En este momento me encontraba en una penosa situación. Los tenues rayos de sol caían sobre mí con menor fuerza desde que la noche estaba empezando a reclamar su lugar. Las piedras del piso y del balcón conservaban la calidez del día, pero en cuanto deje de brillar el sol la temperatura caería considerablemente. Sentí un agradable escalofrió correr por mi espina al apoyarme contra la muralla. Mis ropas ya están casi secas, luego de escurrir toda el agua y verme forzada a estar desnuda por varios minutos. Nada de ello resulto agradable, ni en lo más mínimo, ni aún por el hecho de haber realizado tan vergonzosa tarea sin haber sufrido ningún tipo de interrupción.
La punta de mis pies empiezan a sentir el efecto del avance de las sombras y la anunciada noche, pero no podría asegurar si en la forma en como "modernamente", si lo puedo poner así, particionaba el tiempo, podrían ser las siete de la tarde u ocho de la noche. Dependía de varios factores, la estación del año principalmente y el paralelo en el que me encuentro. Observo en una de las esquinas los últimos vestigios de sol, por lo que decido acostarme allí hasta que las sombras cubran toda superficie, el calor es tan relajante.
A veces creo que pienso o hablo demasiado pronto. Principalmente a lo que se refiere "no ser interrumpida". No es que esté ocupada y altamente concentrada en algo puntual, de hecho, permanecer relajadamente acostada en el suelo sin ningún motivo aparente, divagando plácidamente en mis pensamientos y elaborando un plan estratégico para darle un nuevo sentido a mi existencia en este lugar, no pareciera ser algo precisamente importante o si quiera esforzado. Todo lo contrario, a tal punto que es evidente para cualquier persona que me vea en esta situación. De hecho, si no fuera por que escuché un carraspeo, tal vez me hubiera quedado allí hasta el día siguiente.
Ahora comprendes? Es una completa pérdida de tiempo- a un costado de mi cuerpo había dos figuras que me observaban desde sus puestos. El más esbelto era definitivamente el sacerdote más amable, empático y sonriente de todos, lo cual es absolutamente falso, un rotundo NO!. A su lado estaba una mujer, que recuerdo haber visto el día en que por primera vez, en toda mi existencia, me abofetearon. Si no me equivoco, ella también es una sacerdotisa del faraón.
Lo que no comprendo es por qué te exaspera tanto? Si él desea que asista no encuentro razón valedera para oponerse – ambos hablaban entre ellos como si yo no existiera, o tal vez me creían sorda o con deficiencias mentales, y que no comprendería una palabra de lo que decían. Mientras ellos estaban sumidos en su pequeña discusión, decidí hacer mi propio camino, si no me encontraban se olvidarían de mí o eso pensé.
A donde piensas escapar mujer? A caso crees que puedes burlarnos?- sentí nuevamente el ya familiar agarre de esta persona. Sin embargo, y después de lo de esta mañana en el estanque, no me placía discutir con semejante huraño, pero lo que me colmaba la paciencia era la manera despectiva en como empleaba el término "mujer" cuando se refería a mi persona. Siempre se tiene mínimo dos opciones, en este caso sumisamente ignorarlo o, el menos aconsejable pero con el que fictamente ganaría algo de respeto, enfrentarlo y ponerlo en su lugar. Y yo no puedo con mi genio.
No te atrevas a volver a llamarme "mujer" – si esa voz saliera de otra garganta lo creería, sin embargo la forma en como arrastraba cada sílaba era la forma en la que habla cualquier persona amenazadora, menos yo – Mi nombre es Anzu, que no se te olvide –las miradas efectivamente matan, y en este momento estaba teniendo el duelo de mi vida, pero el muy tramposo no solo pretendía ganarme en una batalla silenciosa, estaba intensificando la presión de su agarre, pero no iba a ceder, aunque me pulverizara el hueso del brazo.
Setho, ya es suficiente- el contacto visual que manteníamos se rompió, pero su agarre no, al menos todavía circulaba sangre – me encargaré de ella, en tanto nuestro señor debe querer el informe de los últimos acontecimientos. Es recomendable que vayas a estar en su presencia –por un momento parecía que con la mirada no sólo se podían cursar batallas épicamente mortales, sino también una templada conversación privada. La mirada de mi agresor se suavizó inmediatamente ella posó una mano en su muñeca induciendo a que me liberase del sufrimiento al que me sometió. No me considero una persona para nada distraída, y era palmario que había algo entre ellos, no necesariamente amoroso, pero su comunicación iba más allá de palabras audibles.
Si insistes… Pero si te ocasiona algún problema o intenta algo estúpido… - mis puños estaban crispados a los costados de mi cuerpo, quería incinerarlo con la mirada, mi mandíbula tensa trazaba extrañas marcas en mi rostro – una última mirada para ella, un gélido vistazo a mí, y así se perdió palacio adentro, absorbido por las sombras.
