Aclaraciones: La trama ni los personajes me pertenecen. La historia pertenece a la escritora Naruko y es originalmente una historia NaruSasu llamada "8 semanas", yo solo la encontré editada en mi computador y comencé a subirla con modificaciones para hacerla una historia de Gon y Killua. Lo he hecho sin su consentimiento, por lo tanto, si se generan problemas, la quitaré de aquí enseguida. No pretendo lucrar, ni plagiar ni nada de eso con la historia ni mucho menos, solo quise subirla por este medio para compartirla con ustedes y para hacer crecer un poquito más las historias de esta pareja. Los personajes pertenecen a Yoshiro Togashi.


"Ocho Semanas"
Hunter x Hunter

Capitulo 4: Confusiones.

Exasperado.

Irritado.

Confundido.

Eran muchas las palabras que podían definir el estado alterado de Gon, y aunque sus arrebatos emocionales eran comunes en el, nunca antes había llegado hasta tales puntos de exaltación. Tanto que creyó que si no salía de aquel sitio de inmediato, iba a golpear cualquier cosa que encontrara en su camino.

Recurriendo a la escasa paciencia que le quedaba, inspiró hondamente, cerró los ojos y cruzó los brazos a la altura de su pecho, volviendo a maldecir entre dientes por enésima vez.

-No sé por qué aún seguimos aquí.

Un completo error. Tanto el estar allí sentado en aquel despacho como haber dejado que Retz lo convenciera para acudir a la cita. Demonios, él era un hombre de negocios, le agradara o no la idea, era el heredero de una prestigiosa empresa. El ya sabía cómo llevar su vida, no necesitaba que nadie le dijera, además, como llevar la parte amorosa.

Con gesto cansado y rendido consultó de nuevo su reloj de pulsera.

Dos horas de retraso. Llevaba esperando dos malditas horas a que apareciera el supuesto consultor sentimental de aquella redundante terapia matrimonial a la que le había arrastrado Retz, y el desgraciado seguía sin dar señales de vida.

Los parpados de Gon se cerraron con irritación, arrugando el ceño a más no poder, jurando en su fuero interno vengarse de Killua cuando todo esto hubiera terminado.

-No pongas esa cara –le reprendió su novia sentada a su lado en el sillón de dos plazas del consultorio-. Este es el mejor especialista de la ciudad.

-Te dije que esto no era necesario –espetó suspirando, frotándose los ojos con cansancio -. Tengo muchas cosas que hacer para andar perdiendo el tiempo con problemas inexistentes Retz.

Como exterminar a cierto peliblanco que había sugerido a su novia aquellas malditas terapias.

-¿Cosas mejores antes que salvar nuestra relación? –cuestionó mordaz Retz alzando la vista hacia su prometido con una expresión de enojo en sus ojos.

-Ya te lo dije Retz, todo está bien, a nuestra relación no le ocurre nada –siseó desabridamente.

Por supuesto, dejando a un lado los servicios que pagaba a los chicos de vida alegre.

No es que no respetara a Retz como pareja, de hecho, si continuaba con ella y había aceptado dar un paso hacia el matrimonio era por la tranquilidad y estabilidad emocional que le proporcionaba la joven, además de la dulzura con la que lo trataba siempre. Retz nunca se involucraba en sus asuntos, le daba el suficiente espacio personal para ir o hacer cualquier tipo de cosa sin tener que dar explicaciones y eso era un punto importante que Gon valoraba considerablemente en una pareja.

Otro asunto eran sus necesidades como hombre.

Tampoco podía decir que Retz no le satisficiera sexualmente, ni que fuera una puritana. Casi siempre era ella la que había insinuado y dado pie a esas situaciones. Y él las había disfrutado. Pero con el paso de los años, la monotonía había llegado a aburrirlo.

Para ser sincero, estaba cansado de que fuera tan remilgada en algunos aspectos.

Lo que le llevó a buscar satisfacción y placer en otras personas no tan quisquillosas.

