada por gays promiscuos a los que les gustaba conocer gente nueva… todos los días. Un entorno apropiado para liberar estrés, tomarse unas copas y alegrarse la vista con el personal. Sí, la verdad es que no le vendría nada mal despejarse un poco y olvidar cosas indeseables.

-Está bien, Illumi. Pero si voy contigo olvídate de hacer cosas que denigren a los presentes y a toda la raza humana.

Aún recordaba como si fuera ayer dónde les llevó la última vez la indiscreta actitud de su compañero

-Pero…

-No –apresuró a negar Killua alzando un dedo acusador-. No quiero saber nada de tarimas, bebidas energéticas que eliminan las penas, o braguetas bien equipadas.

Con decisión se levantó de la silla colocándose de nuevo la chaqueta. Cuando iba a seguir los pasos de su compañero, su atención volvió a recaer sobre la papelera, desde donde sobresalía el sobre marrón que él mismo había depositado en el interior. Lo contempló dudoso unos segundos, antes de decidirse a cogerlo y guardarlo bajo llave en su cajonera.

Solo por si acaso.

-¿Has terminado ya con el caso de infidelidad? –le preguntó el moreno caminando a su lado hacia la salida.

-Sí.

-¿Y te has acostado con ella?

-No –respondió tedioso.

-¿Con su hermana? ¿Con su novio?

Killua comenzaba a arrepentirse de haber aceptado la propuesta de dar una vuelta con Illumi.

-No me he acostado con nadie –resopló paciente.

-¿Cuánto hace que no tienes relaciones?

Killua se detuvo bruscamente obligando también a frenar por inercia a su compañero.

-¿Qué pasa? ¿Ahora te da vergüenza decírmelo?

El peliblanco parpadeó dubitativo.

-No. Es que estoy intentando acordarme…

Continuará…