Anzu –en mucho tiempo no escuchaba pronunciar mi nombre por nadie que estuviera cerca de mí. Sus manos descansaban en mis hombros con la intención de reconformarme- Anzu es tu nombre, cierto? –Asentí levemente con la cabeza – Se está haciendo tarde, ya la primera estrella de la noche está brillando en el firmamento. Debemos ir ante nuestro señor, él requiere tu presencia – me encaminé lentamente hacia la puerta para salir –Anzu, debo advertirte que esas no son ropas dignas para estar en presencia del faraón, es una ocasión importante. Vas a presenciar un ritual al que sólo los sacerdotes y nuestro señor pueden asistir.
No tengo más que esto para vestir –ella me sonrió amablemente y señaló una pila de telas finas que descansaban sobre la cama de mi habitación. Me acerqué con cautela. Comprobé que las mismas eran de un hilado mucho más delicado del que tenía puesto. Sentí como esta joven me ayudaba a deshacerme de las que actualmente llevaba.- No sé si puedo preguntarte esto, pero y si es que encuentras adecuado, podría saber tu nombre?
Efectivamente, puedo decírtelo. Soy la suma sacerdotisa Isis, fiel servidora de nuestro señor, el Faraón Atem, guardián del collar sagrado –la forma solemne con la que se presentó realmente causaba un impacto, inspiraba respeto – Y tú, en poco tiempo formarás parte de nuestra casta de servidores. Tendrás un gran maestro, aunque de momento no vayan a mantener una convivencia nada armoniosa. Sin embargo, para serle tan inquietante, se esmera en seleccionar tus atuendos –supongo que leyó mi cara. Mi expresión de incredulidad debió ser más que obvia – Me estoy refiriendo al sacerdote Setho, él se encargó personalmente de escoger que vestimenta usarías. Supongo que estás al tanto que él será tu maestro –hubo una pausa, un profundo silencia – Vaya, nuestro señor es tan… Mmm, esto será digno de ver – de un momento a otro su semblante divertido cambió por uno más sombrío, tenía su vista perdida hacia alguna parte de la oscura habitación- no debemos retrasarnos más, debemos estar con mi señor. Algo está por suceder y no puedo verlo con claridad – con un suave movimiento hizo caer parte de la tela cubriendo la zona magullada de mi brazo- Cuando la luna mengue no tendrás marcas, mientras tanto cuida de ti. Ahora vamos a reunirnos en el salón del trono.
Pude notar su ansiedad creciente, la necesidad de llegar a destino. Cruzamos pasillos y antesalas para desembocar en el fastuoso recinto en el que alguna vez estuve. Me indicó suavemente en donde ubicarme, ya los sacerdotes se hallaban en su lugar. Se presentó ante Atem, quién con un, casi imperceptible movimiento de cabeza aprobó sus razones de demora. Apostada entre las columnas vi a otra muchacha, la misma estaba atenta a los movimientos de un joven sacerdote, que se hacía llamar Mahado. Todos y cada uno de los que estaban allí, y que se les pudiera designar como sacerdote, llevaba uno de los artículos del milenio, como los denominé en su momento.
Akhenaden, el abofeteador de mujeres, sumo sacerdote ciego de un ojo, absolutamente detestable, por el cual no tengo ninguna animosidad en su contra, anunció el ingreso de un par de maleantes. Dos guardias ingresan con una persona, cuyas manos estaban sujetas por la espalda, forcejeando. Al cabo de unos minutos logran hacer que el prisionero en cuestión se arrodille ante el trono, desde el cual Atem observaba toda la escena. Puedo notar que Isis sigue inquieta.
Ahora jovencita, presta mucha atención. Lo que vas a presenciar es algo que muchos mortales jamás verán –no estaba segura de donde había salido, apareció de la nada. Un hombre un tanto bajito de cabello canoso, mirada complaciente, y voz carrasposa se encontraba a mi lado- ahora observa lo que hace el sacerdote Shada. Ese ank que sostiene en su mano es un objeto sagrado, con ella se puede abrir la mente de las personas y llegar a sus corazones –Mientras este hombre decía ello, pude escuchar un hechizo cuyo efecto no me fue visible. Sólo percibí que aquel criminal se encontraba inmóvil y su mirada estaba perdida en la nada – Ves la balanza que sostiene el sacerdote Karim, con ella pesará el Ka de este ser –si mal recuerdo el Ka es el alma de la persona, y lo que estoy viendo aquí es casi una recreación en vida del juicio de Osiris. Dependiendo de si el Ka es bueno o no, la balanza se inclinará para uno u otro lado. Su contrapeso, una pluma- Allí está. Puedes ver su ka?- a simple vista no parece haber nada más que un grupo de personas invocando hechizos contra un sujeto inconciente. Pero al observar mejor puedo ver esas ondas de aire caliente, como sucede con los espejismo; salvo, en este caso, por el hecho de que ese reo no es fuente de calor intenso alguno. Pero hay algo notorio. Los vahos están adquiriendo una forma peculiar, un criatura- Asi que lo puedes ver... Mmm... interesante, tal vez bajo las instrucciones de Setho puedas llegar a ser un futuro guardian de las reliquias sagradas. Ahora intenta comprender lo que sucederá -el amable anciano observaba todo con parcimonia, muy relajado. Una gran laja de piedra fue colocada detras de mi futuro, y no tan ansiado, maestro. Con otro hechizo y haciendo uso del cetro logró dirigir el vaho del prisionero hacia la gran piedra. En ese instante comprendí mucho de los textos que estuve estudiendo por meses en el museo. Una forma se imprimía en la piedra. Todo el acto era majestuoso en sí mismo.