Bueno, quizás sí que tenían un problema en su relación. Aunque definitivamente la mejor solución no era acudir a un consultorio.

-Aunque niegues lo evidente está claro que sí tenemos un problema –prosiguió la joven con decisión-. Cada vez te noto más distante, más alejado de mí, más infeliz. Y no logro comprender por qué –alargó una mano, dejándola posada sobre la del moreno-. Si me dijeras lo que te ocurre, si hablaras más conmigo sobre lo que piensas entre los dos podríamos ayudarnos. Sabes que puedes confiar en mí, ¿verdad?

La mano de Gon se cerró en un puño que apretó débilmente mientras la miraba constipado y con un deje de tristeza en sus ojos amarillos.

¿Y tener que hacerla pasar por el mal rato de explicarle que a él le gustaba hacer otro tipo de cosas que implicaran soltura con la lengua? Definitivamente no. Antes prefería continuar frecuentando los callejones oscuros que ver la cara desencajada que pondría su prometida ante la propuesta de hacerle una felación.

-Así me gusta, que hablen entre ustedes.

Ambos jóvenes giraron el rostro por encima de sus hombros hacia la puerta de entrada, donde un hombre de estatura media y complexión ligera entraba con energía. Sin apartar sus ojos de un extraño celular con forma de escarabajo, caminó hasta sentarse en un sillón frente a ellos.

Sus cabellos eran negros y ligeramente inclinados hacia arriba, ocupaba unos lentes algo pequeños para su rostro y daba la impresión de que estaban a punto de caerse de su nariz lo que le daba un equívoco aspecto mayor, como los lentes que ocupaban los ancianos cuando no pueden leer bien.

-¿Es usted Leorio? –cuestionó Retz alzando una ceja dubitativa. El hombre asintió sin despegar la vista del aparato y una gruesa vena se hinchó en la frente de la joven-. Pues llegas tarde. Llevamos esperándole más de dos horas.

-Es parte de la terapia –se excusó soltando una risa. -Tengo una teoría. Si la pareja consigue aguantar una hora sin gritarse, pegarse o intentar matar al contrario, son aptos para mi tratamiento.

Gon suspiró cansadamente. Esta sería una larga terapia.

- Bueno, Retz me ha comentado por teléfono más o menos su problema y antes de comenzar con la sesión sería conveniente hacerles unas preguntas.

-De acuerdo - Retz asintió efusiva y Gon solo lo miró con detenimiento. Con suerte las preguntas serían rápidas y podrían terminar pronto.

-Bien. La primera es bastante obvia pero aún así debo preguntarla –indicó Leorio indiferente con los ojos puestos en su celular -. ¿Se quieren?

Gon dudó y, algo confundido, prefirió mantenerse al margen de la conversación sin intención de intervenir. La sesión no marchaba como él había previsto y no le gustaba en absoluto por donde estaba discurriendo la terapia. Giró el rostro hacia su prometida, ofreciéndole la palabra.

-Po… por supuesto que s…

-No, Retz –le interrumpió el consultor - Se lo estoy preguntando a Gon.

El moreno abrió los ojos con estupor, sin poder evitar que un leve temblor recorriera su espina dorsal. Algo en su interior, quizás un mal presentimiento le avisó de que estaba a punto de pagar las consecuencias de su respuesta.

-Nos respetamos –respondió con cierto desconcierto aunque seguro de sí mismo.

Llevaba junto a ella más de cinco años y su relación siempre había discurrido por una línea estable, segura, sin ningún tipo de complicación o recelo. Retz era una buena mujer, cariñosa y amable. Nunca se olvidaba de su cumpleaños ni de su aniversario. La respetaba y sentía un profundo cariño hacia ella, el que se merecía su relación.

-Esa no es la respuesta correcta –aseveró Leorio con cierto matiz de reproche en la voz mientras tecleaba sin cesar -. Inténtalo otra vez, Gon. ¿La quieres?

