CAPÍTULO 4

Estaba solo en la maldita habitación. Esa maldita habitación en la que dormía Sirius, con aquella cama que estaba demasiado cerca de la de Remus. Demasiado cerca para su salud mental. Que Remus estuviera tan cerca y que a la vez tan lejos, no ayudaba en nada a Sirius, que estaba al borde del colapso.

Estaba solo cuando la luna brillaba en el firmamento. Una luna blanca y redonda que le sonreía burlona, recordándole lo desgraciado que era. Se levantó de su cama y miró a la cama de al lado, la de Lupin. Las sábanas estaban estiras y bien puestas —no como las suyas—. Ya siendo niños Remus siempre hacía la cama. Sirius mira la cama de su compañero de habitación y camina hacía allí.

Estaba solo en la habitación y se metió en la cama de Remus cuando nadie le vió.

Recordó vagamente lo que había pasado hacía unos minutos.

No voy —dijo Sirius mientras James le esperaba en el umbral—. No voy a ir y no puedes obligarme.

Tienes razón, no puedo obligarte James cogió el pomo de la puerta—. Espero que esto te remueva la conciencia y se marchó cerrando la puerta de un golpe seco.

Aquellas habían sido las últimas palabras de James antes de irse con Remus y Peter hacía la casa de los gritos. Había luna llena aquella noche y Sirius se había negado a acompañarlos. Se había negado a compartir aquella noche con sus amigos debido a la extraña situación que compartía con Remus.

En meterse en la cama de Lúnatico se tapó con las blancas sábanas, hundió su cara en la mullida almohada y aspiró con fuerza el embriagador aroma. Olía a hombre, fuerte y rudo. Tal y como le gustaba a Sirius. Las sábanas eran suaves y la sola idea de que Remus dormía ahí todas las noches, erizaba su piel. Apretaba la almohada entre sus manos, estrujándola fuertemente contra el pecho. Se imaginaba durmiendo en esa cama todas las noches, con aquel chico que huele a hombre y sabe a cielo. Porque Remus Lupin sabe a cielo, a hombre, a sudor y lágrimas, a heridas abiertas, a cicatrices por la espalda, a libros, a biblioteca y a chocolate. Remus Lupin sabe a todo aquello que Sirius más desea.

Aquel beso fue un error, sí. Sirius lo sabe. Aquel beso fue desaprovechado, malgastado. Si hubiera esperado un poco más quizás hubiera tenido la fuerza suficiente para ir más allá. Para demostrarle a Remus que no existe otra realidad que en la que ellos estén unidos, juntos. Si Sirius hubiera esperado un poco más, Remus no se hubiera apartado. Si hubiera sabido ser paciente, Remus hubiera seguido con aquel beso y quién sabe lo que habría podido pasar.

—¡Maldito idiota! —maldijo Sirius.

Se odiaba por haberle hablado así a Remus aquel día en Hogsmeade. Se odiaba por lo que le hizo el año pasado con la broma de Snape. Se odiaba por tratarle así después de lo del beso. No se habían escrito en todo el verano, no se hablaron en volver a Hogwarts y ahora se peleaban sin más. ¿Qué demonios esta pasando entre ellos? ¿Era ese el final de lo qué sea que tuvieran? Sirius no podía ni pensarlo. Lo único que quería hacer era salir de aquella cama e ir hacía la Casa de los Gritos para estar con Remus. Para estar con aquel lobo que destruía a su Remus una vez al mes bajo el efecto de la luna.

Pero no lo hizo, sentía demasiado vergüenza como para presentarse allí después de cómo le había tratado.

Sirius encogió las piernas y sintió la sábana sobre su piel. La textura era suave y olía a él. Todo en esa cama olía a él, a Remus. Aspiró con fuerza y su cuerpo se encendió. Ya le había pasado antes, era un sentimiento ardiente que necesitaba saciarse. Y toda esa fuerza ardiente se colapsaba en un solo lugar. Un lugar salvaje que lo único que busca era aliviarse. Bajó la mano buscando el punto desde donde irradiaba el calor y lo agarró con fuerza. Remus era todo lo que ocupaba su mente. Su mano se agitaba con avidez, rápida y acelerada. Soñaba que aquella mano fuera la de Remus, su mano, su boca, su cuerpo.

Y explotó. Se quedó quieto durante unos minutos, con aquella sensación de que Remus estaba metido en la cama con él. Luego se levantó y —con un hechizo de limpieza— lo dejó todo como lo encontró. Las sábanas quedaron limpias y la cama hecha.

Fue hasta el escritorio y cogió la cajetilla de tabaco. Encendió con su varita el cigarrillo y caminó hasta la ventana. La luna oscilaba sobre el cielo cuando Sirius lo decidió finalmente; mañana se acabaría toda esta tontería con Remus, mañana las cosas volverían a ser como siempre.

¡No uno, no! Hoy cuelgo dos. Seguid leyendo...