El boticario dormitaba en los brazos del oni. Realmente no quería dormirse ya que lo juzgaba como una descortesía de su parte. Pero el pecho de Hoozuki era tan cálido y sus pasos tenían esa cadencia tan rítmica...Por otro lado, hacía tantos días que no se sentía lo suficientemente seguro para relajarse, que luchar contra el sueño se volvía una tarea agotadora.
*
¿Dónde estaba?
¿Acaso se había dormido?
¡Error!
Era peligroso, debía escapar, debía..
Un movimiento lo alertó. Un demonio reptaba por sus piernas.
Su reacción fue instintiva. El sello salió de su manga buscando impactar en la cara de su atacante para hacerlo retroceder. No lo había pensado, simplemente había actuado.
Hoozuki, desprevenido ante el inesperado ataque, solo atinó a colocar su brazo para protegerse el rostro. El sello quemó parte de su túnica y una buena porción de su brazo para luego desaparecer.
El oni observó el daño con curiosidad. Si hubiera sido un demonio de un rango menor, probablemente las consecuencias habrían sido más serias. A pesar de eso dejaría cicatriz.
"Realmente..." El vendedor lo observaba apenado desde el tatami en el suelo. "Lo lamento mucho, no ha sido intencional.."
"Impresionante"
El boticario, quien aún observaba el humo que desprendía la carne quemada, centró su atención en él.
"Tu poder es impresionante. De cualquier manera, ha sido mi culpa. No he solicitado tu permiso para iniciar las curaciones.."
"Oh" Había olvidado completamente el por qué estaban ahí. Con un leve asentimiento de cabeza dejó que el oni se acercara de nuevo.
Hoozuki se arrodilló junto a él. Con cuidado retiró el calcetín de la pierna afectada y deshizo los improvisados vendajes que el boticario había hecho para sí mismo. El vendedor los observó. Habían vuelto a teñirse de sangre. Definitivamente no tendría que haber andado tanto. Pero no había tenido otra opción..
Una punzada de dolor crispó su ceño. El oni había presionado la herida. Los puntos en los que el acero había hecho contacto con su piel eran claramente visibles.
"Se ha infectado, voy a tener que darte algo para infección"
El vendedor sonrió ante la ironía de todo aquello. Él, un kitsune, herido por una trampa para zorros y siendo curado por un demonio. El destino tenía un curioso sentido del humor. Para distraerse del dolor provocado por las curaciones, observó el lugar dónde se hallaban. Aparentemente, en otro momento había sido una casa de campo de alguna familia pudiente, posiblemente habría sido un lugar agradable, aunque en la actualidad podían visualizarse aquí y allá rastros de saqueos y roturas. La guerra había hecho mella en ella. Como en todo. Pensó desanimado.
"Has caminado demasiado tiempo con esta pierna herida. Tu tobillo izquierdo se ha inflamado." Dijo Hoozuki examinando su otra pierna.
El vendedor asintió. Él tenía razón, por supuesto. Al recargar todo su peso en su pierna sana durante un período tan prolongado, había terminado por afectarla también. Había sido demasiado arriesgado. Un poco tiempo más y ya no habría sido capaz de caminar en lo absoluto. La llegada de Hoozuki había sido una bendición.
"Gracias" Dijo cuando el oni terminó por vendar ambas extremidades y se mostró satisfecho por su trabajo.
*
Aquella noche, luego de cenar la comida más abundante que había consumido en semanas, el boticario se dio un momento para pensar. El oni dormía en un tatami cercano al suyo, y aunque la luz que entraba desde el exterior era escasa él podía delinear el contorno de sus facciones. Si bien en un principio su repentina aparición lo había hecho meditar al respecto, con el correr de los acontecimientos había podido situar el motivo de sus acciones. Era claro lo que sucedía con él. Observó las flores pez dorado que descansaban sobre una repisa y una infinita ternura lo invadió.
En un silencioso movimiento salió de su lecho, alcanzó el tatami de su compañero y se arrodilló a su lado a la espera de una señal. Hoozuki despertó alertado por la presencia del kitsune, su poderosa energía espiritual imposible de ignorar.
Se contemplaron un momento, uno sumido en sus pensamientos y el otro confundido ante la interrupción de su descanso. Luego, como si el vendedor hubiese tomado algún gesto de su parte como una concesión, se deslizó bajo las mantas y lo abrazó. No hubo nada más. Solo ese silencioso gesto en la oscuridad de la noche.
No era una experiencia exactamente nueva, ya habían compartido el lecho cuando el boticario había estado de visita en el Jigoku, pero esta vez era diferente, de alguna manera lo era y eso bastó para que el oni tuviera problemas para volver a conciliar el sueño esa noche.
