No me quiero despertar. No quiero levantarme de esta cama. Estoy exhausta, absolutamente drenada de energías, pero tengo sed nuevamente. Por otro lado, el ruido de gente en movimiento y voces no me dejarán descansar por mucho más. Alguien había entrado en la habitación, pude ver a unos metros unas mesitas con alimentos en bandejas y por lo visto algo de vino. Inspecciono la pieza en busca de mis ropas, o de cualquier cosa que me puedan cubrir. No recuerdo que haya habido hoteles nudistas en Egipto, teniendo en cuenta las religiones de sus habitantes, algo así sería un escándalo. Tampoco encuentro la puerta del baño. Sólo tengo la sábana, que bien funcionará como un vestido si lo llevo desde la espalda, cruzándolo por el frente y anudándolo en la nuca. Mientras me daba indicaciones mentales iba ejecutando las mismas. Es algo transparente, pero dependerá desde donde se vea y el foco de luz. Debería dejar de dar tantas vueltas.

Con pasos temblorosos llego hasta las bandejas o eso pensé hasta que tropecé en el último tramo.

-Le hace reverencia a la comida. Que mujer extraña.- alguien hablaba a mis espaldas, literalmente, pero no es la misma persona de anoche. Su voz es fría, denota determinación y puede que un dejo de soberbia. A duras penas pude sentarme, pero lo había conseguido en menos tiempo de lo esperado. Me giré levemente para observar el rostro de este nuevo asistente o lo que sea que fuere en este hotel. Un hotel que cada vez parece menos hotel, desde las camas, el decorado, el piso de piedra, las columnas, la comida. – Corran esas cortinas, tú arregla los aposentos…pero? y el lino? Ah….comprendo- Este sujeto ingresó rodeado de mujeres, todas con atavíos del antiguo Egipto, ropajes de lino y algodón finamente hilados. Los collares pectorales, algunas más vestidas que otras, incluso había muchachas desnudas. Pero el hombre, inusualmente alto, figura estilizada pero fornida, hombros anchos. Sus ropajes eran diferentes, era un sacerdote o un funcionario de alto rango. Mirada penetrante y fría. Se acercó a mí poniéndose en cuclillas- Muy ingenioso- dijo mientras tomaba un pequeño dobladillo de mi hechizo vestido. Giró su cabeza hacia una de las muchachas – Ashia, ve y trae algo de vestir adecuado para esta mujer- la chica hizo un pequeño ademán y se retiró. La seguí con la mirada hasta que se perdió de vista. En ese momento sentí una leve presión a los costados de la mandíbula seguido de un movimiento en giro con lo que quedé frente a frente con este hombre – Mujer, has que tu fortuna te siga sonriendo, por lo menos hasta que sea momento en que te lleve ante el Faraón- hizo una breve pausa clavando sus ojos en mi- deja de hacer ridículas reverencias, come y alístate, te buscaré cuando Ra haya recorrido la mitad de su camino- sin más me soltó brutamente y al ponerse de pie, lo vi. El cetro del Milenio colgaba de un costado del cinto de sus ropas. ¿Cómo y qué hacía con el?

Nunca dijo un "hasta luego", "adiós", nada en lo absoluto. Tenía tantas dudas y quería evacuarlas con esas muchachas, pero todas me rehuían, fue como que buscaban hacer su trabajo y escapar de mí lo más rápido que sus manos y pies pudieran. Que aspecto tendré aquí? Pensaba buscar algo parecido a un espejo cuando un gruñido me sacó de mis pensamientos. En otro momento esto sería vergonzoso, provenía de mi estómago. Rayos, que tenía hambre. Volví la vista hacia las bandejas. Había de todo, hogazas de pan, carne y pescado cocido, algunas legumbres, algo parecido a una sopa y una jarra con cerveza tibia. Traté de mantener la compostura, no quería parecer una bestia salvaje que come por primera vez en tres días, igual no tenía cubiertos ni servilleta para limpiarme, miré mi vestido. En la cama habían colocado unos atuendos para que los vista, y más allá logré divisar una gran jarra y una palangana. Enjuagaría mis manos y las podría secar con la sábana, tan sólo sería agua. Así lo hice.

Me sentía una pulga a punto de reventar de todo lo que comí, no quiero ni mirar, creo que hasta limpie los platos con el pan. Mi abuela moriría de un nuevo infarto si viera lo que hice. Estuve muy mal. Ahora intento vestirme, estos ropajes deberían venir con instrucciones, no hay papiros que describan como hacían para vestirse, si de otras cuestiones de la vida cotidiana. En fin, ahora creo que estoy en el antiguo imperio, me estoy volviendo loca. Mejor me siento en la cama. Aquí pueden pasar dos cosas, la más lógica sería que estoy en un parque temático que busco ser muy fiel a el tiempo histórico que intenta recrear, con lo que se gastó millonadas en esto; o la menos lógica es que estoy en una época hace cerca de tres mil a cuatro mil años.

Cuanto tiempo me quedé reflexionando sentada al borde de la cama, era un misterio. Todo lo que estaba vivenciando era un misterio. El hecho de poder hablar fluidamente en egipcio antiguo y comprenderlo no era menos inquietante.