Vio por el rabillo del ojo como Retz giraba el rostro hacia él, esperando su respuesta, e instintivamente le correspondió el gesto. Vio dibujado en su rostro una expresión anhelante y esperanzadora, también intranquilidad y nerviosismo. Sus ojos verdes lo taladraban expectantes, atravesándole de parte a parte. Y durante un instante, que resultó eterno, notó la presión, la tensión y como esos ojos lo arrinconaban, aplastándolo contra el sofá con cierta incomodidad.

-Sí –rugió a modo de defensa, más por disipar la tirantez que por contestar a la pregunta-. E-Estamos comprometidos. Es obvio que…

-¿La amas? – Interrumpió de nuevo Leorio - ¿Estás tan enamorado de ella como el primer día?

Y el silencio volvió a cubrir el ambiente durante eternos segundos.

La quería, a eso podía contestar, ¿pero enamorado?

Había tenido una estricta educación en su infancia que se prolongó hasta su pubertad. Todo por convertirse en la persona que su padre quería que fuese. Un hombre digno de ser el sucesor de la empresa familiar. Nunca había despertado atracción por el sexo opuesto, quizás porque sus tutores no le habían dado la oportunidad ni tiempo entre tanta ocupación, y a pesar de ello, siempre había sido muy popular, deseado y agasajado por muchas mujeres, demasiadas, la mayoría tan solo buscando una alta posición en la sociedad.

Cuando cumplió los dieciocho, su padre le obligó a elegir una compañera sentimental para asegurar descendencia en su familia. Y entonces eligió a Retz, su amiga de la infancia, la única persona que estaba seguro de que lo quería por quien era él, y no por su apellido.

El cariño y el respeto nacieron con los años.

-Estas son preguntas absurdas –espetó tratando de generar desinterés en el tema. No estaba dispuesto a continuar con aquella conversación ni con aquellos pensamientos-. Si no la quisiera no estaría dispuesto a casarme con ella.

-Pero ya no eres el mismo de antes, Gon –intervino la joven agitando la cabeza en modo de negación-. Desde que hicimos oficinal nuestro compromiso te noto cambiado. Apenas hablas conmigo, me evitas constantemente, vivimos bajo el mismo techo y a penas te veo ¿Es por la presión de la boda? ¿Por el trabajo?

Gon abrió sus ojos con preocupación por la actitud de su prometida, sin embargo, se dejó caer hacia atrás sobre el sofá y con visible agotamiento, solo miró hacia abajo. No quería continuar con las preguntas.

-Vamos a hacer una cosa –propuso Leorio mientras de su celular escapaban unos extraños sonidos, como si de un videojuego se tratara -. Por lo que veo entre ustedes no hay ese vínculo que une a las parejas enamoradas – y dudaba si alguna vez lo habían tenido-. Por lo tanto, lo que tienen que hacer es crear una unión prematrimonial. Comenzarán pasando más tiempo juntos, tanto como sea posible. Compartir momentos, crear recuerdos, unir sus lazos afectivos con tiernas caricias. Aunque también podría sacar los bates acolchados y dejar que se golpeen o se griten a la cara los trapos sucios de su relación.

-Eso suena genial, ¿Cierto Gon? – Su prometida parecía realmente ilusionada con la propuesta, y durante unos instantes, quiso que se refiriera a la segunda-. Podemos ir al cine, de compras, o quizás podríamos hacer algún viaje los dos solos. ¡Ah! Pero eso ya lo vamos a hacer en la luna de miel –susurró tímidamente inclinando la mirada con cierto embarazo-. Entonces podríamos preparar los detalles de la boda entre los dos. ¿Qué te parece?

Gon solo quería salir de ahí.

-Eso es –afirmó Leorio-. Cualquier cosa que los mantenga juntos, interactuando. No se olviden de las caricias, cuanto más íntimas mejor.

El alma de Gon estaba a punto de abandonar su cuerpo.

-Me parece perfecto, doctor. No se preocupe por nada –interrumpió la joven alzándose con premura-. Me aseguraré de que Gon y yo estemos juntos todo el tiempo posible. Me alegro de haber venido a esta terapia.