Terminado ello y retirado al inconciente del lugar, algo ocurrió. Isis estaba en la cresta de su nerviosismo y el aro que guardaba el sacerdote Mahado se estaba agitando violentamente si ninguna causa que originase ello. Las puertas de la cámara se abrieron con estrépito sonido, dejando pasar a un agitado guardia. Con el poco aliento que le quedaba, daba informe de la irrupción en el palacio. Que venía hacia esta dirección un saqueador de tumbas que se hacía llamar Bakura. Muy pocas veces en mi vida había experimentado la sensación del llamado "balde de agua fría". Una vez, en una situación muy caótica para mí; estaba eloquecida con la presentación de mi tesis doctoral y, en lo que yo creía, la cresta de mi perfecta relación. Qué iba a pensar que un muy escueto mail iba a producir en mí dicha sensación, pues era verano en París, pero luego de leer eso, súbitamente la temperatura corporal cayo a 0ºC. Luego de casi tres años de relación, siete meses de compromiso, todos mis planes de boda se terminaron en menos de cinco líneas.
Bakura, si lo habré detestado, dado que por su culpa puso la estabilidad de una nación en jacke, y no solo eso. Atem es lesionado, resultando la fractura de su costilla. Si mal recurdo, él desaparece por un tiempo. Ahora, esto quiere decir que si en estos momentos nada de ello sucedió, cabe la mínima posibilidad de evitarlo. Ello podría afectar el curso de la historia y tal vez deje de existir de la forma en como soy. Quise explicarle lo que sabía al anciano, pero este ya no estaba a mi lado. Al tratar de ubicarlo con la mirada, lo encontré al lado de Atem.
Cada vez eran más audibles los gritos de guardias heridos, como si lo que se aproximara fuera una terrible e imparable avalancha. Todos los sacerdotes miraban entre expectantes, algunos, aburridos otros. Y allí apareció, un hombre con su cabeza cubierta y sus ropajes revelaban su torso desnudo. Por el lado derecho su rostro estaba curzado por unas importantes cicatrices, una de ellas nacía en su parpado superior hasta la parte baja de su mejilla, en tanto las otras dos corrian transversalmente la misma. Su mirada era gélida y su sonrisa macabra. Llevaba un saco desbordante de objetos en su mano izquierda y en la derecha... Dios mío!
Ahhh! Por fin el salón del trono! - inspeccionó a todos los presentes- Perdieron algo? ?... Aquí! - arrojó el contenido del saco a sus pies. Eran objetos de oro y piedras preciosas, elementos funerarios- Estos son los tesoros que sustraje de la tumba de Akhenamkhanen. Incluso traje esto que encontre dentro del feretro -jalando de una soga de la cual se encontraba atada una momia por el cuello, la que ya evidenciaba severas secuelas de daño- No pueden instalar mejores trampas que esas?!
T-tu profanaste la tumba del Faraón Akhenamkhanen!? - la voz del dulce anciano salía entrecortada de su garganta.
Vine por las reliquias sagradas -con mucha sorna pronunció esa frase este tal Bakura -A caso escorias no van a juzgarme!? Soy el Gran Bakura, Rey de los Ladrones!- su carcajada retumbó en todo el recinto.
Entonces, este es el Rey de los Ladrones del que se escribió en su momento. Realmente es Bakura, él que querrá convocar la magia oscura de los ítems del milenio. Setho tomó en sus manos el asunto, con el objeto de dar severo castigo, por decirlo muy liviano; pues realmente le auguraba la muerte. No paso mucho cuando la balanza y el aro sagrado se enpezaron agitar violentamente. El sacerdote Akhenaden le advirtió a Shada respeto del oscuro Ka de este ladrón. Algo vieron o percibieron ellos que el semblante de todos cambió, reflejaban sorpresa y cautela. En todos, salvo Setho, hasta que el anciano guardian del ojo advirtió de la pronta aparición de su Ka.
No comprendí nada de lo que hablaban, ni pude seguir contemplando la situación, ya que alguien jalaba de mi brazo sacandome del recinto por una pequeña puerta lateral. Lo último que pude ver y oir fue la exclamación de los que allí permanecieron y una fuerte ráfaga de viento. Ese viento me golpeó el cuerpo de tal forma que, por un instante, pensé que me desmayaría. No me resistí más, tan solo me dejé guiar por quién me llevaba lejos de aquel lugar. Me percaté que mi guía de esacapatoria era la misma muchacha que vi ubicada entre las columnas cuando observaba el juicio del primer maleante. No quise pensar mucho, por lo que la seguí sin más.
