La jaqueca con la que desperté se reusaba a liberarme. Había hecho uso de todas las pociones para dicho mal, y ni los hechizos pudieron disminuir el dolor. Ya Ra había recorrido casi la mitad de su viaje por el firmamento. Más ello no era excusa válida para distraerme de mis obligaciones cotidianas. Sin embargo no pude recorrer las calles de la ciudad en estas condiciones, pues me era casi imposible lograr la concentración necesaria para ello. Me dieron varios informes de la situación y disturbios, por fortuna y de momento, aislados y leves. A pesar de ello, todo apuntaba a una persona. Ese tal ladrón.
En esta época de los ciclos del Nilo, el calor no daba tregua, los espejismos para los viajantes era comunes, por lo que falsos ojos de agua eran avistados con frecuencia. Muchos ya se habían acostumbrado a recorrer las rutas comerciales de noche, como viajantes nocturnos eran presa fácil de saqueadores y vándalos. Era un riesgo al que se sometían libremente. Con una guardia siempre apostada en las murallas se podía dar mejor protección a las caravanas.
Intenté encontrar una razón para este dolor. Tal vez si los estudios de Atem eran correctos, esa masa gelatinosa dentro de nuestras cabezas era más importante de lo que creíamos, al menos debe serlo, en especial si produce este pesar tan intenso. Por otro lado, recuerdo que este malestar se intensificó luego de darme noticia que mi Señor decidió pasar la noche con esa extraña mujer. Pero realmente no sé si eso fue lo que mayor fastidio me produjo, tal vez el verdadero motivo fue que tuviera la infidencia de comentarme su larga noche y falta de descanso o el hecho de que me haya pedido que esa mujer sea iniciada como sacerdotisa, encomendándome su preparación.
Ella traería problemas, o mejor dicho, me traería problemas su presencia en este palacio. Y no debía esperar mucho para ello. En mi burdo intento de despejar mi mente y poder lograr la concentración tan ansiada, percibo la presencia de otra persona en los jardines. Es irónica la existencia humana, cuanto más aislado pretendo estar, incluso cuando me refugio entre las elevadas ramas de este árbol, mi propio santuario de meditación, mi paz, se ve interrumpida.
Una grácil imagen se pasea entre el follaje en dirección al pequeño estanque, a cuya orilla se yergue mi escondite. Si se adentró en esta área es que Atem se lo permitió. Todavía lleva puesto el vestido que le coloqué hace unos días. Observar a las personas desde esta ubicación me permite lograr una perspectiva diferente de ellas. Puedo ver su cabello, todo revuelto en la parte posterior de su cabeza. Las ondas que crea con su pie cuando toca la superficie del agua, como ésta se expande armónicamente. Como los rayos del sol, su pelo se agita cuando gira su cabeza en ambas direcciones, cual pequeña criatura indefensa comprobando que la zona esté liberada de amenazas. Veo piernas sumergirse y las telas de su vestido arremolinarse a su alrededor. Como su cuerpo es absorbido lentamente bajo las aguas hasta desaparecer como una borrosa mancha clara de la superficie. El trinar de un ave capta mi atención, un par de ramas por encima se encuentra colocados en forma caótica varias ramitas y hojas que forman un nido. El milagro de la vida. Su trinar el bello y me relaja. Descargo todo mi cuerpo sobre la rama en la que me hayo, dejándome alcanzar por algún que otro destello de luz que se cuela entre las hojas. El silencio me arrulla en este momento y el dolor que me agobiaba lentamente desaparece como lo hizo esa mujer hace unos instantes. Apenas escucho sólo el sonido de la brisa y el resto es nada.
Me incorporé estrepitosamente, mirando hacia abajo y alrededores. No había señal de esa mujer. Atem también hacía esas bromas, pero jamás permanecía tanto tiempo bajo el agua. O acaso esta chica quiere revivir la muerte de Osiris? Salvo lo del despedazamiento. No fui consiente en que instante logré bajar de un salto esa altura. Me sorprende haber caído sin ninguna molestia. Traté de buscarla con la vista por todo el perímetro del estanque y no había señales de ella. Problemas, problemas, sólo significa problemas. El sonido de un burbujeo a mis pies me llamó la atención. Bajo las hojas lanceadas de una planta que se asomaba sobre el agua pude ver la borrosa forma de unas manos. No dudé. Introduje mi brazo y aferré a la muchacha, jalando de ella hasta la superficie. Pese a ser a penas más baja que mi primo, su cuerpo parecía ser tan liviano como si de una pluma se tratase. A caso su corazón también sería así?