Gon no contestó, ya bastante tenía intentando calmarse ante la idea de que su tiempo personal fuera a ser invadido. No poder disfrutar de los paisajes en solitario, no poder hacer sus escapadas a las afueras de la ciudad a pescar en tranquilidad con la naturaleza, no poder sacarse aquella máscara del empresario un rato y ser el chico despreocupado y alegre que volvía a ser en sus momentos de soledad.

Y entonces pensó de nuevo en su fuero interno, que vengarse también de Leorio no sería una mala idea.

-Vuelvan dentro de una semana y veremos cómo se ha desarrollado esta primera etapa en su relación.

-Por supuesto.

Leorio se levantó, estrechó amistosamente con una mano la mano de Retz, que sonreía pletórica de emoción. Cuando hizo lo mismo con Gon no pudo evitar soltar un reniego de dolor. Notaba un fuerte apretón con cierta violencia retenida, y aprovechando el gesto, el moreno se había acercado todo lo posible para poder susurrarle confidencialmente al oído en un tono entre aterrado, desesperado y furioso.

-¿Podríamos considerar de nuevo lo de los bates acolchados?


Tarareando una animada cancioncilla que había escuchado la noche anterior en ese club nocturno, Killua apagó el fuego, vertió los fideos en el colador para luego pasarlos a un plato y echarles encima una jugosa salsa de carne. Tras tomar sus servicios, se sentó frente al televisor dispuesto a saborear con gusto su plato preferido.

En realidad no es que prestara demasiada atención a los programas, su mente discurría más bien por el emocionante caso que le había asignado su jefe días atrás.

No sabía si era cosa del destino o de su mala suerte, pero de nuevo se veía involucrado con un apellido; los Freecs. La víctima no era otra que Mito Freecs, prima del pelinegro, a la que se le había encontrado y fotografiado para pruebas de archivo en la orilla del lago Ballena, boca abajo y hundida en gran parte de su cuerpo. El cadáver no presentaba pruebas de agresiones físicas ni contundentes que pudieran determinar un culpable. Pero todo aquel familiar al que había preguntado por el caso había coincidido en respuesta dando un nombre como presunto culpable, Ging Freecs.

Rebuscó con el tenedor entre los desordenados fideos hasta atrapar un trozo de carne que se llevó con premura a la boca.

Ging era el hijo primogénito del cabeza de familia Freecs y hermano mayor de Gon. Que cruel destino volvía a hacerle coincidir en su camino. De carácter aventurero y habilidoso, estaba destinado a ser el sucesor de la industria de su padre, pero por causas desconocidas días antes del acto oficial, Ging desapareció sin dar ningún tipo de explicación. Dejando su puesto a legar en su hermano pequeño.

El asunto no había tenido demasiada transcendencia si dos días antes de su marcha no hubieran encontrado el cuerpo de Mito Freecs ahogado en el río.

Eso podría haber transferido sospechas a la policía. Pero ante falta de pruebas ¿qué más se podía hacer?. No había pruebas contra Ging aunque muchos familiares lo acusaban a él del supuesto homicidio. Al parecer entre Ging y su prima existía una estrecha relación que había sido rota bruscamente, y el desencadenante de la repentina marcha. Pero nadie lo podía asegurar.

Tal vez si le preguntaba a Gon...

Pero lo que menos quería en aquel momento era volver a tratar con el maldito infiel.

Unos intensos golpes sonaron repentinamente en la puerta de entrada, reclamando su atención. Dejó el plato sobre la mesita baja frente al sofá, se levantó y descalzo avanzó hasta la puerta. Su sorpresa fue mayor al abrir. De todas las personas que había en el mundo jamás se imaginó que aquella fuera capaz de visitarlo por decisión propia. Y justo cuando pensaba en él.

-Gon –murmuró con desconcierto-. ¿Qué haces aquí?

