Desperté sobresaltada, mi frente estaba perlada por el sudor, sin embargo tiritaba de frio. Todo ello resultaba un tanto extraño, a todas luces estaba inmersa en un cuadro gripal. De lo contrario no se comprendería que haya transpirado cuando apenas me cubre una sábana de lino fino y la temperatura descendió por la noche hasta un punto de ser agradable, en comparación con el calor de la mañana.
Y es en estos momentos cuando añoro poder sentir el calor humano junto a mí cuando duermo. Me recuerda a mi antiguo novio, las noches de ventisca de Londres, las mantas que nos cubrían, nuestros cuerpos buscándose para obtener y brindar calor. Todo ya pasó y en este momento nada de eso existirá. Una leve vislumbre llama mi atención. Parecía que había una persona cruzando los pasillos. Recordé a Bakura y sentí temor. Pero de ser así, el palacio sería un hervidero de tropas corriendo y en las paredes resonarían los gritos. Sin embargo, el más profundo silencio gobernaba, la noche caía pesada.
Con mucha cautela bajé de la cama, pero con la agilidad suficiente para no perder de vista la vislumbre. Manteniendo cierta distancia y sin poder escuchar los pasos de la persona a quién seguía, crucé corredores y bajé escaleras. Lograba ser un recorrido habitual, de hecho, es el que realizo todas las mañanas para ir al recinto de mis estudios. De repente pude ver al girar por el pasaje una persona parada sosteniendo una pequeña lámpara de aceite. Si no volvía en mis pasos y me ocultaba tras la esquina, hubiera sido descubierta con facilidad. Al querer espiar, descubro que la luz ya no estaba, y tampoco quién portaba la lámpara. Por temor de haber quedado al descubierto, me mantengo inmóvil, casi sin respirar. Pasaron unos segundos cuando escuché el chillido leve de bisagras y una puerta cerrarse. Osé mirar, y el recinto estaba vacío. En donde me hallaba había al menos tres puertas enormes, esa persona pudo haber entrado por cualquiera de ellas.
Ya a punto de regresar a mis aposentos, veo bajo el dintel de una de las puertas un haz de luz. Había ingresado a la biblioteca. Es lógico pensar que nunca podría reconocer el sonido de sus puertas al moverse, pues siempre se hallaban abiertas de par en par cuando me dirigía allí, y desconocía a qué hora y quién las cerraba. Por otro lado, faltaban varias horas antes que el astro rey saliera, por lo que no encontraba lógica razón para acudir a este lugar con tanta urgencia. Podría ser alguien que, al igual que yo, no pueda conciliar el sueño.
Con sigilo me ubico tras una columna para poder observar el movimiento de sombras del interior. Algo en ellas me indicaba que quién se encontraba en el interior de esa habitación se aproximaba a la entrada. Me termino de ocultar tras la columna. Siento que las puertas se abren, mi corazón late al ritmo de desbocados los cascos de caballos que galopan desbocados hacia un precipicio del que no son capaces de advertir. Los minutos pasan y el ritmo cardíaco no aminora en lo más mínimo. Teniendo dos opciones, la de quedarme allí hasta que esa persona salga que puede ser horas o la de ver si y descubrir a quién estado espiando. Esto último me hizo gracia, "Anzu la espía", "detective Mazaki", "soy Mazaki, Anzu Mazaki, agente del servicio secreto". Una gran imaginación, debo decir.
Miro en dirección de la biblioteca, dejó una de las hojas abiertas. Ello me da la posibilidad de entrar. Pero si fuese eso lo que quiere? No lo sabría hasta no corroborarlo. Si bien siempre fui aguerrida, no rayaba lo temerario. Evidentemente estoy muy confiada respecto a lo que encontraré. Evitando ser oída, logré ingresar, pudiendo ocultar mi presencia tras unos estantes llenos de papiros enrollados. No resulto un asombro encontrar al sacerdote Seto reclinado sobre una mesa, rodeado de papiros, sosteniendo la lamparilla en su mano mientras estudiaba los escritos. Si era notable su vestimenta. Desprovisto de todo ajuar, sin esas telas exquisitas y con sus pies descalzos, lo cubría una fina tela blanca, más parecido a un hábito de monje medieval o una bata de baño, anudado a la cintura.
Si bien no tenía las hombreras que usaba en su ropaje, se distinguían hombros bien trabajados. Su mirada cansada y cabello despeinado le daban un toque de fragilidad, incluso parecía más humano que de costumbre. Una urgencia por enterrar mis dedos en ese cabello y desordenarlo aún más invadió mi mente. Si no tuviera esa personalidad tan desagradable o ese trato despectivo, en mis años de adolecente hubiera caído rendida al ver un chico así. Realmente, él es agradable a la vista, sin el ceño fruncido; el timbre de su voz, profundamente masculino, seduciría a cualquier jovencita que por desgracia se cruzase en su camino. Pero Seto no es así.
