Un dolor intense en el cuello y el entumecimiento de la espalda por una mala postura, hicieron que tomara conciencia de donde me encontraba. La tenue luz de las antorchas colocadas en los pasillos proveían de un leve vislumbre al recinto. Comprobé que el lugar no era cálido como en la superficie. A demás del hecho de no poder ver a Ra, los calabozos era una miseria.

El sonido de un resoplido llamó mi atención. Levanté la vista en busca de su origen y encontré unos penetrantes ojos azules, que serían los más bellos de no formar parte del craneo de una enorme criatura cuya boca estaba provista de dientes en forma de filosas dagas. El cuerpo de la criatura era blanco, del más puro, como los cabellos de la muchacha. No sabía si podría defenderla en caso que esa criatura atacase. Desvié la mirada hacia donde ella se debería encontrar. Su respiración era acompasada, parecía no sufrir tanto, como si su sueños estuvieran más livianos. El resoplido de la criatura fue más fuerte. La intensidad de su mirada me indicó que estaba protegiendo a la muchacha y que me encontraba como un intruso cerca de ella. Me atreví a observarlo, su forma, su grandiosidad. Eran un enorme dragón. Un dragón de ojos azules. Él era el Ká que pude percibir en esa muchacha. Si intentaba salir de esa celda, lo único que lograría sería que me ataque. Cerrar los ojos y mantenerme en mi postura inicial, por más que mis músculos se agarrotaran, eran mi mejor opción. permanecería allí hasta que ella despertara.

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Primero fue un roce, luego un pequeño sacudón y murmullos. Alguien intentaba llamar mi atención. Me resultaba sumamente irritante. Irritante por que no había descansado en lo absoluto. Irritante por que todo el cuerpo estaba adolorido. irritante por que quién rayos fuese no dejaba de insistir. No lo pensé mucho y en un solo movimiento me incorporé dejando por los suelos al impertinente. Cuando fijé mi vista en el suelo me arrepentí inmediatamente. La muchacha me miraba con sumo temor. Evidentemente fui bastante brusco con mi movimiento. Cuando quise acercarme a ella, esta se alejó chocando su espalda contra el muro de la celda mirándome como un animal que se observa acorralado por su cazador y consiente que solo le espera la muerte. Pero su expresión indefensa quedó apocada por sus ojos. El mismo azul intenso del dragón. Azul como los de la mujer de mis sueños. A caso ella…?

Sacudí ese pensamiento de mi mente, mientras buscaba la bandeja con comida que había hecho traer la noche anterior para ella. Tomé un tazón con caldo, que aunque estaba frío, sería igual de nutritivo. Todos mis movimientos estaban cuidadosamente controlados por la muchacha. Me acerqué a ella con suma cautela. No buscaba espantarla nuevamente. Noté que la pobre criatura buscaba pegar su espalda más hacia el muro en el intento de alejarse de mí. No la culpo por ello.

-No temas- traté de modular la voz de forma que fuera lo más suave- ten… necesitas comer- de cuclillas y sostenido el tazón en frente mío le ofrecí un poco de alimento.

Evidentemente, estaba estudiando si confiar en mí o no. Sus ojos escrutaban los míos, sin ningún reparo. No estaba seguro si debía disculparme por mi exabrupto o no. Tampoco encontraba razones para hacerlo. Soy un sumo sacerdote. Encontrarme en esta posición no es acorde a mi rango. Sin embargo, aquí me encontraba; a horcajadas con un brazo extendido ofreciendo comida a una extranjera que vestía andrajos y que había tenido un mal pasar.

-Ven! Tómalo!- sacudí un poco el tazón tratándole de indicar que lo agarrara. Su mirada se transformo. Había sospecha, desconfianza. Pero su cuerpo seguía en la misma posición. No se movía. Su vista viajaba del tazón a mis ojos y de nuevo al tazón. Decidí que esa desconfianza debía desaparecer. Llevé el recipiente a mis labios y tomé un sorbo. El líquido sabía bien, aunque caliente hubiera sido mejor. Pero dadas las circunstancias, no había más remedio.

-Ves? No está envenenado…- serví más caldo en el cuenco- ahora, come…

Ella liberó un suspiro, no de alivio, si no de resignación. Inclinó su cuerpo para lograr alcanzar la comida, alzando para ello, ambos brazos que temblaban como hojas mecidas por el viento. Llevo el tazón cerca de sus labios, siempre manteniendo el contacto visual conmigo. Inspiró profundamente, aspirando el aroma del caldo. Exhaló con cierto alivio y placer. Al hacer contacto sus labios con el caldo cerró los ojos. Disfrutó su comida en silencio. Su expresión era de paz y agradecimiento, que no duró mucho tiempo, pues había engullido todo el contenido en casi un suspiro. Su mirada suplicante y avergonzada me hizo reír. Eso la sonrojó. Me acerqué a ella con la vasija con caldo. Retiré el cuenco de sus manos y vertí en el más alimento. Era de esperar que tuviera hambre. La traje a las mazmorras famélica y lastimada. Iba a necesitar cuidados hasta que se recuperase en su totalidad. Tres tazones más hicieron falta para saciar su hambre. De todas formas aún no era comida sólida. De a poco recuperaría fuerzas y comería algo más sólido. Por el momento, el caldo la hidrataba y alimentaba.

Mientras alejaba las bandejas, noté que intentó erguirse por sí misma. De no haber sido lo suficientemente ágil, con el flaquear de sus rodillas habría dado de bruces en el suelo de la celda. Entre mis brazos se veía más frágil, delicada y vulnerable. Un gran contraste teniendo en cuenta que dentro de ella habitaba una criatura tan o más fuerte que los dioses que podía invocar el faraón. De alguna manera sus ojos expresaban agradecimiento. Suavemente le ayudé para que llegara al tablón que hacía de cama. Se recostó allí. Inicié mi retirada, ya se hacía tiempo que regresara a mis funciones y de ser posible lograr un buen descanso. Proferí una última mirada hacia la chica. Yacía recostada sobre un lado observándome con los ojos entrecerrados. Cansancio.

-Por ahora descasa. Más tarde vendré por ti. Ya es tiempo que limpies tu cuerpo. Traeré ropas para que puedas dejar esos harapos- Sin más me dirigí hacia mis aposentos. Al salir a la superficie descubrí que solo las estrellas brillaban en el firmamento. Perdí toda noción de tiempo allá abajo, en ese inframundo del calabozo. Mi mente perdió noción del tiempo, pero mi cuerpo no. El dolor me recordaba de ello.