Llevaba la chaqueta del traje arrugada colgando de una mano, la corbata con el nudo deshecho, cabellos alborotados, y una expresión de cansancio dibujada en el rostro. Casi podía asegurar que estaba a punto de desmayarse de lo exhausto que se veía.

-Tú sabes bien por qué estoy aquí –replicó enérgico. Vio como las blancas cejas de Killua se alzaban confusas y no dudó en apartarlo con malas maneras de la puerta para poder entrar al interior con paso firme-. Ha sido idea tuya ¿verdad? ¿C-Cuándo vas a dejar de meterte en la vida de los demás?

El ojiazul dudó si cerrar la puerta y continuar con la conversación, o echarlo de su casa sin contemplaciones. Finalmente decidió cerrar la puerta y encararlo.

-¿De qué estás hablando?

-No te hagas el desentendido –alzó una mano que fue a agarrar la camiseta de tirantes negra del detective haciéndole retroceder hasta la pared más cercana-. Primero con las fotos, el gato y ahora con el maldito consejero matrimonial. He tenido que tragarme su charla, sus preguntas, sus consejos, y por si eso fuera poco, me he pasado los últimos tres días pegado a Retz –lo arrinconó acercándose amenazador a su rostro-. He ido a de compras con ella, a comer perritos calientes cogidos de la mano por el parque, al cine ¡Y hasta he tenido que besarla públicamente!

En un primer momento a Killua le costó asimilar la información que le estaba dando, pero finalmente comprendió su presencia allí. Le estaba echando la culpa de que su prometida le hubiese obligado a ir a un consejero matrimonial y la solución de esta.

-¡Escucha, yo no tengo nada que ver en el asunto! Lo decidió ella sola –forcejeó hasta conseguir soltarse del agarre, empujarlo y aumentar la distancia de sus cuerpos-. Además, ¿No se supone que es agradable hacer cosas con tu pareja?

-Eso… a ti no te importa. – dijo Gon apartando la mirada hacia el piso.

-No, claro que no. Como tampoco me importa lo frustrado que estés con tu vida sentimental.

Era una pérdida de tiempo seguir tratando con una persona tan obstinada como Gon. Estiró el brazo hasta alcanzar el pomo de la puerta que abrió con un movimiento resuelto.

-Vete de mi casa –inquirió en tono contundente-. No te debo nada, así que no vuelvas a buscarme ni mucho menos acusarme de tus fallos. Desaparece de mi vida.

-Qué casualidad –sonrió apretando fuertemente los puños-. Yo deseo lo mismo.

Sin añadir nada más, Gon se giró hacia la puerta y comenzó a caminar. Cuando llegó a la altura de Killua se detuvo sin siquiera mirarle a la cara.

-Te lo advierto, como vuelvas a interferir en mi vida te juro que tu amiguita Alluka será la que pague las consecuencias –insinuó-. No quieras saber hasta qué punto soy capaz de llegar.

La mandíbula del ojiazul tembló de la presión que ejercía con los dientes. Como no, de nuevo volvía a recurrir a sus extorsiones. Inspiró hondo, y antes de que el moreno desapareciera, espetó mordaz.

-Dime una cosa, Freecs ¿Por qué no hiciste nada cuando me descubriste en el callejón? ¿Acaso pensabas que era otro chapero al que poder beneficiarte? ¿Me llamaste porque querías que te la chupara?

Sabía que reaccionaría así, y sin embargo no supo actuar a tiempo. El moreno se movió tan rápido que cuando se quiso dar cuenta ya estaba encima de él propinándole un fuerte puñetazo en la boca que le hizo desestabilizarse y dar varios pasos hacia atrás.

-Bastardo -gruñó Killua entre dientes. Se pasó el dorso de la mano por la boca eliminando los restos de sangre antes de clavar la mirada en él y abalanzarse con la misma brusquedad y las mismas ansias de pelea.

La batalla personal se había desatado.

