—Agradece que eres una flor tardía, Hayato… Y que estábamos en medio de la nada…

Las palabras de Shamal hacían eco en la cabeza del bombardero al ser arrojado a una cama ajena, sosteniendo aún uno de sus aviones de papel, como quien en su última oportunidad se aferra a un clavo ardiente. El efecto sedante de aquel mosquito desaparecía, dejándolo con hormonas asquerosamente aromatizadas. El asco solo intensificaba el dolor, pero neutralizaba el deseo. El sudor hacía que su ropa se pegara en su piel, las sábanas enredadas en su cuerpo contribuían al malestar. El aroma que lo embriagaba no le permitía desear con claridad. El calor era intenso y aquel olor a vino añejo parecía demasiado lejano como para alcanzarlo…

—Quítate la ropa o será peor… anida ahí…— Un chasquido de dedos frente a su rostro le hizo enfocar la mirada apenas. Aquel pervertido era un alfa, el aroma a flores que no le dejaba respirar no le dejaba confirmar que lo que él sabía era cierto, su cerebro parecía derretirse… Pero el alfa olía bien, aunque estuviera tan lejos ¿No estaba frente suyo? Frunció el ceño. Olía bien, sus manos quemaban y sus dedos sabían a alcohol. Se ahogó en sus pensamientos cuando sintió que algo recorría su garganta. —Traga tus primeros supresores… En unos minutos…

Gokudera dejó de oír, ver y oler en unos segundos, excepto de sentir…el dolor le había vuelto el mundo negro, para despertar en la misma cama, recibiendo oxígeno a través de una mascarilla, con una bolsa de suero sobre su cabeza, volviendo cada goteo un segundo hipnotizante…

—No te atrevas a usar supresores, Hayato— La voz de Shamal le llegó en un instante como si atravesara metal. Un alfa en plena autoridad. Pero su mente aun no despertaba del todo, su cuerpo permanecía inmóvil y seguía oliendo a esas malditas flores…—Pero toma…— Sus ojos verdes siguieron el camino de la mano ajena, intentando enfocar su vista en el objeto dejado— Solo te permito estas. Pero no seas un idiota, ya dije no tomes supresores otra vez, aguanta como hombre el dolor que estas te dejarán a menos que quieras ser un mocoso cuidando de otro…

Gokudera observó las pastillas por unos cuantos segundos, con la voz del hombre retumbando en su cerebro, con imágenes de su infancia en su cabeza, con el recuerdo del aroma de un alfa que le había tratado como un aprendiz… Las palabras que para él eran una orden, su biología se encargó de guardarlas, antes de caer dormido otra vez.

Shamal cruzó los brazos, exhausto, tratar hombres no era lo suyo y aquel mocoso había tardado tres días en despertar de aquel coma…