La paré desorientada al borde y frente a mí. Sus ropas mojadas se ceñían a su cuerpo, mientras gruesos hilos de agua corrían hacia abajo por sus tobillos. Ya la había visto con mucho menos que eso. Pero nunca pude apreciar el sonrojo de sus mejillas como lo hacía ahora, la forma en la que rehuía mis ojos mirando hacia el piso, como si entre nuestros pies hubiera algo interesante para ver. Un impulso salvaje se apoderó de mí. Era algo impropio en mi carácter, y se sentía extraño. Pero también soy un hombre. Sin embargo, debó ubicarme en las circunstancias y mi función, recordar a quién sirvo y a quién ella pertenece. Veo como, con cierto temor y un gracioso temblor, entreabre su boca como si pretendiera decir algo. Amén de ello, me está torturando. Deseo mi jaqueca que seguir aquí en su presencia. Inicio mi retirada cuando siento un leve tirón de la manga, a penas la quiero mirar, pero en sus ojos hay una expresión que no logro descifrar. Sabe que hizo mal. Doy un pequeño tirón para liberarme de su agarre. Me veo obligado a decir algo para que desista de seguirme.
-No vuelvas a cometer esa tontería. La próxima vez puede que no haya nadie cerca para que te socorra- sin más, emprendí mi camino hacia el interior del palacio. Debía hablar con mi padre y evadir a esta mujer a cualquier costa.
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Pude ver sinceridad en sus ojos. Realmente quería hablar conmigo. Pero todo el asunto era complicado. Me iba a costar horrores explicar y dar una apropiada respuesta a mi interlocutor, que también era algo así como mi captor, anfitrión y en su momento, objeto de estudio. Pero yo también tenía dudas. Como su presencia en mis memorias o de donde había sacado todas esas imágenes mentales que las había vivido yo cuando lo estudiaba, o más bien, estudiaba su momia.
Fue agotador e interesante a la vez. Pude descubrir una persona de mente abierta e intrépida, que también realizaba estudios de anatomía, acordes a los avances de su época. Él buscaba revalorizar al cerebro como órgano vital y no mero desecho. Saber que de niño fue un pequeño pillo, que se escabullía del palacio tapado de pies a cabeza y escondiéndose en los talleres de los embalsamadores. Me relató que más de una vez logró encolerizar a su padre por dichas salidas. No le agradaba en aquél entonces ser el hijo del faraón y mucho menos tener tan descomunal cabellera, pues era fácil de identificar.
Tenía una bizarra fascinación por la muerte y el reino de los muertos. Creía en ello fervientemente. Aunque se consideraba aún joven, ya estaba pensando en los preparativos para su tumba. Ya tenía un lugar escogido, cerca de su padre; y trabajando en los mecanismos de trampas. No pretendía nada suntuoso, pero si un lugar que fascine a sus profanadores, que implique un desafío. Me reía para mis adentros, él sin nada de eso era fascinante, con una personalidad atrapante, misterioso y con un dejo de inicencia.
Nunca he sido buena haciendo dibujos como lo era con las esculturas. Pero esa noche llenamos la habitación de garabatos. Más tuvimos que escabullirnos al depósito para conseguir más tinta y papiro. Fue tan refrescante la experiencia de pasar en vilo la noche. Explicar la tabla química y que eran los rayos x, fue una experiencia gratificante. Si bien le costaba imaginar muchas cosas de mi mundo, lograba interpretarlas bien. Estaba ante un joven visionario, un genio del pasado y mí ahora presente. Me reveló sus trabajos y bocetos de músculos, arterias e incluso nervios, qué dios regía cada zona y como curar determinadas dolencias. Fue asombroso descubrir que la composición química de varias pócimas no difería de las medicinas actuales, varias de ellas producto de su investigación.
No recuerdo a ciencia cierta, en qué momento el sueño me venció. Si sé que lo último que hice fue reír de una de sus ocurrencias y dejarme caer en la cama. Él se aportó a mi lado, contagiado por mi risa. Así debimos estar largo rato, mirándonos a los ojos, sin sentirme cohibida de ello. Cuando desperté, Atem ya se había retirado, los dibujos apilados prolijamente sobre una banqueta y a lo lejos bandejas con alimentos servidos. Extrañamente no me sentía con apetito. Pero quería caminar, estirar los músculos, ejercitarme.