Se enzarzaron en una rabiosa disputa donde toda clase de golpes eran validos mientras hirieran al contrario, y durante eternos minutos, combatieron con descontrol, atacando y defendiendo entre patadas y rabiosos puñetazos. La sangre comenzaba a cubrir sus rostros. Una parte de la mente consciente de Killua le gritaba que parase, le decía que esto iba demasiado lejos, pero sus puños seguían moviéndose en dirección a su rival, y los de este a su posición.

Un movimiento desprevenido hizo caer a Gon al suelo, que aferrado de uñas a las ropas de Killua, consiguió arrastrarlo consigo, quedando uno encima del otro. El peliblanco se incorporó con rapidez, sentándose en las caderas del moreno para inmovilizarlo mientras alzaba un puño cerrado que pretendía impactar contra el trigueño rostro del pelinegro.

Tomó impulso con el brazo y poco antes de lanzar su ataque se detuvo en seco.

Era extraño.

Se sentía extraño.

Con una dureza extraña.

Y una forma abultada igual de extraña que las anteriores razones.

Killua parpadeó confuso antes de desviar la mirada hacia abajo, justo donde notaba esa anomalía rozando plenamente contra su trasero. Y cuando por fin pudo comprender a qué se debía, abrió los ojos estupefacto dejando caer la mandíbula de forma sorprendido.

Gon estaba excitado.

-¡Apár-Apártate, estúpido!

Con un brusco empujón, Gon se quitó de encima al peliblanco y se incorporó sonrojado a no más poder, saliendo a toda prisa del apartamento.

Killua no lo escuchó, ni siquiera vio como se marchaba. Sus ojos en órbita, miraban al vacío y sus oídos no escuchaban otra cosa que no fuera el enérgico pálpito de su corazón. Esta ardiendo, notaba como la sangre de pronto había comenzado a bullir febrilmente en su interior, apartándolo de la realidad.

-¿Qué ha pasado aquí? –cuestionó temeroso de saber la respuesta.

Su mano vagó con un rumbo no determinado de cordura hacia su entrepierna, que para su sorpresa, también estaba dura.


Durante el regreso a casa, Gon no había podido apartar de su mente lo sucedido en el domicilio del detective. Eliminar la sensación angustiosa de ver como su cuerpo reaccionaba irrefrenable ante el contacto con ese hombre era inútil. A penas lo había rozado y su entrepierna se había agitado impaciente. No podía permitirle ese grado de dominio. Era penoso, más que penoso, era enfermizo.

Pisó con el pie el acelerador del coche, sobrepasando la máxima velocidad permitida en la vía y saltándose varias señales de tráfico.

Aún podía sentir la adrenalina recorriendo sus venas, acelerándole el pulso con rapidez, obligándolo a luchar. El sonrojo en su rostro no desaparecía y el latido de su corazón resonaba fuerte e insistente en su pecho. No recordaba la última vez que se había encontrado en una situación igual. Era tan inusual sentir esa ardiente explosión en su interior, azotándolo, apremiándolo, dejando a rienda suelta a sus límites, a su verdadera naturaleza y personalidad.

Había disfrutado de cada golpe recibido, de cada golpe propinado, de la furia, el arrebato y la energía del combate. ¿Acaso se habría vuelto masoquista? ¿Había desarrollado alguna especie de afición a la tortura?

Tarde se dio cuenta de que, aparte de la adrenalina, algo más comprometido comenzaba a despertar a la par en su bajo vientre. Y lo peor de todo es que el detective se había dado cuenta. Irritado y confundido, golpeó el volante con el dorso de la mano. Había sido instintivo, un impulso irracional porque lleva muchos días sin descargar la tensión sexual de su cuerpo.

Sí, definitivamente era eso. No había vuelto a acudir a los callejones desde la última vez en la que ese mismo chico lo había descubierto, y en casa tampoco había sentido necesidad, por lo que era normal y justificativo que con cualquier estímulo externo su cuerpo reaccionara por reflejo.

¿Pero por qué con un hombre? ¿Por qué precisamente con él?

