Era la primera vez para Yamamoto entrar a su cuarto y encontrar a un peliplata acurrucado entre sus sábanas. Era la primera vez de un Gokudera no en celo y solo en su habitación.

Tragó en seco, arrojando su bolso y equipo de béisbol a un lado, acercándose sigilosamente a la cama. Ojos verdes no apartaban la mirada de los suyos propios.

Era extraño y confortante, ver por primera vez al otro anidar en su cama, enredado entre sus ropas; porque aunque Gokudera jamás lo admitiera, anidar era algo que nunca se había permitido.

Vagamente sabía que sus primero celos habían sido vividos entre sedantes, hormonas y Shamal…

Incluso con él, Gokudera huía del hecho de permanecer más tiempo del necesario en la cama que también olía a él. Sus ciclos irregulares le impedían la permanencia, la comodidad. Con el dolor como única advertencia, en aquel juego sucio, la tormenta solo tenía tiempo para desmoronarse en sus brazos perdiendo todo uso de razón…

Pero un hogar se armaba con tiempo…Y entonces Yamamoto lo había marcado como suyo.

Se sentó en la cama de espaldas al que ahora era su pareja (aunque más de un año de intimidad, de sentimientos, para él siempre habían sido una pareja), esperando… Gokudera no tardó en moverse, sentándose en sus piernas, mientras sonreía de forma altanera.

—¿No estás de humor para que un omega se siente sobre ti, idiota beisbolista?— Y ni el tono ligeramente burlesco le evitó abrir los ojos sorprendido ante la vista. Gokudera era un omega que no parecía serlo, oculto bajo capaz de años de desconfianza, rechazo, tristeza y dolor estaba aquel lado suprimido que le estaba dejando ver. El peliplata era hermoso como el cristal y fuerte como un diamante. La simple camisa que lo cubría dejaba la piel de porcelana al descubierto, su cabello atado en una coleta dejaba a la vista una mordida que parecía quemar… —Tampoco olvidé el detalle de la ropa interior…

Y la lluvia no pudo evitar reír avergonzado ante aquella confesión en su oído, rodeando con sus brazos la cintura ajena. El beso que le siguió embriagó sus sentidos. Observó aquel cuello pálido y se dio cuenta, mientras Gokudera volvía a recostarse en la cama, expectante, aquella era su primera vez…

Sin obligaciones, sin biología, simple decisión… Y la ropa en ese momento, le estorbó por primera vez sin que el aroma de Gokudera le afectara de tal manera que perdía el juicio.

Y por primera vez, Gokudera se mordía el labio desviando la mirada, ocultando en vano ojos complacidos. Por primera vez no dejaría que el otro tomará pastillas, por primera vez tomaría parte de la carga.

Su boca busco la sonrisa ajena, perdiéndose en besos lentos, perdiéndose en piel que sus manos jamás habían podido tocar a conciencia, saboreando cada segundo, escuchando cada gemido como si fuera el último, absorbiendo cada jadeo con los suyos mientras se volvían uno…

Por propia voluntad, Gokudera había aceptado ser suyo. Por propia voluntad, Gokudera había aceptado su marca. Por propia voluntad, Gokudera estaba con él.

Por siempre…