Para mi pesar, no advertí que él se había internado entre los corredores de la biblioteca, traté de busca con la mirada entre las estanterías movimiento alguno. Pero la sensación de sentirme observada me llevó a concluir respecto a donde se encontraba Seto y que tal vez siempre supo que yo estaba allí.
-No piensas hacer algún comentario mordaz?- le hablaba sabiendo que estaba a mis espaldas, no quería girarme para verle- ninguno?
-No
Mis oídos empezaron a pitar, estaba casi segura que si no me giraba para poder leerle los labios, no podría escucharle palabra alguna. El movimiento me pareció eterno. Me encontré de lleno con su torso, semi expuesto, dado que su ropaje dejaba una pequeña brecha podía ver parte de su pecho y abdomen. Era evidente que para ser sacerdote no bastaba un entrenamiento espiritual e intelectual. La visión era perturbadora, pero más aún la manera en cómo me miraba.
No esperé que su primer gesto fuese levantar la mano suavemente hacia mi mejilla. Pensé en esquivarle, pero me quedé quieta. Su palma descansó en mi mejilla unos segundos para luego ir hacia mi frente.
-Tienes temperatura y las mejillas encendidas, no deberías haber venido hasta aquí- el contacto era extraño y agradable a la vez- te acompañaré hasta tu recámara.
-No
-No?
-No quiero regresar aún- con esas palabras me abandoné al dominio de ese impulso, sin dejar de lado el temor a que me rechace. Pero todo miedo se disipó cuando mis dedos pudieron sentir los mechones suaves que caían sobre su frente. Se inclinó un poco hacia mí, facilitándome el poder desordenar más su cabello ensortijado. Me atreví a recorrer el contorno de su rostro con la yema de los dedos, mientras su respiración se hacía más acompasada, se relajaba.
Finalmente dejé caer mi mano hacia un costado. Pensé que nos íbamos a separar, pero él acortó la distancia, se reclinó sobre mí, de manera que nuestras frentes se tocaban. Despaciosamente avanzaba, haciendo que retrocediera pero sólo hasta que mi espalda se topó con el frío de los muros. Su mirada intensa parecía querer perforar mis pupilas. Con su mano apartó un mechón de mi rostro y sus ojos se concentraron en mis labios. No me percaté que me sostenía de los brazos hasta que sentí una de sus manos recorrer mi hombro y la otra posarse en mi espalda. Ya casi no había espacio entre los dos.
Al contrario de lo que se debería esperar, estaba tranquila, incluso diría relajada pero expectante y casi ansiosa por saber que haría. Aunque todo mi ser lo pedía, no quería fantasear con ningún posible contacto físico, pues temía que esto resultara como la vez que Atem me atrapa intentando hacerme de su colgante piramidal. En más de una ocasión pensé que cruzaría la línea que tanto deseaba que lo hiciera. Y seguíamos allí, sin movernos y sin emitir sonido alguno, por lo que decidí romper el contacto visual. Ello hizo que reaccionara.
-Te estuve llamando esta noche, como todas las noches... Hace tiempo que espero que respondas-
-Respondí tu llamado? Cómo?
-Estás aquí
En un principio el contacto fue electrificante, apenas llegábamos a rozarnos. Entreabrí levemente los labios, lo que resultó ser una invitación a proseguir para los suyos. Con una leve presión iniciamos un descarriado camino de besos. En cada ocasión aumentaba la presión entre ambos y profundizábamos el contacto. Dejé que mis dedos se enredasen con sus cabellos a la altura de la nuca, mientras el me atraía a sí envolviendo con sus brazos mi cintura.
Cuando entreabrí mis ojos dejé de sentir todo contacto amoroso. Ya no me encontraba en la biblioteca. Todo lo contrario, sentía una terrible angustia, mezclada con dolor e ira. Había una persona que no reconocía parada metros al frente mío. Me percaté que estaba arrodillada sobre el suelo, en un lugar que parecía ser las ruinas de algún templo. Luego advertí la presencia de alguien más, estaba sostenida en mis brazos, una chica pálida como el papel, con una mancha de rojiza en su vestido. El terror me invadió cuando vi mis manos bañadas en sangre y cerré los ojos fuertemente.
Sentí la presión sobre mi cuerpo, alguien me agarraba y luché por liberarme. Cuando logré salir de esos aprisionadores brazos pude verlo. Era Seto, me miraba incrédulo, por lo visto él no vio lo mismo que yo, no vio nada. Mis manos estaban limpias. Aun así, no pude sofrenar el impulse de salir de allí corriendo.