Era la primera vez que le ocurría algo así. Ni siquiera con los chaperos. Aunque eso tenía su propia justificación. Tan solo se limitaba a cerrar los ojos y disfrutar del contacto. Pero eso no lo convertía en gay, los hombres no le atraían. La razón de que eligiera antes a un hombre que a una mujer para su satisfacción personal era simple: los hombres no le pedían a cambio nada más que dinero. No se encariñaban con él, no le planteaban después de la felación ningún tipo de exigencia a parte del pago convenido.

El coche redujo la velocidad hasta detenerse frente a la puerta de su casa.

"¿Pensabas que era otro chapero al que poder beneficiarte? ¿Querías que te la chupara?"

Le había cuestionado en tono burlón el detective.

Gon salió del coche cerrando la puerta con debilidad.

-Maldito… –susurró.

En su fuero interno no podía negar esas palabras tan ciertas como la voz susurrante y obstinada que en su mente se empeñaba en repetírselo. Sí, lo había pensado y su llamada no había sido para otra cosa que para sustituir los labios del hombre postrado a sus pies por los del peliblanco. Verse descubierto no había hecho más que enfurecerlo en el momento.

Por haber tenido esos pensamientos, por incitar a Killua a que se acercara, por su deseo insatisfecho.

Esos pensamientos habían vuelto a hacer surgir la adrenalina en el. Entró en casa, con mucha más energía de la habitual. Se despojó de la chaqueta a tirones en un vano intento por refrescar su ardiente cuerpo y comenzó a caminar sin rumbo por el salón intentando calmarse. Comenzaba a hiperventilar.

-Gon, ¿Te ocurre algo?

El moreno giró el rostro por encima de su hombro, y de pie, observó en silencio a su prometida de arriba abajo. Acababa de salir de la ducha. Tenía los cabellos empapados de los que caían diminutas gotas formando un pequeño reguero de agua en el suelo y las manos sujetando el paño de ducha que cubría su menudo cuerpo.

Un gruñido gutural e indescifrable brotó de su garganta. Necesitaba descargar su frustración, aclarar de una vez por todas sus inclinaciones. ¡Demonios, a él no le gustaba los hombres!

Alargó los brazos y tomando entre sus dedos el rostro de Retz la besó tan fogosamente que sus dientes chocaron con brusquedad. La joven apenas pudo reprimir un gemido de sorpresa. Era tan raro ver a Gon tomando la iniciativa en ese tipo de situaciones, que no trató de evitar el ardiente ataque, sino que entreabrió la boca y se dejó llevar por el furioso arrebato.

Gon le acarició la cara, que como era de esperar, resultaba lisa y pequeña, no huesuda y con los pómulos marcados. No contento con eso le rodeó la cintura y la levantó con facilidad sin detener el contacto de sus bocas, le resultó curioso lo ligero que era su cuerpo, y no pudo evitar pensar si Killua sería igual de liviano. La joven le rodeó los hombros y cruzó las piernas alrededor de su cintura mientras caminaba hacia el dormitorio. Durante unos instantes deseó que esos brazos que lo rodeaban fueran fuertes y musculosos. Al llegar junto a la cama la soltó derribándola sobre el colchón.

-Estás muy participativo hoy -insinuó coqueta la joven entre risas.

Como respuesta Gon se descalzó, se quitó la camisa y desabrochó la correa y el botón del pantalón. Alargó una mano y antes de recostarse sobre el cuerpo de su amante retiró delicadamente la toalla húmeda, dejando expuesta totalmente su desnudez. Esencia femenina, pechos sinuosos, curvas de mujer. Por más que buscaba no encontraba en la joven ningún rasgo masculino. No hallaba la blanca y perlada de un cuerpo fornido, ni el color pálido de unos cabellos revueltos. La figura que su traicionera mente no dejaba de dibujarle en su subconsciente una y otra vez.

Con un gruñido frustrado por no poder controlar ni siquiera sus pensamientos, se inclinó hacia la joven apresando entre sus dientes el cuello pálido que tan vulnerable le mostraba. Lo mordió y lo besó sin compasión, notando como el cuerpo frágil bajo él se convulsionaba con cada arrebato hambriento.

