Yamamoto era el tipo que veías y sabias era un alfa de pies a cabeza, por alguna razón a Gokudera eso le fastidiaba.
Deportista, carismático e idiota.
No era que tuviera algo en contra de su biología, el Décimo era un alfa y al contrario de su naturaleza, no era el típico alfa, pero era la persona en la que podías contar en los peores momentos.
Que el próximo jefe Vongola no aparentaba lo que era, solo le hacía admirarlo de un modo único. Para alguien a quien toda su vida se le exigió actuar como el estereotipo ordenaba; actuar como realmente eras, era algo digno de admirar y a quien seguiría fiel, sacrificando incluso su propia vida.
Ser un omega había sido un inconveniente en su vida, con cada: "Sé un lindo omega y ve a casa a tocar el piano" "En la mafia no queremos a una linda muñeca de papá", pero no odiaba haber nacido así.
Ser un omega era un inconveniente en su vida, con cada mirada incrédula al descubrir su naturaleza y ver a un chico de ceño fruncido, actitud rebelde y dinamita en las manos haciéndoles morder el suelo, si ellos querían llamarle beta con disfraz de muñeca, allá los bastardos.
El no odiaba ser un omega, simplemente odiaba ser subestimado, odiaba las veces en que difícilmente podía confiar en su juicio —cuando el deseo nublaba la razón— y a pesar de ser él, no era él mismo para nada.
Entendía el mundo del engaño, el mundo de: "Seré el omega que deseas, pero antes que te des cuenta, tomaré lo que quiera". No tenía nada en contra de esa empalagosa farsa de dulzura, amabilidad y hormonas; él era una farsa en sí, lo había confesado al Décimo la primera vez cuando confesó no desear ser un jefe de mafia, cuando su pared hacia el mundo se derrumbaba en su presencia; simplemente que esa otra farsa no era para él.
Su vida no estaba para juegos como esos en los que una mujer podía perderlo todo, su reputación, su hijo, su vida…
Gokudera no odiaba alfas u omegas, simplemente eran un inconveniente a vivir por siempre.
Así que Gokudera no odiaba al maniático beisbolista por ser un alfa, uno que a primera vista se veía tan natural como respirar, con el simple detalle de ser un idiota que creía la vida era un juego.
Pero por el Décimo toleraría inconvenientes: toleraría su extraña amabilidad como la del Décimo (pero que le sacaba de quicio); toleraría su sonrisa eterna y risa despreocupada; toleraría su aroma a tierra húmeda una mañana luego de una noche de lluvia; toleraría que su esencia le hacía ser consciente de la suya propia.
Por el décimo toleraría cualquier cosa, incluso sus propias excusas.
Toleraría aceptar que, a pesar de las apariencias, Yamamoto no era como cualquier alfa…
Y existían días en que Gokudera deseaba odiar. Odiar su biología. Odiar alfas, omegas…
Y odiaba.
Odio desde el primer segundo en que el dolor lo golpeó como partiéndolo por la mitad, odio el calor que lo sofocaba por dentro, odio ser un omega incapaz de cumplir ciclos normales, ni poder ser capaz de recurrir a supresores como todos los demás.
Odio tener que apretar los dientes cuando el aroma a cielo despejado le inundó los sentidos, embriagándolo como a cualquier otro omega. Odio que la voz de la persona que entraba a la habitación le provocará escalofríos solo porque su biología lo aclamaba.
Y odio sus ojos borrosos por el deseo cuando la otra persona se le acercó lentamente.
— ¿Estas bien, Gokudera-kun?
Y odio su boca seca, el sudor impregnado a hormonas que emanaba y la ropa pegada a su piel.
—Estoy bien, Décimo— "No"
—Estas…estas en… ¿celo?
Y ante los ojos de Gokudera, solo el décimo Vongola podía lucir como el mismo chico al que daría su vida, mientras olfateaba el aire como queriendo estar equivocado. Se levantó presuroso y odio. Odio sus piernas temblorosas.
—Casi… — Mintió—. Debo irme, Décimo…
"La cama está solo a unos pasos" "El alfa está frente tuyo" "La ropa es solo una jodida molestia"
Y odio sus propios pensamientos. Odio la traición.
—Reborn… Reborn siempre dice… ¿Quieres…Quedarte?
Y ante los oídos de Gokudera, solo el Décimo Vongola podía decir esas palabras sin el veneno que solían llevar, si no cargadas con preocupación y vergüenza. Una de las lecciones olvidadas de los alfas, el sabia, "Cuida de los omegas", solo a él nunca se le podrían olvidar.
