Cuando Armin quedó al cuidado de su abuelo, no tuvo demasiadas expectativas acerca de su nueva vida. Supuso que como omega, viviría una vida buscando oportunidades para progresar dentro de lo que su raza le permitía, cuidarse de no ser presa de algún alfa hambriento y promiscuo. Cerciorándose de ser el mejor siempre para enorgullecer a August, porque él le había dado un hogar y sustento.
Después conoció a Mikasa, una alfa malhumorada, constantemente metida en problemas e inquieta como todos los alfas. Buscaba emociones fuertes, destacar, y ser ignorada a su vez. Nunca lo consiguió del todo, Mikasa era una Jaeger, llevaba en el apellido la sentencia. No pasaba desapercibida para ningún omega –hombre o mujer-, ni para algunos alfas.
Fue su primera amiga en su nueva vida. Ella lo protegía, lo quería a su modo y era cariñosa como nunca lo fue con nadie. Hablaban de la escuela, de sus gustos musicales, de la comida chatarra, de novelas y series. Hablaban de un mundo alterno donde no existían razas; alfa, omega o beta. Ansiaban una libertad que nunca obtendrían.
Mikasa cumplía un rol dentro de su jerarquía y él tarde o temprano tendría que ceder ante alguien más fuerte.
Armin esperaba que el momento en el que un alfa lo reclamara –porque no creía en los destinados-, al menos pudiese disfrutar de la unión y que no fuese como casi todas las uniones omega-alfa; sexo desenfrenado, la mayoría de las veces violando los derechos y el cuerpo del omega para satisfacer la necesidad urgente de aparearse de un alfa.
Hasta que Eren Jaeger decidió acercarse. Parecía tímido, Armin no lo sabía con exactitud. La primer impresión fue esa: un terrible sonrojo alrededor de sus mejillas y unos ojos iluminados por una emoción que no había visto en otro alfa.
Eren no saludó como solía hacer siempre. Ni mostró esa mirada arrogante que su hermana odiaba, no se comportó como un niño berrinchudo. Simplemente fue Eren Jaeger. Todo él, sin posturas petulantes ni comentarios sarcásticos.
Y Armin pensó que todos los rumores que pululaban a su alrededor sólo eran eso: chismes baratos sin fundamento.
- Parece divertido, ¿quieres subir? – aquella vez, Eren lo miró a los ojos, pero el brillo en su mirada no era el que habitualmente le regalaba. Era más un destello ansioso, como si quisiera que algo empezara pronto.
Armin no tenía idea de qué.
- Oh no, honestamente me dan miedo las alturas y creo que terminaré vomitando. No quiero avergonzarte frente a los demás – dijo él. Eren frunció el ceño, no dijo nada en absoluto. Pero el silencio fue más lapidario de lo que Armin imaginó.
Siguieron su camino en un incómodo mutismo. Armin pensó que tal vez Eren si había querido subirse a alguna atracción del parque temático y que él se lo había impedido porque se negó a subir.
Eren se desesperó demasiado rápido y se detuvo abruptamente provocando que Armin también lo hiciera.
- Habrá una fiesta el viernes – empezó él, la voz le temblaba. Y Eren Jaeger jamás se mostraba de esa manera frente a nadie. Ni siquiera a sus padres o a Zeke. – Me preguntaba si tú querrías venir. Si no quieres ir no hay problema, la verdad es que –
- Por supuesto – respondió interrumpiendo su perorata. - ¿Por qué no?
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Mikasa lo pasó a recoger en su auto de lujo. Armin tenía que acostumbrarse a la extravagancia que rodeaba a los alfas o terminaría volviéndose loco de tanta pedantería innecesaria.
Su abuelo lo despidió en la entrada de su pequeña casa, pidiéndole que se cuide y otras cosas más que no alcanzó a escuchar porque su amiga parecía ansiosa dentro del auto y no quería hacerle perder más tiempo.
Durante el trayecto Mikasa charlaba sobre su carrera, tareas, amigos y Eren. Lo miraba por el rabillo del ojo y Armin se había dado cuenta. Mas no dijo nada.
Mikasa lo conocía, ya tenía un criterio sobre él. Seguro que para todos sus cercanos parecía en extremo raro que un chico omega de su categoría haya causado semejante impresión en un alfa supremo como Eren.
- Ten cuidado, ¿vale? – señaló Mikasa de repente. Esperando ambos que el semáforo cambiara de color.
- ¿A qué te refieres? – preguntó en un tono bajo, nervioso.
- Con Eren. Ten cuidado. Recuerda que es un alfa y tu un omega. Sus papeles siguen siendo los mismos aunque ustedes insistan en no verlo. Así que si él pierde el control, sé prudente y aléjate. No te permitas caer ni abrirle las piernas.
Aquello molestó al rubio. ¿Qué se creía Mikasa que era él?
Frunció el ceño y se aferró a los bordes de su asiento: - Crees que voy a aprovecharme de él y terminaré enrollándome en su cama. – Afirmó con tono venenoso. Mikasa resopló.