- Mujer! - esa voz autoritaria me sacó abruptamente de mis pensamientos- a caso no te dije que estuvieras alistada para cuando viniese a buscarte?- lo mire con una expresión de incredulidad dibujada en mi rostro. Supuse que era momento de hablar.

- No sé como colocarme este atuando- le escuché producir un ruido de fastidio mientras se acercaba a mi.

Ya frente mio extendió su mano para que la tomase y así me pudiera parar. Me separó de la cama unos cuantos pasos jalando suavemente de mí. En un momento pensé que se iría, pues pasó por detrás mio.

- El cabello, recogelo- sstaba a mis espaldas, hice lo que me ordenó, y luego sentí sus manos trabajando con el nudo de mi seudo vestido. En un minuto la única pieza textil que impedía ver mi desnudez se agolpaba a mis pies. Mis instintos de supervivencia me ordenaban que me cubriera como pudiera, si tuviera el cabello más largo podría intentar emular a Venus de Botticelli. YA a punto de soltar mi pelo, él notó mi intención, así que con un sonoro -No!- quede petrificada en esa ridícula postura. Decidí cerrar mis ojos, de esa manera me ahorraba ver como sus escrutadores e intimidantes ojos me juzgaban. Incluso la vergüenza. Si podía sentir como una nueva tela era manipulada sobre mi cuerpo, como se ajustaban ciertas fajas. Al cabo de un rato de tortura dejé de sentir su presencia tan cercana. Cuando me giré lo encontré sentado en el borde de la cama, contemplándome cual artista que estudia su obra casi terminada para pulir detalles. Logré articular un tímido "gracias" lo que lo sacó de su ensoñación. Se paró y comenzó a dirigirse hacia una de las esquinas del recinto.

- Apura y sigueme- siempre parecía estar dando ordenes, pero yo tenía muchas preguntas que hacer, y él hasta el momento es él único que me hablaba.

- Espera, me gustaría saber el nombre de quién me ayudó, deseo agradecerte... espera!- lo seguía a vivo paso por unos corredores extensos iluminados por la luz natural que entraba por entre las columnas de un patio interno. Iba observando todo mientras intentaba dar alcance a mi guía, cuando choque con algo duro. Levanto la viste y es esta joven de mirada impasible que me mira con fastidio.

- Quieres saber mi nombre para agradecerme?- con una mueca de sonrisa ladeada escupe esas palabras- soy el sumo sacerdote Setho, que sirve a a los hijos de Horus y al gran Faraón. Y tu eres?- de verdad no esperaba eso, y no me refiero a su magnánima presentación, si no al hecho que pregunte por mí.

- Soy Anzu, arqueóloga del Gran Museo Británico y futura Phd en egiptología- yo también podía inflar mis títulos que no eran menos. Su expresión de fastidio no cambió, por el contrario, se vio incrementado, muchos títulos ininteligibles todos. Estuvo a punto de emprender la marcha cuando lo detuve al tomar su brazo- Un momento, el nombre de la persona que me cuidó por las noche, quiero agradecerle también.

-Imposible- quise protestar pero no me permitió- nadie cuidó de ti durante la noche, habrán sido alucinaciones o sueños- sin mas emprendimos ambos la marcha.

Cruzamos unos portones flanqueados por guardias e ingresamos a un suntuoso salón. Si creí que el cuarto donde me habían alojado estaba exquisitamente adornado, este lugar era increíble. Los colores vibrantes e intensos que decoraban los paneles de paredes y columnas, los destellos de oro que daban una mayor sensación de luminosidad. Los tallados con un acabado de impecable detalle y precisión.

Cada vez me estaba convenciendo de que la segunda opción, la menos lógica, era la real. Este muchacho, ahora Setho, me llevó hasta el centro del salón. Ya habían varias personas en el lugar, por sus atavíos eran o todos sacerdotes u oficiales de alto rango. No, definitivamente sacerdotes, ya que todos llevaban uno de los ítems del Milenio.

Cuando dirigí la vista hacia donde estaba el trono, mi mundo interior dio un vuelco. Estaba segura en un cien por ciento, que aquél joven hombre de mirada firme, semblante sereno es él. Y como si mis piernas tuvieran voluntad propia me fui acercando. Cuantos meses trabajé en su reconstrucción facial? Tres o más. El tiempo que me tomó reconstruir toda su historia. Estoy cada vez más cerca, y llego a él con mayor rapidez, creo que si no logro tocarlo ahora se desvanecerá. Estoy a metros, puedo distinguir sus ojos, son lilaceos con un dejo escarlata, y Alice tenía razón, el lunar rubio y la despigmentación de su cabello, muero por contarle. Si estiro mi brazo para tocarle?

No pude dar un paso más, dos enormes lanzas me estaban punzando a ambos costados de mi torso, y fue entonces que noté la mirada de asombro y cautela en los ojos de todos los que me rodeaban, salvo en los de él, que seguían igual de impasibles que antes. Mi brazo cayo pesadamente sobre el lateral de mi cuerpo.

-Atem, eres tu?-