CAPÍTULO 5

Cuando Sirius despertó, la habitación seguía vacía. Se extrañó de no encontrarse con James y Peter. Solían llegar poco después del amanecer, después de dejar a Remus en la enfermería. El reloj de su mesita marcaba las ocho. Se levantó, se vistió con lo primero que encontró tirado por la habitación y salió cerrando la puerta de un portazo. Los pasillos estaban vacíos, solo aquellos que madrugaban para desayunar temprano deambulaban por el castillo a esas horas. Tenía un nudo en el estómago pero no sabía muy bien porqué. La incertidumbre por el retraso de sus amigos estaba alterándole. Caminó hacía la enfermería sin detenerse por las miradas de unos Slytherins. En otro momento, Sirius se hubiera parado para seguirles el juego y acabar a bofetadas. Pero hoy no era el día.

Aumentó el ritmo cuando comenzó a haber más movimiento de alumnos. En llegar, Pomfrey se negó a dejarle entrar.

—¿Dónde está Lupin? —exigió saber Sirius.

—No puede pasar ahora. El señor Lupin se encuentra indispuesto.

Antes de que Sirius pudiera replicar, James y Peter emergieron del interior de la enfermería. Sus ropas estaban sucias de lodo y sangre. Grandes manchas escarlata pintaban sus ropas. James tenía la cara desencajada, los ojos llorosos y las manos llenas de rojo.

—James… —Sirius se acercó a él—. ¿Qué coño a pasado? ¿Y esa sangre?

James intentó hablar, pero no pudo.

—¿Es tuya? ¿James, es tuya esta sangre? —insistió Sirius.

James ladeó la cabeza.

Sirius empujó la puerta —olvidándose de Pomfrey— y entró en la enfermería con el corazón en un puño. Buscaba por todas partes a Remus mientras corría apresurado por la sala. Lo encontró tumbado sobre una camilla al fondo de la enfermería. Se acercó a su cuerpo observando las dos grandes oberturas en su pecho. Dos enormes heridas de las que emanaba espeso líquido escarlata sin medida.

La imagen era desgarradora.

Remus gemía de dolor cuando Pomfrey llegó.

—¡Salga inmediatamente de aquí, señor Black!

Sirius se movió hasta Remus, alejándose de Pomfrey.

—¿Remus, me oyes? —gritó Sirius.

El chico solo podía emitir desesperados gemidos de dolor.

—Vas a estar bien, amigo… —decía Sirius insistente—. Lo siento, Remus… ¡Lo siento tanto! Perdóname, por favor… ¡Perdóname!

Pomfrey consiguió apartarle de allí y sacarlo de la enfermería. Cuando la mujer le cerró la puerta en la cara, Sirius dio un fuerte golpe seco con el pie. Apenas pudo sentir el dolor cuando se giró hacía James.

—¡¿Se pude saber que coño ha pasado esta noche?! —gritó Sirius encolerizado.

—¡No me grites!

—¡Se supone que hemos de cuidar de él!

—Quieres callarte —dijo James—. Nos van a oír.

—¡Me la suda! Remus está ahí dentro desangrándose ¡joder! ¿Cómo cojones no lo habéis evitado?

—El que controla al lobo es el perro, no el ciervo o la rata… Te recuerdo, Sirius que el que se quedó en su cuarto encerrado fuiste tu.

James tenía razón y Sirius lo sabía.

—Yo no…

—No me lo niegues. Si hubiera estado esto no hubiera pasado y lo sabes —James le encaró—. ¡Si Remus está ahí dentro es por tu culpa!

Sirius, colérico, cogió a James de las solapas de la chaqueta con la mandíbula fuera de si, como a punto de morder, y el puño en alto preparado para el golpe.

—¡¿No tienes ya bastante?! —dijo James—. ¡Pégame, vamos! Lo estás jodiendo todo.

Sirius miró a James y vio en sus ojos como su hermano le hablaba desde la más absoluta sinceridad. Tenía razón. Podría pegarle por ello, pero aquel no era el día. Lo estaba jodiendo todo —como lo sabes, hermano—. Lo soltó y salió corriendo sin volver la mirada. A penas oía sus propios pensamientos. No controlaba su propia respiración. Por un momento creyó convertirse en perro y dejarse llevar por aquellos impulsos que estaban haciendo que su cuerpo se moviera sin control a través del castillo. Remus estaba allí, perdiendo sangre, gimiendo, sufriendo y Sirius sentía la culpa latiendo en sus entrañas. El dolor le nublaba la vista. Atravesó los concurridos pasillos, empujando a cualquier alumno que se cruzaba. Ignoró las miradas recriminadoras por los empujones. Continuó su camino ignorando la idea de ir a clase o de volver con James. Notaba el llanto aferrado con fuerza a su garganta, estallaría en cualquier momento y no estaba dispuesto a que nadie le viera llorar.

¿Qué coño estaba pasando ese año? ¿Qué coño les estaba pasando a todos ellos?

Salió del castillo a través del puente colgante y llegó a los lindes del bosque prohibido. Pocas veces se había convertido en perro durante el día, pero en esta situación ya todo le daba igual. Las perros tienen menos capacidad de sentimientos que los humanos, así que la única solución que encontró ahora era convertirse. Así olvidaría todo aquel dolor y haría que aquel sentimiento de culpa parara.

La transformación se efectuó y corrió y ladró como nunca antes. Se pasó el día en el bosque, corriendo, balbuceando algo parecido a un llanto, rastreando, ladrando. En hacerse de noche, salió la luna. El perro se detuvo y miró al cielo. Su forma más humana volvió a aparecer en pensar en Remus Lupin.

Descansa, hoy aúllo a la luna por ti —pensó el perro.


Pocas son las veces que cuelgo dos capítulos seguidos, pero esta vez se merecen. Llevo tres semanas sin publicar... Sí, las cuento. Espero que dos capítulos sean suficiente para que me perdonen, esta vez no tengo escusas.

Nos vemos en el próximo, espero poder volver a publicar cada fin de semana.

Besos!

PD: Para aquellos que lean Libres sabrán que he estado tres semanas sin publicar también. Lo siento, en cuanto tenga tiempo me pongo con ello. El capítulo siguiente está algo atascado y necesito inspiración... Pero no creo que tarde mucho más. Lo siento.