- Gon… -gimió enardecida. Pasó ambos brazos por los hombros del joven y arqueó la espalda, pegando sus cuerpos, buscando pleno contacto.

El que apenas duró unos escasos segundos.

Bruscamente, Gon se medio incorporó. Apresó el brazo de la joven y la instó a que se diera la vuelta, dejándola finalmente con el rostro descansando sobre el colchón. Justo como se lo había imaginado. Besó su nuca y su espalda mientras maniobraba con el pantalón y su ropa interior hasta conseguir retirárselo por completo.

El miembro rígido que durante tanto tiempo había cobijado resurgió palpitante, erguido y amenazador.

-¿Qué… qué piensas hacer? –cuestionó dudosa por el cambio de postura. Era la primera vez que su novio proponía algo así.

Gon continuó en su mutismo. Tan solo se limitó a agarrar fuertemente las caderas y elevarlas hasta que las nalgas quedaron a la altura deseada.

-¿Gon? –volvió a preguntar cada vez más insegura.

Retz notó la presión del erecto arremetiendo contra su trasero e instintivamente se tensó, abriendo los ojos estupefactos. O una de dos; o con la nueva postura Gon se había desorientado y presionaba sobre el orificio equivocado, o realmente pretendía introducirla en ese lugar.

La presión aumentó y entonces supo que realmente sí pretendía introducirla por el orificio equivocado.

-¡¿Pero qué demonios te pasa?!

La joven se revolvió furiosa, levantó la mano y de un rápido movimientos golpeó la mejilla del mayor.

-¡¿Te has vuelto loco?! – Rápidamente se cubrió el cuerpo con la sábana, apartándose hacia un lado-. ¿Qué pretendías hacer?

Fue devuelto a sus sentidos bruscamente con la bofetada, y solo entonces fue consciente de lo que había intentado hacer. Se había descontrolado, había perdido por un momento la razón y el juicio, no había sido consciente de que su amante era una mujer y no el hombre que acaparaba su mente. Su cuerpo había reaccionado tal y como le hubiese gustado hacerlo.

Como se lo habría hecho a Killua.

Boquiabierto y con las pupilas dilatadas por la relevante información, se llevó una mano a la mejilla donde la carne aún ardía.

-Lo siento… –apenas acertó a decir realmente apenado y decepcionado de sí mismo.

-¿Lo sientes? –bramó la joven ofendida-. ¿Eso es todo lo que puedes decir?

En ese momento lo único que Gon podía hacer era maldecir internamente el haberse encontrado alguna vez con el peliblanco de ojos azules. Hasta ahora había vivido una dichosa existencia: buen trabajo, cariñosa novia y lujuriosas aficiones. Pero ya nada volvería a ser igual, no cuando se acababa de dar cuenta de que efectivamente no le atraían los hombres.

Excepto él.


- Retz por favor, habla más despacio. No entiendo nada de lo que me quieres explicar –le indicó Leorio sin apartar los ojos del ya mencionado celular en forma de escarabajo -. ¿No ha funcionado la terapia que les mandé?

La joven se removió inquieta en el sofá frente a él.

-Al principio sí –indicó perturbada-. Pero anoche… anoche Gon intentó… -desvió la mirada inquisidora hacia la derecha, donde se encontraba taciturno el aludido- intentó entrar en un sitio al que no recuerdo haberle dado el permiso de penetrar.

Leorio alzó súbitamente la vista del juego por primera vez desde que habían comenzado las sesiones de terapia, clavando sus ojos en Gon, que con expresión agotada y perdida, no hacía otra cosa que gruñir entre dientes, fruncir el entrecejo, e intentar calmarse para no salir corriendo de ahí en ese preciso momento.

El consultor intentó disimular la mordaz sonrisa que pugnaba por surgir.

-Bueno, tal vez sí sea necesario sacar los bates acolchados.

Continuará…