Lo observaba vestirse en un silencio expectante. La vergüenza largamente olvidada en alguna parte, tal vez en aquel lugar donde descansaban sus otras emociones, las que "se suponía" debía sentir. Contemplaba al kitsune colocarse la parte superior del kimono sin ningún tipo de tapujo, ya no le importaba lo que pudiera pensar de él o lo que pudiera sentir. Sencillamente no podía centrarse en otra cosa más que en sus propias necesidades y emociones, aquellas que le hacían revolverse con ansiedad en el lugar mientras pensaba que ese kimono, a diferencia de él, no se había ganado ningún derecho a cubrir de esa forma el níveo cuerpo del kitsune. Aunque comprendía a grandes rasgos las reglas de la etiqueta, no terminaba de entender la razón de por qué debía ocultarle esa maravillosa visión a él si ya se la había obsequiado en primer lugar. De algún modo se sentía defraudado, como si le hubieran arrebatado un regalo.
Su mano se movió por su cuenta, cuando fijó su atención en ella, simplemente estaba ahí, sujetando con fuerza la muñeca del boticario. El otro lo miró con moderada curiosidad.
"Los vendajes..debo cambiarte los vendajes" Indicó el oni como si eso fuera excusa suficiente para que el otro no terminara de cubrirse. Evidentemente lo era, puesto que al terminar la frase el kitsune soltó la prenda que cubría sus piernas como si nunca la hubiera precisado en primer lugar. Tomó asiento en una de las sillas de la sala de estar y permaneció ahí como quien recibe la orden de un general.
Hoozuki se acercó con paso decidido. Por el momento había logrado que el otro dejara de vestirse. El kimono, sin el obi que lo sujetara, se abría aleatoriamente aquí y allá revelando, como al pasar, porciones de piel blanca. Con una chispa de orgullo se percató de que estaba comenzando a entender algunas cosas sobre ese boticario. Podía ser su dueño..bajo ciertas circunstancias.
Una vez que tuvo todos los elementos a su disposición se arrodilló frente a él y colocando uno de sus pies sobre su regazo comenzó a deshacer con lentitud la venda que cubría la pierna más afectada. Se encontraba mucho mejor, sin dudas, el descanso lo había favorecido. Estaba a punto de compartir ese pensamiento con el boticario cuando notó que este no lo miraba a él sino que su vista estaba centrada en algún punto en el exterior dónde el viento movía con suavidad unas pequeñas campanillas que colgaban del tejado. No estaba distraído, no parecía pensar en otra cosa..estaba ausente. Como si su espíritu se encontrara en un plano totalmente distinto y hubiera dejado su cuerpo como una carcasa vacía. Hoozuki percibió el enojo descender hacia sus manos.
"¡Ah!" Tan genuino, tan honesto. El quejido de dolor había sido música para sus oídos. Ni mil almas infernales podrían haberle dado el gusto de escuchar un sonido tan sublime como esa mezcla de sorpresa y sufrimiento que el kitsune podía lograr emitir con su boca.
Con macabra satisfacción, volvió a repetir la presión sobre los puntos en los cuales las heridas comenzaban a cicatrizar. Descubrió que aquella boca, la que poco tiempo antes se había negado a dar su voz, era capaz de producir todo un abanico de pequeños sonidos que indicaban malestar, y que él era el único maestro capaz de dirigir esa orquesta.
Desde luego, el oni no era ingenuo. Estaba seguro de que el vendedor podía retirar su pierna en el momento que lo deseara, ya lo había comprobado, era demasiado poderoso, incluso para un demonio de su estatus. Sin embargo no lo hacía y su pie seguía descansando sobre su regazo como si nada hubiera ocurrido.
Solo pudo frenarse cuando las heridas comenzaron a sangrar. No deseaba deshacer todo el trabajo que había invertido así que se obligó a componerse y a limpiar con paño húmedo el desastre que había hecho. El boticario sobre la silla lo observaba atentamente, su boca apenas entreabierta, un sutil temblor recorriendo todo su cuerpo. Hoozuki sonrió internamente, él conocía los efectos posteriores a las dosis de dolor. Unas hormonas específicas generaban una sensación de alivio y placidez general. El kitsune debía de estar nadando en ellas. Era un precio adecuado a cambio de su voz.
Una vez que pudo terminar de guardar todo, tomó su morral, sus listas, sus anotadores y se dirigió hacia la puerta de salida. En cierto momento, mientras se aseguraba de tener todo para iniciar su día laboral le había parecido que el kitsune quería volver a alojarse en el pliegue entre su cuello y clavícula, pero él no lo había permitido. Colocando una mano sobre su pecho lo había apartado débilmente. Si volvía a hacer eso ya no sería capaz de salir y el trabajo no se haría solo.
"No te quites los vendajes hasta que regrese" Le dijo a modo de despedida y salió de la cabaña sin mirar atrás.
El boticario observó al demonio alejarse por el camino. Sentía una poderosa ternura hacia él y hacia sus curiosas maneras de amar. Habría resultado tan sencillo darle un lugar en el interior de su cuerpo, ofrecerse como lo había hecho ya con tantos humanos...pero Hoozuki no le había pedido eso. Lo que el demonio le pedía era completa y absoluta pertenencia... Y él se la habría dado, tal vez, en otro tiempo, en otra era. Sin embargo en esos momentos no podía, había cuestiones acuciantes que resolver y él tampoco podía descuidar su misión. Las campanillas volvieron a emitir ese gentil tintineo. El viento se levantaba, él tenía que partir.
Fin