No quiso ofenderlo de esa manera. Estaba en modo maternal y pensó que un consejo sería lo ideal para su amigo rubio ya que no conocía a su hermano menor.
Eren no era un alfa que pudiese controlar su temperamento, estaba siendo entrenado para ello. Perdía los estribos con facilidad y se guiaba por el impulso, aunado a su instinto de alfa supremo, los resultados no eran halagadores.
«Eren es muy joven para aparearse aún. Historia no le atrae, y temo el día que encuentre a un omega que despierte su libido, él pierda el control y lo tome sin pensar en las consecuencias»
Era el peor temor de Grisha. Si Eren consumaba la unión con otro omega que no fuera su prometida, todo se vería perdido para ellos. En primer lugar, Historia Reiss pertenecía a la distinguida familia real de Inglaterra. Las únicas hijas del matrimonio radicaban en Alemania por orden del rey. Historia tenía que conocer a su prometido, aunque no hubiera interés por ninguna de las dos partes.
Esos dos eran todo un caso: Historia delegaba su compromiso a segundo plano. Cuando se encontraba con Eren no era más que para aparentar, caminaban tomados de la mano y se sonreían mimosamente. Luego, cuando nadie los miraba de cerca, la pareja se alejaba lo más que podía, asqueados de pensar que estarían juntos, compartiendo una vida y la cama.
Mikasa tenía conocimiento de que Historia había encontrado a su pareja destinada, pero por situaciones que no llegaba a comprender todavía, la familia Reiss decidió emparejar a su hija menor con el menor de los Jaeger. Armin se sumaba a la ecuación, no era tonta y veía en la mirada cándida de Eren que su amigo omega no sólo era alguien pasajero.
Si, tenía miedo. Eren tenía un compromiso le gustara o no, por el momento no podía hacer otra cosa que pretender que cumplía las ordenes. Armin estaba en su pleno desarrollo sexual, sólo esperaba que esos dos no hicieran algo de lo que después se arrepentirían.
- No es así. Creo que Eren puede perder el control contigo, nada más.
- ¿Por qué habría de hacerlo?, somos amigos, no me encuentra atractivo ni nada parecido – dijo Armin ya más tranquilo.
Mikasa sobreprotegía a sus seres queridos al punto de ser hiriente en ocasiones.
- Ajá – ella prefirió no hacer mención de lo que pasaba por su cabeza.
El resto del camino ninguno de los dos menciono palabra alguna. Armin quiso disculparse y decirle a Mikasa que sus miedos eran infundados, mas no pudo hacerlo. Una parte de él, la que dominaba todo su juicio lo mantenía en alerta, algo iba a pasar esa noche. No sabía si era bueno o malo pero cambiaria las cosas de un modo u otro.
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Decenas de cuerpos adolescentes se arremolinaban en las áreas comunes, el sonido de la música a todo volumen lo desestabilizaba y el alcohol comenzaba a trabajar en su cuerpo. Eren bailaba, gritaba e invitaba los demás a unírsele.
Entre ellos estaba el omega rubio que había atrapado su atención desde hace un mes y medio.
El chico lucia perdido en el mar de gente, sudoroso gracias a la temperatura elevada y asustado. Una combinación que consiguió sacarle una erección al alfa.
- ¡Armin, por aquí! – gritó fuertemente subiéndose a la mesa haciendo aspavientos con las manos.
Armin apenas escuchó el llamado del alfa, identificó en la escasa luz unos profundos ojos verdes que centelleaban con diversión. Sin pensárselo un poco, el omega se abrió paso entre todo el gentío hasta alcanzar a su amigo que no paraba de cantar, cerveza en mano.
Su cabello largo estaba desparpajado en todas las direcciones posibles, sudaba copiosamente y jadeaba, Armin lo instó a bajarse de la mesa. Eren obedeció enseguida.
- ¡Eren, creo que quiero… irme ya! – le gritó al oído, Eren borró su sonrisa y le regaló una mirada de reproche.
- ¡La fiesta apenas comenzó! – contraatacó.
- ¡Sí! –dijo Armin - ¡Pero estoy cansado y todos están ebrios!
En ese momento, el aroma de Armin se intensificó, un vapor que se extendió por encima de las cabezas de todos los presentes. De un color escarlata que desprendía un deseo lascivo, intenso y llamativo.
Armin se llevó las manos al abdomen contrayéndose de dolor. No podía estarle pasando allí. Justo. Ahora.
- ¿Ar…min? – Eren no pudo continuar, el aroma de su amigo rubio era demasiado potente, mareándolo.
- Eren yo…, no me siento… muy bien.
Eren no demoró mucho en llevarse a Armin lejos de la fiesta donde muchos alfas enloquecieron gracias al dulce aroma. No pudo dejarlo a su suerte, porque su celo alfa inmediatamente se activó con las feromonas que expedía el dulce Armin que ignorante de la situación se aferraba al asiento del copiloto y gemía con la voz cargada de lujuria.
- Eren… ah, por favor… duele.
El alfa apenas mantenía su concentración en la carretera, sus sentidos estaban adormecidos y sólo quería deshacerse del malestar poseyendo el cuerpo del menor.