En mi recorrido por el palacio me encontré en completa soledad. Es como si todos supieran por donde pasaré y evitaran, así, mi presencia. Con el tiempo y a medida que avanzaba, los espacios se ampliaban y la luz entraba con mayor facilidad. Las pinturas de colores brillantes eran cada vez más grandes en proporción a la de los recintos reales. A lo lejos pude ver entre los destellos de luz, el verde de las plantas, había un jardín y por lo general hay un estanque o fuentes. Una buena zambullida era más que necesaria.
Los cálidos rayos de sol se posaban por mi cuerpo, embriagándome de una calidez ignota. Por un instante, y ya entrada en medio de la vegetación exótica del patio, me detuve a recibir la energía que emanaba del gran astro rey. No en vano el sol fue el centro de muchas religiones. La vida gira entorno a él, y así también el pueblo de Egipto entorno a Atem, su faraón. Al emprender mi marcha, y como efectivamente lo dedujera, en el centro se hallaba un espejo de aguas. A medida que permanecía allí noté la intensidad con que quemaba el sol. Estaba caluroso, y al tocar con mi dedo pulgar del pie el agua, un exquisito escalofría recorrió mi cuerpo. De momento parecía no haber nadie, por lo que nadar aquí no sería un problema. Deseaba refrescarme unos instantes. El agua era una delicia, ya estaba metida hasta las rodillas. Por alguna razón recordé esta película, Titanic, cuando el protagonista, ya muerto de hipotermia en el mar es tragado por las aguas agitadas en la mayor de las calmas. Tristemente quería emular esa sensación, la de dejarse arrastras hasta el fondo sin oponer la menos de las resistencias, y eso hice. Mantuve mis ojos abiertos y pude notar que con mis movimientos al sumergirme, había enturbiado el agua al remover un poco del estrato del fondo.
Cuando era chica, jugaba con mi hermano a ver quién aguantaba más la respiración bajo el agua. Dejamos de hacerlo cuando de juego pasó a una casi tragedia. Mi pequeño hermano intentó ganarme, lo que le ocasión a mamá el episodio de llanto más terrible de su vida y el shock de mi padre. Recuerdo las sirenas, los enfermeros y médicos corriendo de un lado al otro. Mi padre totalmente mojado, luego de sacarlo a él del fondo de la piscina. La culpa de ese episodio no pude superarla por muchos años. Hoy quedó como una poco feliz anécdota. Aunque mi hermano es el único que se ríe de ella cuando la cuanta a gente extraña. Creo que de alguna manera intentó hacerme sentir mejor, y quitarme ese complejo de encima. Al fin al cabo, la decisión de intentar ganarme la tomó él.
Dejo escapar un poco de aire y veo como las burbujas suben. Así también veo una sombra de algo que se aproxima a mí. Fue más rápido que yo, pues no pude esquivarle. El agarre fue feroz. En un instante me sentí jalada fuera del agua, como si fuera una muñeca de trapo que sacas de la lavadora. Estaba avergonzada. No había recoveco de mi cuerpo que no se pudiera traslucir bajo el lino mojado. No quería mirar a la persona que me sacó. No era Atem. Había algo familiar en esta persona, su aura me era conocida. Justo cuando se estaba por retirar decidí verle a la cara. Setho, el sacerdote. Infantilmente intenté detenerlo al tomar de su manga y obligarlo a que se guiarse. No sé si arrepentirme de ello, pero cuando lo hizo, había algo en su mirada que no pude descifrar, algo más allá de su expresión de desprecio que normalmente profería, y supongo que a raíz de ello, sus palabras me resultaron más mordaces que la última vez que nos encontramos.
-No vuelvas a cometer esa tontería. La próxima vez puede que no haya nadie cerca para que te socorra-
Me quedé observando su espalda, hasta que desapareció de mi vista. Era parte de su carácter, tan huraño, la costumbre de humillar a las personas que no pertenecían a su casta sagrada? O acaso, había algo latente bajo esa máscara de frialdad y ultraje que no quería que nadie le descubriera? Cualquiera fuera el caso, volvía a encontrarme sumida en soledad. Fue cuando una brisa me golpeó por la espalda y me recordó de mi penosa situación. Decidí regresar, ahora siendo yo quién evitaba ser vista por la gente del palacio. Había algo en ese joven que me inquietaba.
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Disculpen la tardanza, pero volví al trabajo esta semana, ende estuve algo ocupada. Espero que hayan disfrutado este capítulo.