—No…— "Si"—. Si voy ahora, llegaré a mi apartamento a tiempo— Jadeó la mentira. "Por favor" Y odió su propia decepción, abalanzándose hacia la puerta.
—Gokudera-kun…
La voz del Décimo era cruelmente tentadora. En un mundo de alfas y omegas, odiaba sentirse un animal en celo.
La mano sujetando su muñeca quemaba. La mano sobre su mejilla derretía su piel. El fuego que de pronto inundaba su visión lo despertaba.
—Ve rápido y llega bien, Gokudera-kun
Y odió aquella dependencia que su biología originaba. La que permitía que un alfa satisficiera el vacío y le diera minutos de razonar como un humano.
"Hueles a Tsuna"
Yamamoto se suponía había llegado a ser no como cualquier alfa, así que aquello dolió.
"Hueles a Tsuna"
Y depender de ello para poder llegar a casa y acallar sus deseos dolía.
"Hueles a Tsuna"
Y la decepción lo bañó como la lluvia que tenía en frente, susurrando un "lo siento"
"Hueles a Tsuna"
Y odio que las lágrimas cayeran y que su propio olor volviera.
"Lo siento"
Era un omega, Yamamoto un alfa.
— ¿Entonces te harás responsable?
Volvió en si entre cuatro paredes de una habitación, bajo el sol de la tarde, con piel rogándole ser liberada de la prisión de ropa húmeda.
Gokudera debía admitir que jamás había visto un alfa en empatía con su celo. Yamamoto lo devoraba solo con la mirada. Se hundió entre sábanas blancas como una presa seguida por un depredador incapaz ya de razonar.
Cerró los ojos y hundió las uñas en la otra espalda acostumbrándose al dolor. Yamamoto era un alfa devorando lo que con sus piernas abiertas estaba ofreciendo, acechando con sus dientes su yugular, tanteando piel entre gruñidos acallados por la fuerza que su mano otorgaba al jalarlo de su negro cabello. Jadeó sintiendo como las lágrimas caían una tras otra.
Jamás había visto un alfa en celo.
Jamás había rechazado su naturaleza, sin embargo, jamás la había del todo aceptado…Esa tarde, sintió era un omega, en su propio modo omega.
Shamal jamás había reaccionado a su aroma ni hecho caso a sus deseos, embriagándolo en perfume femenino, sedándolo en hormonas, era como la muñeca de papá: virgen, dulce, recostada en sábanas de seda
"Si esto no te gusta, vuelve a tu casa, Hayato". El Décimo simplemente seguía siendo el Décimo y estaba bien, dolorosamente bien, dolorosamente amable…
Yamamoto no era amable, la muñeca de porcelana podía o no romperse ante sus garras torpes, la seda podía o no desgarrarse ante sus colmillos sedientos. Yamamoto tomaba, tomaba y tomaba sin mediar absolutamente nada y lo odiaba… Lo odiaba por hacerlo sentir él… Lo odiaba por hacerlo sentir libre… Por el placer al sentir dientes sobre su carne… Por hacerlo sentir lleno… Por hacerlo sentir Gokudera Hayato…
—Idiota… —Lloró entre susurros—. Maldito bastardo idiota… —Lloró su primera vez que jodidamente esperaba no fuera la última.
Esa tarde la lluvia se había vuelto una feroz tormenta.
-o-o-o-
Gokudera era un omega y Yamamoto un alfa. El idiota no podía entenderlo, no tenía derecho a entenderlo ¿Quién más que él había luchado para llegar donde estaba? ¡Era un omega, maldita sea! Su lugar estaba lejos de ser la linda muñeca de alguien, por eso la frustración lo embriagaba. Alguien nacido de forma natural para ganar ¿Cómo podía entenderlo? ¿Cómo podía juzgarlo? ¿Cómo se atrevía a decirle que no merecía ser la mano derecha del Décimo Vongola?
El futuro, su casi muerte y Yamamoto, le obligaron a madurar.
El futuro —para un lobo solitario, terco y que no aceptaba a nadie más que una persona en su vida— le entregaría muchas cosas más.
"¿Puedes ser mío, Gokudera?"
Solo un idiota le habría preguntado aquello, solo un idiota no sabría que lo odiaba tanto porque todo su ser le pertenecía más que a cualquier otro. Solo un idiota se habría metido bajo su piel como una maldita enfermedad…
—Quien sabe, idiota…
Porque el futuro era demasiado incierto, porque la mafia jugaba en charcos de sangre, porque aún debía pertenecerse a sí mismo…
